1/8/11

Objetivo: Voltear a Cuba, de Keith Bolender


Noam Chomsky
El desenfreno tal vez sea el rasgo más destacado de la guerra que ha librado Washington contra Cuba desde que, por fin, este último país se atrevió a liberarse en 1959. La invasión de Kennedy a Bahía de los Cochinos poco después de su asunción como presidente fue autorizada en un clima de “histeria”, según declaró posteriormente el secretario de Defensa Robert McNamara ante el Comité Church. En la primera reunión de gabinete tras el fracaso de la invasión, la atmósfera era “casi salvaje”, como señaló el subsecretario de Estado Chester Bowles, quien describió una “reacción casi frenética para un simple plan de acción”.

El componente central de ese plan de acción era una guerra terrorista de importantes dimensiones. Robert Kennedy, encargado de coordinar la gran campaña de terrorismo de estado a nivel internacional, manifestó más de una vez que derrocar al gobierno cubano era “la prioridad número uno del gobierno estadounidense, más importante que todo lo demás, sin reparar en gastos de tiempo, dinero, esfuerzos o recursos humanos”. El propio presidente reconocía que, para los aliados, “estamos un tanto dementes” en cuanto al tema de Cuba, condición esta que subsiste en la actualidad. 
Cuando la economía cubana sufría graves dificultades por la caída de la Unión Soviética, los demócratas liberales, encabezados por Bill Clinton, ajustaron aún más la soga, flanqueando al gobierno de Bush por derecha, con el objetivo de “sembrar el caos en Cuba” (en palabras de Robert Torricelli, representante demócrata de Nueva Jersey y personaje clave en la iniciativa). Al Pentágono, por su parte, le preocupaba un poco semejante extremismo. En 1992, el US Army War College, una de las principales instituciones académicas del ejército estadounidense, advertía a sus alumnos que debían tener cuidado con la “carga emotiva innata” que impulsaba a las autoridades responsables de formular políticas, quienes veían en Castro “la encarnación de todo mal” y suponían que merecía ser castigado por “su desafío contra los Estados Unidos y por otros actos reprochables” (aunque dudosamente habría alguno que ranqueara tan alto como ese “desafío”).
Fidel Castro junto a sus tropas en la defensa de la Bahía de los Cochinos
Según Arthur Schlesinger, asesor y biógrafo de John Fitzgerald Kennedy, el presidente y su hermano pretendían sembrar “el terror de la tierra” en Cuba. Esa guerra terrorista contra el gobierno cubano se recrudeció nuevamente a fines de la década de 1970, mientras el gobierno de Reagan incorporaba a Cuba en la lista de países que fomentaban el terrorismo. La ironía pasó inadvertida, igual que el hecho de que Cuba reemplazara en esa lista a Saddam Hussein, quien no podía figurar allí si el reaganismo quería ayudarlo. Saddam siguió siendo un amigo privilegiado de los Estados Unidos hasta 1990, cuando rápidamente se convirtió en la reencarnación de Hitler al cometer un verdadero crimen. En efecto, masacrar a los kurdos no era tan grave como desobedecer órdenes o entenderlas mal. Luego de la invasión estadounidense a Irak, Saddam fue capturado, juzgado y condenado a muerte por delitos cometidos en 1982, el mismo año en que lo habían eliminado de la lista de estados terroristas. Una vez más, la ironía pasó inadvertida.
Obviamente, existía un pretexto oficial para sancionar a Cuba como estado terrorista en 1982: se alegaba que el gobierno cubano apoyaba a los grupos de resistencia contra la “guerra al terrorismo” declarada a inicios de la presidencia de Reagan en ciertos países de América Central. En realidad, esa supuesta guerra fue un golpe terrorista de dimensiones extraordinarias que se llevó la vida de cientos de miles de personas y dejó gran parte de la región en ruinas, aunque la historia lo describa como un triunfo del idealismo estadounidense y la promoción de la democracia. El segundo motivo oficial, que aún hoy persiste, es la política cubana en materia de derechos humanos, una excusa que sólo puede inspirar risas fuera de los círculos más adoctrinados si se analiza el mismo factor en los clientes más privilegiados de Washington, por no hablar de los derechos humanos en los Estados Unidos.
