24/11/11

David Harvey escribe la Breve historia del neoliberalismo


Para quienes hayan vivido en el último tercio del siglo XX, salvo que sean ciegos o sordos o vivan en una madriguera cuatro metros bajo tierra, no ha pasado desapercibida la constancia de ciertas características de la sociedad en que vivimos, que traemos a mientes tanto por la frenética actividad publicitaria de sus promotores como por las destempladas denuncias de que son objeto: la reestructuración de las instituciones, privadas como “públicas”, para situar en lo más alto de la escala de valores aquellos del libre mercado: competencia, eficiencia y maximización de las ganancias; la “destrucción creativa” de cierta forma de Estado, conocido como “de Bienestar” -que implicaba, con grandes diferencias según el espacio y el tiempo de su manifestación, cierto tipo de cobertura social que aseguraba, o intentaba asegurar, a toda o a una buena parte la población, la satisfacción de necesidades básicas- para atajar cualquier obstáculo a la frenética actividad de los homo oeconomicus, guiados infalible y armoniosamente por sus intereses egoístas en la búsqueda de beneficios; más importante, subyaciendo quizá a las anteriores: la ponderación de la ganancia y el consumo como la meta última de la vida, tras lo cual ocurre la insidiosa e imparable penetración de éste en los otros valores de nuestras vidas. En suma, neoliberalismo y “neoliberalización”.
A las dificultades de comprender lo que nos es más cercano, propias de nuestra incapacidad de conocer exhaustivamente todos los factores que intervienen y todos los elementos constitutivos de una situación, cuando tratamos de esa bestia enorme y complicada que es el neoliberalismo hay que sumarle la distorsión que las pasiones de los actores causan en lo que de ella dicen. Como en la  vieja estampa de los ciegos tratando de describir un elefante por el tacto, cada vez que hablamos del neoliberalismo es imposible no dejarse llevar por nuestras preferencias políticas, por el credo académico que practiquemos o, sencillamente, por la suerte de nuestros bolsillos estos últimos años. El resultado es una representación imprecisa que contribuye a distorsionar nuestra percepción de la coacción que sobre nosotros ejerce lo representado.
El libro de David Harvey –geógrafo inglés de raigambre marxista, autor de otro provocativo y riguroso libro, “La condición de la postmodernidad”- hace justicia a su título, pues se trata de la apretada y bien escrita síntesis de una impresionante cantidad de fuentes académicas, unidas al calor de una potente visón propia, y constituye un excelente punto de partida para desbrozar parcialidades y malentendidos sobre nuestro tiempo.
Harvey traza los orígenes del neoliberalismo hasta el “capitalismo embridado” que apareció como respuesta a la Gran Depresión de los años treinta, inspirado en doctrinas keynesianas. Era “embridado” porque el mercado, los empresarios y las corporaciones estaban cautivas en una “red de constreñimientos políticos y sociales  y un marco regulador que en ocasiones limitaba, pero al mismo tiempo fomentaba la estrategia industrial y económica” (p. 11). El conocido como Welfare State imponía severas cargas fiscales a los contribuyentes, que le retornaba en forma de prestaciones sociales, guiadas por un ideal de igualdad de inspiración socialdemócrata, al tiempo que ampliaba enormemente el mercado potencial para el consumo. Este sistema comenzó a resquebrajarse a finales de los años sesenta y recibió el golpe de gracia con la crisis económica de los años setenta (“crisis de acumulación de capital”, según el autor).
