12/9/11

Salvador Allende y Hugo Chávez: dos revoluciones pacíficas, dos contextos


Amaury González Vilera
Aunque ya antes en Chile se perfiló una opción socialista con Marmaduque Grove Vallejo en los años 30, experiencia que tuvo la corta duración de dos semanas y que fue frustrada por los factores reaccionarios de la época, la experiencia de la Unidad Popular y Salvador Allende constituyen el ejemplo más luminoso de los desafíos que enfrenta la construcción del socialismo de manera pacífica y en un solo país. 
Si consideramos el programa político que impulsó la Unidad Popular, que incluyó la recuperación de recursos naturales, la nacionalización de empresas estratégicas, la política antimonopolio, la democratización de los medios de comunicación, la efectiva organización de los trabajadores en la CTU, entre otras medidas orientadas a alcanzar la justicia social en la sociedad chilena, así como el claro perfil antiimperialista de Allende, las similitudes con el proceso bolivariano son más que evidentes. Incluso, dentro del programa revolucionario chileno, se contempló una reforma constitucional que pretendió transformar el Parlamento en unicameral, y que hubiera pasado a llamarse “Asamblea del Pueblo”.
Pero más allá de las similitudes, del hecho de que en todos los países de Latinoamérica se presente una división social del trabajo producto de una herencia colonial que dividió la población en clases sociales y castas, más acentuada en unos que en otros, donde el contraste se presentó siempre entre una minoría blanca, urbana, privilegiada y enriquecida, y unas mayorías pobres por lo general compuestas por población autóctona, afrodescendiente, mestiza, o simplemente excluida, es importante destacar el contexto histórico en el que ocurrieron los hechos en chile y el marco contemporáneo en el que ocurre la Revolución bolivariana. 
Salvador Allende se hace presidente de Chile en 1970, al comienzo de una década marcada duramente por la crisis mundial del modelo keynesiano de post-guerra, donde la época de oro del capitalismo llegaba a su fin producto de diversas circunstancias de repercusión mundial, como el empantanamiento de EE.UU en Vietnam, la decisión unilateral de Nixon de acabar con la convertibilidad del dólar en oro, la inédita combinación de estancamiento de la economía con inflación (estanflación), la crisis del petróleo provocada por la guerra del Yon Kipur, la ruptura de loa acuerdos de Bretton Woods, que fueron la expresión internacional del modelo keynesiano predominante después de 1945, y que configuraban un panorama sombrío para los intereses del capital, que desde entonces, se propondría convertirse en global impulsado por la nueva revolución científico-técnica y nuevas estrategias político-económicas y político-militares, entre las que se contemplaban los golpes de Estado en nombre de la lucha contra el comunismo. 
Los países latinoamericanos se hallaban en una situación de división interna y de división entre ellos, en un marco donde lo que se llamó guerra fría, o enfrentamiento este-oeste, se convirtió en el principal catalizador de la geopolítica mundial, proceso dentro del que se subsumían todos los procesos políticos de las naciones del mundo, indistintamente de su carácter de lucha legítima y democrática por lograr las condiciones para emancipar a sus pueblos, como fue el caso del Chile de Salvador Allende. La influencia de los “medios de comunicación” y su capacidad creciente de manipulación creando matrices de opinión, unido a la creciente influencia de la industria cultural norteamericana, hicieron del comunismo un demonio al que había que perseguir y matar y el pretexto por excelencia para intervenir política, económica o militarmente en aquellos países que no respondieran a sus intereses. 
El año 1973, se convirtió en el año de la conformación de lo que se llamó la trilateral, primer antecedente de articulación de gobierno mundial donde se dejaría claro cual sería el programa a seguir en aras de salvar al sistema capitalista de la nueva crisis. Resumidamente el programa consistió en: reducir la participación popular, darle primacía al mercado sobre el estado, darle prioridad a lo individual sobre lo colectivo y tecnificar la política. Estas tesis fueron recogidas por Samuel Huntington en el libro Las Crisis de las Democracias, programa que no era otro que el de la imposición del neoliberalismo, imposición que comenzó en el Chile de Pinochet, donde se aplicarían las teorías monetaristas de los Chicago Boys. Se daría comienzo a un proceso de despolitización de la realidad social, de separación de la economía de la política, de transculturización con hegemonía norteamericana, y de violación sistemática de los derechos humanos más elementales bajo las fachadas de “lucha anticomunista”, o la de “democracia representativa”, como sucedió en el caso venezolano. 
La Revolución bolivariana pudo sortear y derrotar los ataques imperialistas, ataques que tuvieron como principal punta de lanza a la recalcitrante oligarquía del país, sus empresas de información, la jerarquía eclesiástica, las universidades tradicionales, los sectores reaccionarios de las Fuerzas Armadas, incorporándose además a las fuerzas de la reacción las llamadas ONG, que como nueva fachada de la sociedad civil, conspiraron abiertamente contra el gobierno. Pero en esta oportunidad, no había fantasma comunista que perseguir. Hoy en día, la crisis del sistema capitalista, que abarca nuevos y preocupantes aspectos como el ecológico, no parece encontrar otra salida que la de implantar un sistema de destrucción civilizatoria para poner a funcionar su maquinaria industrial-militar-ingenieril, reproductora de la tasa de ganancia del capital; puro keynesianismo de guerra de cuarta generación que hoy podemos ver con estupor en Libia. 
Allende no tuvo a la mayoría de las fuerzas armadas de su parte y los militares y funcionarios constitucionalistas fueron apartados o simplemente eliminados por la CIA. Pero además, el sabotaje económico llevado a cabo por la burguesía y la consiguiente escasez artificial de bienes, difícilmente podía ser compensado por importaciones, tal como lo tuvo que hacer el gobierno bolivariano durante el saboteo de la estatal petrolera. Si a esto le sumamos la particular formación social chilena, donde el pensamiento conservador tiene una importante influencia, el golpe de derecha parecía algo inevitable. Nuestros recursos naturales, nuestra capacidad económica, nuestra conciencia política adquirida o, para expresarlo mejor, nuestra nueva cultura política expresada en la organización del pueblo, nuestro patriotismo y el nuevo mapa geopolítico mundial, crean las condiciones para la continuidad de la Revolución bolivariana. 
Hoy por hoy, el mundo sabe que Venezuela es la principal reserva de petróleo del mundo, y que el máster of puppets puede mover los hilos en cualquier momento para propiciar una intervención; de hecho ya lo hacen. La lucha principal del proceso bolivariano es a lo interno, contra su propia oscuridad, contra sus propias contradicciones, y por eso la revolución bolivariana debe retomar el impulso transformador y hacer de él algo permanente.