6/11/11

Las obsesiones de Domenico Losurdo, quien suele presentarse como devoto seguidor de Gramsci


Según Moscato, Losurdo revela una falta de un conocimiento profundo que lo lleva a un uso escandaloso, aunque tal vez inconsciente, de la terminología estaliniana y un conocimiento deficiente del contexto histórico, lo que explica varios deslices y no pocos anacronismos. Los límites del conocimiento histórico de Losurdo se observan cuando atribuye a Trotsky y al conjunto de la oposición una visión mezquina y tiene un escaso conocimiento de la URSS. Resulta molesto ver cómo se presenta el debate posterior a la muerte de Lenin como fruto de una lucha por el poder y de ambiciones personales. A Losurdo no le da que pensar el hecho de que fuera aniquilada casi la totalidad de la dirección de la revolución rusa.
Antonio Moscato
Mi reseña del libro “Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra” (Editorial El Viejo Topo, 2011), de Domenico Losurdo, fue tal vez un poco precipitada, probablemente porque me sorprendió la novedad de un cambio de orientación parcial de Luciano Canfora en el ensayo publicado en el apéndice. Sin duda señalé un elemento importante: Losurdo ignora completamente la inmensa literatura soviética y rusa sobre el Gulag (ignora a Soljenitsin y a Salámov, a Grossman y a Rybákov, a Ginzburg, Mandelstam y muchísimos más que sufrieron el estalinismo en propia carne o en la de sus seres queridos), y siempre se ha apresurado a confrontar la supuesta “leyenda negra” con lo que escribió Stalin o algún cortesano suyo, contraponiéndolo después a cualquier frase, sacada de contexto, de un “denigrador” posiblemente poco avezado y no muy digno de confianza. La fuente principal con respecto a las críticas a Stalin es el “Informe secreto” de Jrushchov al XX Congreso del PCUS, que Losurdo asimila descaradamente a Trotsky y al movimiento trotskista, ignorando que éste formuló de inmediato una crítica radical a la metodología utilizada. Ernest Mandel, por ejemplo, ya sostuvo en 1956 lo que Losurdo presenta ahora como descubrimiento suyo: Jrushchov concentraba todas las responsabilidades del estalinismo en una sola persona, Stalin, justamente para exculparse a sí mismo y a todo el grupo dirigente de la prolongada complicidad con el tirano. Añadiré que el método de Jrushchov era prácticamente el mismo que el de Stalin.

A veces, sin embargo, Losurdo cita incluso textos de Trotsky, en general malinterpretándolos por no tener en cuenta los sucesos a los que se referían. Sobre todo no tiene en cuenta que buena parte de lo que escribía Trotsky no obedecía al deseo de polemizar, sino que pretendía analizar los procesos profundos con el fin de comprender las transformaciones de la URSS. Así, Losurdo contrapone las escasas referencias incluidas en La revolución traicionada al resurgir del antisemitismo (y no podían ser sino escasas, ya que el fenómeno no se desarrolló plenamente hasta después de la segunda guerra mundial), a una serie de frases de condena ritual del antisemitismo pronunciadas por Stalin mucho antes de comenzar a perseguir a los miembros del Comité Antifascista Judío, a ordenar la incoación de los procesos contra los “médicos asesinos” y a programar la deportación total de la población de origen judío. En el colmo del absurdo, llega a decir que en todo caso es Trotsky quien fue antisemita, porque al referirse a la Rusia zarista describe el papel del poder financiero judío. Los sionistas más fanáticos emplean este mismo método para incluir en la definición del término al propio Marx…
Losurdo está tan obsesionado con la palabra “traición”, según él la esencia de la crítica de Trotsky (tal vez no sepa que el título de La revolución traicionada lo eligió el primer editor), que la repite varias veces en una misma página para liquidar de un plumazo a los críticos de Stalin: he estado tentado de contar cuántas veces la repite, pero renuncio; por otro lado, la insistencia exagerada se nota a primera vista. Otra obsesión es la referida al “mesianismo anarcoide” que Losurdo ve por todas partes entre los opositores a Stalin y que asocia al “cosmopolitismo” y al “universalismo abstracto”, frente a los que se remite a la Fenomenología del espíritu, de Hegel, que conoce mejor que la historia de la URSS.
La obsesión del terrorismo
Así, le parece natural que Stalin, en aras de la “autodefensa” frente al “terrorismo” que supuestamente preconizaba el programa de la Oposición de Izquierda, lanzara la violenta represión contra el modesto intento de colgar carteles contra la burocracia durante las celebraciones del décimo aniversario de la revolución. De manera análoga, ignorando por completo las reglas democráticas vigentes en el Partido Bolchevique y mantenidas formalmente hasta después del X Congreso, que suprimió el derecho de fracción pública, hace suya la leyenda estaliniana de una “imprenta clandestina”. En realidad no era más que el intento de la oposición de reproducir al menos en multicopista el documento alternativo al de la mayoría, dado que las imprentas del partido se negaron a reproducirlo, a pesar de los estatutos.
