5/12/11

Ernest Hemingway: La mejor vida jamás vista

Ernest Hemingway (primero a derecha) con su familia,1905
James Salter

Ernest Hemingway, el segundo de seis hijos, nació en Oak Park (Illinois) en 1899, y vivió hasta 1961, abarcando por tanto la primera mitad del siglo XX. Fue un héroe nacional e internacional, y tuvo una vida de leyenda. Aunque ninguna de sus novelas se ambienta en su propio país —se desarrollan en Francia, España e Italia, o en el mar entre Cuba y Cayo Hueso— es el escritor americano por antonomasia y su obra posee una cualidad tremendamente moral. Su padre, Clarence Hemingway, fue un médico de profundos principios, y su madre Grace no se quedaba atrás. Eran tan religiosos y estrictos que incluso prohibían bailar.

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De su padre, que amaba la naturaleza, Hemingway aprendió en su niñez a pescar y a cazar, y el amor por estas cosas modeló su vida junto a una tercera cosa: escribir. Casi desde el principio se hace evidente su propia voz. En su diario de la expedición de pesca que hizo con un amigo cuando tenía 16 años, escribió esta frase sobre la pesca de truchas: “Es muy divertido luchar con ellas a oscuras en los profundos rápidos del río”.

Los críticos posteriores dirían que su estilo tenía influencias de Sherwood Anderson, Gertrude Stein, Ezra Pound, del periodismo y de la ineludible economía de los telegramas transatlánticos, pero Hemingway tenía su propio talento poético y también el intenso deseo de dar al lector la sensación vívida y genuina de lo que había sucedido, de hacer que el lector sintiera lo mismo que le había ocurrido a él. Simplificaba las cosas; eliminaba todo lo que pudiese ser fácilmente comprensible o predecible, y presentaba el resto con brutal exactitud. Hay una tensión nerviosa en su escritura: las palabras parecen casi desafiarse entre sí. Los primeros y poderosos relatos, construidos a partir de  enunciados muy simples, parecían introducir de algún modo un nuevo lenguaje, un lenguaje genuinamente americano que aún no había sido descubierto, y con él una perspectiva distinta del mundo.

Hemingway escribía casi siempre sobre sí mismo, al principio con cierto desapego y un toque de modestia, como Nick Adams en las historias de Michigan, en las que su masculina hermana menor está enamorada de él; como Jake Barnes y Lady Brett, que está enamorada de él; como el herido Frederic Henry y Catherine Barkley, que está enamorada de él; como María en Por quién doblan las campanas y  como Renata en Al otro lado del río y entre los árboles. Además del amor, incorporaba la muerte y el estoicismo necesario en esta vida. Era un romántico, pero en modo alguno blando. En el relato Campamento indio, cuando han cruzado remando la bahía y están en una choza indígena cerca de la carretera:

“El padre de Nick pidió que pusieran un poco de agua al fuego, y mientras ésta se calentaba habló con el muchacho: 

—Esta señora va a tener un hijo, Nick.

—Ya lo sé.

—No lo sabes —prosiguió el padre—. Escúchame. Está sufriendo los llamados dolores del parto. La criatura quiere nacer y ella quiere que nazca. Todos sus músculos están tratando de que salga la criatura. Eso es lo que ocurre cuando grita.

—Comprendo —asintió Nick.

 En ese instante, la mujer lanzó un fuerte quejido.

 —¡Oh! ¿Y no puedes darle algo para calmarla, papá? —preguntó el joven.

—No. No tengo ningún analgésico. Pero sus gritos no tienen importancia. No los oigo, porque no tienen importancia.

 En la tarima superior, el marido se volvió contra la pared”.

 El parto, la agonía, la cesárea y las secuelas están brillantemente descritos en un breve diálogo y unas pocas oraciones simples. Pero cada palabra, cada añadido u omisión es importante. De ese material se hicieron los primeros relatos. Mi viejo fue elegido para Los mejores relatos cortos de 1923, de Edward O’Brien. Allá en Michigan, otro relato, era —para su época— tan franco y perturbador que Gertrude Stein dijo que era impublicable.

