15/9/11

Socialismo y religión: Un debate necesario



Pepe Gutiérrez-Álvarez

Nada más que se mueve la historia, que la gente del pueblo comienza a plantearse alternativas, la cuestión de la religión aparece como una de las  más importantes. De un lado, porque resulta evidente que los poderes establecidos saben muy bien de la capacidad que tiene la Iglesia para domesticar a millones de personas, y eso, por más que se encuentre en deterioro, sigue siendo cierto. Por otro, porque no podemos mandar a esa a gente al infierno por ignorante, habrá que discutir. Luego porque entre esa gente y nosotros existe una importante franja de hombres y mujeres que son creyentes, y que de alguna manera son un puente necesario entre ellos y nosotros…
No creo que existan una corriente importante del socialismo militante que crea que, por ejemplo, no se puede ser cristiano y marxista, y cosas así. Desde luego, podemos hablar de contradicciones, pero lo cierto es que las contradicciones están por doquier, como también lo es que buena parte de la mejor militancia anticapitalista sigue teniendo su fe, su cultura. De hecho una cultura que hay que reconocer como la parte más antiguo y más persistente de la tradición socialista, presente ya en entre los profetas del Antiguo como del Nuevo Testamento. Este diálogo existió de hecho desde siempre, pero tomó una forma más consciente en los años sesenta-setenta, y fue una de las claves de la recomposición de los movimientos sociales surgidos contra el franquismo.
El cristianismo no es solamente una determinada concepción del mundo, es sobre todo una cultura que se remonta a la larga fase final del Imperio Romano.   Hay un cineasta de los grandes, Roberto Rossellini, que trató sobre esta cultura en una serie de filmes didácticas, y hay toda una literatura…De hecho, después de turbulentos y decisivos concilios ecuménicos y gracias a la configuración de un nuevo aparato conceptual, el Mundo Antiguo se encauzó por la senda de la religiosidad cristiana. Por fin, después de varios siglos de descomposición social y de lucha ideológica, el hombre común podía vivir tranquilamente con una concepción del mundo sólidamente configurada y operativa. Era una creencia que encarnaba la única concepción del mundo y de la vida auténticamente funcional, admisible, útil, una concepción para la cual estaban dadas las condiciones materiales e intelectuales. A partir de ese momento, el trabajo de artistas, pensadores, políticos, etc., cambió, en el sentido de que se le imprimió una dirección definida. La creatividad humana empezó a correr por cauces fijos pero claros. Una idea mueva se había apoderado del mundo y permeaba el todo de la vida humana: la idea de un Dios   que lo explica todo y una Ciudad Ideal, que nos recompensaba después de la muerte. No hay que decir que esta idea, la de la una vida más allá, ha sido inherente a todas las civilizaciones, y fue una creencia central en la mayor de todas las conocidas: el antiguo Egipto.
Esta manera de ver las cosas pues, vienen de muy lejos, y tienen unos valores terapéuticos, le valen hasta al más descreído cuando se encuentra solo ante la inmensidad y la hostilidad del mundo. Su historia atraviesan los siglos, y cada período debe ser estudiado como una unidad irrepetible, autocontenida, sui generis. Empero, se pueden trazar paralelismos entre diversas épocas hasta llegar a la crisis del siglo XVIII con las Luces,  pero sobre todo al ambivalente siglo XIX, que puede considerarse como   siglo de transición, de ebullición y de convulsiones en prácticamente todos los dominios de la vida humana. Como corresponde a todo proceso histórico crucial, el parto decimonónico de la nueva época de estabilidad tuvo un costo humano sumamente elevado.
En esta fase histórica, la sociedad europea más avanzada gracias a las crisis sociales que le habían sacudido del feudalismo más estrecho, impulsada por descubrimientos científicos aparentemente inocuos, como la máquina de vapor, y sacudida por el tremendo impacto derivado de la Revolución Francesa y el fenómeno napoleónico, evolucionó irresistiblemente hacia nuevas y más desarrolladas formaciones sociales, económicas y culturales. Esto no se hizo sin  un pavoroso costo social: millones de niños, mujeres, hombres y ancianos fueron sistemáticamente sacrificados para hacer posible el progreso histórico. Muchos trabajadores cayeron destrozados en el agotador trabajo de las minas, otros exhaustos en la embrutecedora e insalubre industria, en los astilleros o en el desamparo. Así es: el grandioso progreso europeo actual se fluida, en última instancia, en el sacrificio realizado el siglo pasado por una gran parte de la población continental. Pocas cosas son tan dramáticas como el contraste entre la familia burguesa, bien alimentada y con la vida asegurada, y la famélica familia proletaria. En muy pocos años, como prolongación de la gozosa  caída del Ancien Régime, la sociedad se dividió básicamente en dos grandes grupos: el de los poseedores de los medios de producción y el de aquellos que lo único que tenían como mercancía era su fuerza de trabajo. La “fosa social” era atroz, pero el mundo tenía que seguir su marcha. Había, empero, almas sensibles para las cuales dicho contraste no podía pasar desapercibido, pero que tampoco podían ser testigos mudos de dicha realidad, de tal injusticia, de los horrores cotidianos del siglo en que vivían. Conscientes de que no podían, como individuos, hacer nada para modificar el inundo, aspiraron por lo menos a dejar plasmados en palabras su dolorosa experiencia y su rechazo moral.
