15/8/11

Vigencia del psicoanálisis

Salvador Dalí  /  La playa encantada

José Cueli
Por primera vez, a cien años de fundada por Sigmund Freud, la semana pasada se desarrolló en México el congreso de la Asociación Psicoanalítica Internacional (la edición 47). Dos mil 500 integrantes de casi todas las asociaciones sicoanalíticas del mundo se dieron cita en el World Trade Center para debatir los conceptos de siempre: la sexualidad, los sueños y el inconsciente.
Entre las múltiples actividades, como trabajos, mesas redondas y conferencias magistrales, al tratar de sintetizar lo acontecido en tres días de trabajos intensos, venía a mi mente el título de dos libros de Elizabeth Roudinesco, ¿Por qué el psicoanálisis? y La familia en desorden. Ambos temas estaban presentes en mi reflexión, ya que si pensamos que en realidad tanto el sicoanálisis como cada proceso analítico en particular empieza por una pregunta, una duda existencial, un enigma que se pretende elucidar, una escritura que pretende ser descifrada, algo que propugna por acceder a un significado o que apunta a una posible traducción.
El tema resulta de una vigencia insoslayable en momentos en que las ciencias duras se disputan la primacía (¿incuestionable?) de la psique humana y pretenden explicar y aliviar el dolor y las vicisitudes de la persona en función de fallas o deficiencias en sustancias químicas intracerebrales, pareciendo hacer a un lado la constitución y determinación biosicosocial del individuo.
La sicoanalista e historiadora francesa apunta al centro del problema con una amplia visión que incluye aspectos sicodinámicos y sicosociales que resultan determinantes en estos momentos. Rudinesco nos dice: “el sufrimiento síquico se manifiesta hoy bajo la forma de la depresión. Herido en cuerpo y alma por ese extraño síndrome donde se mezclan tristeza y apatía, búsqueda de identidad, culto de sí mismo y violencia incontrolable, el hombre depresivo ya no cree en la validez de ninguna terapia. No obstante, antes de rechazar todos los tratamientos busca desesperadamente vencer el vacío de su deseo, sin tomarse tiempo para reflexionar acerca del origen de su desdicha. El ilusorio discurso emancipatorio de la sociedad actual que pregonando la supuesta libertad e igualdad acentúa las diferencias. “La era de la individualidad sustituyó la de la subjetividad, dándose a sí mismo la ilusión de una libertad sin coacción, una independencia sin deseo y una historicidad sin historia. El hombre de hoy devino lo contrario de un sujeto (…) Es la inexistencia del sujeto la que determina no sólo las prescripciones sicofarmacológicas actuales, sino también las conductas ligadas al sufrimiento síquico”, así, ante el sentimiento de vacío busca entre la medicina tradicional y las múltiples sicoterapias alivio a la angustia existencial, perdiéndose en un laberinto sin brújula.
Todo esto en la época en que los cambios sociales traen convulsionando al mundo. Durante siglos, la familia occidental estuvo basada en la figura del padre como dios soberano. Con el advenimiento de la burguesía, el padre devino patriarca. La familia burguesa exaltó el matrimonio por amor y la maternidad. Esta revolución de la afectividad dio a la mujer y a su sexualidad un lugar privilegiado. Con la contracepción comenzó a tener control sobre su cuerpo y a cuestionar el poder patriarcal. La irrupción de lo femenino y la degradación de la figura del padre, teorizados por Freud mediante las historias de Edipo y Hamlet, marcaron el inicio del proceso de emancipación de las mujeres. A ellas les siguieron otras minorías, los niños, los homosexuales, los marginados. “Si la mujer controla la reproducción, si los homosexuales pueden engendrar hijos, ¿qué pasará con la figura del padre? ¿Asistiremos a la omnipotencia de lo materno? ¿Sobrevivirá la familia a estos nuevos desórdenes? La pensadora francesa, en su libro La familia en desorden, sostiene: El destino del ser humano no se confina a su corporeidad, lo traspasa y lo trasciende, no se limita a su ser biológico. El ser es traza, huella, escritura y borramiento a la vez, afirmaba Jaques Derrida. O como señala Artaud: la conciencia humana tiene derecho a hacerse preguntas hasta esa interrogación extrema en la que ya no hay conciencia ni pregunta sino una llama inenarrable, única, que brota del espíritu.