16/9/11

La ambición por el oro sigue dominando al hombre


Vicky Peláez
“Cuando el oro apoya una causa, la elocuencia es impotente”: Publilius Syrus
La historia del mundo ha estado ligada siempre al oro, metal que ha actuado como un perpetuum módem de la evolución de las civilizaciones. En la mítica universal el sol y el oro fueron identificados con mandato divino. Y el oro significaba la señal de alteza de su poseedor discernida por la voluntad celeste. Es decir, desde el comienzo de las civilizaciones el oro ha sido un símbolo y, por supuesto, un instrumento de poder y causa de  sangrientas luchas por poseerlo.
El oro ya era sagrado desde la edad de cobre (4,500 A.C.). Para los griegos y romanos sus dioses estaban hechos de oro, de acuerdo a Ernesto Milà. Según el poeta griego Homero, la túnica, la balanza y el látigo de Zeus eran de oro igual como el escudo de Apolo, las riendas de Artemis, las sandalias de Atenea y el látigo de Poseidón. El historiador y biógrafo romano, Caius Suetonius escribió que el edificio destinado a glorificar a Mitra, que en Persia e India era el dios de la luz solar, estaba cubierto de oro. Para otras culturas, como la judía, el oro era más terrenal a pesar de todos los esfuerzos de Moisés de darle el símbolo divino. El mismo Abraham, según Génesis, era rico porque poseía oro y rebaños.

Un viaje a Holanda y algunas preguntas


Ignacio Castro Rey

Lo que siguen son las observaciones de campo de un turista incómodo. Incómodo por principio, pues a algunos no nos gusta el turismo. Adoramos viajar y acercarnos a lo extraño, pero aborrecemos las imitaciones, los clichés, las frases hechas que se repiten en medio mundo. Lo peor de todo es que además se puede poseer un sexto sentido para adivinar la impostura, la imitación ridícula de los modos de vida locales que se escenifica para el extranjero, normalmente en inglés. En casi todos aquellos lugares que los turistas visitan, sea Túnez, Rusia u Holanda, la gente vive lanzada “hacia delante”. Hacia la garantía de soledad conectada que es el modelo de Occidente y de espaldas a esos modos de vida comunitarios y tradicionales que, en versión edulcorada, los lugareños te venden al por mayor.

Lanzado hacia delante, también el turista huye de sus raíces, de manera que entre todos mantenemos la mascarada de celebrar el culto a un pasado que en nuestro fuero interno despreciamos. El lugareño odia íntimamente la vida tradicional que te vende enlatada. Y te la vende, bastante cara, para que tú también la malgastes. De esta manera, los países se degradan lentamente unos a otros. Sin embargo, como la degeneración avanza acompasada, carece de diagnóstico. Todos terminamos contentos con esta lenta clonación de nuestros modos de vida.

Apuntes sobre Yugoslavia bajo las bombas


Peter Handke
Este libro corresponde casi por completo a las anotaciones posteriores a dos visitas mías a la Yugoslavia en guerra. Al leer las pruebas del texto (en diciembre de 1999), he tachado, añadido o cambiado, como mucho, palabras sueltas, nunca una frase completa. Había transcurrido medio año desde el final de la guerra y, naturalmente, estuve tentado de añadir algunos comentarios; sin embargo, no lo hice, salvo la nota al pie en la página 42. Y algún que otro punto se convirtió en interrogante.
La víspera de la partida estoy en una brasserie de Versailles, con un matrimonio yugoslavo amigo cuya hija de doce años va a un colegio francés. El primer día de la guerra de la OTAN contra Yugoslavia toda la clase se solidarizó con la compañera y envió una carta de protesta al presidente francés. En la actualidad, transcurridos cinco días desde el comienzo de los cada vez más intensos ataques con misiles y bombas, la televisión ya no muestra otra cosa que refugiados albaneses; se habla casi exclusivamente de la “guerra en Kosovo” en lugar de la “guerra contra Yugoslavia”, y los compañeros de clase de la niña yugoslava empiezan a avergonzarse de su protesta contra la guerra. El padre quiere quedarse aquí, en Europa occidental, donde podría luchar mejor por la causa de su país; la madre quiere regresar a su casa en Yugoslavia, por un lado porque su hijo vive allí, pero también porque sí.

Libia después de Gadafi: ¿Y si el tiro sale por la culata?

Vista aérea de Tpoli

Foto: Abdel Hakim Belhaj
En La Libia post-Gadafi, el político más influyente bien puede ser Ali Sallabi que, sin ningún título oficial, impone un amplio respeto como un erudito islámico y orador populista que jugó un papel decisivo en la conducción del levantamiento de las masas. El jefe militar más poderoso es por estos momentos Abdel Hakim Belhaj, el exlíder de un grupo de línea dura que se creía estaba alineado con Al Qaeda, según publica The Wall Street Journal.
La creciente influencia de los islamistas en Libia plantea preguntas difíciles acerca de las verdades características del gobierno y la sociedad que se erigirá de las cenizas de la autocracia del coronel Muamar al Gadafi.
Tanto USA como los nuevos líderes de Libia dicen que los islamistas, un grupo bien organizado en un país mayoritariamente moderado, están enviando señales de que están dedicados al pluralismo democrático. Dicen que no hay razón para dudar de la sinceridad de los islamistas.