8/12/11

Los “rebeldes” frente al “tirano” (y el maniqueísmo de la alienada intelectualidad)

Natalia Forcat
Respuesta al artículo "El argumento del "imperialista" o del "agente de la CIA" publicado en Kaos en la Red y en la página de Izquierda Capitalista.

Fernando Casares

Especial para Gramscimanía
Decía  Antonio Gramsci  que “…  la llamada  “opinión pública”  se relacionaba íntimamente con la hegemonía política, el punto de contacto entre la “sociedad civil” y la “sociedad política”, entre el consentimiento y la fuerza. Cuando el Estado quiere iniciar una acción poco popular empieza creando la opinión pública adecuada, es decir, organiza y centraliza determinados elementos de la sociedad civil.  La opinión pública es el contenido político de la voluntad política pública que puede ser discordante, por esto existe la lucha por el monopolio de los órganos de la opinión pública: diarios, partidos, Parlamento, de modo que una sola fuerza modele la opinión y, por tanto, la voluntad política nacional, convirtiendo a los disidentes en un polvillo individual inorgánico  (…) 

Recordemos que Gramsci diferencia dominación de hegemonía. Si la dominación es la imposición desde el exterior de una determinada relación, imposición que cuenta con resistencia explícita y que se puede mantener con el aparato represivo;  la hegemonía es un proceso de generación y preservación de consenso, de disputa por la administración y apropiación del sentido en una instancia simbólica. La disputa por la hegemonía, por hacer aparecer una concepción del mundo como la más válida y convincente, es central en la lucha por el poder y esto se relaciona menos con la economía que con la cultura. 

En este sencillo caso, siguiendo a Gramsci: 
“…  La relación entre los intelectuales y el mundo de la producción no es inmediata, como ocurre con los grupos sociales fundamentales sino que pasa por la mediación, en grado diverso, de todo el tejido social, del mismo complejo superestructural de que los intelectuales son, precisamente, los “funcionarios”. Se podría medir la “organicidad” de los diversos estratos intelectuales, su mayor o menos conexión con un grupo social fundamental estableciendo una graduación de las funciones y de las superestructuras de abajo hacia arriba (desde la base).  Los intelectuales son los “empleados” del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social y del gobierno político  (…) 
Para Gramsci los intelectuales forman parte de ese grupo social que ocupa un espacio en las relaciones sociales que si bien objetivamente forman parte de los dominados, sus prácticas se corresponden, en mayor o menor medida, con las del grupo dominante y son parte esencial, junto a los medios de comunicación, el Parlamento y los Partidos, de la generación y preservación de consensos… a través de una lucha simbólica, apropiación del sentido, naturalización de los discursos de los grupos dominantes… una lucha hegemónica. 

Viene este texto a cuento de un artículo publicado en  Kaos en la Red  y la página de  Izquierda Anticapitalista  (aquí atículo) en donde a través de una diatriba barroca y añeja, repleta de fantasmas (stalisnismo, macartismo), maniqueísmo y de elitismo escolástico pretensioso, responde a uno de mis artículos documentados en relación a los posicionamientos éticos e intelectuales de una agrupación política de la nueva izquierda española (con el auspicio y cobertura de medios alternativos y corporativos como Kaos en la Red, Rebelión, TV3, Cuatro, El País y Público) y de cómo un grupo de intelectuales generadores de consenso hegemónico, dieron cobertura y apoyo a un grupo social insurgente en  Libia, aun conociendo el claro contubernio entre éstos y las fuerzas genocidas de la  OTAN, intentando salvarse en el último minuto (después de 7 meses de bombardeo al pueblo libio) con el audaz pero no menos falaz argumento de  La Revolución Traicionada. 

Es importante mencionar que estos levantamientos armados gozaron de una publicidad y propaganda mediática corporativa (opinión pública, siguiendo a  Gramsci) como si hubiesen formado parte de una rebelión popular representativa del malestar general de la población libia, una población con el mayor índice de desarrollo humano de África y otros indicadores que a cualquier socialdemócrata europeo le pondrían los pelos de punta. 

Dejando de lado que este artículo no aporta ningún dato, ninguna información, ningún hecho concreto que fundamente esta vergonzosa complicidad con un genocidio (ya que defender a un grupo armado y apoyado por la OTAN, aunque nos digan una y otra vez que rechazaron a esta organización criminal internacional y a cualquier intervención extranjera, es ser cómplice de manera indirecta, cayendo así también en la más abyecta nivelación y equidistancia) solo se dedica al debate de ideas difusas. Esta es la técnica habitual de quien ante la imposibilidad de aportar datos e información veraz, solo le queda el debate sobre entelequias y fantasmas pretéritos (estalinismo, conspitacionismo, macartismo y supuestas complejidades que nos sobrepasan). 

¿Nos podrán aportar en algún momento esos datos y esas complejidades a las que no llegamos porque carecemos de esa ilustración escolástica de los intelectuales orgánicos mantenedores de hegemonía y consenso en esa lucha simbólica por la apropiación del sentido y la naturalización de los intereses de los grupos dominantes?  

