26/1/12

Baby Doc y Bill Clinton en busca de unos Timberland


Paco Gómez Nadal

El destello haitiano duró 48 horas: lo que el sex appeal noticioso de un dramático aniversario aguantó. Crónicas descarnadas, imágenes tópicas, haitianos incapaces de sobrevivir por sí mismos, críticas a la lentitud de la llamada “reconstrucción” sin apuntar culpables claros, y unos cooperantes siempre valerosos a los que hay mucho que agradecer. Eso fue lo que se contó el 12 de enero, dos años después del terremoto que recordó el sismo colonial al que está expuesto el primer país independiente de las Américas. ¿Hay algo más? Si la historia de Haití es la de las paradojas de la geopolítica, no podía ser menos la conmemoración del terremoto que el 12 de enero de 2010 acabó con unas 300.000 vidas y lastró aún más el futuro de la mitad francófona de La Española.

Pocos medios relataron que este 12 de enero cientos de haitianos se manifestaron por las calles de Puerto Príncipe exigiendo vivienda y políticas sociales al presidente Michel Martelly y a su recién estrenado primer ministro, Garry Conille. Era difícil que el cantante pop reconvertido en mandatario y que el asesor personal durante años de Bill Clinton pudieran escuchar las reclamaciones porque estaban en los actos oficiales celebrados en Morne St. Christophe, en la ciudad de Ti Tanyen, al norte de la capital.

No estaban solos Martelly y Conille. Allí se reunieron con el enviado especial de Naciones Unidas para Haití, el ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton, con el ex dictador Jean Claude Duvalier, conocido como Baby Doc, y con el ex general golpista Prosper Avril.

En la protesta popular, el secretario de la Plataforma de Organizaciones Haitianas de Derechos Humanos, Antonal Mortimé, rechazó “la política imperialista” que disfraza la “reconstrucción”. No es difícil conectar esa denuncia con la imagen paradójica no publicada de Clinton estrechando la mano de Baby Doc en el acto oficial, quien, desde su regreso al país hace 13 meses, está en un supuesto y laxo arresto domiciliario. Paradójico apretón de manos porque Jean-Claude (dictador entre 1971 y 1986) tiene un largo prontuario de “torturas, desapariciones forzadas, muertes bajo custodia, detenciones arbitrarias y homicidios”, según el último informe de Amnistía Internacional “Usted no puede matar la verdad”. O quizá, sólo quizá, todo es más lógico de lo que parece porque Clinton, además de ser el enviado de la ONU en Haití, tiene una vieja relación con este país y sus modelos de fracaso.

Bill Clinton era el inquilino de la Casa Blanca cuando se decidió invadir Haití en 1994 para deponer al golpista Raoul Cédras y llevar a la presidencia al electo Jean-Bertrand Aristide (al que luego desbancó otra invasión de Estados Unidos en 2004). También es el que reconoció ante el Congreso de su país hace dos años que la estrategia política estadounidense había arruinado a los campesinos haitianos y provocado una grave y permanente crisis alimentaria. Las lágrimas de aquella comparecencia las secó a punta de giras a Haití con diseñadores de moda, actores y presentadores de televisión en una especie de “humanitarian washing” de máxima rentabilidad (como la escandalosa campaña de la diseñadora de moda Donna Karan). Por último, Clinton es el mismo que en octubre de 2009 llevó a 200 inversores para convencerlos de utilizar Haití como centro para sus maquilas y ensambladoras aprovechando el bajo coste de la mano de obra y el acta Hope II, firmada en 2008 y que permite la exportación a Estados Unidos sin impuestos durante diez años. La del ex presidente estadounidense no era una propuesta innovadora, en realidad ese fue el modelo “productivo” de la dinastía de los Duvalier durante los 29 años que se sostuvo en el poder con la ayuda de Washington.