El neoliberalismo, con raíces en los años cuarenta y las obras de Hayek y la Sociedad de Mount Pelerin, emergió con el fin de “liberar al capital de estos constreñimientos” (p. 11). Su contenido teórico consiste en una mezcla entre la concepción liberal típica de la libertad como puramente instrumental y negativa, y la escuela neoclásica de economía, que pregona las bondades del libre mercado, el combate a la inflación y las maldades de la intervención estatal en la vida económica.  Los emprendedores deben ser impulsados; los mercados y el intercambio deben ser libres, los estados deben limitarse a vigilar el buen funcionamiento espontáneo de tales entidades, interviniendo al mínimo y aplicando rigurosos derechos de propiedad. Su fulgurante éxito se debió a la quiebra intelectual de los principales economistas keynesianos que desempeñaban funciones de gobierno, quienes permanecieron presos de los viejos e inoperantes dogmas; las sucesivas sacudidas económicas que hicieron peligrar la viabilidad de los aparatos estatales los dejaron desesperadamente necesitados de explicaciones a sus problemas, que los neoliberales (Chicago Boys, por ejemplo) estaban más que preparados para dar; y, por qué no decirlo, una activa campaña de propaganda en la que la creación del Premio Nobel de Economía por parte de una preocupada clase dominante sueca daba certificado de ciencia a la obra de Hayek, Debreu, Samuelson, Friedman, etc.
Del surgimiento e índole del neoliberalismo circulan dos grandes visiones dominantes: que representa el triunfo del buen sentido sobre la insensatez, la mejor forma de organizarnos económica y socialmente, sostenida sobre todo por la aplastante mayoría de los comentaristas presentes en los grandes medios de comunicación, y otra, muy difundida entre los opositores a este estado de cosas, según la cual no es sino la más nueva versión del imperialismo estadounidense, que pretende apoderarse de las riquezas del resto del mundo mediante esos teatros de marionetas llamados BM, OMC y FMI.
De acuerdo con Harvey, ambas son inadecuadas. La primera, por las siguientes razones: i) contrariamente a lo que dice la teoría, el Estado debe intervenir para dejar las condiciones adecuadas de funcionamiento al mercado y sus actores (por ejemplo, doblegando a las clases obreras y sus organizaciones), y luego rescatarlos cuando cometen errores (véase lo que ha ocurrido en EU con los grandes bancos, o en México con Cemex); ii) ha producido serias crisis financieras y económicas a los países a donde ha llegado por imposición, como en Rusia, México, Argentina, Sudáfrica y un muy largo etcétera; iii) contrariamente a lo que quieren hacer creer sus seguidores, el neoliberalismo no ha contribuido en nada a los niveles de crecimiento económico global desde la década de 1980, que han sido muy modestos comparados con la explosión que se dio en las décadas inmediatamente anteriores, los llamados “treinta años gloriosos” del capitalismo; v) como la puesta en marcha del neoliberalismo no ha contribuido a crear nueva riqueza, la masiva redistribución de los últimos treinta años se ha basado en la desposesión de las clases medias y bajas, llevando graves desigualdades, con las consecuencias anómicas que ello trae; iv) fomenta la degradación del entorno ecológico. Los anteriores puntos no solo conducen al autor a  dudar seriamente de la publicidad en torno del neoliberalismo, sino también a considerar (el libro es de 2005) que el sistema comienza a dar síntomas de agotamiento: los déficits fiscales y de financiamiento de EU y China, el poderío militar y económico estadounidense comienzan a desvanecerse. Seis años después, lo que aparecía como síntoma es más bien el inicio de los estertores agónicos de la globalización financierista y neoliberal, tras la derrota de Estados Unidos en Irak en 2004.
En cuanto a la segunda visión, Harvey la descarta debido a su incompatibilidad con varios procesos nacionales en los que el neoliberalismo no apareció por el efecto de fuerzas exógenas, sino que, como en el caso de China, una superpotencia ferozmente independiente, adoptó reformas que expandían el mercado unos pocos años antes de que lo hicieran los países anglosajones más adelantando en la materia (Nueva Zelanda, Gran Bretaña y Estados Unidos), tras la muerte de Mao.
En contraste con estados dos tan aceptadas tesis, la propuesta por Harvey, que hunde sus raíces en el marxismo clásico, apunta a que la neoliberalización es un exitoso empeño por restaurar el poder de clase. Aunque los caminos que cada nación ha tomado, y las experiencias propias, varían enormemente, el resultado común es el galopante aumento de la desigualdad social. A lo largo del planeta, las políticas de libre mercado han estado asociadas con la aparición de grandes concentraciones de riqueza e ingresos, y un abismo cada vez mayor entre los que tienen y los que no. El autor apela así al sentido común, a lo que cualquier espectador mínimamente informado puede o podría considerar: que el neoliberalismo parece el triunfo de la clase dominante.
