24/10/11

La lenta agonía griega


Alberto Montero Soler
Ayer domingo se reunía en Bruselas el Consejo Europeo para no llegar a más conclusión para resolver la crisis de la eurozona que aquella que viene reiterando como una salmodia para evitar enfrentar su responsabilidad como instancia de gobierno colegiada de la Unión Monetaria: los países periféricos deben seguir profundizando sus planes de ajuste. Punto y final.
Sin embargo, mientras esto ocurría, la propia troika (BCE, la Comisión Europa y el FMI) comenzaba a dudar de si la dosis de esa medicina que se ha aplicado en el caso griego, y que ha recomendado a todos por igual con independencia de cuál sea la enfermedad, no habrá sido excesiva (porque, por supuesto, plantearse la posibilidad de que la medicina no hubiera sido la adecuada es absolutamente impensable).
En efecto, en un documento confidencial de la troika de hace un par de días se procedía a una revisión de las previsiones sobre el escenario al que se enfrentará la economía griega durante los próximos años con la intención de anticipar cuáles pueden ser las consecuencias de las desviaciones de esas previsiones sobre la “sostenibilidad” de la deuda griega.
Una revisión que, por otro lado, parte del reconocimiento explícito de que la situación en Grecia ha empeorado mucho más de lo previsto en anteriores evaluaciones como consecuencia de las medidas de ajuste impuestas por la troika. A pesar de ello, no se realiza ningún atisbo de autocrítica al respecto y el documento se limita a reconocer que los efectos del ajuste, en lugar de producir un incremento positivo en los niveles de productividad como se esperaba (¡!), están resultando en una profundización de la recesión como consecuencia del proceso de deflación de precios y salarios que está teniendo lugar. Dicho lo cual, y evidentemente sin el menor atisbo de propuesta de cambio del recetario, habida cuenta de que el aplicado hasta el momento no sólo está matando al enfermo sino que ni siquiera garantiza lo que tanto les preocupa, la sostenibilidad de la deuda pública, pasan a reevaluar el escenario para ver qué tendría que hacer Grecia para conseguir dicho objetivo.
El escenario que se ofrece entonces es dantesco a poco que uno piense que detrás de las cifras del informe se está implícitamente hablando del bienestar, el empleo o la salud de millones de personas, a pesar que no se realice ni la más mínima mención a ninguna de esas cuestiones en el documento. Parece que Grecia fuera un país sin ciudadanos, sin habitantes, un país de ruinas arruinado del que hubiera huido toda vida humana.
De entrada, y tras atribuir la responsabilidad a la falta de celeridad en la aplicación de las reformas por parte del gobierno griego, el informe plantea que el PIB caerá en 2011 en un 5,5% y en un 3% en 2012, no esperándose un leve crecimiento de un 1,25% hasta 2013-2014 y, si las reformas tienen el efecto esperado sobre el crecimiento (algo que puede ser muy discutible dado que, por ejemplo, los ingresos esperados de las privatizaciones a acometer entre 2010 y 2020 se han sobreestimado, según los nuevos cálculos, en más de 20 mil millones de euros), éste sería algo superior al 2,5% entre 2015-2020. Una vez agotados los efectos de esas reformas y privatizado todo lo privatizable, se espera que la economía griega crezca a una media anual del 1,6% entre 2021 y 2030.
Lo preocupante no es sólo el raquítico crecimiento esperado de la economía helena sino que, además y nuevamente con la única preocupación en mente de asegurar la “sostenibilidad” de su deuda, ese escaso crecimiento deberá compatibilizarse con superavit primarios en las cuentas públicas superiores al 4% del PIB hasta 2025.
Entre tanto, el acceso de Grecia a la financiación en los mercados estará vedada porque desde la troika se entiende arbitrariamente (como explícitamente se señala en el documento) que los mercados se negarán a prestarle fondos en tanto no consigan tres años consecutivos de crecimiento, tres años de superávit primario por encima del 4% y siempre y cuando el nivel de la deuda pública caiga por debajo del 150%. ¿Por qué estas condiciones? Nadie lo sabe. Eso sí, se prevé que ello no ocurra antes de 2021. Entre tanto, sus necesidades de financiación ascenderán, en condiciones “normales” a más de 252 mil millones de euros que necesariamente deberán ser aportados desde el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera.
Lo más grave es que, a pesar de todos esos esfuerzos, cualquier desviación de las estimaciones de la troika como producto de errores en sus cálculos o de impactos negativos sobre la economía griega durante algún momento de ese largo período se traduciría en que la deuda se haría “insostenible”. Y el cinismo llega a su máxima expresión cuando entre los posibles impactos negativos se considera la posibilidad de una profundización de la recesión que el plan de ajuste de la propia troika está imponiendo y que, en su caso, elevaría las necesidades de financiación hasta los 450 mil millones de euros.
Ello siempre y cuando no se produzca una negociación con los acreedores privadores de manera que éstos se avengan a una quita sobre los bonos griegos de en torno al 50 ó el 60% de su valor, en cuyo caso, el monto total de la financiación europea se situaría en torno a los 220 mil millones de euros.
Dicho todo lo cual a uno no le queda más remedio que preguntarse qué deben estar pensando los griegos ante este escenario desolador: con unas tasas de crecimiento raquíticas durante lustros; con un proceso de deflación acelerado de sus precios y salarios; con unas estructuras de bienestar en proceso de desmantelamiento porque hay que destinar las partidas de gasto público que permitían atenderlas a generar un superávit primario para pagar los intereses de la deuda; en definitiva, con un proceso de ajuste que va a durar, si todo va bien, al menos veinte años.
Ante este panorama, un ciudadano griego difícilmente puede pensar algo distinto a que su país carece de futuro en el seno de la Unión Monetaria Europea y que quizás tenga alguno saliéndose de ella, abandonando el euro, recuperando su moneda y la soberanía plena sobre todos sus instrumentos de política económica y, sobre todo, dejando de mercadear con las condiciones de vida de sus ciudadanos para tratar de convencer a los mercados y a unas instituciones que sólo velan por los intereses de éstos de que pagarán todas sus deudas.
Evidentemente los costes de una salida del euro serían muy elevados, nadie lo pone en duda y nadie debe llamarse a engaños al respecto. Pero Grecia está en un punto en el que debe decidir si prefiere una muerte lenta en el seno del euro o una operación quirúrgica rápida que le permita recuperar la salud después de un periodo de convalecencia que, estoy seguro y ahí está el caso argentino para corroborarlo, siempre será inferior a la duración de la agonía que tan generosamente ofrece la troika.