12/12/11

Argentina tiene un nuevo John Frum

 Especial para Gramscimanía
“Privar a un pueblo del hombre que celebra como el más grande de sus hijos no es empresa que se deba acometer frívolamente, especialmente cuando uno mismo forma parte de ese pueblo.  Ninguna consideración, sin embargo, me moverá a poner la verdad de lado en favor de pretendidos intereses nacionales”: Sigmund Freud,  Moisés y el monoteísmo, 1939


Rolando “El Negro” Gómez 

Nota del Editor: ¿Quien es John Frum?
Uno de los principales efectos negativos de esa superestructura ideológica llamada religión, es el de transformar en virtud una de las principales carencias humanas: la falta de comprensión de ciertos fenómenos naturales.  Cuanto más satisfecho esté el hombre con su falta de comprensión, más virtuoso se vuelve a los ojos de los vicarios de ésta o aquella religión.  Cuanto más aferrado al dogma indiscutible (y por ende cuanto menos crítico y reflexivo), más virtuoso.

Lo anterior no debería en principio aplicarse a los procesos políticos y sociales.  Sin embargo lamentablemente se aplica.

La presidenta argentina, electa con una abrumadora mayoría histórica de votos, acaba de pronunciar su juramento de aceptación del cargo…basado en tres entes intangibles: Dios, Patria y…Él.

Dios no existe, y por lo tanto difícilmente la nueva presidenta pueda ser castigada en su incumplimiento por tal ente imaginario.  En todo caso –haciendo acá una terrible concesión bipolar- dios sería un ente “del más allá”, no de este mundo, por lo que la nueva presidenta tiene garantizada una larga vida sin castigo alguno, en caso de incumplir.  De hecho, varios de los genocidas que gobernaron Argentina anteriormente hicieron también su juramento sobre el mismísimo ente inexistente, y muchos de ellos escaparon al castigo en “esta vida”.

Con respecto a “La Patria”, se trata de otro ente imaginario, no-perenne, en constante evolución y cambio, nunca eterno, y sin duda alguna cuya definición depende del prisma con el que se observe el mundo.  Marx y Engels escribieron en su manifiesto que “los obreros no tienen patria”, y la realidad de la lucha de clases mundial sigue dándoles la razón hasta el día de hoy.  Pero… ¿sobre qué “patria” juró la presidenta?  La historia argentina reciente nos ha dado varias opciones de prismas que podríamos usar: patria procesista, patria rompebolas que hay una sola, patria sojera, patria grande, patria futbolera, patria militar, patria celestial, patria chacarera, patria montonera, madre patria, patria financiera, patria metalúrgica, patria inmobiliaria…¡y hasta patria socialista! (nadie nunca habló de “patria obrera”.  No hubieran podido.)

¿Qué prisma usa Cristina Fernández?  Queda claro que no tiene mucha importancia.  El devenir histórico de la lucha de clases puede hacer cambiar el prisma sin ningún reparo por la solemnidad de un juramento, ya que se trata de un ente imaginario.  Otro juramento, que de incumplirse, quedará sin castigo.

La particularidad de este juramento solemne es que se hizo también sobre otro ente inexistente, fallecido: Él.

Todo ser humano tiene el absoluto y pleno derecho a doler sus deudos.  En esto coinciden psicólogos, psiquiatras, junto con tanatólogos, religiosos y gente común.

Pero de allí a hacer del duelo personal un hecho religioso, político y social, hay un gran trecho.  Transformar el pronombre personal en tercera persona en un morfema de profundo significado religioso es mucho más que un simple gesto de duelo.  En el contexto de un juramento por el cargo de Presidente Constitucional de la República, se transforma en manipulación emocional.  Al margen de que “Él” ya no está; está muerto, y por lo tanto tampoco puede de ninguna manera hacer cumplir un juramento o reclamar su cumplimiento, el manejo lingüístico del morfema está dirigido a exaltar la “virtud del dogma”, y no aquella de la reflexión y la crítica.

