27/10/11

De la guerra del opio a la guerra del petróleo


Domenico Losurdo
 “La muerte de Gadafi constituye un viraje histórico” proclaman a coro los dirigentes de la OTAN y de Occidente, que no se preocupan por tomar distancia del bárbaro asesinato del líder libio y de las impúdicas mentiras pronunciadas con el mismo sentido por los dirigentes de los “rebeldes”. Y efectivamente constituye un viraje crucial. Pero para comprender el significado que tiene la guerra contra Libia en la historia del colonialismo, se debe recurrir al pasado.
Cuando en 1840 los navios de guerra ingleses enfrentaban las costas y las ciudades de China, los agresores disponían de una potencia de fuego basada en centenares de cañones y podían sembrar destrucción y muerte a gran escala, sin temer que los alcanzara la artillería enemiga, a la que vencieron fácilmente. Es el triunfo de la política de los cañones: el gran país asiático y su milenaria cultura fueron obligados a capitular, iniciando lo que la historiografía china define acertadamente como el siglo de las humillaciones, que termina en 1949, con la llegada al poder del partido comunista de Mao Tse Tung.
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En nuestros días, la llamada Revolución de los Negocios Militares (RMA) ha creado en muchos países del Tercer Mundo situaciones similares a la que afrontó China. En el transcurso de la guerra contra la Libia de Gadafi, la OTAN ha podido perpetrar tranquilamente miles y miles de bombardeos sin sufrir ninguna pérdida ni tampoco correr el riesgo de sufrirla. En tal sentido más que una fuerza militar la OTAN se parece a un pelotón de ejecución; dado que la ejecución de Gadafi más que un accidente debido a las circunstancias, revela el profundo sentido de la totalidad de la operación.
De hecho es evidente que la renovada desproporción tecnológica y militar reitera las ambiciones y las tentaciones colonialistas de un Occidente, como lo demuestra la exaltada autoconciencia y la falsa conciencia que sigue ostentando, que rechaza realmente hacer cuentas con su historia. Y no se trata solo de acciones, de aviones de guerra y satélites. Es mucho más neta la ventaja que tienen Washington y sus aliados en lo referente a la capacidad de bombardeo multimediático. Una vez más, la “intervención humanitaria” contra Libia es un ejemplo de manual: la guerra civil (desencadenada también gracias a la prolongada actuación de agentes y de unidades militares occidentales durante cuyo transcurso los llamados “rebeldes” podían contar con aviones desde el principio ) se presentó como una masacre perpetrada por el poder sobre una indefensa población civil; en cambio los bombardeos de la OTAN sobre Sirte, asediada, hambreada y privada de agua y de medicinas se consideraron operaciones humanitarias a favor de la población civil libia!
Esta manipulación puede contar ahora, además de con sus medios de información y desinformación, con una revolución tecnológica que completa la Revolución de los Negocios Militares. Como expliqué en intervenciones y artículos anteriores, han sido autores y órganos de prensa cercanos al Departamento de Estado quienes han celebrado el hecho de que el arsenal estadounidense se ha visto ahora enriquecido con nuevos y formidables instrumentos de guerra: han sido los diarios occidentales y de probada fe occidental los que han narrado, sin ninguna consideración crítica, que durante las “guerras de internet” la manipulación y la mentira están a la orden del día, tanto como la incitación contra las minorías étnicas y religiosas mediante la manipulación y la mentira. Es lo que ya está sucediendo en Siria contra un grupo dirigente puesto hoy más que nunca en la mira, por el hecho de haber resistido a las presiones y a las intimidaciones occidentales y haberse negado a capitular ante Israel y a traicionar a la resistencia palestina.
Pero volvamos a la primera guerra del opio, que concluyó en 1842 con el tratado de Nankin. Fue el primero de los “tratados desiguales”, impuesto con los cañones. Al año siguiente fueron los EE.UU. los que enviaron sus cañones para conseguir lo mismo que había conseguido Gran Bretaña, y algo más. El Tratado de Wangia (cerca de Macao) de 1943 sanciona el privilegio de la extraterritorialidad para los ciudadanos estadounidenses residentes en China, aún para los culpables de delitos comunes, que quedan así sustraídos a la jurisdicción china. Obviamente el privilegio de la extraterritorialidad no es recíproco, es decir que no vale para los chinos residentes en los EE.UU.: una cosa son los pueblos coloniales y otra cosa muy diferente es la raza de los señores. En los años y decenios sucesivos, el privilegio de la extraterritorialidad se hace extensivo a los chinos que “disienten” de su religión y de la cultura de su país y se convierten al cristianismo (e idealmente se convierten en general en ciudadanos honorarios de la república estadounidense de Occidente).