 Hemingway era un hombre guapo y muy popular en el París de principios de los años veinte. Hay una imagen de él paseando por el bulevar Montparnasse, pasando por los cafés con su estilo atlético, donde los amigos le llamaban o le hacían gestos para que se les uniera. Se casó con Hadley, su primera esposa, y tuvieron un hijo, Bumby. Escribía en libretas —a lápiz— líneas de excepcional y meticulosa firmeza. Su verdadero prestigio comenzó en 1926 con Fiesta, basado en sus experiencias en  Pamplona y su fascinación por los toros. Lo escribió en solo ocho semanas. Los personajes estaban basados en personas reales. Así Brett Ashley era, en la vida real, Lady Duff Twysden:
“Brett estaba condenadamente guapa. Llevaba un jersey sin mangas y una falda de tweed, y su cabello peinado hacia atrás como el de un chico. Ella lo empezó todo. Estaba hecha de curvas, como el casco de un yate de regatas, y no te perdías ni una con ese jersey de lana”.
Está escrito con exuberancia —“yate de regatas”, con su connotación de lo rápido, deportivo y galante y el áurea de unos días despreocupados. Palabras de una sílaba que te impactan inmediatamente. A Lady Duff Twysden le gustaba que escribieran sobre ella. A Harold Loeb, que era Robert Cohen en el libro, no. Fue caracterizado como un judío que quería pertenecer a la  plebe y que nunca comprendió que no podía. El retrato molestó a Loeb toda su vida. Había sido amigo de Hemingway y se sintió traicionado. Hemingway era generoso con el afecto y el dinero, pero tenía un lado cruel. “Me separo de esos bastardos”, le dijo a Kitty Cannell. Era agradable si le caías bien, pero letal cuando no. Michael Arlen era “un pequeño imbécil armenio escondido tras su nombre  inglés”; Archibald MacLeish, otrora su buen amigo y defensor, era un poeta que se hurgaba la nariz y un cobarde. En cuanto a Scott Fitzgerald, un par de años mayor, y que tuvo éxito antes que Hemingway y le había recomendado a la revista Scribner, Hemingway dijo que escribía “novelas de árbol de Navidad”, y que era “un borracho, un mentiroso y un ladrón”.

Hemingway rompió con casi todos sus amigos literatos —MacLeish, Fitzgerald, Gertrude Stein, John Dos Passos, Ford Madox  y Sherwood Anderson—aunque continuó leal a Ezra Pound y nunca tuvo la oportunidad de romper con James Joyce. Casi todos sus gustos y aversiones, apreciaciones, opiniones y consejos se encuentran en sus cartas. Se estima que escribió casi siete mil a lo largo de su vida a una gran variedad de personas, cartas extensas, rebosantes de descripciones, afectos, amarguras, quejas y una gran autoestima: era difícil no admirar al hombre, a pesar de los defectos que tuviera, que les escribía con tanta audacia.

 En 1929 llegó Adiós a las armas, que  fue un gran éxito. El Gran Gatsby, de Fitzgerald, había sido publicado cuatro años antes, pero tuvo unas ventas un tanto decepcionantes. La novela de Hemingway se vendió muy bien. Se había publicado por entregas en la revista Scribner y la primera edición  de 31.000 ejemplares fue duplicada enseguida.

En los años 30, Hemingway escribió dos libros de no ficción: Muerte en la tarde, explicando y alabando el toreo, y Las verdes colinas de África, basado en un ansiado  viaje de caza al África Occidental Británica entre 1933 y 1934. Son libros en los que Hemingway como escritor está muy presente, y plasma distintas opiniones y sentimientos. Los libros no fueron particularmente bien recibidos. Los críticos, que una vez lo elogiaran y que ahora él detestaba —les llamó parásitos, eunucos, cerdos y mierdas—, fueron desdeñosos. Las verdes colinas de África era un libro insignificante para haber sido escrito por un grande, dijo uno de ellos. Edmund Wilson, al principio defensor de Hemingway, escribió sagazmente:
“Por razones que no puedo intentar explicar, algo terrible parece ocurrirle a Hemingway en cuanto empieza a escribir en primera persona. En su obra de ficción, los elementos en conflicto de su personalidad, las circunstancias emocionales que le obsesionan, son externalizados y cosificados, y el resultado es un arte riguroso, intenso y profundamente serio. Pero en cuanto empieza a hablar en primera  persona, parece perder toda esa capacidad para la autocrítica y tiende a volverse fatuo y sensiblero… En su propio personaje de Ernest Hemingway, el Viejo Maestro de Cayo Hueso, suele parecer tonto. Tal vez esté empezando a imponerse la leyenda publicitaria americana que se ha creado en torno a él”.
Esto se escribió en 1935.