En este punto surgen problemas, y Harvey lo dice explícitamente. En los tres casos prototípicos, más tempranos –Chile, Inglaterra y Estados Unidos-, es relativamente fácil identificar el ascenso del neoliberalismo con un relato del ascenso de la clase dominante. En los tres casos, las disgustadas élites empresariales usaron ideas cultivadas en think tanks conservadores e instituciones académicas como base para sus programas políticos; en Chile, por ejemplo, los economistas de la Universidad Católica de Chile fueron los autores intelectuales de las políticas económicas impuestas tras el sanguinario golpe de estado protagonizado por los militares para derrocar a un gobierno nacionalista que se inclinaba hacia las clases populares; mientras que en Inglaterra y Estados Unidos, si bien tanto Tatcher como Reagan accedieron al poder mediante procesos electorales, declararon la guerra a las sindicatos y a toda herencia del New Deal y del laborismo una vez instalados.
Pero el relato de una deliberada guerra de clases librada por las dominantes contra las dominadas casa muy poco con lo vivido en otros países, como México y Argentina, donde la implementación de políticas liberalizadoras estuvieron más evidentemente vinculadas a grupos de tecnócratas locales formados en universidades estadounidenses, en alianza con instituciones internacionales como el FMI y el BM, más que a una estrategia concertada de las clases dirigentes locales. La misma idea casa aún menos con el caso de China, donde no existía otra clase dominante que la cúpula del Partido Comunista para promover las “cuatro modernizaciones”. Más aún, en ese tiempo China se encontraba casi completamente aislada de los mercados financieros globales, cuya aparición desempeñó un papel fundamental en las transiciones políticas de los países anglosajones. Harvey se ve forzado a concluir que la particular vía china al libre mercado fue propiciado por una constelación de fuerzas única, con consecuencias inesperadas para sus promotores originales, como la creación de una nueva –más que la resurrección de una vieja- clase capitalista. En suma, que si las consecuencias sociales y económicas del neoliberalismo alrededor del mundo parecen ser relativamente uniformes, sus orígenes son mucho más heterogéneos.
Conforme los síntomas de debilidad se van acentuando, Harvey cree detectar una tendencia emergente hacia un nuevo orden político con un fuerte sentido del orden y la moralidad, propenso al autoritarismo, cuyos ejemplos serían Singapur y China, y el matrimonio reciente entre los fundamentalistas cristianos y los conservadores en Estados Unidos.
Dada la orientación marxista del autor,  no sorprende su consideración de que la esperanza para superar en el futuro con este estado de cosas descanse en el desarrollo de una orgánica alianza izquierdista entre trabajadores y minorías étnicas, raciales y sexuales. También ve motivos de esperanza en la “apabullante diversidad” de movimientos sociales causados por abusos asociados al neoliberalismo. Desafortunadamente, solo menciona unos pocos (sorpresivamente, no hay ninguna a los movimientos izquierdistas en América Latina, y, por lo  menos verbalmente, notorio en Venezuela), y, como la gran mayoría de este tipo de obras, es sólidamente crítico de la situación que denuncia pero muy pobre en alternativas posibles. En última instancia, Harvey, como Polanyi, está a favor de un sistema donde las limitadas libertades de beneficio y mercado sean reemplazadas por un conjunto más amplio de libertades, más democracia directa, mayor equidad social y mayor justicia en los ámbitos económico, político y cultural.