El doble estándar de la legalidad y de la jurisdicción es, aún en nuestro días, un elemento esencial del colonialismo: los “disidentes” es decir los que se convierten a la religión de los derechos humanos, como se proclaman en Washington y Bruselas, el potencial Quisling (1) al servicio de los agresores, son laureados con el Premio Nobel u otros premios similares; luego que Occidente desencadena una desatinada campaña con el objeto de sustraerlos de su país de residencia, una campaña más persuasiva que los embargos y las amenazas de embargo y de “intervención humanitaria”
El doble estándar de la legalidad y de la jurisdicción se vuelve particularmente llamativo con la intervención de la Corte Penal Internacional (CPI). Allí deben ser sometidos sin embargo los ciudadanos estadounidenses, los soldados y los mercenarios de las barras y estrellas que pululan por el mundo. Recientemente la prensa internacional informó de que los EE.UU. están dispuestos a bloquear con su veto la admisión de Palestina en la ONU, con el objeto de impedir que Palestina pueda denunciar a Israel en la CPI: de una manera u otra en la práctica, aunque ya no en la teoría, los únicos que pueden ser procesados y condenados son los pueblos coloniales. Es de por sí elocuente lo sucedido. En 1999: sin haber obtenido autorización de la ONU, la OTAN inició los bombardeos sobre Yugoslavia; poco después la CPI sin pérdida de tiempo procedió a incriminar no a los agresores ni a los responsables de la violación del orden jurídico internacional, establecido luego de la Segunda Guerra Mundial, sino a Milosevic. En 2011: contrariando el mandato de la ONU, lejos de preocuparse por la protección de los civiles, la OTAN recurre cualquier medio para imponer el cambio de régimen y asegurarse el control de Libia. Siguiendo el modelo ya probado, la CPI procede a incriminar a Gadafi. La llamada Corte Penal Internacional es una especie de apéndice judicial del pelotón de ejecución de la OTAN, podría decirse que los magistrados de La Haya se parecen a los curas que sin perder tiempo consolando a la víctima, se preocupan directamente por la legitimación y la consagración del verdugo.
Y por último. Con la guerra contra Libia, en el ámbito del imperialismo se ha establecido una nueva división del trabajo. Las tradicionales grandes potencias coloniales tanto como Inglaterra y Francia, valiéndose del decisivo apoyo político y militar de Washington, se concentran en Medio oriente y en Africa, mientras que los EE.UU. dirigen su dispositivo militar a Asia Y así volvemos a la China. Luego de haber terminado el siglo de humillaciones iniciado con la guerra del opio, los dirigentes comunistas chinos saben que sería una locura y además criminal faltar por segunda vez a la cita con la revolución tecnológica y militar; mientras libera de la miseria y de la inanición a centenares de millones de chinos que habían sido condenados por el colonialismo, el poderoso desarrollo económico logrado por el gran país asiático sigue siendo una medida de defensa contra la permanente agresividad imperialisra. Aquellos, aún de “izquierda”, que se someten a remolque de Washington y de Bruselas en la obra de difamación sistemática de los dirigentes chinos demuestran que no desean la mejora de las condiciones de vida de las clases populares ni la causa de la paz y de la democracia en las relaciones internacionales.