En cuanto al peligro de terrorismo, Losurdo cree verlo confirmado sobre todo en un mediocre panfleto juvenil del periodista fascista Curzio Malaparte, Técnica del golpe de Estado, interpretando así el terror estaliniano como legítima respuesta a un intento de “golpe de Estado de las oposiciones”. Tan fuerte es la obsesión por el peligro de una guerra civil que la alusión a los criterios clásicos de militancia, que incluyen también la formación militar, se interpreta como la preparación de una insurrección. Entre otras cosas, dicha alusión figura en un documento interno de la Oposición de Izquierda, no la del exilio, como escribe Losurdo, sino de antes, y por tanto todavía desde el interior del partido y de la Internacional, en armonía con los criterios en vigor. Si Losurdo hubiera leído de veras la biografía de Trotsky de Pierre Broué, de la que cita una frase sacada de contexto, sabría que durante largos siete años, de 1926 a 1933, la Oposición de Izquierda rusa e internacional estuvo discutiendo a fondo sobre su propia ubicación y que Trotsky defendió tenazmente la negativa a aceptar las expulsiones, reivindicando la reincorporación en el partido, incluso a costa de perder una parte de los propios apoyos.
La falta de un conocimiento profundo lleva a Losurdo a un uso escandaloso, aunque tal vez inconsciente, de la terminología estaliniana: así, escribe que los agentes de Trotsky “son omnipresentes”, “anidan” en el ejército e incluso en la GPU, “se infiltran” y tratan de “poner pie” en todas partes. Losurdo tampoco se da cuenta de que la mayoría de los presuntos “infiltrados” representan una parte importante del partido que hizo la Revolución de Octubre y que, por el contrario, los verdaderos infiltrados son los que les dan caza y les acechan y que entre 1925 y 1928 empiezan a expulsarles. Son los mismos que se afiliaron masivamente tras la muerte de Lenin, con la llamada “generación Lenin”, que dobló el número de inscritos contrariamente a las indicaciones precisas del líder moribundo, quien propuso reducirla drásticamente para excluir a los arribistas que acudieron en gran número tras el fin de la guerra civil. Los recién llegados fueron educados para la fidelidad y la obediencia ciega en los “breves cursos” de “marxismo-leninismo”, y utilizados para agredir físicamente a los opositores y quitarles la palabra. Citaré un único nombre para caracterizar a esta generación posrevolucionaria: Andrei Januaryevich Vishinsky, el exmenchevique que en los años treinta se convertirá en el implacable fiscal en los procesos que acabaron con la vieja guardia bolchevique.
Losurdo suele presentarse como devoto seguidor de Gramsci, de quien cita varias frases tomadas de los “Quaderni” para contraponer el internacionalismo de Stalin al “cosmopolitismo” de Trotsky, pero ha olvidado la dura carta que envió Gramsci al Comité Central del Partido Comunista de Rusia, en la que denunciaba en 1926 la expulsión de Trotsky, Zinoviev, Kámenev y otros de los órganos dirigentes del partido, antesala de su expulsión del partido al año siguiente. La carta fue interceptada por Togliatti en colaboración con Bujarin, y su existencia fue ocultada durante décadas a los comunistas italianos. Después de reconocer el papel desempeñado por el partido ruso “en estos nueve años de historia mundial” como “elemento organizador y propulsor del las fuerzas revolucionarias de todos los países”, Gramsci exclamaba: “Pero ahora estáis destruyendo vuestra obra, degradáis y corréis el riesgo de anular la función dirigente que había conquistado el Partido Comunista de la URSS bajo el impulso de Lenin”. Por otro parte, ya en 1926 se había sustituido en gran medida la elegibilidad de los dirigentes por las cooptaciones y por la masa de personas de confianza que no respondían más que ante quienes las habían nombrado desde arriba y no ante los militantes de la estructura del partido que habían sido delegados para dirigir.
Desconocimiento de la historia
El conocimiento deficiente del contexto histórico explica varios deslices y no pocos anacronismos: por ejemplo, al hablar del caso Kírov, Losurdo confunde con una justificación del terrorismo (y por tanto con una confirmación de la tesis que ha deducido del panfleto de Malaparte) un análisis de Trotsky que se toma en serio las explicaciones oficiales y se pregunta si el asesinato del dirigente de Leningrado responde a una protesta individual o refleja una actitud de amplios sectores de la juventud. Me faltan elementos para descartar, como hace categóricamente Losurdo, la veracidad de las insinuaciones avanzadas por Jrushchov en el informe secreto de 1956 y repetidas con idénticas palabras en las conclusiones del XXII congreso cinco años más tarde, lo que tampoco me parece muy importante: los crímenes demostrados de Stalin son tan grandes y numerosos que podemos incluso quitarle algunos de la lista sin que cambie ni un ápice el juicio general. No sé de dónde ha sacado Losurdo un libro con una tesis exculpatoria, pero incluso si fueran mera coincidencia las circunstancias referidas por Jrushchov (por ejemplo, la muerte repentina de todos los testigos, como ocurrió en el caso del asesinato de Kennedy), queda el hecho inequívoco de que la muerte de Kírov fue atribuida a las oposiciones y aprovechada como pretexto para desencadenar una represión sin precedentes, que al cabo de dos o tres años golpearía también a los dirigentes que se habían echado para atrás y abandonado la oposición. Pero es cierto que Losurdo ignora que Kírov, después de haber sido durante mucho tiempo un fiel colaborador de Stalin, en el XVII congreso de 1934 había aparecido como punto de referencia de una nueva oposición potencial, madurada entre los cuadros estalinistas preocupados por el resultado catastrófico de la colectivización forzosa, que había agravado la crisis de abastecimiento de alimentos de las ciudades, y por el éxito de Hitler, consecuencia directa de la táctica enloquecida impuesta por Stalin al partido comunista alemán, que se había visto obligado a apoyar a los nazis en contra de la socialdemocracia en el referéndum prusiano de 1932.
