20/1/12

Gramsci es un clásico


 Miguel Manzanera Salavert    

 Especial para Gramscimanía
Decía el filósofo marxista Manuel Sacristán, que Antonio Gramsci (1891-1937) es un clásico. Y él interpretaba esa idea, diciendo que su lectura tiene derecho a estar de moda en cualquier época. Gramsci es un autor que siempre dirá algo a todas las corrientes de pensamiento en todas los momentos de la historia humana. Y eso le coloca incluso por encima de la matriz marxista de su pensamiento; esto es, por encima del marxismo escolástico y el marxismo programa de investigación científica. Ya que como es notorio en la filosofía posmoderna, desde los albores del siglo XX sabemos que toda teoría científica tiene fecha de caducidad –y que toda ideología
es caduca se sabía ya desde los primeros escritos de Marx y Engels a mediados del XIX-.

Que los textos de Gramsci tengan esa característica de clásicos de la filosofía política –como le sucede al El príncipe de Maquiavelo o a la Utopía de Tomás Moro-, no elimina que una lectura contextual de su pensamiento nos enriquezca el sentido de sus palabras y nos amplíe la profundidad de su discurso. Su figura es la de un dirigente del proletariado revolucionario a principios del siglo XX -la época de la revolución soviética-, fundador y miembro de la dirección del Partido Comunista de Italia, que pasó los once últimos años de su vida preso en las cárceles fascistas, donde murió por una enfermedad grave a los 46 años.[1]
 
Baste una nota para hacernos una idea del calvario de Gramsci en prisión. En 1933 describía su estado en una carta a su cuñada Tatiana Schucht desde la cárcel de Turi:
no te escribo más que unas pocas palabras. El mismo martes, a primera hora de la mañana, al levantarme de la cama, me caí al suelo sin conseguir levantarme ya por mis propios medios. Todos estos días me he quedado en cama, con mucha debilidad.
Sus principales textos fueron escritos en esas difíciles circunstancias entre 1929 y 1935, se salvaron casi milagrosamente de caer en manos de los fascistas gracias a los compañeros comunistas de cautiverio. De ese modo, pudieron ser recogidos más tarde por sus editores en varios volúmenes bajo el título Quaderni dal carcere (hay diversas traducciones al castellano de carácter parcial). Es la escritura de esos cuadernos en la cárcel, lo que hizo de Gramsci uno de los principales pensadores italianos del siglo XX. Sus ideas y puntos de vista alimentaron la extraordinaria trayectoria del PCI de la posguerra mundial, alcanzando la mayoría electoral del pueblo italiano en la década de los 70. Ese partido sufrió su posterior descomposición final, después del hundimiento del Bloque del Este el llamado ‘socialismo real’, pero su desarrollo político modernizó y democratizó la sociedad italiana, hasta hacer necesario el ‘aggiornamento’, la puesta al día de la propia Iglesia católica.


El filósofo italiano Benedetto Croce, idealista y conservador, le rindió un merecido homenaje reconociendo la enorme distancia que le separaba de Gramsci: tuvo alta dignidad de hombre y aceptó peligros, persecuciones, sufrimientos y muerte por un ideal. Efectivamente, son los ideales los que mueven nuestras mejores acciones, y no es aventurado que es de ahí de donde nace el enorme valor de la obra de Gramsci.

Croce, un importador de la filosofía de Hegel a la cultura italiana, fue el filósofo que transmitió a Gramsci sus instrumentos conceptuales. Antes de ser marxista, nuestro autor fue idealista, hasta el punto de que saludó la revolución soviética de 1917 con un artículo titulado La revolución contra ‘El Capital’, así con mayúsculas y entrecomillado, y jugando al tiempo con la ambigüedad de la frase. Pues el joven Gramsci había entendido que Marx era el inspirador de aquella socialdemocracia que traicionaba los ideales socialistas embarcándose en la Primera Guerra Mundial. Pero también consideraba que Marx había sido el continuador consecuente del idealismo alemán; y fue, pues, el idealismo de sus conceptos filosóficos, lo que le hizo alinearse desde el primer momento con la línea leninista que denunciaba la guerra capitalista en la Conferencia de Zimmerwald.