Estaban empezando a humillarle, a hacerle bajar la cabeza. Las cartas de indignación que escribía resultaban pueriles y violentas. Creía en sí mismo y en su arte. Cuando empezó, su prosa era fresca y sorprendente. Con el tiempo, la escritura se volvió más pesada, casi una parodia de sí misma, pero cuando vivió en Cayo Hueso en los años 30 escribió dos de sus mejores relatos, La breve vida feliz de Francis Macomber y Las nieves del Kilimanjaro. Y en 1940 su gran novela, Por quién doblan las campanas, basada en sus experiencias como corresponsal en la guerra civil española, rescató su fama y restauró su prestigio.

 El rico y apasionante Hemingway’s Boat (El barco de Hemingway), de Paul Hendrickson, que abarca los últimos veintisiete años de la vida de Hemingway, de 1934 a 1961, no es, como se deja claro al principio, una biografía convencional. Es objetiva, pero al mismo tiempo intensamente personal, motivada por una gran admiración pero también colmada de sentimiento, reflexión y lo que podría llamarse interés humano. Hendrickson analiza una fotografía de Hemingway, su mujer Pauline y un cuidador de yate llamado Samuelson, sentados en un café en La Habana como si fuera un retablo, y consigue dar a la propia Habana —sus bares, sus cafés, el hotel Ambos Mundos, la tranquilidad de su vida y la dedicación a sus vicios— un resplandor de otro tiempo, una ciudad desaparecida tras la limpieza puritana de Castro.

Cuando regresa a América de su safari africano en 1934, Hemingway cumple el viejo deseo de comprar un barco de pesca de altura, y encarga a un astillero de Brooklyn el yate de once metros y medio que bautizaría como Pilar, su nombre español favorito y también el nombre secreto de su segunda esposa, Pauline Pfeiffer, en los comienzos de su romance. En mayo de 1934 le entregaron su barco.

En el libro de Hendrickson se habla mucho sobre este barco, por quién fue construido, cuánto costó, sus muchos detalles, todo ello para resaltar la importancia que éste tuvo en las dos décadas siguientes de la vida de Hemingway. Necesitaba la actividad física para aliviar los intensos esfuerzos que dedicaba a su escritura, y siempre le había encantado pescar. Le apasionaba la pesca del gran marlín azul, el pez gigante, de 200, 250 y hasta 300 kilos, con “sus voluminosos contornos” y sus “fauces como espadas”. Cuando picaba un marlín, literalmente caminaban sobre el agua. Aparecían cada verano en Bimini, y después bajaban por la costa cubana, recorriendo la Corriente del Golfo, la gran corriente marina, entre azul oscura y negra, de diez kilómetros o más de ancho. Las batallas con ellos, que a veces duraban horas, eran salvajes, casi prehistóricas, con la emoción trepidante por la pelea y el sedal chirriando en el enorme carrete. “¡Hurra! ¡Un marlín!”, grita a su mujer, “¡Va a por ti, mami! ¡Te pillará!”.

 Los temores profundos y primarios, el gran pez resistiéndose ferozmente contra el anzuelo de acero en la boca, hora tras hora, yéndose al fondo, emergiendo del agua, luchando por liberarse y poco a poco agotándose, el pescador tirando y enrollando hasta que el pez es ensartado junto al barco o sobre la cubierta. En sus primeros dos años Hemingway pescó noventa y uno. Uno había saltado tres veces hacia el barco y después treinta y tres veces contra la corriente. Ese pez, u otro, que llegó vivo a bordo, había saltado veinte veces o más en la cabina.

En sus artículos para Esquire, Hemingway escribió de todo esto con gran poderío. Era un peso pesado. De hombros anchos, con bigote, con la blanca sonrisa del proscrito, dominaba al marlín. Los derrotaba. En Bimini, una vez volvió al muelle “cerca de la medianoche borracho de júbilo para encontrarse con su atún azul gigante de 233 kilogramos con el que había luchado durante siete horas (…) y aporreó con sus puños una y otra vez la carne cruda colgada a la luz de la luna al estilo de los boxeadores profesionales que golpean el saco en el gimnasio”.