Al lanzar su campaña de terrorismo, el presidente Kennedy también intensificó profundamente el embargo que había dictado Eisenhower, lo que según los funcionarios de mayor jerarquía resultaba legítimo porque “los cubanos [eran] responsables del régimen” (Douglas Dillon, subsecretario de Estado) y, por lo tanto, debían padecer hambre y privaciones para lavar sus pecados. Kennedy reafirmó que Washington tenía el derecho y el deber de generar “una insatisfacción cada vez mayor entre los cubanos que pasan hambre”. Lester Mallory, funcionario del Departamento de Estado durante la gestión de Eisenhower, había delineado las ideas principales en abril de 1960, cuando su gobierno se había comprometido en secreto a derribar ese régimen insolente: Castro sería derrocado “gracias a la decepción y la hostilidad generadas por la insatisfacción y las penurias económicas, [de modo que] la vida económica de Cuba debe debilitarse a la brevedad por todos los medios posibles [para que surjan] el hambre, la desesperación y [la] destitución del gobierno”.
En efecto, además de la guerra terrorista, Kennedy impuso un embargo comercial de una severidad sin precedentes, que prohibía todas las operaciones con bienes “de origen cubano” o que hubieran sido “almacenados en Cuba o transportados desde allí, [o] fabricados en todo o en parte con artículos cultivados, producidos o elaborados en Cuba”. A partir de ese momento, se ha volcado una enorme cantidad de recursos a supervisar el comercio internacional para procurar que se cumplan las restricciones, lo que no resulta fácil si se trata de prohibir la entrada de todos los productos que puedan contener níquel de origen cubano (como hicieron los presidentes Johnson y Reagan) o impedir el ingreso de los chocolates suizos elaborados con azúcar refinada en Cuba (como hizo el presidente Clinton). Habría que perdonar a los aliados por considerar que la palabra “demente” no alcanza para describir semejante fanatismo en todo el espectro político.Valga como ejemplo un informe presentado al Congreso estadounidense en abril de 2004 sobre las actividades de la OFAC (Oficina de Control de Activos en el Exterior), un organismo del Departamento del Tesoro encargado de investigar las transferencias financieras sospechosas en el marco de la “guerra contra el terrorismo”. Según lo informado por la OFAC al Congreso, de sus 120 empleados, cuatro están a cargo de revisar las operaciones financieras de Osama Bin Laden y Saddam Hussein, mientras que son más de veinte los que se ocupan de que se cumpla el embargo contra Cuba. Entre 1990 y 2003, la OFAC realizó 93 investigaciones relacionadas con el terrorismo y aplicó multas por 9.000 dólares, mientras que las investigaciones relacionadas con el embargo a Cuba ascendieron a 11.000, con multas por 8 millones de dólares. Al parecer, no cambió nada cuando un grupo de extremistas islámicos que habían recibido el apoyo de la CIA casi destruye el World Trade Center en 1993, por no mencionar otros planes mucho más ambiciosos, que apenas fueron frustrados. Estos datos no contaron con ninguna difusión en la prensa, aunque sí se informó que el senador Max Baucus había condenado al gobierno por su “obsesión absurda y cada vez más desopilante con Cuba” y por la “malversación de la recaudación fiscal” para castigar a dicho país, “una tergiversación peligrosa de la realidad […] cuando los Estados Unidos enfrentan amenazas terroristas muy concretas en Oriente Medio y otras partes del mundo”. Esta “obsesión absurda” se remonta a los primeros meses posteriores al derrocamiento de Batista, el dictador respaldado por los Estados Unidos, pero alcanza el punto del fanatismo durante el gobierno de Kennedy.
El esfuerzo por sostener el castigo moral contra el pueblo cubano persiste aun cuando despierta una oposición prácticamente unánime en el plano internacional, como lo demuestra la votación anual sobre el embargo llevada a cabo en la ONU, donde los Estados Unidos apenas consiguen al apoyo de los países dependientes, como Israel o alguna isla del Pacífico. Sin duda, el desprecio por la opinión de la comunidad internacional es una constante, al igual que la indiferencia frente a la propia opinión pública estadounidense, que hace años favorece en su gran mayoría la normalización de las relaciones con Cuba. Lo que resulta más extraño es que el desenfreno persista incluso contra la voluntad de grandes conglomerados de poder pertenecientes al sector privado, como el agro, la industria farmacéutica, las empresas de energía y otros. El interés del gobierno por aplastar a Cuba supera aun a ese factor, que en general es decisivo para la configuración de las relaciones internacionales.