No se trata, evidentemente, de un idealismo burgués -ya sea en forma deciochesca o romántica del XIX, el cual jugó un importante papel en la época de las revoluciones liberales hasta 1848-. El espíritu de Gramsci fue socialista y demócrata desde su adolescencia, a causa de una oscura rebelión interior por las condiciones de miseria que tuvo que padecer en su niñez. Por eso su recepción del idealismo alemán se encuentra emparentada con la ‘crítica de la crítica crítica’ que realizó el joven Marx. Se trata de una interpretación historicista de la dialéctica, como proceso de desarrollo de la humanidad en medio de sus contradicciones, que lleva a la superación de la explotación y la miseria de las clases dominadas, mediante el salto revolucionario a un orden social nuevo.

Como señala Lenin en su comentario a la filosofía de Hegel: ¡saltos!, ¡saltos!, ¡la naturaleza da saltos!  No es que el cosmos tenga forma de batracio, sino la constatación de la validez perenne de una idea tan antigua como el razonamiento humano: en determinadas condiciones, pequeñas diferencias cuantitativas son capaces de producir grandes diferencias cualitativas. De ahí que el periódico de Plejanov y Lenin se llamara en cierto momento Iskra, la chispa.

Y no es posible reducir esa idea de manera positivista, postulándola como una orientación hermenéutica para la investigación científica –que lo es y muy importante-. No es posible, porque hay hombres que como Gramsci han dado la vida por ella, y pueblos que como el ruso asaltaron el cielo teniéndola por divisa. Creyeron verdaderamente que podrían cambiar el mundo instaurando la justicia en las relaciones sociales a través de la acción revolucionaria. La idea de que podemos ser mejores aspirando al ideal, es necesaria para una mejora efectiva de nuestras realidades mundanas. Y quien ignore el inmenso esfuerzo de la humanidad por superar su estado de postración en el mundo de la naturaleza, no merece ser llamado humano.

La aspiración a los ideales no es mera confusión mental que pueda resolver mediante un análisis lingüístico, para dejarnos tan tranquilos mientras las cosas se arreglan solas gracias a la mano divina del mercado. Porque al hacer ciencia social, nos estamos jugando la vida –como prueba fehacientemente la historia humana y especialmente la biografía de Gramsci-; y no basta con la ciencia positiva para dejarnos la piel por el camino: nuestra curiosidad no da para tanto –no en general, aunque haya humanos para todo-.
 
Para tratar lo humano en su total dignidad, solo acertaremos siendo humanos –ni dios puede en eso ayudarnos, ni debe-; y para serlo necesitamos añadir a la ciencia poesía, ideal, amor, y todo lo que conlleva de pasión, entrega y sacrificio. Cuando de lo social se trata, somos morales… o no somos nada.
 
El idealismo de los textos hegelianos nutrió de hambre de futuro y sed de justicia a aquella generación de marxistas que promovió la gran época revolucionaria de principios del siglo XX. Como también podemos comprobar en Historia y conciencia de clase de George Lukács –el tercer gran autor de la época-.
 
Hoy sabemos que aquellos hombres fueron demasiado optimistas, las gloriosas luchas en las que se vieron envueltos son hoy polvo de la historia,… y creemos andar con los pies sobre la tierra. ¡Ojala que eso no signifique que arrastramos también nuestros pensamientos por el suelo! Andar como hombres es andar de pie con la cabeza hacia el cielo.
 
Decía Marx en su primera tesis sobre Feuerbach, que así como el materialismo proporciona al ser humano un buen sentido de la realidad, el idealismo representaba el lado activo de la humanidad, su capacidad para transformar la naturaleza. Y en efecto, ¿no es el maravilloso idealismo del pueblo cubano, su entrega sin reservas a la solidaridad internacional, su sacrificio en aras de la justicia y la libertad para todo ser humano, su defensa intransigente de los Derechos Humanos y la legalidad internacional, la mayor esperanza de la humanidad en estos tiempos de tanta tribulación y desasosiego?
 
Pero es claro que no todo es poesía. Necesitamos la ciencia: reconozcamos que la sociología positivista y la economía de mercado –dos ciencias sociales al servicio del capital-, así como la revolución informática de la industria capitalista –que se produjo como una aplicación de los descubrimientos de la lógica formal-, permitieron al imperialismo cantar victoria en la lucha de clases del siglo XX cuando cayó el muro de Berlín. Aunque la partida todavía no haya terminado…
 
En todo caso, con el desarrollo del capitalismo neoliberal y posmoderno, la coyuntura histórica se vuelve cada día más difícil. Así que no nos está permitido equivocarnos. Es sabido que la ciencia capitalista tiene sus propios valores: el individualismo egoísta y el valor de cambio. Da que pensar el éxito que ha tenido esa reducción de la humanidad a un espectro en las hojas de cálculos empresariales. Es la victoria del instinto de muerte, una tendencia suicida que puede acabar con la vida en el planeta Tierra durante el siglo XXI de nuestra era.
 