Peor aún, hace pasar por un aval o apoyo al terrorismo un planteamiento de Trotsky sobre los posibles motivos del asesino de Kírov, que en sustancia es el mismo que hicieron el propio Trotsky y Lenin en 1916 para comentar el asesinato del primer ministro austriaco por el joven secretario del partido socialista austriaco Fritz Adler. Y no se percata de que para la mentalidad del fundador del Ejército Rojo, común a toda una generación de revolucionarios, en 1934 era difícil siquiera imaginar la lógica perversa del NKVD. Ya en el exilio, Trotsky creyó durante un tiempo que en algunos procesos contra categorías enteras (ingenieros, etc.) hubo alguna exageración, pero que partía de datos reales. No sospechaba todavía la monstruosa capacidad de inventar acusaciones y “pruebas” absurdas, que seguiría siendo una constante de la URSS hasta su lento declive. Cuando lo comprendió, al leer las increíbles confesiones arrancadas a antiguos compañeros a los que había estimado, encanecerá de golpe.
Con su falta de conocimientos sobre el periodo de los primeros años de la revolución, Losurdo se escandaliza cuando Trotsky (que según él estaba enfermo como siempre de “mesianismo anarcoide” y “universalismo abstracto”…) sostiene que “la verdadera familia socialista, liberada por la sociedad de las pesadas y humillantes cargas cotidianas, no tendrá necesidad de ninguna regulación”. Horror, esto quiere decir que “la simple idea de regulación jurídica de las relaciones familiares ya provoca la protesta y el desdén de Trotsky”… Losurdo opone a esto la sabiduría de Kaganóvich, quien polemiza con presuntas tendencias extremistas que según él pretendían “suprimir cualquier espacio de convivencia común entre marido y mujer”. Un pecado que los hechos sitúan bajo una luz un poco distinta: la posición de Trotsky se reclamaba de lo que la revolución había hecho en los primeros años, cuando el poder de los soviets reconoció que al Estado no le correspondía intervenir en cuestiones privadas como el matrimonio y el divorcio y hubo una batalla por liberar a las mujeres de las pesadas tareas domésticas mediante la creación de guarderías, lavanderías y comedores colectivos. La posición de Kaganóvich registraba, en cambio, el fracaso en este terreno, y a través de la nueva santificación del matrimonio (salvo para la burocracia) descargaba de nuevo sobre las espaldas de la mujer la tarea añadida de los quehaceres domésticos. Lejos de estar inspirada en el sectarismo polémico, como imagina Losurdo cuando habla de “protesta y desdén”, la posición de Trotsky, reiterada en La revolución traicionada, era fruto de una larga batalla librada cuando todavía se hallaba en la cúspide del poder, a través de artículos publicados en la prensa oficial, recopilados posteriormente en un precioso opúsculo publicado en Rivoluzione e vita quotidiana. A Trotsky le preocupaban tanto las infraestructuras comunitarias necesarias para reducir el peso de las tareas domésticas como la batalla contra las resistencias machistas y patriarcales de tantos compañeros, como hará decenios después el Che Guevara.
Pero donde Losurdo revela en mayor medida los límites de su conocimiento histórico es cuando atribuye a Trotsky y al conjunto de la oposición una visión mezquina, que según él les llevó a “denunciar la degeneración de la Rusia soviética a causa de la persistencia de la economía privada en el campo y de la colaboración de clases de los comunistas con los campesinos”. Una calumnia derivada de las exageraciones del Bujarin más sectariamente alineado con Stalin contra la Oposición, pero totalmente desprovista de fundamento. Trotsky no solo había aceptado la NEP (Nueva Política Económica), sino que la había propuesto él mismo con un año de antelación, sobre la base de su conocimiento de la situación de los campesinos en la última fase de la guerra civil. Cuando dos años después la Oposición se alarmó ante las diferenciaciones sociales generadas por la NEP y la formación de una capa social que aspiraba a la restauración del capitalismo y desabastecía a las ciudades y a los propios campesinos pobres, la solución que propuso no consistía en poner fin a la colaboración con los campesinos, sino, por el contrario, su refuerzo mediante la orientación de la industria ligera a la satisfacción de las necesidades del campo, con el propósito de crear un interés material de los campesinos pobres por entrar espontáneamente en las cooperativas.