Había boxeado casi toda su vida —Morley Callaghan, Mike Strater y Harold Loeb en París. Incluso enseñó a boxear a Ezra Pound. En Bimini propuso un reto para toda la isla: cien dólares a cualquiera que durara tres asaltos con él. Se cuenta que nadie lo logró.

Disfrutaba llevando a la gente en el Pilar, a pescar o a mostrarles la emoción de su amado deporte. Llevó a Dos Passos y MacLeish antes de que rompieran con él, y a Arnold Gingrich, que era el editor de Esquire y estaba casado con una rubia deportista, Jane Mason, que había sido amante de Hemingway y el modelo para la señora Macomber. El barco también se utilizaba para recorrer la costa cubana —la isla tiene 1.200 kilómetros de longitud—, hasta hallar solitarias calas donde almorzar, nadar, dormir la siesta y a veces fondear durante unos días.

La lectura del libro de Paul Hendrickson, que ganó el premio del Círculo Nacional de Críticos de Literatura por Sons of Mississippi (Hijos del Misisipi)—un libro sobre los sheriffs blancos que en 1962 trataron de impedir que James Meredith se matriculara en la Universidad de Misisipi— es reveladora. A menudo utiliza la  primera persona, dirigiéndose al lector y exhortándole a que especule, imagine o sienta por sí mismo. Ha investigado, ha estado en los lugares que Hemingway frecuentaba, y ha hablado con cualquiera que hubiera experimentado de cerca la época de Hemingway o tuviera alguna conexión con ella. En 1987 entrevistó a los tres hijos del escritor para el diario The Washington Post. Su espíritu diligente resulta asombroso. Es como viajar con un incontenible hablador que en ocasiones tal vez se vaya por la tangente, pero que nunca deja de sorprender. El libro no solo traza la historia del barco con todo lo que lleva asociado, sino también el tramo más largo de la vida de Hemingway —su infancia, su juventud, sus compañías, sus años de madurez y sus éxitos— en pleno auge, caída, y finalmente auge otra vez. No es una campana, escribe Hendrickson, sino una curva senoidal.

Existe la impresión general de que el primer Hemingway era mejor; sus libros eran mejores, él era mejor hombre. Cuando tenía 50 años, su hijo Gregory —con el que mantuvo una relación difícil— dijo que era “un esnob y un chalado”. Cambió los viejos hoteles que antes frecuentaba por el Ritz o el Palace, donde se dejaba ver acompañado de ricos y famosos. Había trabajado duro toda su vida. Había estado en tres guerras, siempre dando la cara. “Cuando has amado tres cosas toda tu vida”, escribió, “—pescar, cazar y, después, leer— y cuando el eje central de  tu vida ha sido la necesidad de escribir aprendes a recordar”. En una famosa carta que escribió a la que había sido su primera esposa, Hadley Mowrer, dijo:
“Ya he escrito suficientes libros buenos, así que no tengo que preocuparme. Estaría encantado de pescar y cazar y dejar que algún otro cargue con el petate durante un tiempo. Si no sabes cómo disfrutar de la vida, la única vida que tenemos, eres un desgraciado y no te mereces tenerla. Ocurre que he trabajado duro toda mi vida y he ganado una fortuna en una época en que hicieras lo que hicieras lo confiscaba el gobierno. Eso es mala suerte. Pero la buena suerte es haber tenido todas las cosas y momentos maravillosos que tuvimos. Imagina que hubiéramos nacido en una época en que no hubiésemos podido disfrutar de París de jóvenes. ¿Recuerdas las carreras en Enghien y la primera vez que fuimos solos a Pamplona y aquel maravilloso barco, el Leopoldina, y Cortina d’Ampezzo y la Selva Negra? (…) Adiós, Srta. Katherine Kat. Te quiero mucho”.
Se trata del Hemingway más gentil, elegíaco y autocompasivo. Ocho años después de escribirla publicó Al otro lado del río y entre los árboles, una novela autobiográfica sobre un envejecido coronel locamente enamorado de una joven italiana en Venecia que llevó su egotismo a nuevas cotas y fue ridiculizado sin piedad, agravado por la famosa entrevista concedida a Lillian Ross, que ofreció un retrato igualmente devastador. Pero a este lo siguió uno de sus libros más populares y memorables, El viejo y el mar, sobre un épico marlín y el valor de un viejo pescador, escrito con el estilo heroico de Hemingway: inspirador, expuesto a las burlas.

