2/9/11

Héctor P. Agosti, Gramsci y la Argentina

Foto: Héctor P. Agosti

Escritor, político, periodista e introductor de la obra de Gramsci, Agosti fue uno de los principales intelectuales marxistas y comunistas de la Argentina. En el mes del centenario de su nacimiento, el sociólogo Carlos Altamirano rescata su legado. 
Carlos Altamirano
De los retratos de Héctor P. Agosti que conozco, el más temprano es éste, de 1937: “Al ingresar en la Facultad de Filosofía y Letras, pocos meses después del golpe militar del 6 de septiembre de 1930, me encontré en medio de un estudiantado turbulento. Las provocaciones e injusticias del régimen uriburista llegaban hasta las aulas y atizaban la pasión política juvenil. Conocí entonces a Héctor P. Agosti, un Robespierre veinteañero, incorruptible, consumido por la fiebre y por la fe, parco, cenceño, siempre correcto y con un alma ingenua y bella asomándose a los ojos débiles. Paseaba su flaca figura por los pasillos, como un fantasma ensimismado. Eran  días de lucha, de rebeldía. Y él, de pocas palabras, en la soledad, vivía por dentro ideales generosos”.
El pasaje pertenece a un artículo de Enrique Anderson Imbert, recogido por el autor en su libro La flecha en el aire. Agosti se hallaba entonces en la cárcel, condenado bajo la acusación de incitar a la insurrección con su prédica. En prisión fue sometido a toda clase de castigos, según se acostumbraba a hacer con los presos políticos desde Uriburu. “Sólo un intenso movimiento moral, una campaña que sacuda los espíritus, un despertar en la decencia pública podría liberar a Agosti”, escribió Anderson Imbert en ese artículo, que era parte de la misma cruzada que promovía. Y efectivamente se había constituido una comisión por la liberación del joven estudiante, compuesta por notables como Alfredo L. Palacios y Lisandro de la Torre, entre otros. Según los recuerdos de Dardo Cúneo, miembro activo de aquella comisión, ésta era presidida por Rogelio Frigerio, que había sido compañero de Agosti en la agrupación estudiantil Insurrexit.  
En su primer libro, El hombre prisionero, Agosti recordaría sus largos días en la cárcel. Salió en libertad a fines de 1937, cuando contaba con 26 años y había dejado atrás el izquierdismo juvenil, en consonancia con la nueva línea del Partido Comunista, en que militaba desde la adolescencia. Abandonó sus estudios universitarios e inició una larga carrera en el periodismo, que comenzó en Crítica, donde se publicaron artículos suyos cuando aún estaba preso. Creo que la última estación de esa carrera fue Clarín, donde solía escribir con el pseudónimo de Hugo Lamel. En una carta al amigo muerto, el escritor uruguayo Enrique Amorim, Agosti aludirá al precio que para su vocación literaria habían significado las horas que entregó a este “segundo oficio”, su medio de vida. A lo largo de su prolongada militancia dirigirá varios periódicos y revistas partidarias –entre otras: Orientación, Nueva Gaceta, Nuestra Palabra, Cuadernos de Cultura– y compartió la conducción de publicaciones destinadas a reflejar y sobre todo a producir alianzas culturales, como Expresión en años del peronismo.   
Agosti fue no sólo el más cultivado del elenco dirigente de su partido, sino también el más abierto, el más liberal, si el término cabe respecto de quien, por otro lado, era un comunista de estricta observancia. Investido de un reconocimiento que iba más allá de las filas partidarias por su producción como crítico literario y ensayista, él daría encarnación, como ningún otro, a la condición típica del intelectual comunista, un personaje de dos mundos y en ambos aceptado con reticencia, como él lo dejaría entrever en la carta ya citada a Amorim: “Esa vida doble según criterio de algunos, única para mí, inescindible, que lleva a los escritores […] a tenerme por un político y a los políticos a verme como un escritor y en ambos casos con una sonrisa entre piadosa y socarrona, es la vida total y complicada que asumí plenamente” (en Héctor P. Agosti, de Samuel Schneider). En 1947 había estado al borde de la expulsión por resistirse a adoptar los criterios de Zdanov en relación al arte y la literatura, pero lo salvó de la caída Victorio Codovilla, un típico y experimentado aparatchik, sin brillo pero astuto y pragmático, que era la máxima autoridad del comunismo argentino.
Su visión de los problemas del país se definió en los años del ciclo antifascista de la cultura comunista. Si de acuerdo con esa visión, su partido era el heredero de lo que llamaba la tradición democrática y que hacía remontar a la Revolución de Mayo, él mismo se ubicaba en la línea sucesoria de una familia intelectual que tenía sus grandes nombres en José Ingenieros, Aníbal Ponce y, más atrás, Esteban Echeverría, el mentor de la generación de 1837. Le consagró un libro a cada uno de ellos. En el ensayo sobre Echeverría (1951), hará por primera vez amplio uso de los análisis de Antonio Gramsci sobre el proceso histórico italiano. La interpretación, desarrollada en aquel libro, del movimiento independentista iniciado en 1810 como revolución burguesa incumplida y de la burguesía argentina como una clase apocada, sin ánimo revolucionario, incapaz de ejecutar las tareas históricas propias de su clase, sobre todo en el ámbito rural, debía mucho a la lectura de los “cuadernos” de Gramsci. Ese empleo de la cantera gramsciana se fundaba en la convicción de que había muchas analogías entre los problemas del desarrollo socio-cultural de la Italia moderna y los de la formación nacional argentina.
