1/10/11

Las guerras santas: pasión y razón


Umberto Eco
A raíz de las declaraciones del primer ministro italiano Silvio Berlusconi, quien aseguró ante la prensa que la cultura occidental era superior a la oriental, el escritor y filósofo piamontés publicó hace algunos meses en La República el ensayo que aquí reproducimos. Ahora que se cumple el primer aniversario del 11 de septiembre, y que a lado y lado del planeta se reavivan los llamados a la guerra santa, conviene oír de nuevo sus doctas y sabias observaciones.
Que alguien en días pasados haya pronunciado palabras inoportunas sobre la superioridad de la cultura occidental sería un asunto secundario. Es secundario que alguien diga algo que considera correcto, aunque en el momento equivocado, y es secundario que alguien crea en algo incorrecto, o a todas luces equivocado, ya que el mundo está lleno de gente que cree en cosas injustas y equivocadas, incluyendo a un señor que se llama Bin Laden, que quizá es más rico que nuestro Primer Ministro y además estudió en mejores universidades. Lo que no es secundario, y lo que nos debe preocupar a todos —políticos, líderes religiosos, educadores— es que ciertas expresiones, o incluso apasionados artículos completos que de alguna manera las han legitimado, se vuelvan materia de discusión general, ocupen la mente de los jóvenes y a lo mejor los induzcan a sacar conclusiones apasionadas, provocadas por la emoción del momento. Me preocupo por los jóvenes en vista de que a los viejos ya no les cambia nadie la cabeza.
Todas las guerras de religión que han ensangrentado el mundo durante siglos nacieron de adhesiones apasionadas a contraposiciones simplistas, tales como Nosotros y los Otros, buenos y malos, blancos y negros. Si la cultura occidental ha resultado fecunda (no sólo desde la Ilustración, sino desde antes, cuando el franciscano Roger Bacon invitaba a estudiar idiomas porque tenemos mucho que aprender incluso de los infieles), esto se debe también a que se ha esforzado por “disolver”, a la luz de la investigación y del espíritu crítico, las simplificaciones dañinas. Naturalmente no lo hizo siempre, porque forman parte de la cultura occidental también Hitler, que quemaba libros, condenaba el arte “degenerado”, mataba a quienes pertenecían a razas “inferiores”, o el fascismo que en la escuela me enseñaba a recitar “Dios maldiga a los ingleses” porque eran “el pueblo de las cinco comidas” y por lo tanto unos glotones inferiores a los parcos y espartanos italianos.
Pero tendrían que ser los aspectos mejores de nuestra cultura los que deberíamos discutir con los jóvenes, aspectos de todo tipo, si no queremos que se derrumben otras torres en los días que ellos van a vivir, cuando nosotros ya no estemos. Un elemento de confusión consiste en que a menudo no conseguimos captar la diferencia entre la identificación con las propias raíces, la comprensión de quienes tienen otras raíces, y los juicios sobre lo que es bueno o malo. En cuanto a las raíces, si me preguntan dónde prefiero pasar los años de retiro, si en un pueblecito del Monferrato, en el marco majestuoso del parque nacional de Abruzo o en las dulces colinas de Siena, escogería el Monferrato. Pero esto no implica que yo juzgue que otras regiones italianas son inferiores al Piamonte.
Por lo tanto si, con sus palabras (pronunciadas para los occidentales, pero borradas para los árabes), el presidente Berlusconi quería decir que prefiere vivir en Árcore y no en Kabul, y hacerse tratamientos en un hospital milanés más bien que en uno de Bagdad, estaría dispuesto a suscribir su opinión (prescindiendo de Árcore). Esto a pesar de que me dijeran que en Bagdad acaban de fundar el hospital mejor dotado del mundo; en Milán me sentiría más en mi propia casa, y esto influiría en mis posibilidades de recuperación. Las raíces pueden ser también más amplias que las regionales o nacionales. Preferiría vivir en Limoges, por poner un ejemplo, antes que en Moscú. Pero cómo así, podrían decirme, ¿no es Moscú una ciudad maravillosa? Claro que sí, pero en Limoges entendería la lengua. Resumiendo: cada cual se identifica con la cultura en la que ha crecido, y los casos de trasplante radical, aunque existen, son una minoría. Lawrence de Arabia se vestía incluso como los árabes, pero al final volvió a su propia casa.
Pasemos ahora a la comparación de las civilizaciones, ya que éste es el punto fundamental. Occidente ha sentido curiosidad por las otras civilizaciones, así haya sido muchas veces por puros motivos de expansión económica. En ocasiones las ha liquidado con desprecio: los griegos llamaban bárbaros, es decir balbucientes, a aquellos que no hablaban su lengua y por lo tanto era como si no hablaran en absoluto. Pero algunos griegos más maduros, como los estoicos (tal vez porque algunos eran de origen fenicio), se dieron cuenta muy pronto de que los bárbaros usaban palabras distintas a las griegas, pero con ellas se referían a los mismos pensamientos. Marco Polo intentó describir con inmenso respeto los usos y costumbres de los chinos; los grandes maestros de la teología cristiana medieval trataban de hacerse traducir los textos de los filósofos, médicos y astrólogos árabes; los hombres del Renacimiento llegaron incluso a exagerar en su intento por recuperar las perdidas sabidurías orientales, desde los caldeos hasta los egipcios; Montesquieu intentó comprender de qué manera un persa podía ver a los franceses, y antropólogos modernos condujeron sus primeros estudios basándose en informes de los salesianos, que si bien se internaban en las tierras de los bororo, de ser posible para convertirlos, también lo hacían para entender cuál era su forma de pensar y de vivir, tal vez porque recordaban a los misioneros de algunos siglos atrás, los cuales no habían conseguido entender las civilizaciones amerindias y por lo mismo habían auspiciado su exterminio.
He mencionado a los antropólogos. No estoy diciendo nada nuevo si recuerdo que, de mediados del siglo XIX en adelante, la antropología cultural se desarrolló como un intento por curar el remordimiento de Occidente con relación a los Otros, y especialmente con esos Otros que habían sido definidos como salvajes, sociedades sin historia, pueblos primitivos. Occidente no había sido propiamente tierno con los salvajes: los había “descubierto”, había intentado evangelizarlos, los había explotado, muchas veces los había sometido a esclavitud, entre otras cosas con la ayuda de los árabes, porque los barcos negreros eran descargados en Nueva Orleáns por refinados hidalgos de origen francés, pero cargados en las costas africanas por traficantes musulmanes. La antropología cultural (que pudo prosperar gracias a la expansión colonial) intentaba reparar los pecados del colonialismo mostrando que esas “otras” culturas eran, precisamente, culturas, con sus propias creencias, sus propios ritos, sus propias costumbres, muy razonables en el contexto en que se habían desarrollado, y absolutamente orgánicas, es decir, que se fundaban en una propia lógica interna. La tarea del antropólogo cultural consistía en demostrar que existían lógicas distintas a la occidental, y que debían ser tomadas en serio, no despreciadas ni reprimidas.