Fue cuando una hornada de hombres y mujeres desarrollaron los trazos del ideal socialista, trazos que en el caso de Karl Marx, se inscribe en un proyecto en el que la clase obrera organizada y consciente debía de poner en pie su propio proyecto, más allá del horror que presenciaban corno de su incapacidad para anularlo era simplemente denunciar la crueldad del sistema, criticarlo, ridiculizarlo, tratar de escapar de él aunque fuera por la vía de la novela y la poesía. Y entonces, en medio de esa podredumbre social, de esos magníficos banquetes frente a niños muertos de hambre, surgió el arte romántico. No es por casualidad que al siglo XIX pertenecen lo que tal vez sean las páginas más conmovedoras de la literatura universal. El arte romántico, en efecto, no es sino una reacción de sensibilidad e inconformidad moral frente a un modo de vida en el que los individuos se veían forzados a vivir en condiciones infrahumanas. La miseria social entró en la gran literatura, y autores como Charles Dickens, Thomas Hardy, Víctor Hugo, Emile Zola, y otros, nos dejaron impresionantes frescos que daban una idea cabal de la crueldad de los tiempos.
Este es un siglo de dolor y de protesta por el dolor’. Quizá no esté de más señalar que algo muy similar pasaba en un plano un poco más abstracto de pensamiento, en la filosofía. De lo que se trataba era siempre de salvar al individuo, ya fuera haciéndole entender que así es la vida o postulando mejores tipos humanos para el porvenir, pero ese individuo no era nada por sí mismo, tendría que hacer un individualista solidario, alguien que está pro su propio proyecto personal como parte de otra común. Entre estas voces, destaca, entre otras muchas,   la del conde-mujik León Nicolaievich Tolstói, un hombre que entendió que había que rehacer la Creación.
Tolstói no era estrictamente hablando un filósofo, aunque sí era muchas otras cosas. Era un novelista, un participante apasionado de las cosas, alguien que dominaba idiomas y que podía aprender otro con tal de comprender mejor. Pero el piensa en la gente sencilla que le rodea y a la que admira con todas sus flaquezas. Es cuando interpreta los Evangelios, tanto es así que se habla de Los Evangelios según León. Fruto de este encuentra fue un hermoso libro sobre la no violencia intitulado, significativamente, ‘El Reino de Dios está en Nosotros’, ni en sus grandes novelas ni en sus cuentos ni en sus escritos auto-biográficos desarrolla Tolstói un sistema ordenado de ideas y tesis. Si lo que alguien buscara en la obra de Tolstói fuera un sistema filosófico o por lo menos una filosofía de la religión sistemáticamente presentada y bien argumentada, podernos asegurarle que no lo encontrará. Pero quizá ello se deba no tanto a que Tolstói hubiera carecido de intuiciones geniales acerca de la vida religiosa sino más bien a que, mejor tal vez que nadie en su época y como muy pocos antes y después de él, Tolstói había ya logrado aprehender algo esencial de la vida religiosa, algo que por carecer del instrumental conceptual adecuado ciertamente no habría podido enunciar. Ese algo es ni más ni menos que la idea de que la transmisión de pensamientos religiosos no puede lograrse por medio del modo usual, literal o directo de hablar. Pero antes de que nosotros nos adentremos en el terreno de la especulación acerca de la religión, sería conveniente verter algunas ideas sobre los rasgos distintivos del pensamiento toistoniano.
Repasando esta parte de su obra, se percibe que, a diferencia de lo que pasa con  otros autores, muchos de sus personajes parece carecer de vida propia y haber sido construidos tan sólo para poder expresar una idea religiosa importante, pero este es también un recurso literario que Tolstói explota brillantemente. Y es precisamente a través de sus personajes que son abordados muchos temas relacionados con la religión. Por lo pronto, podemos distinguir tres grandes áreas de reflexión:
a) la crítica a la Iglesia ortodoxa rusa y con ella, a toda religión institucionalizada;
b) una interpretación literal   y defensa de Jesucristo no como hijo de un Dios terno, sino por sus enseñanzas concretas;
c) una intelección novedosa de la utilidad y el funcionamiento del lenguaje religioso para expresar sus inquietudes ante los más diversos problemas, sobre todo en referente a las guerras.
