31/10/11

Marx vuelve


Eduardo Sguiglia
Las consecuencias de la última crisis económica mundial están a la vista. Estados Unidos y Europa, en particular, presentan altos niveles de desempleo, millones de nuevos pobres y un déficit fiscal excesivo, producto del salvataje que realizaron a sus bancos durante los años 2008 y 2009. Los líderes de estos países, debido a una mediocridad rampante o a barreras ideológicas, no aciertan el rumbo para relanzar el crecimiento, y el riesgo de que se prolonguen las penurias del presente se incrementa día tras día. 
Esta situación ha provocado un creciente debate en instituciones académicas, sociales y políticas. A modo de síntesis, es posible afirmar que, por un lado, se alinean quienes plantean como solución la continuidad de los mismos enfoques que provocaron la crisis y, por el otro, forman fila aquéllos que sostienen la necesidad de detener los planes de ajuste y austeridad, fomentando el gasto público y privado. Pero, además, en estas polémicas, como un hecho curioso e impensado en épocas recientes, se ha comenzado a reivindicar la figura de Karl Marx.
Al principio, su cara ilustró las portadas de varias publicaciones internacionales. Luego, sus textos más conocidos, como El Capital, multiplicaron las ventas, incluso en versiones de audio. En las últimas semanas, distintos ensayistas han mencionado su nombre para fundamentar sus artículos y, como si todo esto fuera poco, el sitio Bloomberg, orientado a los negocios financieros, acaba de editar una breve biografía de Marx y Friedrich Engels. Sin embargo, la mayoría de estas citas son apócrifas o no tienen una correspondencia cabal con su obra. 
Karl Marx, como es sabido, desplegó sus análisis de la sociedad capitalista apoyándose, de un modo crítico, en las teorías de los pensadores de su tiempo, David Ricardo y, sobre todo, Hegel. Su enorme talento, dotado de una pluma precisa y vibrante, le permitió abordar un sinnúmero de problemas que hasta entonces permanecían sin debatirse o sin explicación. Solo o con el auxilio de Engels, elaboró una lectura de la historia, del Estado moderno y una serie de conceptos que permitieron, entre otros aciertos, descifrar el valor de las mercancías, el papel del trabajo en la creación de valor, la reproducción del capital, la tendencia a la concentración y a la centralización y, en otro plano, subrayar que la existencia condiciona, mas no determina, la conciencia de los seres humanos. 
Asimismo, situó a los trabajadores como verdaderos artífices de la lucha anticapitalista, alentando sus primeras organizaciones ciento cincuenta años atrás, y llegó a trazar los lineamientos de una futura sociedad igualitaria y sin clases sociales. Algunos aspectos de su legado teórico fueron cuestionados por destacados intelectuales latinoamericanos, José Aricó entre ellos, por las inconsistencias a la hora de caracterizar, por ejemplo, las relaciones entre los imperios, las colonias y el espíritu de las rebeliones independentistas del siglo XIX. 
En la actualidad, Nouriel Roubini suele citar seguido a Marx. Este economista, doctorado en Harvard, cobró fama mundial por haber pronosticado el colapso de las hipotecas norteamericanas y la consiguiente implosión ocurrida en 2008. En sus escritos posteriores ha señalado, con buen criterio, las desmesuras del capital financiero y la imposibilidad de resolver el descalabro actual respetando o aferrándose a sus intereses. Pero sus frecuentes referencias a Marx son simplonas. Casi incompresibles viniendo de un profesor. Roubini afirmó en estos días que “el revolucionario alemán, si bien se equivocó al sobrevender el socialismo, tenía razón en señalar que la globalización y el afán de lucro de la burguesía autodestruirán al capitalismo”. Ubicar estas líneas en la obra de Marx puede resultar un acertijo. Ergo, en estas cuestiones, como en otras, conviene siempre leer a los clásicos o a los autores originales. No vaya a ser cosa que en nuestro humilde terruño algún compatriota, salvando las distancias, también nos quiera sorprender diciendo que Sarmiento, José Ingenieros o el General Perón estaban en lo cierto al afirmar que, en este mundo redondo, el que no se escondió, se embromó.