Esa “obsesión absurda” resulta irracional a la vista de las supuestas amenazas provenientes de Cuba, con la excepción de la ocurrida en octubre de 1962, que en gran medida fue consecuencia de la guerra terrorista, planificada para culminar ese mismo mes con “una rebelión manifiesta y el derrocamiento del régimen comunista” que sólo podrían alcanzar la “victoria definitiva” con una “intervención militar decisiva por parte de los Estados Unidos”. Según concluye el historiador Thomas Paterson, es muy probable que “de no haber existido el desembarco de exiliados en Bahía de los Cochinos, las actividades destructivas encubiertas, las conspiraciones de asesinato, las maniobras y estrategias militares ni las medidas económicas y diplomáticas para acosar, aislar y derribar el gobierno de Castro en La Habana, no habría existido tampoco la crisis de los misiles. Los orígenes de la crisis de octubre de 1962 se remontan en gran medida a la campaña orquestada por los Estados Unidos para aplastar la revolución cubana”. No obstante, sin contemplar las amenazas autoinducidas, esa “histeria” parece exceder los límites de la razón, aunque la irracionalidad no implica que no existiera una lógica. No cabe duda de que la hubo. Además de sus profundas raíces históricas, esa lógica deriva racionalmente de las exigencias del imperialismo. En efecto, la CIA había informado al Poder Ejecutivo que derrocar el régimen castrista era una medida “clave para toda América latina; si Cuba triunfa, se puede esperar que caiga casi toda América latina”. A esto, el Consejo de Seguridad estadounidense durante el gobierno de Nixon agregaba que, de no controlar sus propios terrenos aledaños en América, no podrían tampoco “alcanzar un orden exitoso en otras partes del mundo”, es decir, imponer su propio dominio a nivel mundial. Como explicaba Henry Kissinger al expresar su apoyo a las guerras terroristas de Reagan en América Central, “si no logramos manejar la situación en América Central, será imposible convencer a los países amenazados en el Golfo Pérsico y otras regiones de que sabemos cómo lograr el equilibrio mundial”, lo que podría traducirse como “será imposible dominar el mundo”, aunque siempre por el bien de la humanidad. Esas otras regiones presentaban una importancia cósmica aún mayor, sobre todo las naciones de Oriente Medio que producían petróleo. Controlarlas ofrecería un “control sustancial del mundo”, según lo manifestado por A.A. Berle, un asesor influyente y reconocido durante el gobierno de Roosevelt y en otras presidencias liberales.
La lógica subyacente era la teoría del “efecto dominó”, que tiene dos vertientes. Ante la opinión pública, la amenaza es la conquista militar, reflejada en varios exabruptos a lo largo de los años, como cuando Reagan se calzó las botas de vaquero y declaró el estado de emergencia nacional porque las “hordas sandinistas” estaban apenas a dos días de distancia de Texas, a punto de superarnos, y habían invadido Granada, la isla de las especias, porque podía servir como base militar para los rusos (siempre y cuando la encontraran en el mapa). Esta primera versión suele quedar descartada como una ridiculez cuando su carácter absurdo salta a la vista, pero la versión más seria de la teoría del “efecto dominó” nunca cae, porque es totalmente razonable. Podríamos describirla como la “doctrina de la mafia”, uno de los pocos principios generalizados de la dominación imperial o, en términos eufemísticos, como el compromiso con el “equilibrio” y la “estabilidad” a nivel mundial. Se trata de una lógica sencilla y absolutamente racional. El Padrino no tolera la desobediencia. Si algún comerciante humilde no paga por su protección, el Padrino envía a sus matones, y no sólo para cobrar el dinero, que no le haría mella, sino para que lo destrocen de una paliza, así los demás no se hacen la idea de que la desobediencia es permisible. Tiene que asegurarse de que el “virus” no se “contagie”, por tomar las palabras de Kissinger cuando planteó la necesidad urgente de derrocar el gobierno parlamentario de Chile para imponer un régimen de asesinos y torturadores. Por supuesto, estos se ocuparon velozmente de propagar una forma de “contagio” más aceptable al fundar un centro internacional de terrorismo de una eficiencia brutal, como lo fue la Operación Cóndor, respaldada por el gobierno estadounidense.
