25/10/11

La red capitalista que controla el mundo


Andy Coghlan y Debora MacKenzie
En el gráfico se encuentran las 1.318 corporaciones transnacionales que forman el núcleo de la economía. Compañías superconectadas están en rojo, compañías muy conectadas en amarillo. El tamaño del punto representa el ingreso. (Imagen: PLoS One)
Mientras las protestas contra el poder financiero se extienden por el mundo esta semana, la ciencia parece haber confirmado los peores temores de los manifestantes. Un análisis de las relaciones entre 43.000 corporaciones transnacionales ha identificado el grupo relativamente pequeño de compañías, en su mayoría bancos, con un poder desproporcionado sobre la economía global.
Las hipótesis del estudio han atraído algunas críticas, pero analistas de sistemas complejos contactados por New Scientist dicen que es un esfuerzo singular por desenmarañar el control sobre la economía global. Si se llevara más lejos el análisis, dicen, sería posible identificar maneras de lograr que el capitalismo global sea más estable.
La idea de que unos pocos banqueros controlen un gran trozo de la economía global podrá parecer algo nuevo para el movimiento Ocupad Wall Street de Nueva York y los manifestantes en otros sitios. Pero el estudio, hecho por un trío de teóricos de sistemas complejos en el Instituto Federal de Tecnología suizo en Zúrich, es el primero que va más allá de la ideología para identificar empíricamente una semejante red de poder. Combina la matemática utilizada desde hace tiempo para modelar sistemas naturales con datos corporativos exhaustivos para catalogar la propiedad entre las corporaciones transnacionales del mundo (TNCs, por sus siglas en inglés).

El significado de la victoria de Cristina Fernández


Emir Sader
Todos aquellos que siguen la situación argentina sabían, desde hace por lo menos un año y medio, que el gobierno de Cristina Kirchner había recuperado un gran apoyo popular y tendría continuidad, sea en la presidencia de Néstor, sea en la de ella. Solo podía ser “sorpresa” para  aquellos que fueron víctimas de sus propios clichés, denigrando la imagen de la Argentina y de su gobierno. Ahora no saben cómo explicar una victoria tan contundente, en la primera ronda, con una diferencia de más de 8 millones de votos en relación al segundo candidato que le sigue.
La victoria de Cristina tiene el mismo sentido que la victoria de Dilma. Por primera vez, en los dos países, una misma corriente obtiene, por voto popular, un tercer mandato. Victorias fundadas en políticas económicas que permitieron la reanudación del crecimiento de la economía – tras las recesiones provocadas por gobiernos neoliberales, Menem en Argentina, Fernando Henrique Cardoso (FHC) en Brasil – articuladas estructuralmente con políticas sociales de distribución de la renta.
 En el caso argentino, la crisis de 2005 aquí (en Brasil), fue la de 2008 allá, con la reacción violenta de los productores rurales al proyecto de ley de elevación del impuesto a la exportación. En alianza con la conservadora clase medía de Buenos Aires, hicieron que el gobierno perdiera parte sustancial de su apoyo y terminara derrotado en la votación del Congreso. Esta derrota se tradujo en una derrota electoral, cuando ya se sentían los efectos de la crisis internacional.
Tal como en Brasil, la oposición creyó que había asestado un golpe mortal a los Kirchner y se preparaba ya para volver al gobierno, en medio de las disputas enormes entre todas sus tendencias, unidas en la oposición y en la ambición de sucederlos en el gobierno.

