30/10/11

Perspectivas ante las elecciones generales en España


Especial para Gramscimanía
Miguel Manzanera Salavert
La crisis capitalista se agudiza. Y el aspecto más chirriante de la crisis es que las poblaciones de los países más desarrollados se enquistan en una actitud conservadora, prosiguiendo una evolución histórica que conduce directamente hacia el desastre. La situación tiene elementos en común con lo que sucedió hace 80 años en la famosa crisis del 29 que llevó al auge del fascismo y la Segunda Guerra Mundial, solo que en una fase más avanzada de la decadencia capitalista –lo que se manifiesta especialmente en el desastre ecológico-ambiental.
Los Estados de los países desarrollados, los que configuran el bloque dominante -me refiero a los que forman la Alianza Atlántica más Japón, Australia y los aliados árabes del Golfo Pérsico-, continúan implementando las políticas neoliberales que han conducido a la crisis económica, lo que es un índice del agotamiento capitalista. La mayoría de los ciudadanos aceptan la situación con resignación: la victoria electoral de los partidos liberales y las políticas liberales de los partidos socialistas, son una buena muestra de esa realidad.
En esa coyuntura ha surgido una movilización global de la ciudadanía, que ve peligrar los derechos sociales conquistados en las últimas décadas. Se trata de una respuesta de la sociedad ante los manejos liberales de la economía, que privatizan los bienes públicos empobreciendo a las clases populares y medias. Una reacción necesaria y saludable ante la crisis y sus consecuencias para las clases trabajadoras. Pero este movimiento de masas con carácter defensivo, carece de un auténtico programa de transformación social y debido a su espontaneidad e inmadurez está atravesado de numerosas contradicciones e incoherencias.
Si queremos entender el verdadero significado de la coyuntura y por qué la mayoría de la población se muestra indiferente ante la pérdida de los derechos sociales, no debemos olvidar que la privatización de la economía viene desarrollándose desde hace décadas al hilo de la globalización económica. ¿Hasta qué punto esa globalización ha reportado beneficios a las poblaciones europeas integradas dentro de la economía consumista?
En una economía globalizada, cuando los bienes que consumimos son producidos en la otra parte del mundo, necesitamos medir el bienestar con parámetros de justicia internacional y no sólo por los deseos consumistas de las masas –pongo por ejemplo el Informe Planeta Vivo 2010, que recoge el Índice de Derechos Humanos elaborado por el PNUD-. En esa perspectiva internacional las poblaciones de los países desarrollados son claramente capas privilegiadas de la humanidad. Como indicó Marx en su tiempo, sólo desde una perspectiva global podemos alcanzar a entender el funcionamiento del capitalismo. Por eso los análisis basados en el Estado nacional yerran a la hora de diagnosticar la enfermedad del capitalismo y sus soluciones.
En esa atonía generalizada, hay algunas buenas noticias, insuficientes tal vez, pero algo es algo. El movimiento de protesta contra el neoliberalismo se ha convertido en una revuelta global y ha despertado un pequeño fulgor de gente joven contra un destino que se prevé tremendo. Con propuestas reformistas y no tan reformistas, con enormes inconsecuencias y contradicciones, con métodos de organización elementales, con toda la ingenuidad de un movimiento que está empezando y necesita mucho camino por delante para madurar.
Pero hay que reconocer que esa movilización es un conglomerado nada homogéneo de gentes de toda ideología. El Vaticano anunciaba el 24 de octubre que está del lado de los indignados, y solicita un control internacional de la economía, rechaza el neoliberalismo y pide tasas a las transacciones financieras, como ATTAC. Hay que reconocer que la Iglesia tiene un análisis de la realidad mucho más certero que nuestros gobiernos socialistas.
Cada vez más intelectuales reformistas están comenzando a comprender que ya no hay margen para el reformismo: el capitalismo más duro está imponiendo sus condiciones de existencia a millones de seres humanos. Como diría Brecht, primero vinieron a por los africanos, luego a por los asiáticos, luego les tocó a los latino-americanos y ahora nos toca a nosotros. Pero el reformismo carece de la perspectiva internacional que es esencial en el análisis marxista del capitalismo.
