28/11/11

Antonio Gramsci y la situación política italiana


¿Berlusconi es un desecho sin resto de virtud? Dimite Silvio Berlusconi y siento una alegría triste. Cómo es posible que un país de logros tan admirables haya convivido con un primer ministro que tanto nos ha avergonzado.  El honor es algo muy apreciado en Italia: la palabra, el coraje, el arrojo, todo lo que hizo de los italianos ingeniosos y aventureros.
Generalizo, ya lo sé: por lo que se ha dicho y se ha difundido, Berlusconi es un desecho sin resto de virtud. Yo no puedo creer que un primer ministro de la Italia grande y creadora haya sido tan deplorable. No lo puedo creer… ¿O sí?
¿Qué es la cultura popular? Leo a Antonio Gramsci, ese libro ¿Qué es la cultura popular? Lo que dijo tiene un gran valor. Una reflexión profunda, una observación aguda, un análisis fino: todo lo que laboriosamente escribía en la celda, como un cenobita forzado, era fruto del discernimiento, de la razón operante, de la intelección.
Gramsci fue comunista corajudo en la peor época que podía serlo: cuando el marxismo era ideología de Estado, ideología totalitaria, en la Unión Soviética estalinista; o cuando el fascismo –violento, masivo, dictatorial– se presentaba como el ariete anticomunista.
Estar en prisión por sus ideas no fue lo peor que le sucedió a Gramsci. El régimen de Benito Mussolini persiguió, encausó y encarceló a numerosos ciudadanos italianos. El fascismo fue un experimento depurativo: como en otras tiranías, también la dictadura apartó o eliminó a quienes se oponían. Lo peor que le ocurrió a Gramsci fue su dilapidación intelectual, un despilfarro del que él mismo fue consciente. En la cárcel, con información censurada, con los libros restringidos, con escasos papel y tinta, Antonio Gramsci vio arruinarse su energía.
Literalmente le impidieron vivir, tratando de que no pensara, de que no analizara, de que no especulara, de que no se desarrollara. La madurez intelectual de una persona tarda en llegar, pero cuando llega que cada uno dé lo mejor de sí mismo: es eso, justamente eso y no más, lo que vamos a alcanzar. No hay vida ultraterrena, no hay un más allá que complete nuestras carencias.
Gramsci supo pensar por sí mismo, incluso alejándose de la ortodoxia del leninismo. Supo desarrollar su capacidad de observación sorteando las pésimas condiciones de su encarcelamiento. Al menos en parte. Estudió la cultura italiana y su progreso histórico. Pero dictaminó sus males. Lamentó también el diletantismo, el charlatanismo, el ilusionismo: la malicia de los pícaros y de los aprovechados.
Gramsci no fue un santo ni un héroe que saliera indemne: la prisión acabó minando la resistencia física de su cuerpo… En ese estado de desarrollo analítico y de deterioro emocional, Gramsci escribió unos cuadernos, unas notas: fragmentos de una obra mayor, esbozos de un pensamiento que avanzaba y ahondaba, una razón y una clarividencia que lo aupaban y lo hundían.
Durante un tiempo aún tuvo la esperanza de ver crecer a sus hijos. De la cárcel salió para morirse. Eso sucedía en 1937. En 2011, setenta y cuatro años después, dimite Silvio Berlusconi, de quien otras veces me he ocupado. Dimite el populista, el ilusionista, el vendedor, el charlatán. No quiero imaginar el diagnóstico que Gramsci podría haber hecho de él.