28/10/11

El crepúsculo de Lope de Aguirre

La ruta aproximada de Lope de Aguirre
Especial para Gramscimanía

“Acúsote rey que cumple haya toda justicia y rectitud para tan buenos vasallos como en esta tierra tienes, aunque yo, por no poder sufrir más las crueldades que usan  estos tus oidores, visorrey  y gobernadores, he salido de hecho… de tu obediencia y, desnaturalizándome… de nuestra tierra que es España, voy a hacerte la más cruel guerra…”: Lope de Aguirre, el Peregrino
 Erick Antonio Jimeno
El 22 de octubre de 1561 , procedente de Valencia  y entrando por  el Valle de las Damas, arribaba a Nueva Segovia de Barquisimeto, con doscientos españoles , 20 africanos y   más de 100 indígenas de servidumbre,  el vascoespañol  Lope de Aguirre, llamado el tirano,  el loco, el traidor, el peregrino, la ira de Dios, entre otros  famosos apelativos.
Atrás quedaba el remoto río Amazonas y la fracasada  expedición al  fabuloso país de los Omaguas, en el territorio del  legendario Dorado, que partiera de Santa Cruz de Saposoa, Virreinato del Perú,  en septiembre de 1560. Lejos, en la roja memoria  de las Crónicas, la conjura con que alentó y ejecutó  Lope  los  asesinatos del capitán Pedro de Ursúa,  don Hernando de Guzmán, la bella Inés de Atienzo y de  decenas de soldados marañones,  enredados en conspiraciones  fluviales.
 Sin piedad ni clemencia ensangrentó las arenas insulares de Margarita, matando a garrote vil al gobernador  Juan de Villandrano,  a funcionarios reales, frailes, mujeres, y, de nuevo, a otros  aterrorizados marañones. Al fondear en  Borburata,  Lope de Aguirre, hizo incendiar sus naves, a la manera de los griegos en Troya. Nunca más contemplaría el mar. Para aumentar su reputación homicida, degolló y ensogó a propios y extraños en la soleada costa caribeña. Encauzó, entonces,  su brújula hacia  Valencia. Ahí, en Tacarigua, dictaría a su escribiente Pedrarias de Almesto, el notable y retórico Memorial a Felipe II,  Rey de España y Portugal,   hijo de Carlos I,  aquel  que en 1528 entregó en arrendamiento la naciente Provincia de Venezuela a unos banqueros alemanes , los welser.  Felipe II era a su vez el nieto de Felipe, El Hermoso,  y de su celosa consorte  la Reina, conocida popularmente como Juana, la Loca, cuya insania necrófila la hizo deambular 8 meses por tierras de Castilla con el cadáver insepulto de su envenenado marido. De ese linaje, de esa nobleza,  el Rey  católico español: Felipe II.
Del millar de indígenas que partieron del Perú en su condición de fámulos o sirvientes,  “yanaconas”, apenas un centenar alcanzó la Nueva Segovia de Barquisimeto. Muchos de ellos, abandonados o sacrificados por el Tirano en la profunda selva del río Marañón, por motivos superfluos o simplemente, sin motivo conocido. Extrañados de sus territorios e indefensos ante las fieras, la agreste naturaleza  y expuestos a las guasábaras de  otros pueblos indígenas que veían  en ellos a los  aliados  de los españoles y no, a sus esclavos. El escritor Luis Guzmán Palomino, siguiendo a Fray Pedro Simón,  refiere que entre los abandonados a su suerte amazónica, estaban muchas indias preñadas por los españoles.
Las expediciones de conquista, desde los viajes de  Cristóbal Colón,  fueron para los europeos,  empresas con fines de lucro y obedecían a criterios crematísticos. El Estado, los reyes, los visorreyes capitulaban y embanderaban las expediciones. Los inversores (la nobleza, banqueros,  burgueses y navegantes) cubrían los costos  de viaje: embarcaciones, esclavos,  caballos y bestias de carga, armas y accesorios militares, vituallas, entre otros, a la espera de un alto rédito y beneficio . Los soldados de la expedición eran mercenarios cuya remuneración provendría de sus propios hechos de conquista contra los indígenas nativos,   en acciones denominadas eufemísticamente como entradas, rancheos  y rescates, para referirse en lengua castiza a criminales  saqueos. Los conquistadores, Hernán Cortés, Núñez de Balboa, Pedro de Alvarado, Diego de Almagro, Francisco Pizarro, los Welser, Juan de Villegas, Diego de Losada, fueron, por causa de la naturaleza mercantil de la Conquista, “audaces capitanes y rapaces hombres de negocio”, vale decir, depredadores.
En 1559, en el antiguo Perú y otras provincias coloniales, los conquistadores españoles vagaban ociosos, prestos para la sublevación, el escándalo, el asesinato o el desafuero.  Lima, Cuzco, el fabuloso Potosí, Cajamarca, Tumbes, Callao, Ayacucho, eran  territorio fértil para las maquinaciones de centenares de hidalgos, soldados y buscadores de fortuna, ávidos de oro y plata. Todavía flotaba en su desaforada imaginación el tesoro de 5 toneladas de oro y 11 toneladas de plata entregado a Pizarro y a sus tropas como  rescate por el Inca Atahualpa en 1533. Su  avaricia española fabulaba con El Dorado. Por contraste, los funcionarios reales, virreyes, oidores, gobernadores, corregidores y la siempre avisada iglesia católica , junto a los chapetones, encomenderos ricos y gentes de alcurnia, dominaban las actividades económicas, sometiendo al indígena a la mita y al tributo y usando a los esclavos de origen africano en la multiplicación geométrica de las riquezas. Para esas clases emergentes y para la burocracia colonial, el elemento conquistador se había convertido en un estorbo antisocial para el desarrollo de la  economía colonial, próspera y apropiada. Se empezó jurídicamente a hablar de  pacificación y no de conquista, de economía, mas no de guerra. Por eso, El Dorado, que sirvió a los indígenas para despistar la codicia de los españoles y portugueses, sirvió también  a la burocracia colonial del virreinato del Perú para librase de esos menesterosos y revoltosos, que no por paisanos, dejaban de ser una amenaza contra sus privilegios. Por eso, habría que agregar a Lope  otros apodos:  Lope de Aguirre , el cándido, el  engañado.