Habrá que ver si ese reformismo emerge del limbo de las buenas intenciones. Criticar las políticas neoliberales por su ineficacia, es algo evidente en nuestros días; pero cuando llega la hora de la verdad, la mayoría se pliega a las exigencias del poder dominante. En mi opinión, la guerra de Libia ha sido un auténtico desastre para la izquierda europea, que ha comulgado con ruedas de molino con tal de salvar su alma progresista. Pues a esos izquierdistas les ha sucedido como al cristiano escrupuloso, tan preocupado con su salvación que se acaba condenando
Hay dos excepciones notables a esa falta de pulso político entre los ciudadanos europeos –y del llamado ‘mundo libre’-: Islandia y Grecia. Islandia, un país pequeño que no pertenece a la UE, ha hecho una auténtica revolución democrática, poniendo en cuestión el poder del capital financiero y elaborando una nueva constitución. Grecia ha sufrido más que otros países las convulsiones de la crisis, pero la respuesta de los trabajadores y el pueblo ha sido contundente, poniendo en riesgo todo el sistema político europeo. La última noticia es que se le va a perdonar la mitad de la deuda al Estado griego, de forma que pueda afrontar la crisis con más recursos. Es una prueba de que los trabajadores solo pueden mejorar su situación mediante la combatividad contra el capitalismo.
Es una triste desgracia que nuestros progresistas dependan de los partidos socialistas y quizás ahora con la crisis puedan despertar a una nueva comprensión de los problemas sociales. En España han cambiado el fetiche Zapatero por Gaspar Llamazares. Pero el PSOE es en última instancia la única institución que mueve masas en España, sin contar a la Iglesia y la Monarquía. Y es que este PSOE se parece al falangismo del viejo régimen franquista en su papel de controlar los sindicatos; ya no es el partido que fundó Pablo Iglesias y defendió la República. ¿De verdad podemos estar vislumbrando un principio de cambio en la política del Estado español?
En el Reino de España todo parece controlado. Una respuesta afirmativa a esa pregunta antes formulada, podría explicar que tras la movilización popular haya vencido la derecha más rancia en el Reino de España y vaya a vencer de nuevo el próximo 20N.  Las importantes movilizaciones de los indignados no han sido capaces de arañar la costra del poder capitalista. En esa tesitura se van a celebrar unas elecciones generales en el Estado español, para las que nadie se espera grandes sorpresas: la victoria de la derecha está cantada, porque en realidad lo mismo da que gobiernen éstos o los otros. Ya que, en efecto, la política del partido socialista en los últimos tres años ha sido nefasta en numerosos aspectos –y cuesta verdadero trabajo encontrar algo que pueda ser salvado de su gestión, si es que lo hay-. Los trabajadores, en situación angustiosa como consecuencia de los cinco millones de parados y la depresión económica, se abstendrán o incluso votarán a la derecha con la esperanza de que gestione mejor la economía.
Creo que a la movilización popular le será debida una de las pocas cosas buenas que pueden pasar en estas elecciones que se avecinan, y es que el bloque liberal-monárquico PP-PSOE baje en el porcentaje de sufragios, y haya una dispersión del voto hacia partidos pequeños rompiendo la dinámica perversa del bipartidismo conservador. Pero no hay que hacerse muchas ilusiones: entre esos partidos pequeños hay uno tan ambiguo como la UPyD de Rosa Díez, que capaz es de colocarse como tercera fuerza en Madrid.
En efecto la situación es complicada. Y entre los muchos problemas que tenemos aquí, el más agudo puede ser la falta de sólidas organizaciones obreras, capaces de plantear cara a los manejos del capital. Lo más crítico entre los intelectuales de izquierda se dedica a recordarnos la teoría del bienestar; pero no me parecen que acierten en el diagnóstico de la situación: la teoría marxista clásica de los ciclos de sobreproducción y los desequilibrios inherentes al capitalismo, tiene explicaciones bastante más acertadas que éstas. Y la teoría política del imperialismo, que nuestros intelectuales de izquierda ignoran supinamente, explica mucho mejor la política internacional que las elucubraciones sobre la democracia formal representativa del Estado de Derecho.
En estos últimos treinta y pico años de neoliberalismo radical el Estado nacional ha dejado de tener capacidad para controlar la economía y depende de la actuación de los grandes capitales, como se está viendo estos años con la forma descarada de actuación de los bancos y las agencias financieras. No se puede volver hacia atrás la historia: sólo la construcción de una agencia política internacional podría controlar a los grandes holdings de empresas transnacionales. Hoy hay dos modelos para esa agencia internacional: la ONU y el Banco Mundial –con el Fondo Monetario Internacional-. Y dos bloques de países que luchan por dominar la escena política: el bloque del capitalismo imperialista agrupado en la OTAN apoyado por sus aliados; y el bloque emergente alternativo del BRIC (Brasil, Rusia, India y China) con sus aliados. Y todo el mundo sabe dónde se encuentra la clase que está produciendo la riqueza para la humanidad actual.
Esas son las circunstancias. Ahora cada cual tiene que actuar en conciencia.