Agosti no sólo dio impulso a la publicación en la Argentina de los escritos de Gramsci, sino que aconsejó a sus compañeros de partido la lectura del pensador italiano. En la Primera Reunión Nacional de Intelectuales Comunistas, que se celebró en 1956, cuando la Argentina post-justicialista parecía abrirse a varios futuros posibles, recomendó a sus camaradas que frecuentaran los escritos de Gramsci. Conviene releer constantemente sus “cuadernos”, dijo en la reunión que presidía, “porque me parecen uno de los modelos más eminentes de la crítica marxista”. 
Considerada a la luz de la fama que cobraría Gramsci después, sobre todo a partir de la década de 1960, cuando su nombre comenzó a figurar en el gran elenco del “marxismo occidental”, aquella exhortación puede no llamar la atención. Pero en 1956 y fuera de Italia, la hora de Gramsci aún no había llegado. Es posible (aquí sólo cabe conjeturar) que la intención de Agosti fuera la de impulsar una renovación sin rupturas de la cultura de su partido, especialmente en el sector de la intelligenza, que podía hallar en Gramsci un marxismo más culto y atento a la esfera de la “superestructura”, es decir, más apropiado que el rudo marxismo estalinista para la batalla por lo que él denominaba una “nueva cultura”. Más aún: quizás no se tratara únicamente de Gramsci, sino también del modelo que ofrecía el Partido Comunista Italiano, que se distinguía de los otros partidos, fueran del Oeste como del Este, por la amplia acogida que había dado a los intelectuales durante la década siguiente al fin de la Segunda Guerra. “De hecho –escribe Tony Judt en Posguerra– Togliatti adaptó conscientemente el llamamiento comunista a los intelectuales con arreglo a una fórmula ideada por él mismo: ‘mitad Croce y mitad Stalin’.”     
Como sea, el consejo de familiarizarse con Gramsci introducía un factor de alteración intelectual en el codificado sistema de lecturas, referencias y autoridades teóricas de su partido. Con un propósito que no pretendía ser herético, recomendó la frecuentación de unos escritos que no eran fáciles de manualizar, es decir, de insertar en el formulario del marxismo-leninismo, y cuya lectura planteaba con demasiada frecuencia el problema de interpretar enunciados cuyo sentido no era evidente. La exhortación, por cierto, estaba dirigida a los más entrenados, a los intelectuales, y sobre todo a quienes integraban la fracción más inquieta de ese universo más cultivado, la joven intelligenza. Y el mensaje llegaría a su destinatario: los gramscianos surgirían de la joven guardia partidaria.
Para Agosti, el divorcio entre los intelectuales y el pueblo-nación era el terreno donde se hacía más evidente la similitud de problemas entre Italia y la Argentina en lo relativo al perfil de la cultura moderna en ambas sociedades nacionales. El tema de esa fractura y sus causas está en el centro de Nación y cultura (1959), seguramente el libro más importante que dedicó al análisis del país. La separación entre los escritores y el pueblo, razonaba Agosti en ese libro, no podía pensarse sin referencia a la formación histórica de la Argentina y al efecto distorsionador que en esa formación tuvo la permanencia de la gran propiedad en la estructura agraria. El desarrollo económico desigual, la falta de integración del país, la concentración del progreso en pocas zonas, el reparto desparejo de los recursos culturales, la vigencia de la oligarquía en la vida política y la gravitación del imperialismo eran hechos que remitían a esa configuración básica asociada con el latifundio. A la luz de esos datos de estructura, pensaba Agosti, había que interpretar el proceso cultural argentino y esa formación característica que constituía su intelligenza –una minoría desarraigada respecto de lo que debería ser su suelo, el pueblo-nación, condescendiente cuando no desdeñosa de los hábitos populares–. Sur simbolizaba esa elite cosmopolita.
Casi simultáneamente con Nación y cultura publicó El mito liberal, donde formulaba una dura crítica a esa tradición de la vida política e ideológica argentina. En Nación y cultura, el autor cita en varias ocasiones a Juan José Hernández Arregui –“con quien tengo tantas discrepancias y tantas coincidencias”–, una convergencia impensable algunos años antes. Los dos libros se sumaban como partes de un mismo discurso, y creo que juntos hacían ver la curva que la experiencia del peronismo había provocado en su pensamiento. Aunque con reparos críticos, Hernández Arregui le devolvió el reconocimiento en La formación de la conciencia nacional. 
Pero los tiempos no serán propicios para las esperanzas reformadoras de Agosti. El menosprecio por la democracia seguía mandando en la vida pública argentina y el eco de la Revolución Cubana había hecho surgir un nuevo impulso radical en la cultura de izquierda. El Partido Comunista no sería el canal de esa radicalización ni de las derivas de los jóvenes gramscianos: otra época había comenzado.
Título original: “Imágenes de un Robespierre incorruptible”
Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Hector-Pablo-Agosti-Homenaje_0_546545523.html