10/9/11

A que nos enfrentamos


Miguel Manzanera  /  Especial para Gramscimanía
Hace ocho años la invasión de Irak provocó una ola de indignación en el mundo entero. Hoy la destrucción de Libia nos deja estupefactos ante el cinismo de la política mundial, e inermes frente al poder mortífero de los ejércitos imperialistas. ¿Qué ha sucedido mientras tanto durante estos años?, ¿qué es lo que ha cambiado en la coyuntura histórica para que se admita con tranquilidad la destrucción de un país?
El crimen contra la población iraquí continuada desde la Guerra del Golfo, mediante el bombardeo sistemático del territorio con uranio, las carencias que los iraquíes tuvieron que sufrir, el millón de muertos causado por el bloqueo americano, la impudicia de una guerra de rapiña para apropiarse de los recursos petrolíferos de la zona, crearon la conciencia de estar viviendo una bajo un régimen político inaceptable. Las mentiras de la propaganda oficial de la Casablanca quedaron en evidencia, y de alguna manera se visualizó el montaje del aparato de dominación. La destrucción de un país en vías de desarrollo, enviándolo de nuevo a la Edad Media –como dijo el presidente de los EE.UU., George Bush-, para poder apoderarse de su petróleo.
  En aquella época había resistencias a la dominación imperialista: el integrismo islámico entre los árabes y el nacionalismo en los países musulmanes, el socialismo del siglo XXI y las victorias de la izquierda entre los americanos, la revolución maoísta en Asia,  incluso en los países imperialistas había el movimiento contra la globalización, por citar los más conocidos. Parecía que se estaba preparando algo que podía eclosionar en estos años, una alternativa al capitalismo neoliberal.
Todo eso ha cambiado radicalmente en el último lustro, y la prueba más clara viene ofrecida por la guerra de Libia. No sólo resulta que la OTAN ha podido repetir la operación de Irak una vez más, sin que podamos impedirlo; es que además lo hace sin levantar la más mínima protesta de la ‘ciudadanía democrática’. Hoy en día los generales del ejército más poderoso del mundo pueden organizar un genocidio, tomando como excusa la salvación de unos ‘civiles demócratas’, sin que la opinión pública caiga en la cuenta de que algo no encaja en ese cuento. La guerra de Libia se antoja así el preámbulo de futuras agresiones y una generalización de la violencia militar en los próximos años.
  En primer lugar, parece que esa escalada de la violencia significa que la OTAN ha ganado la llamada ‘guerra contra el terrorismo’ –es decir, la lucha contra la rebelión de al Qaeda. En realidad el terrorismo ha constituido una táctica bélica utilizada ampliamente por el imperialismo europeo desde hace siglos, por lo que la expresión ‘guerra contra el terrorismo’ empleada por Bush era meramente eufemística y su objetivo consistía en justificar la ‘guerra de civilizaciones’.
  Lo que ha sucedido estos años es que a una década de los atentados del 11S, la inteligencia militar de las democracias liberales ha vuelto a controlar las organizaciones del integrismo islámico, gracias al apoyo inestimable de las monarquías del golfo pérsico y la península arábiga. Ha vuelto, porque no olvidemos que al Qaeda y su dirigente Ben Laden, son una creación de la inteligencia de la OTAN, que en algún momento, como el monstruo de Frankenstein, se volvió contra su creador. Sin embargo, la ocupación de Irak y Afganistán ha servido entre otras cosas para que el comando imperialista tenga de nuevo bajo control al integrismo islámico –y ahora se nos aclaran los atentados masivos contra la población civil chií de esa organización terrorista teledirigida por el departamento de inteligencia estadounidense.
  Como en la guerra civil de Afganistán en los años 80 –que sirvió de apoyo para derrotar a la extinta U.R.S.S.-, ahora los integristas vuelven a ser utilizados contra los regímenes progresistas musulmanes con la creación de un falso ejército rebelde apoyado por las armas occidentales. Los ‘hermanos de la libertad’, que pelearon contra la República laica aliada a los comunistas, se han transformado en los ‘revolucionarios libios’ sin perder sus esencias integristas –se llevan bien con los dirigentes de la OTAN, auténticos integristas del libre mercado.
