4/1/12

Odio a los indiferentes, de Antonio Gramsci, es ahora un libro


Joaquín Mª Aguirre

En el día de la salida de Silvio Berlusconi, [trajimos] aquí lo que podríamos considerar sus antípodas, el extremo opuesto a lo que ha representado, en todo los órdenes, Il Cavaliere. Nada puede estar más distante del defenestrado presidente que la del pobre en lo económico y contrahecho en lo físico Antonio Gramsci. Si hubiera que elegirle una contrafigura, sería él. Casi cien años después seguimos leyendo a Gramsci; de Berlusconi no hay nada que leer.

Los efectos de la “indignación” se notan a través de múltiples factores y se trata de saberlos apreciar en el entorno. Uno de ellos es la proliferación de libros que hace mucho no se veían en los estantes libreros cargados de obras de autoayuda, memorias de famosos y series novelescas. Mis libros de Gramsci son los que conservo de aquellas ediciones de los años setenta en los que una España (al menos una parte) deseosa de enterarse de muchas cosas que solo conocía de oídas (y mal oídas) se adentraba tratando de poner su mente en orden para un cambio inminente de régimen político. De aquella época conservo los libros de Gramsci, Kropotkin, Hayek, Mao, Burke, Aron, Tocqueville…, que en estantes mentales iban ordenándose y conviviendo de la mejor manera posible.


No podías discutir en una asamblea universitaria sin que salieran unos toques de Mao (por allí pululaban los de la Joven Guardia Roja) o de Gramsci. Trosquistas, maoístas, leninistas, anarquistas, anarco-sindicalistas, socialistas (de todo tipo de familias luego refundidas), falangistas renegados, sindicalistas, liberales… se mezclaban tratando de convencer y movilizar a los que decidían quedarse a escuchar aquellas largas, interminables discusiones cuyos parlamentos siempre comenzaban  con el “¡Compañeros…!” de rigor, reclamando la atención de los presentes y transeúntes.

En aquellos saraos predemocráticos, Gramsci era moneda común. Su idea de la Cultura como maquinaria que tiende a reproducir unas formas específicas y cuyo control garantizaba su perpetuación (las ideas de “hegemonía” y “bloque hegemónico”) encajaban muy bien para explicar la manipulación ideológica de los sistemas sociales. No solo se controlan los medios de producción, sino también los culturales, los que dan forma al pensamiento (la educación, los medios de comunicación, las artes, etc.). Esto tenía sentido especialmente en un mundo que estaba en plena eclosión mediática, en mitad de la era “pop”, y a las puertas del comienzo de la “sociedad de la información”. Eran los años de decenas de películas políticas italianas, francesas, alemanas…, de la cultura comprometida y del compromiso cultural. Luego… el vídeo mato a la estrella de la radio.

No deja de ser sorprendente que la caída de un presidente norteamericano, gracias a la presión iniciada por los medios de comunicación, como ocurrió con el caso Watergate, marcara el declive de la cultura mediática en detrimento del espectáculo mediático, que  a su vez transformó la política en un espectáculo. Pensemos de nuevo en Silvio Berlusconi, empresario mediático. La mejor manera de evitar que la prensa te matara era matar tú a la prensa. De magnates en la sombra, a magnates bajo los focos. ¡Luces, cámara, Forza Italia! El grito de los tifosi convertido en partido político.

Gramsci, que había discurrido mucho sobre el papel de los intelectuales en la sociedad, no llegó a pensar probablemente que la vaciedad intelectual pudiera llegar tan lejos. La despolitización de la cultura mediática ha hecho buena la idea de Gramsci del control social. Y ahora gracias a la existencia de unos medios de comunicación que son usados por los propios ciudadanos, el monopolio informativo se ha visto debilitado y surge de nuevo el interés político en la sociedad, en muchos lugares del mundo. La “Hegemonía” ha dejado de ser tal y los medios alternativos van ganando su propio peso, dando como resultado ese resurgir del compromiso, pues no es otra cosa el movimiento al que estamos asistiendo por todo el mundo, a una toma de conciencia de los problemas y a un deseo de participar en sus soluciones.

Esta nueva visión se acerca más a la expresada por Gramsci:
En la vida política, la actividad de la imaginación debe estar iluminada por una fuerza moral: la simpatía humana; y queda ensombrecida por el diletantismo, igual que entre los científicos. El diletantismo que en este caso es falta de profundidad intelectual, falta de sensibilidad, falta de simpatía humana. Porque si se miden adecuadamente las necesidades de los hombres de una ciudad, de una región, de una nación, es necesario sentir esas necesidades; es necesario poder representar concretamente en la imaginación a esos hombres mientras viven, mientras trabajan a diario, representar su sufrimiento, sus dolores, los dolores de la vida que se ven obligados a vivir. Si no se posee ese poder de dramatización de la vida, no se pueden intuir las medidas generales y particulares que armonicen las necesidades de la vida con la disponibilidad del Estado. Si se desarrolla una acción en la vida, hay que saber prever la reacción que despertará, las repercusiones que tendrá. Un hombre político es grande en la medida de su poder de predicción: un partido político es fuerte en la medida de la cantidad de hombres con esa fuerza de los que dispone. (22-23)
La necesidad de estar cerca de la realidad es la contraposición a esta extraña forma de política histriónica en la que vivimos, mezcla tecnocrática y sentimental, de cifras impersonales y búsqueda de conexión emocional, no con la gente sino con el dirigente. Gramsci lo que reclama es la conexión del que puede dar soluciones con el que tiene los problemas y no lo contrario, la adhesión carismática y devota al dirigente, cuyos resultados padecemos. Lo que él llama la dramatización de la vida es lo contrario de la dramatización de la política. Exige al político la capacidad de representarse el drama humano en toda su intensidad, que sea capaz de ponerse en lugar del otro para comprender su sufrimiento. Nuestros políticos, por el contario, al negar la existencia de los problemas, niegan la existencia o minimizan sus consecuencias. No digo que no lo sientan, sino que no consideran representarlo porque se vuelve en la marca de su propia ineficacia. Y eso contraviene las normas de los asesores de imagen, para los que el dolor es solo un gesto más que debe usarse en el momento adecuado.