Asimismo, resulta molesto ver cómo se presenta el debate posterior a la muerte de Lenin como fruto de una lucha por el poder y de ambiciones personales, cuando todos los historiadores rigurosos, empezando por Carr, Deutscher y Broué, han tratado siempre de comprender por qué Trotsky renunció a librar algunas de las batallas todavía posibles, probablemente asqueado precisamente por el tono miserable de las polémicas empleado por la camarilla reunida en torno a Stalin. Losurdo está obsesionado con la idea de que hubo cierta reciprocidad entre ambos dirigentes: en realidad, cuando se iniciaron los grandes procesos, Trotsky escribió en una carta que si Stalin hubiera previsto, al comienzo de su batalla a favor del socialismo en un solo país, de todo lo que acabaría haciendo en defensa de esa opción equivocada, probablemente se habría suicidado. Lejos de demonizar a Stalin, trataba de comprender su lógica y no olvidaba que había sido un revolucionario. Para Stalin, en cambio, la denigración, incluso retrospectiva, de Trotsky y de todos sus adversarios alcanzó niveles inimaginables. Por otro lado, desde el comienzo de la confrontación, aunque todavía no hubiera sacado a relucir el antisemitismo de sus últimos años, Stalin no dudaba en agitar los bajos instintos de las masas más atrasadas subrayando que “no es casualidad” que la mayor parte de la Oposición de Izquierda fuera de origen no ruso (y por tanto, judío)… Pero volveré sobre esto más adelante.
No me detendré en los despistes menores de Losurdo, como el relativo a Kronstadt, que revela la voluntad habitual de absolver a Stalin (quien en realidad en 1921 era todavía absolutamente marginal y no desempeñó papel alguno en aquella tragedia) y retoma, aunque sea tan solo de forma indirecta, la atribución al “gendarme”, es más, al “mariscal Trotsky” la responsabilidad directa y principal en la represión, en la que de hecho no participó. Dado que Losurdo cree que la denuncia de Trotsky se reduciría en sustancia a la acusación de traición, contempla como una némesis histórica que los insurgentes de Kronstadt le hicieran esa misma acusación.
Un caso flagrante de anacronismo y desconocimiento de la Rusia soviética prestalinista (que habría podido subsanarse leyendo a Carr, o a Victor Serge) se refiere al papel de Yakov Blumkin, quien en 1918, siendo un joven socialrevolucionario de izquierda, participó en el asesinato del embajador alemán Wilhelm von Mirbach y fue condenado a muerte. Se salvó de la ejecución y después, como tantos otros en aquella época, fue indultado y consiguió un puesto en la Checa, una vez conjurado el peligro de reanudación de la guerra con Alemania. Losurdo no imagina que el dato que menciona no es más que la prueba del hecho de que en los primeros años de la revolución hubo militantes de otras tendencias del movimiento obrero que gozaban del pleno derecho de ciudadanía en los soviets e incluso en la Checa. Así, comenta: “A los ojos de las autoridades soviéticas, no podía ser otra cosa que un provocador”; en 1929, Blumkin se reúne con Trotsky en Prinkipo, y apenas vuelto a Moscú, es fusilado (para estupor de los soviéticos, ya que hasta entonces la represión solo había golpeado a quienes se declaraban en contra de los soviets). Sin embargo, a Losurdo le parece lógico, y por tanto insinúa que Trotsky tuvo alguna afinidad con el joven autor del atentado de 1918, dado que ambos pensaban en un “golpe de látigo” para que Rusia volviera a despertar; la prueba entonces es que Blumkin participó en la “conspiración dirigida por Trotsky”, es decir, en las “intentonas de la oposición de tomar el poder”…
La prueba definitiva sería un artículo de Trotsky sobre Ucrania, en el que se declaraba a favor de su independencia. Losurdo ni siquiera sospecha que el derecho de autodeterminación de Ucrania fue defendido insistentemente en 1917 no solo por Trotsky, sino también por Lenin, quien se indignaba ante la hipocresía de los mencheviques que proponían resoluciones a favor de la independencia de Irlanda e India: “Nuestra India o Irlanda son Ucrania y Finlandia”, decía Lenin, antes y después de la toma del poder. Sin embargo, para Losurdo, Trotsky terminaba de este modo de llevar agua al molino de Hitler…
Falta de rigor histórico
El problema es el método de Losurdo, que es todo lo contrario del de un historiador riguroso: ha hallado citas de Trotsky en algún panfleto de denuncia y las reproduce sin conocer el contexto. Y pone como autoridad máxima (creyéndole “antiestalinista”…) a Dimitri Volkogónov, quien fue un “historiador oficial” cuando Brezhnev intentó rehabilitar a Stalin, y más tarde con Andropov, Chernenko, Gorbachov, Yeltsin y Putin… Un “historiador” que durante años había calificado a Trotsky de traidor proimperialista, pero en la última fase, cuando empezó a cambiar la dirección del viento, comenzó a describirlo como un aventurero peligroso: lo importante era presentarlo como un personaje execrable y tratar de evitar que la gente lo leyera…
Con semejantes fuentes, es lógico que Losurdo dé por buena la fábula de que la guerra de Finlandia se debió a la negativa de este país a aceptar “un intercambio pactado de territorios” propuesto por la URSS y que relacione los hechos con una vergonzosa justificación de la masacre de Katyn: en ese clima “¿cómo habrían reaccionado los oficiales polacos al desmembramiento de Polonia?”, se pregunta Losurdo (sin preguntarse asimismo por qué ese desmembramiento fue pactado con Hitler e ignorando naturalmente que Stalin no lo había aceptado pasivamente, sino que se había manifestado varias veces en contra de la existencia del Estado polaco). Con respecto a Finlandia habría sido mejor recordar que el supuesto “intento de intercambio de territorios” se produjo tras la imposición, en la estela del Ejército Rojo, de un gobierno provisional presidido por Otto Kuusinen, como también se hizo –con mayor éxito, al menos de momento– en los países bálticos y los demás territorios trocados con Hitler. La evidente dificultad del Ejército Rojo en Finlandia (fue necesario enviar al final a 1.200.000 hombres, más o menos el equivalente a toda la población finlandesa masculina adulta en aquel periodo) fue justamente el dato que animó a Hitler a desencadenar el ataque antes de lo previsto.
