3/1/12

La democracia es una mentira: Falsa conciencia


Eloísa Gordon

En el escrito anterior, introduje algunas de las reflexiones del escritor palestino, Edward Said, relacionadas al concepto del exilio, no como experiencia necesariamente física y concreta, sino como alegórica de la enajenación y la exclusión social;  y esto, en aparente contraste con el constructo nacionalista y su supuesta promesa de identidad y sentido de pertenencia (Said, 1984). Dado que, y como también planteaba, el exiliado no es un ente extraño a la nación, sino alguien a quien se condena al destierro material o espiritual a pesar de su pertenencia, cabe ahora seguir explorando cuáles son las circunstancias que llevan a tal desarraigo, o lo que se describía como el destierro interno que vivimos buena parte de los puertorriqueños ante el saqueo sicario, en términos políticos, económicos y sociales, que experimentamos a diario. 

Esencial para estos propósitos es entender de mejor manera el precepto de la ideología y particularmente su asociación con la construcción nacionalista como instrumento de movilización política, al igual que las posibles conexiones epistemológicas con lo que se describirá como falsa conciencia, principio que, por otro lado, ha caído en desuso hace bastante tiempo. Es también fundamental poder discernir que el término nacionalista [1] no se utiliza en relación a una orientación político-partidista específica en Puerto Rico, sino como constructo identitario de movilización política masiva, presente en condiciones, tanto contrarias como comparables, en todas las orientaciones.

Para el teórico cultural inglés, Terry Eagleton, como para Antonio Gramsci o Michel Foucault, entre otros, el estudio de la ideología no es simplemente el examen de los sistemas de creencias sino, críticamente, el análisis de asuntos relacionados al poder y la legitimación del poder (Eagleton, 1997). Curiosamente, para Eagleton la ideología es además, en muchos casos, “una investigación de la forma en que la gente puede llegar a invertir en su propia infelicidad”. Con este comentario, ya se anticipa la exploración que hacemos en el campo de la significación entre el concepto de la ideología y la falsa conciencia.

Como discute Eagleton, la ideología requiere de una “mistificación…de (poder) enmascarar o suprimir los conflictos sociales… creando resoluciones imaginarias a conflictos reales”. Este último planteamiento queda vivamente plasmado en la propia noción nacionalista homogénea de “nosotros” los puertorriqueños, en donde se obvian las distinciones de raza, clase social, género, educación, religión, geografía, orientación sexual, etc., sugiriendo, falsamente, la ausencia de tensiones y conflictos profundos; en otras palabras, la complejidad y diversidad misma de la condición humana.

Por otro lado, dada la relación no lineal, pero problemática, entre mistificación y lógica implícita en la elaboración de una ideología nacionalista, al intentar reintroducir la idea de una falsa conciencia no se insinúa la imposibilidad de los puertorriqueños (o los seres humanos) de dar un sentido razonable a sus vidas. Proponer esta imposibilidad sería equivalente a reproducir las conclusiones de sectores reaccionarios, tanto de derecha como de izquierda, con lo que se asocia, precisamente, el uso tradicional de la frase falsa conciencia. Algo puede ser empíricamente falso pero aspiracional, o como indica Eagleton, “ciertas clases de ilusiones pueden expresar necesidades y deseos reales”.

El rechazar que no somos “dóciles”, como nos juzgara René Marques, no cancela objetivamente ni nuestra pasividad y apatía política, ni nuestra enajenación y violencia social. Por otro lado, el reducir nuestro orgullo nacionalista a “nuestras bellas mujeres y nuestros grandes atletas”, y hasta a “nuestra gente buena”—o al esloganismo agresivo de que yo soy boricua pa’ que tu lo sepas—apunta del mismo modo a los sentidos de trivialidad y escapismo profundos contenidos en la falsa conciencia que compartimos como sociedad. Esta falsedad se experimenta, entre otras cosas, en el ritual de cada cuatro años al que muchas veces se reduce la “democracia” puertorriqueña, ritual que se acompaña con la incapacidad profunda de la mayoría de los puertorriqueños de participar en procesos democráticos más amplios, al igual que en el desinterés patente del ciudadano común de su inclusión en el discurso público y en la toma de decisiones.