Siendo muy joven. Tolstói entendió el papel retrógrada de los popes en la Rusia zarista, el dogmatismo irracional del papado, el parasitismo de las instituciones eclesiásticas, el cínico engaño y la permanente y despiadada explotación de almas ingenuas, de la gente sencilla que humildemente pide a Dios, a través de sus supuestos representantes en la Tierra, cosas tan simples y necesarias para la vida como que la cosecha sea buena, que no se le mueran los niños de frío o de hambre, que nos los castigue demasiado cruelmente el amo. Tolstói percibió y exhibió el paradójico y grotesco espectáculo de la transformación del cristianismo, y ello por parte de sus propios abanderados, en un auténtico sinsentido. La aversión por la hipocresía y la superflua pompa litúrgica fue denunciada en sus obras una y otra vez. La crítica tolstoniana a la religión como conglomerado de instituciones, edificios, ritos, prácticas mecanizadas y pagadas (bautizos, bodas, comuniones, confesiones. etc.), de hecho convirtieron a Tolstói en un precursor de un cierto socialismo libertario de signo cristiano cuya pista nos lleva muy lejos, por ejemplo a Casaldáliga.
Desde estas concepciones, Tolstói de buen seguro no habría asistido a la cita de la revolución, desdeñó la de 1905, y lo habría hecho igual con la de 1917 aunque también habría denunciado la “Gran Guerra”, a la que ya denunció en sus primeras manifestaciones. No obstante, muchos de sus discípulos si estuvieron en la cita, y entre los revolucionarios, todos lo habían leído y habían aprendido de él. De hecho, tanto Plejanov como Lenin y Trotsky mostraron su interés y su admiración, obviamente acondicionada desde el marxismo abierto. Su voz clamó por una reforma agraria integral, contra el compromiso de la Iglesia Ortodoxa con la nobleza terrateniente rusa, contra los privilegios y por una escuela que antecede a la de Ferrer i Guardia. En sus diatribas contra la religión institucionalizada es que le permitió desenmascarar el fraude religioso cometido por ellas, esto es, la tergiversación del mensaje divino, así como la aniquilación de una forma de vida humana y su reemplazo por una mera parodia de ella.
Como buen “hereje” socialista, Tolstói contrasta el cristianismo oficial con la verdadera enseñanza de Cristo. Su gran aportación reside en su insistencia por “naturalizar” dicha enseñanza. No más verdades ininteligibles. No más misterios que no sirven más que para poner límites al funcionamiento de la inteligencia, no más seudo-teoría cosmogónica. La religión, por lo menos la asociada con Cristo, no es una super-teoría acerca del universo, sino un modelo de vida, algo que fue elaborado para servirnos aquí y ahora. Tolstói entendió que   no es posible eludir la terrible verdad de que la auténtica religión nos lleva inevitablemente por derroteros que no son los del éxito social, en toda la extensión de la expresión. Antes al contrario: la verdadera religión, debido al sentimiento de solidaridad y compasión que infunde por aquellos de nuestros congéneres que sufren, de manera natural nos aparta de la vida de lisonja, de las aspiraciones usuales de poder, riqueza o sensualidad a las que los humanos son tan proclives.
Lo dicho: la religión, por lo tanto, no es una teoría, sino un modo de vida. Ahora bien, todo modo de vida debe tener un modelo. El modelo tolstoniano es Cristo, pero no el Cristo paulino, sino el Cristo del Sermón de la Montaña. Ser un hijo de Dios, haber sido bendecido por El, es ser alguien que, a fuerza de ensayos y errores, se aproximan cada vez más al ideal encarnado en Cristo. De lo que se trata, por lo tanto, es de imitarlo. Es función de la religión inducirnos a ello, porque es en ese esfuerzo por ser como El que encontraremos el Reino de Dios. Entendámoslo de una vez por todas: el Paraíso no está en el firmamento, sino en el corazón del hombre caritativo, piadoso, solidario, no perdido en el infierno del egoísmo, la soberbia, las veleidades de la vida social, la superficialidad espiritual. Es esto último y no otra cosa el infierno. La degradación de la religión, su asimilación como religión del Estado, se desarrolló de cara a los humillados y ofendido que buscaban en ella el consuelo ante este valle de lágrimas, a través de una forma de “etapismo”, primero había que sufrir resignadamente las penas de la vida, y la mansedumbre sería garantía para llegar al Reino de los Cielos, donde todos seríamos hijos de un mismo Dios.
Este debate nos lleva a una serie de consideraciones básicas, una cosa es la Iglesia como burocracia y otra muy distinta, la gente de a pie que puede creer total o parcialmente en ella, siendo lo de parcial seguramente mayoritario. Se trata de establecer con argumentos que esta Iglesia no es condenable en tanto que cristiana, lo es en tanto que en la práctica niega y deforma las razones básicas del cristianismo de amar al prójimo como a ti mismo, y a Dios en todas las cosas. Desde este punto de vista. Difícilmente podrá haber más anticristiano que un seguidor del Opus Dei, o que un obispado que alimenta ondas del odio como la COPE…Se trata de desautorizar a los que en nombre de Cristo contribuyen al dominio de los señores del Gran dinero que hablan también en nombre de dios para seguir con más de lo mismo.