15/8/11

Pros y contras de la liberalización dominicana


Bruno Perón Loureiro  /  Especial para Gramscimanía
La República Dominicana ratificó el CAFTA-DR (Acuerdo de Libre Comercio entre Estados Unidos, América Central y República Dominicana, de su sigla en inglés) en setiembre de 2005, tratado que está en pleno vigor a despecho de la insatisfacción de algunos sectores de la isla.
El Foro Agropecuario Dominicano apunta  a la ausencia de ”reglas claras y precisas“ y de pérdidas sustantivas en los intercambios que la República Dominicana hace con otros países a través de los Tratados de Libre Comercio (TLC).

Igualmente el Foro resalta la importancia del ingreso de los productos dominicanos a los mercados norteamericano y europeo, que concentran más de la mitad del comercio mundial, estando ese foro más pendiente de que los acuerdos deben ser reevaluados para priorizar las exportación a los países caribeños vecinos, en especial a Haití.
La industria agropecuaria de la República Dominicana sufrió reveses con la “apertura” de la economía. De ahí que productores de la zona dominicana conocida como “Granero del Sur” pidieran la revisión de la ley que ocasionó el TLC con los Estados Unidos y América Central y declararan la creación de la Confederación Nacional de Productores Agropecuarios.
La situación de la República Dominicana participa de otros riesgos a los que se sujetan las economías latinoamericanas que se relacionan con la dimensión de cada país y su capacidad de lidiar con la falta de restricciones que aparejan en los intercambios estos acuerdos comerciales.
Las utilidades de los productores nacionales menguan con los TLC cuando hay competencia, por eso los Estados Unidos los proveen de incentivos y recursos (pecuniarios, fiscales y tecnológicos) para que tengan competitividad y sobrevivan, una vez que los productos de otro país signatario pueden entrar con exención tributaria.´
La firma de tratados de abertura comercial puede ser promisoria en países que están seguros de sus condiciones de competencia, como el que Brasil firmó hace poco con Israel, o de los que hacen apuestas para potenciar sus economías, como México y su torpe inserción en América del Norte.
La Comisión Económica para la América Latina y el Caribe (CEPAL)  informó que el 80% del comercio de México es con los Estados Unidos, y solamente el 6 % con América Latina. El país del Sur, como efecto que salta a la vista, se inunda de mercancías estadounidenses y se arriesga a comprar hasta las tortillas –ingrediente básico de la gastronomía mexicana- a su vecino del Norte.
Mientras tanto, la decadente potencia del “Destino Manifiesto” reitera su política exterior fallida de Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) mediante el establecimiento de tratados bilaterales de libre comercio. Estados Unidos tiene más fluidez para firmar estos acuerdos con los socios del llamado “Eje del Pacífico” (Chile, Perú, Colombia, Panamá, México) mientras que Brasil, Venezuela y Cuba conforman propuestas de otra envergadura en el océano donde navegó Cristóbal Colon.
Lo más curioso de este enredo es que la negativa de Brasil de firmar tratados de libre comercio con Estados Unidos no oculta que este sea uno de sus principales socios comerciales. El embuste del “comercio libre” no es digerido por la cancillería brasilera, que prefiere gravar los productos estadounidenses y buscar para sus intercambios la complementariedad de las economías, tan necesaria para Latinoamérica.
La diversificación de la matriz económica trae también beneficios y reduce el riesgo de pérdida de ingresos en crisis sectoriales, o la falta de inversiones en productividad.
Soy contrario a la firma de acuerdos de liberalización comercial, ya que debe precederlos un estudio serio de sus consecuencias y siempre existe sectores tremendamente perjudicados en los países con instituciones económicas más débiles. Ni las potencias que tanto los defienden ocultan sus prácticas proteccionistas y el acecho de los gobiernos, que emergen cada vez que hay un pedido de socorro económico al comercio y la industria nacionales.
Las contras de los TLC son que ellos estancan las economías débiles, reprimen el control estatal y sacrifican a los productores que no logran bajar sus costos de producción. Los pros a su vez se soportan en la coacción a los productores para emprender inversiones tecnológicas que abaraten los productos a los consumidores y diversifiquen las economías internas.
La República Dominicana por ejemplo, a pesar de ir volcando su economía hacia el sector de servicios, no está tan diversificada para poder competir, y se arriesga a enfrentar a gigantes como si estuviesen en las mismas condiciones de desarrollo.
El Estado, al contrario de lo que pretende hacernos creer la apología neoliberal, es la herramienta del pueblo dominicano (y el latinoamericano) para contrabalancear a los feroces intereses de los países en ventaja de competitividad económica.
Existen formas responsables de intercambio económico que no nos condenan al aislamiento ni a la apertura irracional del mercado interno. Aquí es que América Latina comparte las experiencias y lecciones de su historia.