Nota
(1) Quisling . En inglés en el original: colaboracionista
Dalle guerre dell’oppio alle guerre del petrolio
Domenico Losurdo
«La morte di Gheddafi è una svolta storica»: proclamano in coro i dirigenti della Nato e dell’Occidente, i quali non si preoccupano neppure di prendere le distanze dal barbaro assassinio del leader libico e dalle menzogne spudorate pronunciate a tale proposito dai dirigenti dei «ribelli». E, tuttavia, effettivamente si tratta di una svolta. Ma per comprendere il significato che la guerra contro la Libia riveste nell’ambito della storia del colonialismo, occorre prendere le mosse da lontano…
Allorché nel 1840 le navi da guerra inglesi si affacciano dinanzi alle coste e alle città della Cina, gli aggressori dispongono della potenza di fuoco di diverse centinaia di cannoni e possono seminare distruzione e morte su larga scala, senza temere di essere colpiti dall’artiglieria nemica, la cui gittata è ben più ridotta. E’ il trionfo della politica delle cannoniere: il grande paese asiatico e la sua millenaria civiltà sono costretti a capitolare; inizia quello che la storiografia cinese definisce giustamente il secolo delle umiliazioni, che termina nel 1949, con l’avvento al potere del Partito comunista e di Mao Zedong.
Ai giorni nostri, la cosiddetta Revolution in Military Affairs (RMA) ha creato per numerosi paesi del Terzo Mondo una situazione simile a quella a suo tempo affrontata dalla Cina. Nel corso della guerra contro la Libia di Gheddafi, la Nato ha potuto tranquillamente effettuare migliaia e migliaia di bombardamenti e non solo non ha subito alcuna perdita ma non ha neppure rischiato di subirla. In questo senso, piuttosto che a un esercito tradizionale, la forza militare Nato rassomiglia a un plotone di esecuzione; sicché l’esecuzione finale di Gheddafi, piuttosto che essere un caso o un incidente di percorso, rivela il senso profondo dell’operazione nel suo complesso. 
E’ un dato di fatto: la rinnovata sproporzione tecnologica e militare rilancia le ambizioni e le tentazioni colonialiste di un Occidente che, come dimostra l’esaltata autocoscienza e falsa coscienza che continua a ostentare, rifiuta di fare realmente i conti con la sua storia. E non si tratta solo di aerei, navi da guerra e satelliti. Ancora più netto è il vantaggio su cui Washington e i suoi alleati possono contare per quanto riguarda le capacità di bombardamento multimediale. Ancora una volta, l’«intervento umanitario» contro la Libia è un esempio da manuale: la guerra civile (scatenata grazie anche all’opera prolungata di agenti e unità militari occidentali e nel corso della quale i cosiddetti «ribelli» sin dagli inizi potevano disporre persino di aerei) è stata presentata come un massacro perpetrato dal potere su una popolazione civile indifesa; invece, i bombardamenti Nato che da ultimo hanno infierito su Sirte assediata, affamata e priva di acqua e di medicinali sono diventati operazioni umanitarie a favore della popolazione civile libica!
Quest’opera di manipolazione può ora contare, oltre che sui tradizionali mezzi di informazione e disinformazione, su una rivoluzione tecnologica che completa laRevolution in Military Affairs. Come ho spiegato in interventi e articoli precedenti, sono autori e organi di stampa vicini al Dipartimento di Stato a celebrare il fatto che l’arsenale Usa si è ora arricchito di nuovi e formidabili strumenti di guerra; sono giornali occidentali e di provata fede occidentale a riferire, senza alcun rilievo critico, che nelle corso delle  «guerre Internet» sono all’ordine del giorno la manipolazione, la menzogna, nonché l’aizzamento di minoranze etniche e religiose anche mediante la manipolazione e la menzogna. E’ quello che sta già avvenendo in Siria contro un gruppo dirigente ora più che mai preso di mira, per il fatto di aver resistito alle pressioni e intimidazioni occidentali e di essersi rifiutato di capitolare dinanzi a Israele e di tradire la resistenza palestinese.