La lógica de la mafia se aplica constantemente en las relaciones internacionales. Cuba es un ejemplo, pero apenas uno entre muchos otros. En ese caso, el problema básico fue percibido de inmediato por el gobierno de Eisenhower. El Departamento de Estado comprendió que Castro rechazaba “el concepto de que es necesaria la defensa del hemisferio bajo el liderazgo estadounidense”, con el significado típico del término “defensa” en ese contexto, sinónimo de “control” e incluso de “agresión”, si surgiera la necesidad. Es más, el Departamento de Estado advertía que Castro impulsaba “un papel más protagónico para América latina en los asuntos internacionales, de ser posible bajo el liderazgo de Cuba […] como una fuerza independiente, asociada estrechamente con el bloque afroasiático”. Estas preocupaciones generaron aún más histeria 15 años después, cuando cayó el imperio portugués y Cuba desempeñó una función de gran importancia (y totalmente desinteresada, como lo ha demostrado el historiador Piero Gleijeses) en la liberación del África negra y en la preparación del terreno para la posterior caída del régimen del apartheid en Sudáfrica, apoyado hasta entonces por los Estados Unidos. Durante el gobierno de Eisenhower, el Departamento de Estado notó también que el éxito de los programas económicos implementados por Castro podría amenazar los intereses estadounidenses en América latina, o incluso en otras regiones. Douglas Dillon, que entonces era el número dos del Departamento de Estado, advertía que “si Cuba se sale con la suya en cuanto a las medidas tomadas contra los estadounidenses que tienen propiedades en su territorio [que poseían casi todo el país], correría grave peligro todo nuestro modelo de propiedad privada en el exterior”.
Según Philip Bonsal, embajador estadounidense en Cuba, el problema básico era que “Castro sigue contando con el apoyo de las masas”, mientras que Calvin Hill, el especialista en asuntos latinoamericanos del Departamento de Estado, lamentaba la “marcada resistencia emocional entre los cubanos a reconocer que su unión con Castro está saliendo mal”.
Ahora bien, el carácter supuestamente infantil y sentimentalista del temperamento latino siempre ha preocupado a los funcionarios serios y racionales de los Estados Unidos: en noviembre de 2009, cuando el presidente Obama rompió filas con Europa y América latina al respaldar las elecciones llevadas a cabo bajo un gobierno militar en Honduras, el representante estadounidense ante la OEA tuvo que ordenar a sus peones rezagados de América latina que se unieran a los Estados Unidos en el mundo real y abandonaran su “mundo de realismo mágico” reconociendo el golpe de Estado como lo había hecho el Gran Hermano.
Cuando Kennedy sucedió en la presidencia a Eisenhower, la CIA le transmitió casi las mismas preocupaciones. En julio de 1961, un informe de ese organismo señalaba que “la influencia generalizada del castrismo no proviene del poder en Cuba […] La sombra de Castro se proyecta a lo ancho y a lo largo de la región sobre todo porque las condiciones sociales y económicas en América latina invitan a la oposición contra las autoridades y fomentan la agitación en pos de un cambio radical”, para el cual sirve como modelo el gobierno de Castro. El presidente Kennedy ya había recibido las mismas advertencias por parte de Arthur Schlesinger en su informe sobre la Misión Latinoamericana, donde se llamaba la atención sobre la susceptibilidad de los latinoamericanos a “la idea de Castro de tomar el toro por las astas”. Más adelante, Schlesinger detalla los graves peligros que supone esa “idea de Castro”, sobre todo cuando “la distribución de la tierra y otras formas de riqueza nacional favorece ampliamente a las clases terratenientes [y] los pobres y los desposeídos, impulsados por el ejemplo de la revolución cubana, comienzan a exigir oportunidades para una vida más decente”. La amenaza soviética tampoco se pasaba por alto. Kennedy temía que la ayuda proporcionada por Rusia transformara a Cuba en una “vidriera” del desarrollo, lo que otorgaría ventaja a los soviéticos en todo el territorio latinoamericano.