Vayamos a las perlas de  John Brown, amigo de  Santiago Alba Rico  y de  la  Izquierda Anticapitalista  de  Esther Vivas: 
“La cuestión es ciertamente compleja, pero ningún amigo de la libertad, ningún comunista, puede engañarse cuando los pueblos o sectores importantes de ellos se alzan contra regímenes liberticidas y abiertamente cómplices del imperialismo como los de Ben Alí, Mubarak o Gadafi. Y, sin embargo, es eso lo que ha ocurrido en muchos casos: en lugar de analizar una coyuntura sumamente peligrosa para el imperialismo para intervenir en ella, la izquierda teleológica y bipolar ha preferido mostrar desconfianza hacia los pueblos rebeldes y confiar en los tiranos”. 
Dos cuestiones. En primer lugar menciona este individuo que la cuestión es compleja. Estamos muy de acuerdo. Pero inmediatamente después pone en el mismo saco de esa “complejidad” a  Ben Alí,  Mubarak  y  Gadafi  y nos habla de "rebeldes" como "pueblos" en una clara asociación de ideas. Nos dice de esta forma que los 3 son iguales (Tiranos), matando de hambre a la mencionada complejidad y dejando asomar la más infantil simpleza. ¿Se les deberá recordar que en todo el Norte de África, solo hay dos países magrebíes que no tienen representación consular sionista y desde el 2007 han dicho NO de manera rotunda al AFRICOM? Esos dos países han sido  Argelia  y  Libia. Y estos no son datos baladíes. La dimensión e implicancia de estas dos posiciones comunes, frente al resto de los países magrebíes (Marruecos,  Túnez  y  Egipto) es fundamental para empezar a analizar esas complejidades de las que no habla el artículo, acaso porque no las conozca. 

En segundo lugar, cae en el maniqueo argumento de Rebeldes vs. Tiranos. De esta manera nos pretende hacer ver que los “rebeldes libios” a los que no aporta ningún dato sobre su composición, representatividad y realidad (cosa harto demostrada en varios de mis artículos) son parte de los “pueblos” contra el Tirano y nos pretende hacer comparar a estos grupos armados y financiados por Occidente con las multitudinarias manifestaciones en Egipto. Haciéndonos creer que la Plaza Tahrir es a Egipto, lo que Benghazi es a Libia. Aquí la complejidad brilla por su ausencia y la simpleza domina su argumentario. Y lo que es aún más simple, al tratar a los 3 gobernantes bajo el mismo calificativo de Tiranos (curioso tirano quien lleva a su pueblo al mayor índice de desarrollo humano de África después de 30 años de bloqueo, sanidad pública, vivienda pública y educación pública) da por descontado que toda oposición a los mismos es necesariamente revolucionaria y forma parte del “pueblo”. Si ésta es la cacareada complejidad… que el último apague la luz. 

Y es que a la luz de los resultados hoy vistos (sería de agradecer la lectura repleta de datos e informaciones en mi último artículo) donde desde Marruecos hasta Egipto (salvando a Argelia) salen victoriosos de diversas formas y estrategias el Islam político y su Hermandad (en Túnez el presidente de Nahda habló en el Washington Institute, una institución creada en 1985 por el AIPAC, poderoso lobby judío sionista de EEUU,  en Egipto se impone como primera fuerza la Hermandad Musulmana y como segunda el salafismo,  en Siria los Hermanos Musulmanes –parte de la oposición siria- entrevistados por un canal israelí reconocen a Israel y solo hablan de Palestina del 67, olvidando a los refugiados con derecho al retorno) a la nueva izquierda española y sus intelectuales orgánicos esto no les interesa. Ellos seguirán hablando de Rebeldes y Tiranos, de Revoluciones traicionadas, pero al mismo tiempo siguen apoyando la misma estrategia que el poder imperial-sionista desarrolla de manera implacable con hechos consumados y no con debate de ideas sin base real. Bienvenidos a la alienación de la nueva izquierda del siglo XXI. 

Termina su texto con una frase muy sintomática: 
“Menos mal que no estamos en la Barcelona del 37 y no disponen del NKVD. Si nuestros "compañeros" bipolares no dieran risa por su rabiosa impotencia ante una historia que los desborda en el mundo árabe y hasta en la más cercana Puerta del Sol, darían miedo”. 
Pues menos mal que esas complejidades que brillan por su ausencia en su texto y no explican nada más que una sarta de idealismo reduccionista, maniqueo y alienado, no les desbordan… de lo contrario apañados estaríamos, francamente. 

Como me dijo hace horas el compañero y profesor universitario argentino  Héctor Farías González  (integrante de la campaña  Road to Hope  que llegó a  Gaza  a fines del 2010): 
“Hay pecados que nadie tiene el derecho de cometer en política, y uno de ellos es el de la ingenuidad. Hemos asistido a una carnicería en el norte de África con el solo propósito de reconfigurar un mapa que le garantice a Israel de manera impune la continuidad histórica de su política genocida. Mientras tanto no faltaron los analistas e intelectuales sobregirados de inteligencia barroca- e incluso algunos hasta de mala fe- que llamaron a este lamentable evento una primavera. La política-en su contradicción fundamental- se expresa por lo grueso: Todo lo que es bueno para los opresores es malo para los oprimidos. Ellos, los matadores de hombres, saben que en medio de su "tarea" no hay lugar para debates. Y nosotros las víctimas en cambio, en medio de la masacre, discutimos los detalles y las culpas. Eso es imperdonable”.