Sin embargo, Losurdo utiliza varias veces la existencia de la Alemania nazi para explicar y justificar muchas decisiones de Stalin: por ejemplo, el exterminio de la élite militar del Ejército Rojo en 1937-1938. Y para justificar el proceso contra Tujachevsky y los demás mandos militares se aferra a una apreciación de Churchill, pasando por alto la catástrofe militar del primer año de guerra, cuando a causa de la falta de preparación y de oficiales experimentados (algunos habían sido ascendidos hasta tres veces en un año a fin de cubrir las vacantes creadas por las purgas) murieron o cayeron prisioneros de los nazis millones de rusos, civiles y militares que no recibieron órdenes útiles. Se aferra a varios testimonios para refutar las alusiones negativas del “Informe secreto” a la desorientación de los primeros días de la invasión. Como si no se hubiera descrito ya en tantas memorias no apologéticas.
Losurdo considera un sectarismo inadmisible el lúcido análisis de Trotsky sobre la fatal carrera por el acercamiento a Hitler tras la conferencia de Múnich. Trotsky había previsto que después de haber sacrificado la revolución española para complacer al imperialismo franco-británico, Stalin se haría ilusiones de conseguir una larga tregua al amparo de un pacto con Alemania. Ahora bien, en vez de reforzar a la URSS, dicho pacto la debilitó porque introdujo en sus confines a pueblos que no habían conocido la Revolución de Octubre y que tras una breve experiencia de la brutalidad de la represión (que no solo acabó con decenas de miles de oficiales en Katyn, sino con muchos cientos de miles de ciudadanos de Polonia oriental y de los países bálticos) aportaron no pocos colaboracionistas con las tropas nazis. Lo que escapa a Losurdo es que para Stalin, con tal de retrasar la guerra, lo lógico era intentar cualquier alianza, no solo haciéndose ilusiones sobre su duración y solidez, sino sobre todo olvidando el mínimo criterio moral y no teniendo en cuenta las repercusiones de sus decisiones: el pacto Ribbentrop-Mólotov provocó en todos los partidos comunistas graves problemas de desorientación y debilitó después sus fuerzas, creando las premisas de la crisis reiterada de posguerra en Hungría y sobre todo en Polonia, donde en vísperas del reparto el partido comunista fue suprimido sin más, y con una justificación ultrajante. El precio pagado tras la reconstitución tardía del partido fue su desconexión del potente movimiento de resistencia antinazi.
El antisemitismo de Stalin
La preocupación principal de Losurdo consiste en desmentir categóricamente que la acusación de antisemitismo contra Stalin tuviera el mínimo fundamento. Además de recordar las simpatías por el nazismo de Churchill y de tantos exponentes de Estados Unidos (ciertas, aunque no se entiende qué tienen que ver), aparte de que llama la atención el hecho de que por un lado denuncie y por otro destaque las calificaciones hechas con respecto a Stalin por esas mismas personas, Losurdo aduce otras argumentaciones sumamente contradictorias. Por ejemplo, cita numerosos testimonios (también ciertos) sobre el papel de Stalin y la URSS en el apoyo militar y los suministros directos, o a través de Polonia, Yugoslavia y Checoslovaquia, a los sionistas entre 1945 y 1949, retomadas de un libro muy interesante de un ruso, Leonid Mlecin, cuyo título es significativo: Perchè Stalin creò Israele (Sandro Teti, Roma, 2010). Explica la razón de fondo de esta opción, que no era otra que contraponerse al imperialismo británico, pero omite las escandalosas citas de frases hostiles a los palestinos y los árabes, rayanas en el racismo. Y también pasa por alto que este apoyo no excluía el fastidio ante cualquier forma de defensa de la cultura judía y yidish en territorio soviético, y que ya en 1948 fue eliminado sin proceso, mediante un accidente de circulación simulado, el principal animador del Comité Judío Antifascista, Solomon Michoels, mientras que otros exponentes del mismo fueron procesados y condenados a muerte poco después.
Domenico Losurdo está obsesionado con recalcar que no había nada que uniera a Stalin con Hitler, y podemos estar de acuerdo (aunque es sabido que en muchos momentos uno y otro habían sentido admiración recíproca), pues sus motivos eran distintos. En el caso de Stalin no se trataba de una judeofobia particular, sino simplemente de una concepción que atribuía a toda una población las culpas ciertas y a menudo presuntas de algunos individuos. No me parece, sin embargo, que la diferencia con respecto al antisemitismo clásico la haga más aceptable. Su hostilidad creciente hacia los judíos rusos, como reacción a la frustración de su deseo de utilizar el Estado de Israel contra Gran Bretaña y EE UU, no era distinta de la que profesaba contra los chechenos, calmucos, tártaros de Crimea, alemanes del Volga y todas las demás poblaciones que tuvieron que sufrir terribles castigos colectivos, como la deportación en condiciones letales para los más débiles, en las que en algunos casos murieron casi la mitad de los expulsados de sus tierras.
