5/9/11

El bolero inmortal de Arsenio Rodríguez (+ video)


Marta Valdés
Un par de días atrás, a la hora de calentarme el almuerzo, no tuve necesidad de cerrar a cal y canto la ventana de la cocina y la puerta del comedor para escapar al reguetón que anima el mediodía en alguna casa al fondo de la mía.
La voz clarísima de Lino Borges dejaba escuchar un bolero y otro, con aquella serenidad de siempre. Yo, en mis trajines, escapando del calor, por más que el sol entrara haciéndose acompañar de uno que otro recuerdo. De pronto, con la misma pasmosa calma que había reinado durante los cortes anteriores en aquella compilación deliciosa quemada por quién sabe quién, hizo su entrada el escalofriante bolero de Arsenio  donde el cantante, investido de poderes que le permitían hilvanar sentencias difíciles de admitir sin que tengamos que tragar en seco, suscribía, uno a uno, los pareceres del autor.
El siglo XX, en su devenir, nos fue dejando ejemplos de canciones atrevidas donde queda sellado el compromiso entre el autor que talla, afila y pule las flechas y una voz que las dispara –a troche y moche– a sabiendas de que el ser humano, en cuestión de sentimientos, no tiene remedio.

Cuando José Antonio Méndez, en el reparto habanero de Los Pinos, colocaba su “desmiento a Dios, porque al tenerte yo en vida no necesito ir al cielo” (La gloria eres tú), posiblemente no le había llegado a Arsenio Rodríguez la hora de enfrentar una adversidad como la que le hizo dejar toda esperanza conclusa para sentencia en la tercera frase de La vida es un sueño, anudada en un momento modulante que va a dar pie al clímax del singular y atronador bolero: “…que todo es mentira, que nada es verdad”.
Años más tarde, Adolfo Guzmán –en pleno Vedado– descubriría, entre otras cosas, que “no se puede tener conciencia y corazón”; los hermanos Expósito, en la Argentina, darían la media vuelta con órdenes muy precisas: “mira el paisaje del amor que es la razón para soñar y amar” (Vete de mí) y Vicente Garrido, en el D.F., desde su acostumbrada lucidez y haciendo gala de esa blandura de corazón que tanta falta nos hace palpar de vez en cuando, hilvanaría aquellas invencibles cabriolas que Bola de Nieve fijó en la memoria musical de quienes recibimos el regalo de su arte: “te quiero tanto que me encelo hasta de lo que pudo ser, y me figuro que –por  eso-es que yo vivo tan intranquilo” (No me platiques).
Pero bueno, a lo que iba: a cien años de su nacimiento en la localidad matancera de Güira de Macurijes, “el ciego maravilloso” no ha cesado de vivir en las notas de este bolero fuerte y sentido, hecho a la medida para un tipo de conjunto donde es mejor que cada músico se esmere en lucir un sello propio sin opacar al otro, donde el ritmo se afinca duro y -no importa la crudeza de las frases que esté lanzando la letra a rajatablas-aviva el impulso de bailar suave; donde -en fin–el simple martilleo de una frase recurrente  nos ayudará a mantener el gusto por el tarareo. Un bolero para bailar y también para cantar, que pone a prueba a cualquier voz deseosa de iniciarse o de permanecer.
La vida, Arsenio, es un sueño –ya usted lo dijo en aquel bolero–. Gracias por devolverme el derecho al sol y el aire con sólo 32 compases. Un par de días atrás, en medio de los trajines del almuerzo, mientras iba dejando entrar a Lino Borges como Pedro por su casa, pensaba yo en aquella frase que usted dijo también y que no me canso de agradecerle: “hay que vivir el momento feliz”. Toda la gloria del mundo para usted en esta conmemoración.
Lino Borges / “La vida es un sueño”, de Arsenio Rodríguez
Después que uno vive veinte desengaños
que importa uno más.
Después que conozcas la acción de la vida
no debes llorar.
Hay que darse cuenta que todo es mentira
que nada es verdad.
Hay que vivir el momento feliz
hay que gozar lo que puedas gozar
porque sacando la cuenta en total
la vida es un sueño y todo se va.
La realidad es nacer y morir
por qué llenarnos de tanta ansiedad
todo no es más que un eterno sufrir
el mundo está hecho sin felicidad.