Coherente con lo anterior, los diarios argentinos han informado recientemente de otros dos hechos similares: el primero, un diputado del honorable senado bonaerense se tatuó en su brazo la cara de “Él”.  Un comentario sobre esto daría para un ensayo aparte sobre el carácter de este individuo, quien declaró a la prensa que “(yo) necesitaba tenerlo en mi piel”.  Vaya representante de una ideología.

El segundo hecho: otro diputado, también bonaerense, hizo el pasado 13 de octubre del 2011 una propuesta de ley proponiendo que el día de la muerte de “Él” sea declarado “Día de la revelación política (sic) juvenil”, argumentando que “Él” contribuyó al “resurgimiento de la militancia de las juventudes políticas”.  No voy a referirme al hecho de que esta propuesta es una ofensa y un desprecio total a la juventud argentina pensante.  Noto simplemente el hecho de que se fabrica una “revelación” de “Él”.  No enseñanzas, no ideas que se pueden citar, no escritos que se deben leer, no proceso cognitivo al que la juventud debe llegar de manera crítica e independiente.  No; se trata de una “revelación”.  La connotación (y la manipulación) religiosa es aberrante.

Aparentemente, en las postrimerías de las jornadas de masas que estallaron el 19 y 20 de diciembre del 2001, un container de cargo fue abandonado en la esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen, al lado de la casa del gobierno argentino.

Al término de esas jornadas, luego de que les liberaran sus ahorros, algunos nativos volvieron a sus balcones y le pidieron a sus empleadas domésticas que guardaran las cacerolas.  Otros nativos, un poco más numerosos, volvieron a sus fábricas y universidades y siguieron en su tarea de construir una alternativa política independiente de los obreros, incluyendo jóvenes nativos que no necesitaron revelación alguna.

Un tercer grupo, abrumadoramente mayoritario, cuando vio la bonanza (aparente, real, y ¡ojo!, también la obscenamente acumulada) que trajo el posterior salvataje del capitalismo argentino luego de su crisis histórica más profunda, comenzaron a venerar a John Frum.


Omar Montilla
Nota del Editor
Una curiosa consecuencia de la expansión norteamericana por las islas del Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial fue la proliferación de los llamados cultos del cargo, que surgieron del asombro de los indígenas ante la acumulación de material bélico y objetos de consumo que habitualmente acompañaban a la invasión. El culto cargo de las Nuevas Hébridas en general, y de la isla de Tana en particular, es el de John Frum quién, según los aborígenes del lugar, les invitó a abandonar la religión cristiana impuesta por misioneros británicos para volver a sus viejos ritos. Los antropólogos afirman que John Frum no es sino el recuerdo distorsionado de los soldados americanos que se presentaban diciendo algo como : "Soy John, de Ohio" o "soy John, de Nueva York" (que en inglés viene a ser I´m John from...). El culto predecía además que, algún día, John Frum volvería y traería con él toneladas de cargo.
En 1976 llegó a Tana Antoine Fornelli, un pescador corso que había servido en el maquis de Vercors durante la Segunda Guerra Mundial y, al terminar ésta, había abierto una armería en Lyon, con cuya venta decidió comprarse una plantación en las Nuevas Hébridas que había visto anunciada en un periódico. En Tana Fornelli descubrió un verdadero paraíso donde dedicarse a su mayor pasión, la pesca submarina, y enseguida se hizo amigo de los indígenas, que lo iniciaron en sus ritos secretos. En 1970 Fornelli sugiere a los indígenas declarar la independencia y abandonar los ritos cristianos impuestos por los misioneros británicos. Forma un consejo con los cinco jefes de aldea de la isla y les da una bandera azul con una estrella verde en el centro. Los indígenas, en agradecimiento, le nombran "Señor de la piragua", que es como conocen a sus reyes, en 1974, y su figura queda totalmente asimilada a la de John Frum. Pocos meses después, los británicos le detienen y le encarcelan en una isla cercana durante 18 meses, prohibiéndole expresamente volver a Tana. Desde su prisión, Fornelli declara la guerra a Gran Bretaña y Francia (ambos países tenían la isla de Tana en condominio).
En 1990 Fornelli regresa a Tana, al ser reconocida su independencia, vuelve a ser "Señor de la piragua" y termina así de cumplir la promesa que hizo el mítico Frum.