La reconstrucción interesada

Ese Clinton es el gran responsable de coordinar las ayudas internacionales como presidente de la ahora temporalmente paralizada (por los desencuentros con el Parlamento de Haití) de la Comisión Interina para la Reconstrucción de Haití y, por si faltaba algo, es uno de los ejecutivos estadounidenses que forma parte del Consejo Presidencial de Haití para el Crecimiento Económico. Unas ayudas prometidas de las que, según hemos escuchado hasta la saciedad, sólo ha llegado el 50%. No ha sido tan notorio el extraño hecho de que sólo el 1% de las ayudas a la reconstrucción hayan sido gestionadas por el Gobierno o por organizaciones haitianas, según denuncia Haití Grassroots Watch.

Quizá por eso no es tan paradójico que antes de abrazarse con Baby Doc en Morne St. Christophe, el pasado 12 de enero, Clinton viajara con el primer ministro Conille y con el representante de la ONU, el chileno Mariano Fernández, a inaugurar la nueva fábrica de Timberland en el flamante Parque Empresarial Caracol, que le costó a la cooperación unos 190 millones de dólares. Caracol está ubicado muy cerca de Ouanaminthe, en la frontera con la República Dominicana, de donde aprovecha la energía eléctrica y otras infraestructuras, y desde que se inauguró en noviembre de 2011 ya ha estrenado la maquila de la asiática textil SAE-E (que exporta sólo a Estados Unidos) y la flamante maquila de Timberland. Garet J. Brooks, ejecutivo de la empresa de zapatos todo terreno de lujo, se mostró orgulloso de dar empleo a 159 personas a un salario de 5 dólares al día (con suerte unos 120 dólares al mes), que coserán botas que se venden en Estados Unidos a una media de 220 dólares el par.

David Wilson, analista y autor del libro Políticas de inmigración: Preguntas y respuestas, apunta una teoría menos “samaritana”: Para el plan de la ONU no quiere crear puestos de trabajo, sino reubicarlos. Mientras un inmigrante haitiano en Estados Unidos puede ganar un salario digno y ayudar a los suyos, un haitiano que trabaja en las nuevas maquilas de la reconstrucción está condenado a la pobreza. Paul Colier, economista de la Universidad de Oxford y autor de un interesante estudio para la Secretaría General de la ONU, cree que la clave del proyecto de Clinton está en los fundamentos propicios de Haití: “la pobreza y mercado de trabajo relativamente no regulado”, “los costos laborales que son competitivos con China [y la mitad de Dominicana]” y que “está a las puertas de Estados Unidos”. Haití es la “única economía de bajos salarios en la región”, escribía Collier para The New York Times, lo que convierte a sus maquilas en las únicas competitivas.

Ejército y seguridad jurídica

Las grandes inversiones que buscan la ONU, la Fundación Clinton y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) precisan de “seguridad”. El mantra de la seguridad y de la seguridad jurídica rellenan los discursos oficiales. Por ejemplo, el nuevo ministro de Exteriores de Haití, Laurent Lamothe, justificó la insistencia de Martelly en levantar al extinto ejército del país de esta forma: “Los empresarios quieren sentirse seguros, y sus edificios deben estar protegidos. A fin de que se sientan seguros, deben tener el personal para salvaguardarlos”.

También la disculpa de la seguridad es la que justifica la presencia en Haití de la tercera misión militar más numerosa de la ONU en el mundo (después de Darfur y Congo): 12.270 efectivos que han costado en los últimos dos años unos 1.500 millones de dólares.

La “seguridad jurídica” y “física” para los inversores es fundamental, pero es paradójico que se invierta tanto (el presupuesto anual de la Misión de la ONU en Haití -Minustah- dobla al del Gobierno de ese país) en el país menos violento de la región. Haití tiene una tasa de muertes violentas de 6,2 por cada 100.000 habitantes mientras que República Dominicana tiene una tasa de 28; Brasil y Puerto Rico de 26,2; México, 18 o Venezuela, 67. Es posible que sólo sea para los inversores porque los ciudadanos de Haití le tienen miedo a la Minustah. Las denuncias por violaciones, abuso sexual, intercambio de comida a cambio de drogas, alcohol o sexo, o uso excesivo de la fuerza se han multiplicado desde que la Minustah llegara a Haití en 2004 a poner orden en el caos que dejó sembrada la última invasión estadounidense. Lo que la misión de estabilización de la ONU ha distribuido sin pudor ha sido el Vibrio Cholerae, la cepa del cólera que llegó con los cascos azules nepalíes y que ya ha matado a casi 7.000 personas y ha afectado a otras 514.000. El informe científico  encargado por la propia ONUconfirmó en mayo de 2011 este extremo, pero los altos mandos de la Misión siguen negando los hechos.