Con su escaso conocimiento de la URSS, Losurdo aporta como prueba una declaración de Ilya Ehrenburg, en la que propone la asimilación de los judíos, a quienes había que “dejar en paz” y que “deben cesar todos los intentos de inducirles a abrazar el sionismo y a repatriarse”, pero sin sospechar que también era una respuesta al proyecto de Stalin de trasladar a los judíos soviéticos al lejano Birobiyán o a Crimea, donde la deportación de los tártaros había dejado espacio. El proceso contra los médicos, sobre el que ha corrido mucha tinta, no le parece a Losurdo atribuible a un prejuicio étnico, porque en la lista de los asesinos de “bata blanca” también había, como es habitual, algunos no judíos. Y eran los años en que las detenciones y torturas para hacer confesar un “complot sionista” afectaron incluso a la mujer judía de Molotov, quien era asimismo ministra. Y eran los años en que primero fue repetidamente masacrada por la censura preventiva, después retenida y finalmente bloqueada la publicación de una extraordinaria documentación sobre el “genocidio nazi en los territorios soviéticos”, recopilada por el Comité Judío Antifascista a propuesta de Albert Einstein y custodiada por Ilyá Ehrenburg y Vasili Grossman. Tan solo en los años noventa se recuperaron primero las pruebas de imprenta censuradas y después los manuscritos originales en los archivos de los servicios secretos soviéticos, publicados en italiano con el título de Libro nero. Il genocidio nazista nei territori sovietici. 1941-1945 (Mondadori, Milán, 1999). La prohibición de publicarla se debió a la voluntad de “rusificar” la “Gran Guerra Patriótica”: entre otras cosas, en aquellos años no se quiso admitir la participación de otros grupos étnicos en la resistencia y se tacharon o modificaron los nombres de los miembros de los “pueblos castigados” hasta en los monumentos erigidos en memoria de su sacrificio.
Losurdo cita (aunque solo sea para extrapolar una “aceptación” de su tesis exculpatoria) un libro que reconstruye el terrible periodo final de la vida de Stalin (Louis Rapoport, La guerra di Stalin contro gli ebrei, Rizzoli, Milán, 1991), pero dice que el título del libro es menos convincente que la declaración de Stalin, quien denunció la “guerra de los sionistas contra la Unión Soviética”… En cualquier caso, Losurdo no lo ha aprovechado para comprender lo sucedido en aquel periodo y la razón por la que la gran mayoría de los judíos soviéticos, que durante años fueron firmes defensores de la revolución, quisieron salir del país. Así, por ejemplo, rechaza toda caracterización antisemita del proceso contra Rudolf Slansky (ampliamente documentada por Arthur London y en el precioso libro de Karel Kaplan, Relazione sull’assassinio del segretario generale, Valerio Levi, Roma, 1987), basándose en dos testimonios faltos de toda credibilidad: uno de la propia hija del exsecretario del PCC obligada a declarar –como ocurría a menudo en los “procesos espectáculo”– contra su padre, que habría “favorecido la emigración a Israel”, y el del estalinista francés Duclos, quien aseguraba que en Checoslovaquia el proceso estaba dirigido “justamente” contra los “traidores sionistas al servicio de la política belicista de Washington”. Losurdo se complace también de que en Rumania Ana Pauker se saliera con pocos meses de cárcel a pesar de ser inculpada de “no haber impedido el éxodo de los judíos rumanos hacia Israel”; sin embargo, no dice que solo se salvó gracias a la muerte repentina de Stalin, seguida inmediatamente de la liberación de los médicos y el sobreseimiento de su juicio, calificado de montaje, y la suspensión en cadena de los procesos análogos entablados en todos los países de la zona.
Como no pocos filósofos de la historia, Losurdo no se preocupa mucho de reconstruir los acontecimientos históricos sobre los que filosofa. En otro libro suyo reciente, Il peccato originale del Novecento, habla, por ejemplo, de una “revolución por arriba” proyectada por Stalin hacia las regiones asiáticas. El “fardo del hombre blanco adquiere ahora una configuración peculiar, con la ciudad rusa empeñada en exportar por la fuerza de las armas la civilización (socialista) a las campiñas asiáticas”. ¡Qué absurdo! ¿Cómo puede hablar un marxista de “revolución por arriba”? El término ha sido utilizado en abundancia (hasta por el sha), pero nunca se ha producido una verdadera revolución por decisión externa, y mucho menos “por arriba”. En vez de por los hechos, juzga a Stalin por sus discursos, que no guardaban casi ninguna relación con lo que estaba haciendo: por ejemplo, un día podía criticar a los ejecutores de la colectivización forzosa decidida por él, hablando del “vértigo del éxito que nos ha hecho perder la cabeza”, para retomar pocos meses después la misma política de manera todavía más insensata (provocando millones y millones de muertos y dejando el campo en un estado ruinoso irrecuperable por el que Rusia sigue pagando hoy el precio). Stalin podía hacer escribir a Bujarin la “Constitución más democrática del mundo” (cosa que no era cierta, pero muchos lo repiten hasta nuestros días) al mismo tiempo que él preparaba el gran terror (y Bujarin ya sabía muy bien que se hallaba camino del patíbulo).