  Como la historia se repite siempre dos veces, lo mismo que en los años 80, algunos sectores de la ultra-izquierda han apoyado el intervencionismo liberal imperialista y le prestan cobertura, en nombre de esos ‘civiles demócratas’, oprimidos por la ‘dictadura socialista’. Esos civiles demócratas ayer eran terroristas peligrosos, pero en virtud de los milagrosos efectos de la alquimia política, hoy son luchadores por la libertad. La historia de la humanidad está llena de esas conversiones asombrosas, que no cambian el fondo del asunto, sino la superficie de los problemas.
En segundo lugar, el imperialismo ha optado por incrementar su control de la escena internacional sobre la base del desarrollo militar. En su explicación de la guerra de Libia, Ahmadineyad, presidente de Irán, daba en el clavo hace un par de días en una entrevista a la TV portuguesa: occidente tiene problemas económicos y ha decidido resolverlos con la guerra de Libia para bajar el precio del petróleo. Una sencilla constatación que liquida como inútiles los ríos de tinta y las miles de imágenes que nos han servido para justificar esa campaña bélica. La causa de la guerra son los problemas del modo de producción capitalista en decadencia, que habiendo alcanzado el ‘pico del petróleo’, se encuentra sumido en una auténtica crisis de materias primas que pospone hacia el futuro en una huida hacia delante. El secreto de la crisis financiera está en el precio de la destrucción del planeta por la industria capitalista.
El siglo XXI verá el final de la era del petróleo y los combustibles fósiles; no es previsible que el desarrollo de las energías alternativas pueda suplir la aportación de esos combustibles a la opulencia actual. Y no parece que las poblaciones del mundo desarrollado vayan a renunciar por las buenas a esa opulencia. Por tanto, con el final de la energía barata se acabará también el capitalismo liberal, pero lo que vendrá puede ser peor todavía. La alternativa que enfrentamos es la que ya mostró Rosa Luxemburgo hace un siglo: ‘socialismo o barbarie’.
El factor clave de la coyuntura actual es la crisis ecológica y ambiental, que la civilización capitalista industrial ha generado a nivel planetario. La conciencia de ese problema está cada vez más extendida entre la población mundial; sin embargo, esa conciencia no genera una crítica del capitalismo liberal, que es la causa del problema. La ilusión de poder mantener los niveles de consumo de la civilización actual, en equilibrio con el medio ambiente, está entre las tontas aspiraciones de muchos ecologistas ‘verdes’. Como ese nivel de consumo se identifica con los derechos humanos, los países pobres son identificados inmediatamente con dictaduras. Pero al lector inteligente de los datos, no se le puede ocultar el peligro de esa identificación que abre las puertas al fascismo.
El dato más preocupante de la coyuntura es la completa indiferencia de la opinión pública, añadido a la ignorancia de esos intelectuales al servicio del imperio que se permiten pontificar sobre el destino de la humanidad con cuatro ideas en la cabeza. Ciertos sectores mayoritarios de la opinión pública occidental, que se tragan las informaciones de la prensa occidental, aceptan que la libertad es tener las tiendas llenas de bienes consumibles; para ellos cualquier crimen es válido si permite mantener su nivel de vida. La mayoría de las poblaciones del mundo desarrollado ha abrazado ese credo sin dudarlo, apoyando con su voto a partidos y dirigentes que cabría calificar de extrema derecha como el Popular español y el Tea Party norteamericano, Bush y Obama, Sarkozy o Berlusconi.