Al referirse al estado de la novela italiana, Gramsci escribe:
Si los italianos no quieren aburrir a sus lectores, tienen que escribir sobre mujeres, caballeros y amores (las armas están prohibidas y restringidas a los enviados especiales). La literatura es un círculo cerrado, infectado. Leyendo estos libros parece que Italia sea un inmenso serrallo de mandriles en celo que pretenden ser sentimentales, cuando el sentimentalismo es la forma más fácil para alcanzar la meta deseada. (47)
¿Qué opinaría Gramsci de los escándalos sexuales de Berlusconi, de sus bunga-bunga, de sus “falsas sobrinas de Mubarak” menores de edad? Diría lo mismo, que parece un “inmenso serrallo de mandriles en celo”, una buena forma de describir las actividades. Y eso, nos dice, es lo que atrae a los lectores italianos. Entonces y ahora. Fieles seguidores a través de los medios de las andanzas de su rejuvenecido y vigoroso ya ex presidente, los italianos han devorado toneladas de sentimentalismo como política. El sexo ha estado presente en la vida pública italiana como un componente más, como un elemento decorativo y como rasgo de identidad de lo político y lo mediático, sin diferencias.

Nos dice Gramsci:
Los hombres siempre buscan fuera de sí mismos la razón de sus propios fracasos espirituales; no quieren convencerse de que la causa es siempre y solo su alma pequeña, su falta de carácter e inteligencia. Existen los diletantes de la fe, así como los del conocimiento. (32)
Por eso, los países deben hacer examen de conciencia y purgar sus propias culpas reconociéndolas. Para los dictadores todos son conspiraciones exteriores porque sus países son inmaculados y sus actos perfectos. En las democracias, los corruptos, los ineptos llegan con los votos y no se puede olvidar que los hemos depositado en las urnas. Por eso es esencial el papel crítico permanente sobre nuestros dirigentes y no la risa cómplice ni la adoración por encima del bien y del mal.

Los políticos deben buscar el bien del mayor número, aunque discrepen en los métodos para conseguirlo. Cuando piensan en términos sectarios es cuando incumplen su finalidad democrática de gobernar para todos.
El progreso no consiste en otra cosa que en la participación de un número cada vez mayor de individuos en un bien. (33).
Para Gramsci, la política no era altruismo, probablemente impregnado por el darwinismo social de la época, sino la confluencia de los intereses de los que son más, por encima del egoísmo individual. Con su mentalidad de clase, el egoísmo era cuestión numérica: el proletariado puede ser egoísta porque es la mayoría de la sociedad. Es el egoísmo de unos pocos sobre el egoísmo de muchos.

El gran problema, entonces y ahora, es la toma de conciencia, el conocimiento de lo que ocurre y dónde se decide que ocurra. Escribe Gramsci:
Los hechos maduran en la sombra, entre unas pocas manos, sin ningún tipo de control, que tejen la trama de la vida colectiva, y la masa ignora, porque no se preocupa. Los destinos de una época son manipulados según visiones estrechas, objetivos inmediatos, ambiciones y pasiones personales de pequeños grupos activos, y la masa de los hombres ignora, porque no se preocupa. (20)
El título del artículo que da nombre a la obra es “Odio a los indiferentes” y comienza así:
Odio a los indiferentes. Creo, como Friedrich Hebbel, que «vivir significa tomar partido». No pueden existir quienes sean solamente hombres, extraños a la ciudad. Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes (19).
Es la indiferencia, el negarse a ser ciudadano y ser solamente hombre en la ciudad, el mal principal, el objeto primero de su desprecio. La democracia admite el error, pero se muere con la indiferencia, porque es precisamente ahí donde al negarse como interés se entierra como deseo. La indiferencia es lo contrario del deseo. Por eso el máximo logro de los que quieren controlar la política es hacerla aburrida, que harte y se mire hacia otro lado.

Concluye el artículo, escrito el 11 de febrero de 1917, así:
Soy partisano, vivo, siento en la conciencia viril de los míos latir la actividad de la ciudad futura que están construyendo […] Vivo, soy partisano. Por eso odio a los que no toman partido, por eso odio a los indiferentes. (21)
Lector de hoy, sean quienes sean los "tuyos" o los “míos”, entiende que la indiferencia es un sueño plácido del que a veces no se acaba de despertar. No dejes nunca de pensar que lo que ocurre te afecta o, más allá, eres responsable por acción u omisión. Eres ciudadano aunque no lo quieras. Leamos al Gramsci de ayer como si estuviera entre nosotros, ignorando que murió enfermo en Roma, el 27 de abril de 1937, liberado de la cárcel pocos meses antes para que falleciera fuera de los muros.

El mensaje contra la apatía es universal.

Antonio Gramsci (2011). Odio a los indiferentes. Ariel, Madrid. 109 pp. ISBN: 978-84-344-1360-3.
http://pisandocharcosaguirre.blogspot.com/2011/11/un-libro-odio-los-indiferentes-de.html