11/9/11

El fantasma del euro sigue recorriendo Europa


El Banco Central Europeo se divide. Renuncia el director alemán porque no quiere nada de ayuda para Italia y España. Se derrumban las bolsas. Milán pierde el 5%. Euro en mínimo histórico, lo mismo que la credibilidad de la Unión Europea.
El sueño de una Unión Europea basada en una moneda única ha encajado un golpe muy fuerte: la renuncia de Jürgen Stark  como miembro de la Junta Directiva del Banco Central Europeo (BCE) debido a desacuerdos sobre la política de apoyo, es decir, al hecho de que  el banco de Frankfurt compre títulos del gobierno español e italiano. La dimisión de Stark sucede a la de Weber de la presidencia del Bundesbank de hace unos meses. También él estaba en desacuerdo con la política de Merkel. En Alemania, coherencia no falta. Sin embargo, la crisis que se ha desatado es muy dura y confirma que con el euro sólo no puede construirse una Unión Europea. Ahora podría ocurrir de todo puesto que en los próximos meses habrá una recaída en la recesión o por lo menos un período prolongado de estancamiento en todas las grandes economías. El espectro de un enfriamiento de la economía está haciendo resurgir temores y egoísmos nacionales. Incluso en la poderosa Alemania, para la que la OCDE prevé una caída del PIB en los próximos trimestres.

Paradójicamente, Berlín pagará las consecuencias de las políticas restrictivas impuestas a otros países como condición para evitar que quebraran. Se trata, como en el caso de Grecia, de condiciones severísimas que están destruyendo el tejido socio-económico del país. Parecería que nos hallamos  ante una ley del talión, pero el tema es muy grave y compromete directamente a Italia, que corre el peligro  -como dijo ayer un banquero de renombre- de convertirse en una segunda Grecia por culpa de un gobierno inexistente e incapaz.

Alemania retrasó la aprobación de la ayuda a Grecia, y cuando esta se puso en marcha, quedó claro que se beneficiarían la banca alemana e inglesa, no la población ni la economía griega. Pero la culpa nunca es individual: todos los países del euro -con algunas salvedades- abrazaron la posición alemana. Se perdieron meses en discusiones inútiles sobre la imposibilidad de llevar a cabo el impago de Grecia (que hubiera afectado a los bancos acreedores y no a los trabajadores de Wolfsburg) e incluso sobre la renegociación de la deuda que, según las tres agencias monopolistas del rating, iba a equivaler a una suspensión de pagos con impacto en los bancos que habían garantizado esa deuda pública.

Grecia es un país de enormes contradicciones: cuenta con una terrible distribución de la renta y carece de una estructura productiva adecuada, lo que significa que es un mercado perfecto para las mercancías extranjeras. Esta es la razón por la que se ha trabajado para obligar a Atenas a quedarse en el euro: un retorno al dracma con la consiguiente devaluación  habría bloqueado las importaciones en el país. Se aclamó el nacimiento del euro como el derribo (económico) del Muro de Berlín. Hoy en día, ese muro se ha reconstruido, y resulta aún más alto e infranqueable para los pueblos.
Con información de Il Manifesto