Entre la ocupación y los fantasmas

El círculo se cierra. Es difícil entender el modelo de intervención extranjera tras el terremoto. Clinton informó que de los 2.400 millones de dólares de financiación humanitaria recibidos, “el 34 por ciento fue reembolsado de nuevo a los propios entes donantes civiles y militares para la respuesta al desastre, el 28 por ciento se le dio a las agencias de las Naciones Unidas y organismos no gubernamentales (ONG) para determinados proyectos de la ONU, el 26 por ciento fue entregado a los contratistas privados y otras organizaciones no gubernamentales, un 6 por ciento se presentó como servicios en especie a los beneficiarios, el 5 por ciento a la comunidad internacional y las sociedades nacionales de Cruz Roja, un 1 por ciento se presentó al Gobierno de Haití, cuatro décimas de un 1 por ciento de los fondos se destinaron a organizaciones no gubernamentales de Haití”.

Algunas organizaciones, como Oxfam, insinuaron en estos días que con el Gobierno haitiano no se puede contar mucho: son desordenados y caóticos, corruptos… ya se sabe. Lo que no se planteó en el debate sobre la reconstrucción es el hecho de que Michell Martelly es presidente porque así lo decidió la Organización de Estados Americanos, que coló al cantante pop en la segunda vuelta electoral de forma irregular. Martelly, antes conocido como Sweet Mickey, era descrito por Francisco Peregil en El País de este descarnado modo: “Estudió hasta el Bachillerato, intentó sin éxito estudiar varias carreras y fue expulsado del Ejército de Haití por dejar embarazada a la hija de un general, aprendió a tocar de oído los teclados y se convirtió en el rey del ritmo kompa en su país”.

También contaba Peregil que Martelly era buen amigo de altos mandos de los escuadrones de la muerte de los Duvalier y después hemos visto cómo eligió de primer ministro a Garry Conille, amigo personal y asesor de Clinton y con relaciones familiares con el viejo régimen sangriento.

Los líderes sociales más críticos en Haití ven una relación directa entre el modelo de gobierno, el modelo de cooperación internacional y la presencia de Duvalier en el país. Didier Dominique, dirigente de la Central Sindical Batay Ouvriye, hace acusaciones muy graves. Recuerda que Conille es hijo de un macout duvalierista, que uno de los hijos de Duvalier está trabajando en el gabinete de Martelly (Nicolas Duvalier, de 28 años, es asesor personal de Martelly), así como varios ex altos cargos del gobierno dictatorial de Baby Doc. Según el sindicalista, Martelly “aplica los mismos métodos de Duvalier, o sea, la fuerza y la dictadura. Por ejemplo, en el campo los duvalieristas regresan a recuperar sus tierras. Y, ahora, con la policía y la Minustah, los latifundistas de antes vuelven a hacer una contrarreforma agraria. La Minustah da apoyo al desalojo de los campesinos de sus tierras”.

En todo caso, en un país-maquila no caben campesinos y en el promisorio futuro del que construirán los inversores extranjeros del que suele hablar Martelly no habrá espacio para resentimientos… ni para fantasmas.

Paco Gómez Nadal es periodista. En FronteraD ha escrito, entre otros, los reportajes Haití, de la catástrofe a la hecatombe y La grosera realidad. Crisis en Panamá. En FronteraD mantiene desde hace más de dos años el blog Otramérica. Es el principal impulsor de la web Otramérica
http://www.fronterad.com/?q=baby-doc-y-clinton-en-busca-de-unos-timberland&page=0,0