De ese modo, El Dorado fue la celada del Poder colonial contra los inadvertidos marañones. El Manifiesto de Lope  de Aguirre contra el Rey y sus funcionarios  es el canto del cisne de  una casta de conquistadores en vías de extinción , dolidos por el desdén real. La declaración de guerra contra la autoridad real no pasa de ser  una algarabía tragicómica en unos hombres condenados a ser prescindibles para el Imperio, incapaces de poseer una causa noble, no metálica y , agotados en una especie de osadía pérfida y frenética. Su rebeldía anti-realista fue una  furia resentida y acuchillada, que iba apagándose y volviéndose contra sí misma. Una  exasperación homicida que presagiaba la inmolación final.
Lope  de Aguirre y sus marañones permanecerían  cinco días en la Nueva Segovia de Barquisimeto, que a la sazón se dilataba en la sabana de Tarabana,  al sureste de Santa Rosa, cercana a la orilla izquierda del río Turbio. Los realistas, eran  dirigidos desde El Tocuyo por el huidizo gobernador Pablo Collado,  cuya (mala) fama  recogió  el cronista Juan de Castellanos al llamarlo en sus Elegías como Pablo Faldetas; militarmente los conducían el capitán Gutierre de la Peña, y  el maese Diego García de Paredes. De suma utilidad para la causa del Rey fue el desertor marañón Pedro Alonso de Galeas, que se había fugado en Margarita con el apoyo de  indígenas guaiqueríes. Las confidencias de Pedro Alonso a los realistas le permitieron a éstos elaborar una estrategia de desgaste, basada en  alentar la progresiva deserción de los marañones. Otro recurso no contencioso fueron las Cédulas de Perdón  del gobernador Collado, colocadas estratégicamente en las casas de la ciudad que le servían de refugio a los marañones.    La masiva traición marañona comenzó a revelarse en su resistencia  a entrar en combate, disparando sus arcabuces de manera deliberadamente errónea. Lope les arengó despectivamente  a  no  dejarse vencer por  esos “comedores de cazabe y arepas”, para referirse a los del Rey. El 27 de octubre, la suerte de Lope estaba echada. De par en par, primero, masivamente después , incluyendo a los negros que había usado como verdugos, todos sus soldados cambiaron de bando. La excepción fue Antón Llamoso. Al despuntar la tarde la bufonada había concluido. Sin un solo muerto en los dos bandos. Unas fingidas escaramuzas  para ocultar la conjura. La infidencia y la deserción como táctica . Sin batallas épicas, ni gloriosas hazañas . Como corresponde a una caterva de violentos, sin ideales. Prestos al mejor postor, proclives a la traición, tarifados,  es decir, mercenarios. El filicidio de Lope contra Elvira, su hija mestiza, es el último acto de desesperación del Tirano. De alguna oscura manera es también un suicidio, porque la honra de Elvira era  para Lope una extensión de la  suya. El corpiño amarillo de la doncella  se inunda de sangre al penetrar la daga malévola en su pecho virgen. Lope de Aguirre muere también (irónicamente él y Elvira son los únicos muertos en Barquisimeto) bajo el fuego alevoso de los arcabuces  marañones. Su amigo, Custodio Hernández, lo toma de la barba y, todavía agonizante Lope, lo decapita  con la espada. ¡El Tirano ha muerto! grita  con  alarde  sospechoso. Esa tarde,  la cabeza degollada de Aguirre, expuesta sobre una pica en El Tocuyo, los ojos hundidos,  la mirada apagada, se levanta contra el fondo rojizo del crepúsculo. Era el destino final  de la casta infame de los conquistadores.
Los marañones pagaron pronto sus miserias y desmanes. Algunos fueron     ahorcados por los españoles, como Llamoso y Paniagua. Otros son juzgados por la Real Audiencia de  Santo Domingo, donde pronto reciben el perdón  y amnistía a cambio de alistarse en una nueva misión. Se incorporan  en 1562 a la expedición de Luis de Narváez para someter a los indígenas caracas, arbacos  y teques,  liderados  por Guaicaipuro  y  Terepaima. Como resultado el capitán Narváez y 150 soldados, entre ellos, más de 50 ex marañones,  son derrotados  y ajusticiados por los valerosos indígenas caribes. Los mismos que algunas semanas atrás  habían emboscado y ejecutado al infame  conquistador merideño Juan Rodríguez Suárez, en los montes de Paracotos, cuando acudía a sumarse a los realistas  neosegovianos que confrontaban a Lope. Los indígenas caribes vengaban  así, sin saberlo, a sus hermanos quechuas, arrojados a la muerte en la selva.
En los confines de la antigua Nueva Segovia de Bariquisimeto, en las noches ebrias de luna, rumoran los ancianos y los campesinos que entre luces  de luciérnagas desconsoladas  se escuchan los gritos ahogados de Elvira de Aguirre, la virgen, hija de la noble quechua Cruspa y del villano, el tramontano, el infeliz,  el homicida y desgraciado Lope de Aguirre.