Haciendo eco del análisis que presenta el escritor marxista indio, Partha Chatterjee, hago referencia a la carencia de autonomía teórica de la ideología política nacionalista, o lo que él define como el dilema liberal-racional, en las ausencias democráticas a las que aludimos (Chatterjee, 1986). Partiendo de un origen determinado, representado por las revoluciones norteamericanas y francesas del siglo 18, y cimentado en las experiencias modernizantes y burguesas (por no decir blancas, masculinas, cristianas, etc.) de unos sectores de lo que en general se denomina “Occidente”, la ideología nacionalista ha manifestado una capacidad de predominio histórico —y de hecho, hegemonía, como lo entendería Gramsci— impresionante.

En otras palabras, el nacionalismo, legitimado por el constructo legalista de la soberanía, es la forma preferida de organización política en la modernidad y esto, en contraste con otros tipos de formaciones comunitarias y/o tribales que preceden al fenómeno. A un nivel de discurso ideológico, para utilizar el concepto de Foucault, esto ha sido posible a partir de la capacidad de infiltración del nacionalismo: desde el nacionalismo marxista, pasando por el nacionalismo liberal, hasta el nacionalismo fascista. Esta dominación ideológica ha sido legitimada para el mundo no-Occidental como universal y basada, nada menos, que en la razón, la libertad y el progreso.

Y es aquí en donde radica la pertinencia del dilema que nos presenta Chatterjee; es decir, la capacidad histórica que ha tenido Occidente de imponer su propia concepción del mundo sobre el resto, o para Eagleton, la inversión enraizada del mundo no-occidental en su propia infelicidad y en una especie de falsa conciencia. Es a partir de estos planteamientos que el concepto de exilio que introduje anteriormente puede ser desentrañado, no como una noción desventajosa, sino como el posible comienzo de una práctica de emancipación política de rechazo a la trivializacion y, hoy en día, corrupción, o la falsa conciencia que acompaña a la ideología y la practica política dominantes: sea de estadidad jíbaro-criolla, sea de soberanía estado-librista, o sea de independencia regional, al margen, en nuestro caso, del resto del Caribe y al margen de divisiones primarias de raza, género, clase social, etc.

En contraste, pensemos en los fenómenos de los 99%, desde El Cairo hasta Wall Street, en donde variados sectores sociales han hecho alarde de su sentido de exclusión y desapego compartido, tanto con la ideología como con la práctica política del sector dominante;  fenómenos que, significativamente, han tenido un impacto ínfimo en Puerto Rico, en donde el llamado reciente a “occupy” la Milla de Oro tuvo competencia destacadamente desventajosa con la aglomeración de una multitud para la re-apertura de la tienda Disney en Plaza las Américas. Visto de esta manera, el exilio, o la distancia con estas falsas conciencias, puede servir de preámbulo a “la liberación más difícil de todas”, como señalara Eagleton, “la liberación de nosotros mismos”.

Nota

[1] Como ejemplo de formaciones políticas principales, cabe señalar al Partido Nacionalista, fundado en 1922 por José Coll y Cuchi, luego de una ruptura con el Partido Unión. Posterior a haberse incorporado al Partido en 1924 y luego de ser electo como presidente en el 1930, Pedro Albizu Campos abandona la ruta electoral en la lucha de la independencia dentro del Partido.   En contraste, el Partido Independentista Puertorriqueño, fundado en 1946 por Gilberto Concepción de Gracia, ha mantenido la opción electoral en su búsqueda por la de independencia. 

Eloísa Gordon es la Decana de la Escuela de Ciencias Sociales, Humanidades y Comunicaciones de la Universidad Metropolitana y una de las fundadoras de la Revista Cruce, revista para la cual preside su Junta Asesora.  Estudió su doctorado en ciencias políticas en University of Notre Dame en South Bend, Indiana, bajo la dirección del Dr. Guillermo O’Donnell y el Dr. Joseph Butigieg.  Ha enseñado ciencias políticas en Bates College en Lewiston, Maine, en la Universidad de Temuco en Chile, en Eugene Lang College y Marymount Manhattan College, estas dos últimas en la ciudad de Nueva York.  Fue directora ejecutiva del proyecto de alfabetización y educación de latinas, El Barrio Popular Education Project, en East Harlem, un proyecto del Centro de Estudios Puertorriqueños de Hunter College, en donde también recibió una beca post-doctoral del Rockefeller Foundation.  Fue directora ejecutiva de la fundación filántropica, Daphne Foundation, organización enfocada en proyectos comunitarios en sectores marginados, y vicepresidenta de gobernanza de Safe Horizon, organización de servicios a las víctimas de de violencia, ambas también en la ciudad de Nueva York.  Sus áreas de interés investigativo incluyen el análisis gramsciano, la literatura post-colonial, la teoría democrática y la violencia.  Vive en el Viejo San Juan con su hija, Chiara.
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