Ma torniamo alla prima guerra dell’oppio, che si conclude nel 1842 col trattato di Nanchino. E’ il primo dei «trattati diseguali», imposti cioè con le cannoniere. L’anno dopo è la volta degli Usa. Inviano anche loro le cannoniere al fine di strappare il medesimo risultato conseguito dalla Gran Bretagna, anzi qualcosa in più. Il trattato di Wanghia (nelle vicinanze di Macao) del 1843 sancisce per i cittadini statunitensi residenti in Cina il privilegio della extra-territorialità: anche se colpevoli di reati comuni, essi sono comunque sottratti alla giurisdizione cinese. Ovviamente, il privilegio della extra-territorialità non è reciproco, non vale per i cittadini cinesi residenti negli Usa: una cosa sono i popoli coloniali, un’altra cosa, ben diversa, è la razza dei signori. Negli anni e nei decenni successivi, il privilegio dell’extra-territorialità viene esteso anche ai cinesi che «dissentono» dalla religione e dalla cultura del loro paese, si convertono al cristianesimo (e idealmente diventano cittadini onorari della repubblica nord-americana o dell’Occidente in genere).
Il doppio standard della legalità e della giurisdizione è un elemento essenziale del colonialismo anche ai giorni nostri: i «dissidenti» ovvero coloro che si convertono alla religione dei diritti umani, così come essa viene proclamata da Washington e da Bruxelles, i potenziali Quisling al servizio degli aggressori, costoro vengono insigniti del premio Nobel o di altri premi analoghi: dopo di che l’Occidente scatena una campagna forsennata al fine di sottrarre i premiati alla giurisdizione del loro paese di residenza, una campagna resa più persuasiva dagli embarghi e dalle minacce di embargo e di «intervento umanitario».
Il doppio standard della legalità e della giurisdizione diviene particolarmente clamoroso con l’intervento della Corte penale internazionale (Cpi). Ad essa sono e devono essere comunque sottratti i cittadini statunitensi e i soldati e i mercenari a stelle e strisce che stazionano in tutto il mondo. Recentemente, la stampa internazionale ha riferito che gli Usa sono pronti a bloccare con il veto l’ammissione della Palestina all’Onu, anche al fine di impedire che la Palestina possa far ricorso contro Israele presso la Cpi: in un modo o nell’altro, nella pratica se non già nella teoria dev’essere chiaro a tutti che a poter esser processati e condannati sono soltanto i popoli coloniali. E’ di per sé eloquente la tempistica. 1999: pur senza aver ottenuto l’autorizzazione dell’Onu, la Nato inizia i suoi bombardamenti contro la Jugoslavia; poco dopo, senza perder tempo, la Cpi procede all’incriminazione non degli aggressori e dei responsabili della violazione dell’ordinamento giuridico internazionale emerso di fatto dopo la seconda guerra mondiale, ma di Milosevic. 2011: stravolgendo il mandato Onu, ben lungi dal preoccuparsi della protezione dei civili, la Nato ricorre a ogni mezzo pur di imporre il cambiamento di regime e assicurarsi il controllo della Libia; Seguendo un modello già collaudato, la Cpi procede all’incriminazione di Gheddafi. La cosiddetta Corte penale internazionale è una sorta di appendice giudiziaria del plotone di esecuzione della Nato, si potrebbe anche dire che i magistrati dell’Aia rassomigliano a preti che, senza perder tempo a consolare la vittima, si impegnano direttamente nella legittimazione e consacrazione del boia.
Un ultimo punto. Con la guerra contro la Libia, nell’ambito dell’imperialismo si è delineata una nuova divisione del lavoro. Le tradizionali grandi potenze coloniali quali l’Inghilterra e la Francia, avvalendosi del decisivo appoggio politico e militare di Washington, si concentrano sul Medio Oriente e sull’Africa, mentre gli Usa spostano sempre più il loro dispositivo militare in Asia. E ritorniamo così alla Cina. Dopo aver posto fine al secolo di umiliazioni iniziato con le guerre dell’oppio, i dirigenti comunisti sanno bene che sarebbe folle e criminale mancare una seconda volta l’appuntamento con la rivoluzione tecnologica e militare: mentre libera centinaia di milioni di cinesi dalla miseria e dall’inedia cui erano stati condannati dal colonialismo, il poderoso sviluppo economico in atto nel grande paese asiatico è anche una misura di difesa contro la permanente aggressività dell’imperialismo. Coloro che, anche a «sinistra», si mettono a rimorchio di Washington e Bruxelles nell’opera di diffamazione sistematica dei dirigenti cinesi dimostrano di non avere a cuore né la causa del miglioramento delle condizioni di vita delle masse popolari né la causa della pace e della democrazia nelle relazioni internazionali.