Las primeras páginas de “La Folie Baudelaire”, de Roberto Calasso

Charles Baudelaire

Baudelaire le proponía a su madre Caroline encuentros clandestinos en el Louvre: «No hay otro lugar en París donde se pueda conversar mejor; hay calefacción, se puede esperar sin aburrirse y por otra parte es el lugar de encuentro más decente para una mujer.» El miedo al frío, el terror del aburrimiento, la madre tratada como una amante, la clandestinidad y la decencia sumados en el lugar del arte: sólo Baudelaire podía combinar estos elementos casi sin darse cuenta, con completa naturalidad.
Era una invitación irresistible, que se hace extensiva a quienquiera que la lea. Se puede responder a esa invitación vagando por Baudelaire como por uno de los Salons sobre los que escribió –o incluso como por una Exposición Universal–. Encontrando de todo, lo memorable y lo efímero, lo sublime o la baratija; y pasando continuamente de una sala a otra. Pero si entonces el fluido aglutinante era el aire impuro de su tiempo, ahora lo será una nube opiácea, en la que esconderse y recuperar fuerzas antes de volver al aire libre, en las vastas superficies, letales y pululantes, del siglo XXI.
«Todo lo que no es inmediato es nulo» (Cioran, una vez, conversando). Incluso sin hacer concesiones al culto de la expresión silvestre, Baudelaire poseyó como pocos el don de la inmediatez, la capacidad de no excluir palabras que enseguida corren en la circulación mental de quien las encuentra y allí permanecen, a veces en estado latente, hasta que un día vuelven a resonar intactas, dolorosas y encantadas. «En voz baja, ahora conversa con cada uno de nosotros», escribe Gide en su introducción a Les Fleurs du mal de 1917. Frase que debe haber impactado a Benjamin, pues la encontramos en los materiales para el libro sobre los passages. Hay algo en Baudelaire (como más tarde en Nietzsche) tan íntimo como para anidar en esa selva que es la psique de cualquiera, sin volver a salir. Es una voz «apagada como el rumor de los coches en la noche de los boudoirs acolchados», dice Barrès, repitiendo las palabras de un oculto apuntador, que es el propio Baudelaire: «No se oye otra cosa que el rodar de algún coche de punto tardío y extenuado.» Es un tono que sorprende «como una palabra dicha al oído en un momento en que no se la esperaba», según Rivière. 
En los años en torno a la Primera Guerra Mundial esa palabra parecía haberse vuelto un huésped indispensable. Repicaba en un cerebro febril, mientras Proust escribía su ensayo sobre Baudelaire enhebrando citas de memoria como si fuesen canciones infantiles.
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Estados Unidos cae en la depravación


John Kozy
La ética protestante, definió una vez el carácter americano. Sociólogos la proclamaron como responsable del éxito del capitalismo en el norte de Europa y América, pero la ética protestante y el capitalismo son incompatibles, y el capitalismo en última instancia, causó la el abandono de la ética protestante.
Hay un nuevo espíritu que la élite gobernante malentiende. El espíritu de la "gran oportunidad", el "gran premio", la "próxima gran idea". El antiguo camino lento y pausado hacia el éxito es ahora anatema. Junto con la próxima gran idea comercial viene un nuevo modelo del sueño americano. Todo lo que importa es el dinero. Teniendo en cuenta esa actitud, algunos en Estados Unidos expresan preocupación moral. La riqueza se ha vuelto la propia recompensa, que vale más aún que nuestra propia destrucción. Y si no ha aún sucedido, sucederá seguramente pronto.
Sospecho que la mayoría de la gente le gusta creer que las sociedades, no importa cuan bajos sus orígenes, se mejoran con el tiempo. Lamentablemente la historia desmiente esta idea, hay a menudo sociedades que empeoran con el tiempo. Los Estados Unidos de América no son una excepción. Su origen no fue muy benigno y ahora desciende a una región de depravación rara vez igualada, aún por las peores naciones de la historia.

Obama, política imperial, elecciones del 2013 y falta de liderazgo

Barack Obama por Kikelín

Lorenzo Gonzalo   /   Especial para Gramscimanía
No creo que existan dudas que nos lleven a pensar sobre un cambio en la política internacional de Estados Unidos. La prueba está en la manera que se ha venido proyectando la Administración de Obama respecto a Medio Oriente.
Los sucesos a destacar con mayor vehemencia han sido la muerte de Bin Laden, el asesinato de Muammar Gadafi, la ampliación de la Guerra en Afganistán y recientemente, el retiro de las tropas de Irak.
A trece meses de unas elecciones, lo usual en Estados Unidos es concentrarse en cómo ganarlas, aun cuando eso signifique sacrificar la paz mundial, dándole continuidad a la política tradicional estadounidense. Pero este quizás no sea exactamente el caso, ni explique la actitud de Obama.
Si alguna vez Obama pensó seriamente que lograría acabar con la diferencia irreconciliable, alimentada desde Washington y las potencias occidentales europeas, entre “el mundo musulmán y el Oeste”, según su discurso en El Cairo, sus comparecencias desde hace un año a la fecha y sus acciones, no solamente lo niegan, sino que la ha profundizado.
Los sucesos del Medio Oriente que la Administración Obama ha destacado como grandes triunfos de su gobierno y que, desde el punto de vista de una política imperial en realidad lo han sido, reafirman la continuidad de una estrategia de dominio, ampliada a partir del derrumbamiento del mal llamado “Bloque Socialista”.