Losurdo llega a resultados de un humor macabro cuando alude a un episodio efectivamente contado por Pasternak (de quien extrae la cita) y muchos otros, pero que tenía un significado muy distinto. En efecto, escribe que “con el estallido de la guerra, a los detenidos se les ofrece incluso la posibilidad de una movilidad y promoción social”, puesto que “muchos deportados pidieron enrolarse como voluntarios” y otros, “en particular los oficiales y cuadros técnicos supervivientes, fueron liberados y reincorporados a filas”. En vez de una promoción social se trataba simplemente de una impresionante confesión: saltaba a la vista que Stalin y los demás dirigentes soviéticos sabían perfectamente que los condenados como “enemigos del poder soviético” no eran tales y que en caso de necesidad podían confiarles armas para defenderlo. Y necesidad había: el episodio se produjo a finales de 1941, cuando la absoluta falta de preparación frente a la invasión alemana, consecuencia de las absurdas ilusiones de Stalin en la duración de la alianza con Hitler, precipitó la catástrofe de los primeros meses de la guerra: el frente occidental, donde entre muertos y prisioneros las pérdidas se contaban por millones, reclamaba cada día refuerzos del frente oriental, que quedó desguarnecido contraviniendo toda lógica. Al final, los generales que comandaban las tropas siberianas, y que temían un posible ataque japonés, solicitaron poder sustituir a los hombres enviados al frente occidental reclutando algunas divisiones entre los “enemigos del pueblo”. La petición fue aceptada, demostrando de paso el hecho de que todos conocían la falsedad de las acusaciones que habían llenado los campos de prisioneros. Pero parece increíble que hoy se hable de “movilidad y promoción social” para los supervivientes que obtuvieron la posibilidad de combatir para salvar el Estado soviético, después de que Stalin los hubiera lanzado al “matadero”, tal vez con la acusación de proferir “calumnias antialemanas”, como ocurrió a muchos oficiales durante el periodo de idilio con Hitler. Losurdo pasa por encima de todo esto, pues resulta difícil justificar con las necesidades de la defensa la entrega a Hitler de dos mil comunistas alemanes y austriacos, en gran parte judíos, en 1940.
Fuentes sospechosas
Para reconstruir un periodo histórico, Losurdo se basa exclusivamente en lo que dice de sí mismo el grupo dirigente (con este criterio, dentro de cincuenta años, leyendo a Berlusconi se podría concluir que en Italia hubo durante decenios un régimen comunista…). Losurdo cita tranquilizado una de tantas declaraciones de Stalin a la prensa extranjera, donde sostenía que “sería ridículo identificar a la camarilla hitleriana con el pueblo alemán”. ¡Qué bonito! ¡Qué ejemplo de internacionalismo! Lástima que durante toda la “Gran Guerra Patriótica”, no solo en la URSS, sino en la prensa “comunista” de todo el mundo, incluida la revista teórica del PCI, Rinascita, se publicaran artículos que tergiversaban citas de Marx y Engels para condenar la “barbarie prusiana y germana”. Lástima que el Ejército Rojo obtuvo licencia para violar y saquear a placer en Alemania y en Hungría. Lástima que millones de alemanes de toda edad y condición social fueran expulsados, al término de la guerra, de los Sudetes y de las regiones anexionadas por la URSS y Polonia. Para Losurdo, estos hechos cuentan menos que las declaraciones propagandísticas del gran mentiroso y que los elogios no casuales que hicieron de Stalin anticomunistas notorios como Churchill o De Gasperi.
Por otro lado, viendo el uso que hace de las abundantes citas de Stalin, se comprende que Losurdo no sienta la necesidad de periodificar la historia soviética, además de la del propio Stalin, quien cambió varias veces de tono y de argumentación incluso cuando, tras el gran terror, se hizo con el poder absoluto. Por ejemplo, en la segunda mitad de los años veinte, y hasta la inflexión de 1934 (el asesinato de Kirov), los oponentes fueron discriminados, separados de sus cargos, privados del derecho a expresarse, pero no liquidados físicamente. Incluso después de los primeros procesos de Moscú, el ritmo de las ejecuciones creció bastante lentamente, hasta que se produjo la sustitución de Yágoda por Etsov en 1937, que precipitó un auténtico salto cualitativo. Un libro reciente de Nicolas Werth, L’ivrogne et la marchande de fleurs (París, Tallandier, 2009), documenta claramente el fuerte incremento de la represión durante aquel bienio, mucho más amplia que la más conocida que golpeó a las élites políticas mediante los procesos espectáculo. En tan solo dos años hubo alrededor de un millón y medio de detenciones, de las que la mitad vinieron acompañadas de condenas sumarias a la pena capital; la represión se abatió sobre segmentos muy amplios de la población, sustancialmente ajenos a cualquier lucha política contra el régimen, seleccionados con los más diversos criterios, a menudo pseudoétnicos: por ejemplo, los “alemanes” eran a veces ciudadanos soviéticos de lejano origen germano, o prisioneros de guerra alemanes que permanecieron en Rusia por simpatía, o directamente exiliados políticos huidos de Alemania o Austria; los “polacos”, que fueron los que pagaron el precio más alto, eran seleccionados inicialmente entre los exprisioneros polacos que permanecieron voluntariamente en la URSS, luego entre los exiliados, refugiados e inmigrantes políticos, antiguos miembros del partido socialista polaco, todos los presuntos “nacionalistas” de las regiones en las que había una fuerte comunidad. Los mismos criterios se aplicaron para golpear a los letones (que habían constituido un pilar del bolchevismo durante la Revolución de Octubre y se habían refugiado en la URSS para huir de las persecuciones anticomunistas en su país), los finlandeses, los bielorrusos, los ucranianos, siempre sospechosos de mantener vínculos con miembros del mismo grupo étnico en el extranjero y acusados de haber urdido complots y formado organizaciones militares.
