31/10/11

Engels, Malthus y los siete mil millones


Cecilia Soto
La ONU ha escogido por razones de visibilidad el 31 de octubre como la fecha en la que presuntamente seremos siete mil millones de seres humanos sobre nuestro planeta. Se trata apenas de una convención para darle relevancia al tema poblacional porque en realidad no se sabe bien si ya sumamos los siete mil millones o si los alcanzaremos en uno o dos años. Lo importante es que, a diferencia de hace menos de dos décadas, cuando el crecimiento poblacional era percibido como una amenaza y se creía religiosamente que el planeta contaba con una dotación fija de recursos naturales, hoy existe un clima intelectual que permite recibir ese siete y sus nueve ceros, con optimismo: además de la placentera actividad que resulta en embarazos y nacimientos, algo ha hecho bien la humanidad que ha permitido una tasa sostenida de crecimiento poblacional.
En 1845, a los 24 años de edad, Federico Engels, el  inseparable colega de Carlos Marx, acabó con la tesis de Thomas Malthus, que sostenía que mientras que la población crecía geométricamente, la producción de alimentos sólo lo hacía aritméticamente, provocando cada tanto tiempo hambrunas entre la población “sobrante”. Engels planteó que la misma existencia de esta población “sobrante” demostraba que la agricultura crecía geométricamente, pues de otra manera la población no podría haber sobrevivido sin comer y postuló que el potencial productivo de la agricultura era “inconmensurable” si las condiciones sociales permitieran la aplicación de la ciencia y el crecimiento de la productividad de los agricultores.
Poco más de 130 años después, el Banco Mundial, en obediencia a la élite americana y europea, intentó con bastante éxito rescatar y acicalar el cadáver de Thomas Malthus y convertir en paradigma la existencia de una supuesta “bomba poblacional”, ubicada en los países del entonces llamado Tercer Mundo, que amenazaba la existencia misma del planeta, cuyos recursos naturales eran “escasos  y finitos”. Julian Simon, un economista americano, inició desde 1970 una cruzada intelectual en la que —al igual que Engels aunque a Simon se le ubica en la “derecha” — demolía todos y cada uno de los argumentos de los neomalthusianos.
La cuestión fundamental que demostraron tanto Engels como Simon y cuya prueba es la existencia y el desarrollo de nuestra especie es que los recursos naturales no existen per se. Es la práctica humana, a través de sus avances científicos y tecnológicos, la que define en diferentes épocas y de diferentes maneras, qué es un recurso natural, cuál es su importancia estratégica  y qué deja de tener importancia en determinado momento del desarrollo. Desde esta perspectiva, los recursos naturales sólo son relativamente finitos según se definan por la tecnología prevaleciente. Ejemplo de ello son las chapopoteras que en tiempos prehispánicos apenas servían para pintura ornamental. La tecnología de finales del siglo XIX y del siglo XX convirtió a los hidrocarburos en recursos energéticos de primera importancia. Hoy la tecnología de aguas profundas define como hidrocarburos comercialmente accesibles a recursos que antes era impensable explotar.
El descubrimiento de tecnologías que permitan ensanchar el abanico de recursos que sostengan a determinada población no es algo ineluctable como lo demuestran el colapso demográfico de la civilización maya hacia el año mil de nuestra era o el que encogió a la población europea a la mitad en los siglos XIII y XIV debido a la peste, ambas catástrofes vinculadas con graves alteraciones ecológicas y económicas.
Por ello, el fomento de las condiciones en las que florezcan la ciencia y la tecnología se revela como fundamental para sustentar el crecimiento y mejorar las condiciones de vida de la población. Las revoluciones tecnológicas provocan una aceleración de la tasa de crecimiento poblacional que luego se modera y se estabiliza. No sabemos cuántos seres humanos llegará a albergar nuestro planeta hasta estabilizarse, lo que sí sabemos es que tendremos que salir de aquí en unos cuatro mil millones de años porque nuestra estrella, el Sol, acabará el combustible del que se alimenta, el hidrógeno. Y entonces sí, como Buzz Lightyears, “al infinito y más allá”.
Título original: “Siete mil millones y los que siguen”
Fuente: http://excelsior.com.mx/index.php?m=nota&seccion=opinion&cat=11&id_nota=778550