Pero lo más ridículo y paradójico es observar que los prejuicios difundidos por la propaganda oficial del imperialismo contamina la conciencia de los hiper-críticos, no ya a la opinión pública de las democracias de consumidores satisfechos, votantes de partidos semi-fascistas; esos prejuicios liberales se han extendido ampliamente entre las poblaciones del mundo desarrollado, que han alcanzado altos niveles de cualificación profesional. Ni siquiera se libran sesudos analistas admirados por todos, cuyo único argumento es la ausencia de una vanguardia anticapitalista, varita mágica con la que resolver todos los males de la humanidad. Es claro que esos intelectuales no son agentes del capital, pero se comportan como si lo fueran. Creo que detrás de esa actitud no hay sino la amargura del derrotado y la desesperación del arrogante.
Es peligroso disminuir de ese modo la capacidad racional de las gentes, prepara su conversión al fascismo y conlleva al fracaso de las aspiraciones emancipatorias convertidas en meras ilusiones de sectarios. Quizás se trate de una estrategia de sobrevivencia para gentes que no pueden aceptar las realidades humanas. Ayer mismo un anarquista de larga militancia me decía que la República de Cuba es una dictadura, lo que es motivo suficiente para echarse a temblar por el futuro del pueblo cubano. Quizás este hombre se refería a la política homofóbica de la República cubana en los años 60 –crítica que puede ser correcta si se toman en cuenta los factores culturales y sociológicos de América Latina-; pero ignora que eso ha cambiado ya, que el Estado cubano ha rectificado y los propios dirigentes se han hecho una autocrítica. Porque si en realidad nuestro anarquista quería referirse a las ‘damas de blanco’, nos estaba mostrando sus prejuicios más lamentables.
En definitiva, ¿a qué se debe ese giro en la coyuntura mundial en el último lustro? Un vistazo al conglomerado de movimientos sociales de principios de siglo XXI nos permite comprobar su enorme heterogeneidad, que constituye un serio obstáculo para la integración en una acción histórica común por transformar el sistema mundial en dirección hacia el socialismo. Sin duda, la palabra ‘socialismo’ significaba cosas muy distintas para todos ellos, y algunos miembros de ese frente anti-imperialista ni siquiera aspiraban a éste. Esas diferencias no supondrían mayor obstáculo, si se ponen los medios para el diálogo y existe la voluntad de llegar a acuerdos sobre la base del compromiso colectivo. Es claro, por tanto, que resulta vital para la estrategia imperialista evitar la posibilidad de ese diálogo, ahondando en las divisiones en el bloque que se le oponía. El primer paso, desde el punto de vista diplomático ha sido controlar la ONU como foro mundial de diálogo político. Desde la perspectiva militar, ha conseguido recuperar el integrismo islámico, que es el hijo natural del imperialismo.
La OTAN ha conseguido imponerse de nuevo a través del poder mortífero de la violencia que ahora posee. Las enormes inversiones estadounidenses y demás países miembros, en armamento e investigación bélica, han creado un poderosísimo ejército que no puede ser resistido por nadie en la actualidad. La OTAN ha vencido en Palestina, donde el Estado de Israel se asienta como realidad indestructible, y quizás permita una Autoridad palestina subordinada como concesión graciosa. Han destruido Irak, Afganistán y Libia, y casi medio Pakistán también. Explotan las riquezas africanas sin freno, después de haber creado un enjambre de Estados fallidos y permitido varios genocidios. Han conseguido que China y Rusia se conviertan en países capitalistas –aunque el primero todavía sigue controlado por un aparato de Estado dominado por el partido comunista. El miedo a la intervención militar en América está comenzando a revertir la situación con el golpe de Estado en Honduras y la victoria de la extrema derecha en las elecciones chilenas, además de la política de moderación de los países gobernados por la izquierda en Bolivia, Ecuador y Venezuela, y también en el Brasil de Dilma Roussef, la heredera de Lula da Silva.
El movimiento contra la globalización se ha transformado en una movilización de jóvenes sin futuro. Las protestas en Europa muestran un carácter defensivo que no tenían hace años, si bien hoy parecen mucho más extendidas, alcanzando a nuevas capas de la población. Ese es otro índice de que la situación ha cambiado desde hace cinco años, y el impulso revolucionario de aquellos años de principios de siglo ha sido frenado en seco por las amenazas del poder imperial.