5/9/11

Cristianismo, ateísmo y agnosticismo


Francisco Umpiérrez
Los escépticos me decepcionan. Desempeñan en el terreno de la filosofía el mismo papel que la clase media en las luchas sociales. Comparten de forma inconsecuente los postulados de los ateos fisicalistas. Después diré por qué. Los ateos fisicalistas definen a Dios como un ser imaginario, esto es, un ser inexistente. Y concluyen que quien cree en Dios, esto es, en un ser imaginario, es una persona irracional. Pero los ateos fisicalistas parten de una premisa falsa, puesto que para los creyentes Dios sí existe. De todos modos la afirmación de que Dios es un ser imaginario es una representación excesivamente simplificada de la religiosidad, supone una ruptura epistemológica con sus fundamentos históricos, antropológicos y sociológicos. Supone hablar de manera intemporal de un fenómeno que está determinado históricamente.
El ateísmo fisicalista
Por ateísmo fisicalista entiendo aquel ateísmo que se ha generado en las filas de los científicos que consideran que la física es la ciencia primera y que representa el mejor modelo de ciencia. La física, no obstante, visto bajo el punto de vista del ser humano, es la ciencia más abstracta que exista, estudia las propiedades más abstractas de la materia, el hombre no está en el centro de sus investigaciones.

El bolero inmortal de Arsenio Rodríguez (+ video)


Marta Valdés
Un par de días atrás, a la hora de calentarme el almuerzo, no tuve necesidad de cerrar a cal y canto la ventana de la cocina y la puerta del comedor para escapar al reguetón que anima el mediodía en alguna casa al fondo de la mía.
La voz clarísima de Lino Borges dejaba escuchar un bolero y otro, con aquella serenidad de siempre. Yo, en mis trajines, escapando del calor, por más que el sol entrara haciéndose acompañar de uno que otro recuerdo. De pronto, con la misma pasmosa calma que había reinado durante los cortes anteriores en aquella compilación deliciosa quemada por quién sabe quién, hizo su entrada el escalofriante bolero de Arsenio  donde el cantante, investido de poderes que le permitían hilvanar sentencias difíciles de admitir sin que tengamos que tragar en seco, suscribía, uno a uno, los pareceres del autor.
El siglo XX, en su devenir, nos fue dejando ejemplos de canciones atrevidas donde queda sellado el compromiso entre el autor que talla, afila y pule las flechas y una voz que las dispara –a troche y moche– a sabiendas de que el ser humano, en cuestión de sentimientos, no tiene remedio.

José Antonio Echeverría ¡Verbo y acción!

Foto: José Antonio Echeverría

Juan Nuiry Sánchez
Cuando las hojas del almanaque arriban este año 2011 al 16 de julio, José Antonio Echeverría cumpliría 79 años (1932-1957). Aún no había arribado a los 25, cuando desafiando el peligro como un gigante, cayó junto a  su querida Universidad, en la heroica acción que dirigió aquel histórico 13 de marzo de 1957.
En esos 54 años transcurridos desde su caída en combate, José Antonio no es tan solo un recuerdo de obligada referencia, sino que su ejemplo y su presencia se agigantan en el tiempo. Este aniversario de su nacimiento, a 55 años de los sucesos de 1956, constituye un momento que no solo resulta importante en el devenir de nuestro proceso revolucionario, sino en la propia existencia de José  Antonio como dirigente estudiantil.
Revolucionario de verbo y acción, pues jamás hizo nada que no se ajustara a su pensamiento.
Observemos el año 1956 desde su punto de partida: Fidel Castro había salido el 7 de julio de 1955 del país, para preparar «la guerra necesaria y justa» y durante un acto ante una nutrida concurrencia de exiliados, el 30 de octubre de 1955 proclamó  que «en el 56, seremos libres o mártires». El primero de enero de 1956, aparecieron en la prensa, las declaraciones del presidente de la FEU, José Antonio Echeverría, en las que expresó: «A la juventud cubana nos sorprende 1956 en dramático y turbulento proceso […]. No se me juzgue apasionado ni iluso, el año de 1956, será el de la total liberación de Cuba. Al decir esto ni imito, ni declaro, tal vez coincida».