En 1954 recibió el premio Nobel. Gabriel García Márquez, aún periodista, vio a Hemingway y a su mujer en París un día de 1957 paseando por el bulevar Saint-Michel. Hemingway vestía unos viejos vaqueros y una chaqueta de leñador. Había sido desde hacía mucho tiempo uno de los grandes héroes de García Márquez, por su fama legendaria y por su escritura. El viejo y el mar había impactado a García Márquez “como un cartucho de dinamita”; era demasiado tímido para acercarse a Hemingway, pero también estaba demasiado emocionado como para no hacer nada. Desde el otro lado de la calle gritó: “¡Maestro!”. Hemingway levantó la mano respondiendo “con una voz un tanto pueril, ¡Adiós, amigo!”.

Su salud se estaba deteriorando. Sufría una depresión recurrente, así como los efectos de las graves secuelas de dos accidentes seguidos de avión en África en 1954 que resultaron en una conmoción cerebral, fractura de cráneo, rotura de hígado, y el hombro y brazo dislocados. A lo largo de los años ha sufrido muchas enfermedades, huesos rotos y una serie de lesiones. También tuvo diabetes, hipertensión, migrañas y el precio acumulado de las borracheras. Tenía terrores nocturnos y pensamientos suicidas. Su padre se suicidó —se pegó un tiro— en 1928. Escribir se hacía cada vez más difícil, y siempre había invertido en ello todo su empeño. Su estilo se volvió en algunos aspectos una especie de imitación de sí mismo, una fiel imitación. Como señaló Walter Benjamin, únicamente el original de cualquier cosa, sea lo que sea, posee el poder verdadero.

Con todo, hacia el final, en 1958, terminó las bellas memorias de su juventud en París, París era una fiesta, escritas con una sencillez y modestia que parecían quedar ya muy atrás. Como ocurre con mucho de lo que Hemingway escribió, te llena de envidia y de un dilatado sentido de la vida. Su París es una ciudad que te encantaría haber conocido. Dos de sus novelas a las que nunca dio forma definitiva se publicaron después de su muerte, El jardín del edén e Islas a la deriva. Se vendieron bien, como todos sus libros. En 2010, solo en Norteamérica, Scribner’s vendió más de 350.000 ejemplares de sus obras. El más popular, con diferencia, es El viejo y el mar.

En el libro de Hendrickson encontramos extensos aunque perspicaces retratos de personajes secundarios. Interesan principalmente porque son testigos olvidados. El más largo, construido con mucho afecto, es el de Walter Houk, que sirvió en la embajada estadounidense en La Habana a finales de los 40 y cuya novia, Nita, trabajó para Hemingway como secretaria. Ella fue quien les presentó y logró que se hicieran amigos. Los Houk se casaron en Finca Vigía, la casa de Hemingway; él acompañó a la novia al altar. Los recuerdos de Houk son de primera mano: las comidas con los Hemingway, los baños en su piscina, las travesías en El Pilar.

Cuando una cierta nostalgia optimista parece tomar el control del libro, de repente, en el fascinante acto final, interviene una figura casi demoníaca, torturada, hipnotizadora, un médico con las portentosas ruinas de tres esposas, siete u ocho hijos, alcohol, drogas y un adulterio que le persigue, un travestido que al final se somete a una operación de cambio de sexo y acaba muriendo en la cárcel: el siempre atribulado y talentoso hijo menor, Gregory Hemingway.

Lo vemos por última vez sentado en un bordillo en Key Biscayne, una mañana, después de haber sido arrestado la noche anterior intentando cruzar un control de seguridad. Viste una bata de hospital, pero sin nada debajo, sujetando con una mano la ropa y unos zapatos negros de tacón. Llevaba reflejos en el pelo, casi blanquecinos esa mañana, las uñas de los pies pintadas, y cuando la policía se le acercó estaba intentando ponerse unas chancletas de flores. Cinco días después murió de un ataque al corazón mientras estaba recluido en un centro de detención para mujeres. Fue inscrito como Gloria Hemingway. Eso ocurrió en 2011. Tenía 69 años.

