10/10/11

¿Cuál Che?


Washington Castillo
En estas reflexiones de mis años de la guerra enfrentando a la contra junto al  gobierno sandinista de Nicaragua, no podríamos dejar de lado una interpretación personal sobre el Che. Alguien que, como él, era dueño de esa personalidad que trasunta las fronteras de lo ideológico y aún ante el hecho de no estar entre los vivos, y cohabitar con diferentes estamentos de la sociedad, siendo ubicado en el santoral por aquellos que necesitan imágenes e iconos para seguir pensando que, un día, un Mesías vendrá, será el salvador, el esperado Rey de los Justos, y los transportará a un mundo que solo a quedado en la imaginación y en las más sanas utopías.
No conocí al Che en persona, pero tuve la oportunidad de conocer a muchos de sus compañeros, aquellos campesinos semi-analfabetos que lo siguieron desde "Alegría de Pió" hasta el final, y que ya oficiales veteranos cursaban en Cuba en la misma academia que yo. De ellos tuve la oportunidad y el privilegio de escuchar muchas anécdotas: desde el combatiente de Santa Clara, hasta cuando fue Ministro de Industria. Eran historias vivas, despojadas del falso halago, de la fantasía que, como "valor agregado", se suele incorporar a este tipo de relatos. 
La mayoría de ellas eran de esas que no se ponen en los libros ni en los discursos, y todas contenían la admiración profunda por aquel hombre que, si bien no nos era desconocido, a veces parecía que nos estaban hablando de un personaje bíblico más que de un ser real, ya que su integridad moral, su valor y su entrega en lo que creía, lo alejan de los seres comunes de este planeta; pero sobre toda las cosas un "Che ser humano", terrenal, que ante todo ponía su vida detrás de las ideas, como él mismo alguna vez dijera "muchos me dirán aventurero, lo soy, sólo que de un tipo diferente, de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades."
No hay dudas de que en el acervo de la historia hay un "Che combatiente" que, contra viento y marea, quería recoger las banderas enterradas por la historia en las quebradas silenciosas de los Andes, o en las pintorescas selvas y montañas tropicales. Y más allá aún, las buscó a contrapelo hasta en las áridas sabanas africanas.
Hay que rescatar una gran virtud, del Che y es que nunca fue a combatir a aquellos países donde, de una forma u de otra, funcionaba la democracia, sino que más bien fue a aquellos países como Cuba, donde había una tiranía, y cuando fue al Congo fue a luchar contra esa afrenta al siglo XX que era el colonialismo, o el gran proyecto que quiso iniciar en Bolivia. En la Bolivia donde un dictadorzuelo golpista de turno manejaba un país al cual con una mano reprimía, y con la otra abría las puertas a las transnacionales que, despiadadamente, se enriquecieron, arrancando durante siglos las riquezas de sus minerales entrañas sin importarles un bledo la vida de aquella gente que, hasta hoy, vive en la pobreza endémica.
En estas reflexiones es interesante tener en cuenta un hecho que ya proyectaba su estatura humana: fue cuando, aún imberbe y aventurero motociclista, trabajó en el leprosario de "San Pablo", a orillas de Río Amazonas; en aquel país en que no había ni socialismo, ni revolución ni nada que se le pareciera, sin embargo allí estaba aquel Che, que sentía suya la vocación de servicio al prójimo, tan mentada y nunca cumplida de la Santas Escrituras; era quizás el constructor del hombre nuevo, austero, el del trabajo voluntario, siendo él mismo el ejemplo, el más exigente con la disciplina y el orden, cualidad que todos los que lo conocieron destacan.
Por eso, cuando se hable o se escriba sobre el Che, también hay que hacerlo recordando al Che Ministro, peleando contra el asma, durmiendo en un "catre de campaña" en el propio Ministerio, para aprender los números -que no eran su especialidad- y cumplir con aquel desafío de poder gobernar para los desposeídos.
De su escueta obra literaria o algunos discursos sobre todo aquel pronunciado el día 17 de agosto de 1961 en el paraninfo de Universidad de la República (Uruguay) podemos extraer muchas conclusiones, y una de las más importantes es que, si bien el Che fue un guerrero de nuestro tiempo, no veía la guerra como un fin, sino como un último recurso para llegar a ese fin que, precisamente, necesita de una sociedad en paz para poder hacerse realidad.
Es indudable que en los tiempos que hoy corren en nuestra América, para seguir al Che no hay que ocultar la iracundia, o el resentimiento social, detrás de la iconografía de la matera o la camiseta. Quizás hoy, para seguir al Che hay que incorporarse a los constructores, ser albañil de los nuevos tiempos que hoy corren, que no son más que el fruto imperfecto de aquellos tiempos, sobre la base de convencer de que otra sociedad mejor es posible, e ir, día por día, demoliendo con conquistas sociales las injusticias por tanto tiempo arraigadas.
Careceríamos de los elementales aparatos de los sentidos si no nos diéramos cuenta de que nuestros pueblos están recuperando su dignidad, hoy por hoy, y en una muy variada gama, ya no son aquellos gobiernos sesentistas, a los cuales se les ordenaba desde la OEA qué había que votar para asilar a Cuba y sumisamente lo hacían.
Hoy inclusive se buscan formas de unión que garanticen cierta independencia económica ante la voracidad de los que rigen los destinos del mundo.
Las sombras de las dictaduras fascistas han sido ahuyentadas por las fuerzas de aquellos que resistieron, y de los miles que cayeron, para poder hoy vivir en democracia. Mientras exista la humanidad, ninguno de los peligros estará ausente, pero no podremos vivir toda la vida estigmatizándolos, agitando fantasmas y trabándonos en las fronteras ideológicas, porque la tan mentada locomotora de la historia también a nosotros nos puede pasar por arriba.
Certeras palabras del presidente del Ecuador decían que hoy están los que gritan mucho para no pasarse de moda y tan bajo para que ninguno cambio se produzca, sería saludable para aquellos que utilizan la imagen del Che, que lo lean y que lo estudien en todos sus aspectos en conjunto, pero que no mancillen su figura con el fin de ubicarlo en una u otra corriente política.
El Che y su ejemplo serán sempiternos, pero adecuados a los nuevos tiempos que dan las gracias a aquellos tiempos, y a aquellos hombres.
Fuente: Barómetro  Internacional: 10-10-11