En el terreno moral, válganos como ejemplo esa voluntad de Gramsci por continuar su lucha anticapitalista a través de la escritura en las cárceles fascistas. Esa lucha estaba preñada de futuro. Pero no minimicemos el legado científico que nos transmiten sus textos. Conceptos importantes para comprender la vida social de las clases subalternas, las formas de su lucha política por la emancipación y las vías para obtener la victoria con la construcción de la nueva sociedad socialista: bloque histórico (alianzas de clases), intelectual orgánico (el papel de los intelectuales), Estado obrero (el poder organizado del proletariado que garantiza el tránsito al socialismo), guerra de posiciones y guerra de movimientos (estrategia y táctica de la lucha de clases), el análisis de las instituciones para autoorganización de las clases subalternas (partido, sindicato, sociedad civil), etc.
 
En esos conceptos está contenida una de las lecciones más certeras de la filosofía política moderna, acerca de las posibilidades y los medios para la construcción del socialismo en las sociedades que han alcanzado un cierto nivel de desarrollo capitalista. Más que el asalto leninista del poder estatal en la fase de la acumulación primitiva de capital, es la paciente labor de construcción de una sociedad alternativa que crece en el interior del viejo modo de producción; como decía Marx que aparecieron las ciudades durante la Edad Media, en los poros mismos de la sociedad feudal. Ese desarrollo no excluye la revolución socialista, pero exige un largo trabajo de preparación política.
 
Hoy sabemos que la transición al socialismo es un largo proceso histórico. Sin duda, ya ha comenzado, pero no sabemos cuando culminará y bajo qué formas alcanzará su plenitud histórica. El voluntarismo político de los leninistas del siglo XX quiso acortar el proceso, quemar etapas, adelantar acontecimientos; se alimentó del cientificismo progresista de la burguesía revolucionaria y vivió con el deslumbramiento de la conciencia al descubrir el secreto de la historia en la teoría de Marx.
 
Pero hay que saber que toda la ambigüedad de la teoría de Marx, no es más que la garantía de la libertad humana. El reconocimiento del determinismo con que evolucionan los acontecimientos históricos sirve de fundamento a la acción humana en la conquista de la libertad. No otra cosa es la filosofía racionalista desde los primeros pensadores en la Grecia clásica: si quieres ser libre, conócete a ti mismo.
 
Pues el motor de la historia es la economía: el desarrollo de las fuerzas productivas determina el devenir de la humanidad –verdad inapelable-. Pero la economía es la actividad colectiva de la sociedad sobre la naturaleza, una acción organizada por mujeres y hombres que se reúnen, discuten, se pelean y se ponen de acuerdo para actuar; la economía es en sustancia política, economía política. Sobre esa base filosófica, los clásicos marxistas de aquella tercera generación subrayaron el subjetivismo revolucionario. La reflexión de Gramsci se dirige entonces a comprender los rasgos esenciales del sujeto humano de la historia: el concepto de personalidad individual, los grandes movimientos intelectuales que alimentaron las clases subalternas, el valor de la cultura popular y el folklore, la forma del conocimiento y el método científico, el significado del progreso y el desarrollo económico, etc. Y a través de esa investigación el propio Gramsci elaboró una crítica de los fundamentos de la ciencia política con su reflexión sobre la filosofía de la práctica, el materialismo dialéctico –‘sentido común afinado por la reflexión crítica’-.
 
Por todas esas razones, y otras que seguro olvido, Gramsci es un clásico marxista y su lectura es imprescindible para quien quiera contribuir con su estudio a la construcción un verdadero futuro humano.

Notas

  1. El juez fascista excarceló a Gramsci seis días antes de morir, gravemente enfermo por una afección pulmonar. A causa de una caída en la infancia, o por padecer desde niño una enfermedad, Gramsci tenía una salud frágil, padecía una deformación de columna y medía solo metro y medio