La última parte, muy conmovedora, de El barco de Hemingway está dedicada a Gregory, Gigi, como siempre le llamaron, rimando con “biggy” [grande]; el hijo pródigo que, de pequeño, fue sorprendido intentando probarse los pantys blancos de su madrastra. “Era un muchacho nacido para el mal y que sin embargo se comportaba como bueno…”, escribió Hemingway en su obra de ficción, Islas a la deriva. “Sin embargo era malo y él lo sabía y los demás también”. Hendrickson dice: “Voy a decirlo claramente: fue un hijo avergonzado toda su vida que tan solo exteriorizaba lo que un padre sentía…”. Y estas eran probablemente las fantasías transexuales del Jardín del edén con todas las mujeres de Hemingway con el pelo corto, como el de un chico.

Cuando la hija mayor de Gigi, Lorian, lo vio por primera vez después de muchos años, la llevó en un barco fletado expresamente para enseñarle lo que era la pesca de altura, pero perdió bochornosamente el gran marlín que había picado. No había soltado carrete, y el sedal se rompió. Convirtió aquello en un verdadero fracaso. Parecía destrozado. Ella alargó la mano y, compasiva, le tocó la frente. “Lo siento, Greg”, le dijo. “Eres una chica muy guapa”, dijo él. “Una chica muy guapa. Llámame ‘padre’, ¿lo harás?”. Ella se fijó en la laca de uñas en dos de sus uñas partidas y sucias.

El deterioro de la salud y los problemas psicológicos de Hemingway se agravaron a finales de los 50. Recibió tratamiento de choque en la clínica Mayo y estaba convencido de que el FBI lo vigilaba. (De hecho, los agentes del FBI habían confeccionado un voluminoso expediente sobre él). Deliraba y tenía dificultades para hablar. Fue apartado del público. Era incapaz de escribir siquiera una sola frase. Hendrickson narra con espeluznante detalle, casi paso a paso, la historia de sus últimas horas, cuando se levantó una mañana en Ketchum, en Idaho, se puso las zapatillas y pasó silenciosamente por la habitación de matrimonio, donde su mujer dormía. El suicidio pudo ser considerado un acto de debilidad, incluso de flaqueza moral, una repentina revelación en un hombre cuya imagen era de audacia y coraje. Pero el libro de Hendrickson demuestra que no fue falta de coraje, sino todo lo contrario, la última muestra de su valor.

El barco de Hemingway es un libro escrito con el virtuosismo de un novelista, hagiográfico en el buen sentido, comprensivo, tenaz e imaginativo. No rivaliza con las biografías, sino que se sitúa brillantemente a su lado —el mar, Cayo Hueso, Cuba, todos los lugares que Hemingway conoció y la vida que llevó en los mismos. Su imponente personalidad vuelve a la vida en estas páginas; su gran encanto y calidez, así como su egotismo y su agresividad.

“Perdónale todo”, como dijo la mujer de George Seldes en los primeros tiempos, “escribe como un ángel”.

Este artículo, reseña de Hemingway’s Boat: Everything He Loved in Life, and Lost, 1934–1961, de Paul Hendrickson, editado por Knopf, fue publicado el 13 de octubre de 2011 en The New York Review of Books (NYRB), generosamente cedido por los editores y por su autor.
James Salter (Nueva York, 1925) es escritor. En España ha publicado, entre otros, La última noche, Pilotos de caza, Años luz, Juego y distracción y, el más reciente, Quemar los días, sus memorias. En FronteraD ha publicado el poema  Todavía así , y sobre él han escrito Joseba Louzao (Quemar los días: vida y memoria de James Salter ) y Pablo Mediavilla (Salter)
Traducción: Verónica Puertollano, revisada por Victoria Fernández-Cuesta
Fuente:
http://www.fronterad.com/?q=Ernest-Hemingway-James-Salter&page=0,3

Galería de fotos

Ernest Hemingway a bordo de su yate,el Pilar. 1935. JFK-EHEMC

Ernest Hemingway en 1926 (Culver Pictures)

Ernest Hemingway en una ambulancia de la Cruz Roja en Italia.1918. Ernest Hemingway Photograph Collection, John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston.

Ernest Hemingway pescando. Key West, 1928. Ernest Hemingway Photograph Collection, John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston.

Jean Patchett y Ernest Hemingway en 1950. Foto de Clifford Coffin para Vogue