19/9/11

No hagas mañana lo que puedas dejar para pasado mañana


Roger Bartra
Me da gusto decir que coincido plenamente con la idea central que expresa Jorge Castañeda en su libro Mañana o pasado: el misterio de los mexicanos (México, 2011): la modernización de México choca abiertamente con el llamado carácter nacional de los mexicanos, lo que ha provocado una profunda crisis cultural: “Hay una desconexión entre algunos rasgos del carácter nacional y la realidad del país”, afirma Jorge Castañeda. El tema del carácter nacional ha sido tradicionalmente esgrimido por la derecha tanto en Europa como en Estados Unidos. Allí sigue siendo un asunto que los conservadores sacan a relucir cuando creen que las identidades nacionales se encuentran en peligro de extinción debido a la avalancha de emigrantes. En América Latina ha sido con frecuencia la izquierda quien ha exaltado el carácter nacional y ha señalado que está amenazado. En México esta exaltación ha formado parte de la política nacionalista revolucionaria instituida por los gobiernos autoritarios durante siete décadas.
Cuando yo abordé este tema hace más de un cuarto de siglo me topé con la indiferencia, si no es que el menosprecio, de muchos intelectuales y políticos. Casi nadie creía en aquella época que el carácter nacional de los mexicanos era un grave problema que los había encerrado en una jaula melancólica y que se había convertido en un mito muy eficiente para legitimar el poder autoritario, pero ineficiente para legitimar a racionalidad de la fábrica moderna. Muy pocos creían, como lo afirmé insistentemente, que el mito del carácter nacional había quedado herido desde 1968 y que había iniciado una saludable aunque penosa decadencia, lo que pronosticaba que la legitimidad del sistema se iría erosionando. Efectivamente, al cabo de los años el sistema autoritario entró en una crisis que abrió paso a la transición democrática. La cultura nacional había ofrecido a los mexicanos un paradigma nacionalista unificador cuyo emblema, en mi análisis irónico, era un axolote, cuya metamorfosis moderna había sido frustrada por un carácter nacional melancólico.

Concluí que cada vez había más mexicanos que habían sido arrojados del paraíso originario, y también habían sido expulsados del futuro: “Han perdido su identidad, pero no lo deploran: su nuevo mundo es una manzana de discordias y contradicciones. Sin haber sido modernos, ahora son desmodernos: ya no se parecen al axolote, son otros, son diferentes”. Estos son los nuevos mexicanos, o postmexicanos, que ayudaron a cambiar las cosas a fines del siglo pasado y que contribuyeron a derribar al antiguo régimen. No son mayoría, pero son muchos. No forman un grupo cohesionado y están dispersos, pero su presencia se percibe en muchos ámbitos, en los partidos, en los barrios, en las universidades, en las escuelas, en las oficinas, en las fábricas y entre los emigrantes que van a Estados Unidos.
Sin embargo, como señala Jorge Castañeda, aún tenemos que soportar el enorme peso de esa cultura política atrasada que anima al llamado carácter nacional. En un ensayo reciente, Héctor Aguilar Camín y Jorge Castañeda lo expresaron en forma metafórica: México “es un país ballena que se sigue creyendo un ajolote” (“Regreso al futuro”, Nexos 396, diciembre 2010). El axolote del que yo hablaba hace un cuarto de siglo no se ha extinguido y sigue pesando en nuestra cultura y en nuestros hábitos. La jaula ha sido abierta por la modernización, pero dentro de ella quedan muchos que no pueden o no quieren escapar.
Jorge Castañeda ha escogido algunos rasgos del carácter nacional que le parecen especialmente significativos y ante los cuales la modernización se topa como con una pared de granito. Estos rasgos son el individualismo, la hipocresía como medio para huir del conflicto, el miedo a lo extranjero y la corrupción. Calificar como individualista la condición de millones de mexicanos que viven sumergidos en una sociedad caótica, desarticulada e incivil se presta a cierta confusión. El individualismo, como bien lo vio Tocqueville, es un fruto envenenado, peligroso de la sociedad moderna democrática, no un resabio de rasgos ancestrales. Estos rasgos ancestrales antiguos son los que durante largo tiempo anclaron a muchos mexicanos a su pueblo, a su cacique, a su sindicato, a su iglesia y a su familia. La modernidad subvirtió este Edén, como lo intuyó el poeta López Velarde, y muchos mexicanos fueron arrojados a un mundo en el que no acababa de implantarse lo moderno. Expulsados del mundo rural no encontraron en su país un espacio urbano e industrial organizado en forma moderna. La excepción fueron los millones que se fueron a vivir a los Estados Unidos. Por eso a los mexicanos residentes en Estados Unidos no se les pueden aplicar los estereotipos que supuestamente definen al carácter nacional.
El individualismo mexicano, propone Jorge Castañeda, está tatuado en el subconsciente de cada ciudadano, como lo revela la parábola de los cangrejos tratando de escapar de una cubeta: los esfuerzos por salir de cada uno derriban a los que están en el borde a punto de salir. Pero esta alegoría representa más bien la ausencia de individualismo, como el proverbial saco de papas con que Marx describió a la sociedad campesina.