Si bien resulta importante como crítica de la hegemonía y la ideología capitalista contemporánea, las debilidades que reviste no son menores. En primer lugar, se trata de de un libro a medio camino entre lo académico y lo divulgativo, y no resulta demasiado satisfactorio en ambos casos. Harvey traza el curso de un desarrollo histórico y social de largo alcance en términos muy gruesos, y ofrece explicaciones igualmente gruesas de los casos concretos de este desarrollo; también hay una tendencia a culpar al neoliberalismo por muchos de los males del mundo, lo que oculta el hecho de que, en realidad, forman parte de la esencia misma del capitalismo y no son una manifestación coyuntural o contingente, y conducen a confundirlo con instituciones que, si bien le son comitantes, de ninguna manera pueden reducirse a él: el corporativismo, la “democracia” representativa, la inmaterialidad cada vez mayor de las mercancías.
Por otro lado, el cuento de Harvey acerca del neoliberalismo como restauración del poder de clase, si bien apunta a un hecho importante y evidente, no me parece lo central de la cuestión, ni que contribuya a aclarar mucho los oscuros orígenes del presenta estado de cosas. Si pensamos en que la economía neoclásica es un conjunto de necedades bien refutadas desde los años 30 por economistas perfectamente ortodoxos (al respecto resultan ilustrativas las opiniones de Galbraith y Hirschman sobre el predominio de la escuela de la oferta y el monetarismo), que su aplicación no ha traído nada parecido a los beneficios que tan ruidosamente ladraban sus emisarios, y, peor aún, que es la incapacidad de pensar en otros términos y la incidencia en los mismos procedimiento erróneos los que agravan cada vez más la crisis presente, yo creo que estamos autorizados para pensar que la adopción del neoliberalismo por parte de las clases dominantes es un claro signo de regresión ideológica. Porque si parece que han triunfado, y seguirán haciéndolo algún tiempo más, los adictos occidentales a estas ideas se han mostrado como uno de los más activos agentes en su propia destrucción. Ahora bien, que un montón de mediocres hayan logrado imponer tan mediocres ideas y aún más estúpidas prácticas a un número tan grande de personas hasta hacerles creer en su bondad y necesidad, no parece que haya sido posible sin la pasividad de las grandes masas. Si hay algún factor que ayuda a comprender la rápida y completa derrota de los modelos que aliviaban los efectos más evidentes del capitalismo parece que es la “privatización” de los individuos que ya hace setenta años analizaban Daniel Bell y Hannah Arendt: la desaparición del conflicto político, la segmentación de los movimientos que apuntaban a un cambio global de la sociedad en reivindicaciones importantes, pero limitadas, y que jamás han hallado una articulación en un plan de transformación de la sociedad (minorías, étnicas, sexuales, feminismo). La quiebra de la solidaridad nacional ha hecho posible que, como en el caso mexicano, y por utilizar una expresiva palabra propia de Latinoamérica, los vendepatrias entregasen sin rubor los elementos más lucrativos de la actividad interna y el control de la moneda a bancos extranjeros. Es urgente un análisis empírico de las razones que llevaron finalmente a la ruina al Welfare State en todos los frentes, pues por más preparados que estuviesen sus defensores ideológicos y las élites conservadores, o más oportuna que haya aparecido la coyuntura mundial de los años setenta, el neoliberalismo no hubiese triunfado de no haberse dado las condiciones sociales e institucionales apropiadas.
Por otro lado, apenas si se hace mención alguna del proceso de “evanescencia” que ha caracterizado al proceso productivo desde los años setenta. El movimiento de descomunales sumas de dinero, en buena medida ficticio en tanto que no tiene valor verdadero más allá de las pantallas electrónicas en que aparece, de una parte del mundo a otra; la descentralización apoyada en aparatos que permiten la comunicación a distancia; la burbuja tecnológica y electrónica que funciona a base de excitar el ego del usuario (Internet, gadgets); todo esto, que ha acompañado, y en algunos aspectos le es absolutamente esencial al neoliberalismo, apenas si se menciona en el libro.
Empero, a despecho de estas debilidades, el análisis y la crítica de Harvey del neoliberalismo son certeras y válidas, y constituyen una poderosa llamada a la reflexión y a la lucha contra sus muchos problemas y abusos.