En un discurso pronunciado en la ceremonia del 20º aniversario de la revolución, Stalin dijo: “Eliminaremos a todos los enemigos del Estado y de los pueblos de la URSS; eliminaremos incluso a sus familias y sus estirpes. Alzo mi copa por el exterminio definitivo de todos los enemigos y de toda su estirpe (rod)”. Losurdo se afana en negar toda acusación de antisemitismo contra Stalin, pero debería reflexionar sobre estos datos: las detenciones, aunque en aquel momento no afectaran a los judíos, se basaban de todos modos en un criterio de pertenencia étnica. Entre otros, algunos judíos marxistas procuraron evitar el término antisemitismo incluso al referirse a la shoah, prefiriendo hablar de “etnicismo esencialista”, es decir, de la atribución de características negativas a una determinada etnia para reprimirla. Obviamente, el término también puede emplearse así para las persecuciones de los chechenos, los hutus o los gitanos, refutando la pretensión de los sionistas de presentar a los judíos como los únicos perseguidos en la historia.
Tras el gran terror se instaló una tregua momentánea y la guerra comportará después un gran viraje, con una fuerte utilización del nacionalismo panruso, la movilización de la jerarquía de la iglesia ortodoxa, incluso de mulás y rabinos, pero sobre todo una notable disminución de la represión. Era sumamente peligroso proseguirla, pues estaba visto que el terror indiscriminado no reforzaba al Estado, sino que revelaba su debilidad. Después, terminada la guerra, se reanudará de nuevo, y esto explica la persecución de las élites judías, que va en aumento y solo se interrumpe con la muerte del “jefe”, así como la terrible suerte reservada a millones de soldados apresados por los nazis, que serán trasladados de un campo de concentración alemán al Gulag, donde muchos de ellos protagonizarán las grandes revueltas de 1953.
Las causas de la involución estaliniana
Losurdo tiene una visión edulcorada de la historia de la URSS, pero no puede negar, de todos modos, que algo acabó torciéndose. ¿Por qué ocurrió? Tiene una explicación, pero de poco sirve. En efecto, utiliza muchas veces el concepto de “dialéctica de Saturno”, que no explica nada y en la práctica equivale a decir en plan fatalista que “la revolución devora a sus propios hijos”. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Lo hace siempre inevitablemente? ¿O acaso lo ha hecho únicamente, tras una larga involución, en la URSS, que después transmitió el mal a los países que copiaron el modelo? Y ¿quién devora y quién es devorado? ¿Son los principales dirigentes de la revolución los que toman la iniciativa de exterminar a los adversarios o son los elementos que al comienzo eran marginales? Esto también convendría saberlo. ¿Cuántos son devorados? Si son la mayoría de los protagonistas de la primera fase más difícil de la revolución, debería significar algo.
A Losurdo se le escapa que se trató de una inflexión profunda no solo en la historia de la URSS, sino también de la del “comunismo” mundial. ¿No le da que pensar el hecho de que fuera aniquilada casi la totalidad de la dirección de la revolución rusa? Hay que tener presente que las víctimas no fueron dos o tres, sino 18 de los 31 miembros del comité central del periodo 1917-1921, y 8 de los 10 miembros del politburó. Incluso en los años posteriores a la victoria de Stalin sobre las oposiciones, el exterminio de cuadros del partido alcanza proporciones inimaginables (por ejemplo, fueron eliminados el 70 % de los delegados y miembros electos del comité central al XVII congreso del PCUS de 1934, el llamado “congreso de los vencedores” porque las oposiciones habían sido derrotadas y sus miembros deportados). Algunos todavía repiten el dicho de que “cuando se tala un bosque, vuelan las astillas”, pero ¡hubo mucho más que astillas! Y no solo se trata de los muertos, sino también de la desnaturalización del partido, que dejó de ser un centro vivo de debate y de iniciativa política para convertirse en un cuartel: los toques de alarma de Gramsci en 1926, por lo que parece, siguen siendo ignorados y silenciados. Los compañeros como Losurdo se indignan, sin duda, cuando lo piensan, ante los millones de víctimas de la represión estalinista, pero aparte de tratar de reducir el número, no comprenden su significado: en aquellos años se produjo una verdadera contrarrevolución. No fue la revolución (“Saturno”) la que devoró a sus hijos, sino la contrarrevolución, que se vengó por su derrota anterior, una derrota que no había sido definitiva. Como había previsto el viejo Marx, una revolución que se detiene acabará viendo aflorar de nuevo la “misma mierda de siempre”…
Antonio Moscato es autor de muchos libros sobre la historia de la Unión soviética y de su sistema, y sobre Cuba y el Che. Fue profesor de Historia del movimiento obrero en la Universidad de Lecce.
Su sitio web es:
http://antoniomoscato.altervista.org/.
Título original: “Las obsesiones de Domenico Losurdo”
Traducción: VIENTO SUR