El Consejo de Planificación de Políticas del Departamento de Estado pronto amplió esas preocupaciones, llegando a la conclusión de que “el principal peligro que representa Castro yace en el efecto que surte la mera existencia de su régimen sobre el movimiento izquierdista en muchos países latinoamericanos […]. Básicamente, Castro simboliza el éxito de la resistencia a los Estados Unidos, la negación de todas nuestras políticas para el hemisferio en los últimos 150 años”, es decir, la negación de la doctrina Monroe, que enunciaba la intención y el derecho de dominar todo el hemisferio.
Como lo evidencian las críticas contra Castro, esa cruzada para derrocar al gobierno cubano, que ya lleva 50 años, tiene profundas raíces históricas. John Quincy Adams, gran estratega y autor intelectual de la doctrina Monroe, escribió que “la anexión de Cuba a nuestra república federal será indispensable para la continuidad y la integridad de la Unión misma”. En este sentido, Thomas Jefferson expresó que la incorporación de Cuba “a nuestra confederación es exactamente lo que se necesita para redondear nuestro poder como nación […] El control que nos proporcionaría esta isla, junto con el cabo de la Florida, sobre el golfo de México, los países e istmos que lo rodean y aquellos que reciben sus aguas, completaría la medida de nuestro bienestar político”. Para su sucesor en la presidencia, esas delimitaciones resultaron demasiado modestas. El eminente historiador John Lewis Gaddis sostiene que las “raíces de la doctrina de Bush” sobre la guerra preventiva se remontan a los documentos estatales de su admirado John Quincy Adams para justificar la sangrienta invasión a Florida en 1818, que también sentaron precedentes para otras medidas inconstitucionales, como la guerra ejecutiva. Según Gaddis, Adams sentó el principio de que la expansión territorial es el camino a la seguridad nacional. El historiador señala con tono compasivo que este principio ha servido como guía a los dirigentes políticos desde entonces, llegando hoy en día a los planes de “dominar el espacio” para fines militares.
Sin embargo, Adams comprendía que la conquista indispensable de Cuba iba a tener que esperar. Los británicos contaban con una gran fuerza disuasoria, y ya habían bloqueado numerosos intentos de conquistar Canadá, pero Adams advertía con inteligencia que, a medida que creciera el poder estadounidense y disminuyera el británico, esa fuerza disuasoria se iría desvaneciendo y Cuba caería en manos de Washington gracias a “las leyes de la gravitación política”, como una manzana que cae de una rama. Hacia 1898, las leyes de la gravitación política ya habían surtido su efecto mágico, y el gobierno estadounidense estaba en condiciones de llevar a cabo la operación militar conocida como “liberación de Cuba”, que en realidad era una intervención destinada a evitar que Cuba se liberara del dominio español y a convertir la isla en una “colonia virtual” de los Estados Unidos, como bien la definen los historiadores Ernest May y Philip Zelikow. De hecho, el extremo oriental de ese territorio, incluido el importante puerto de la Bahía de Guantánamo, aún sigue siendo una colonia que nada tiene de virtual y que fue tomada gracias a un tratado de 1902, firmado por los cubanos bajo amenaza de violencia. Es más, en los últimos años el gobierno estadounidense ha infringido ese tratado al utilizar la zona como campo de detención para los haitianos fugitivos de un régimen terrorista militar, apoyado por los Estados Unidos, y como sala de torturas para las personas sospechosas de haber perjudicado o intentado perjudicar sus intereses nacionales.
Esa “colonia virtual” alcanzó su liberación auténtica en 1959, con la excepción del territorio oriental. Desde entonces, ha sufrido el embate de los Estados Unidos, que utilizan las armas de la violencia y el estrangulamiento económico para castigar a los habitantes de esa “republiqueta infernal” que tanto habían enfurecido al racista Theodore Roosevelt como para que este deseara “borrar su pueblo de la faz de la Tierra”, pues se seguían rebelando, sin reconocer que el gobierno estadounidense los había “liberado”, negándose hasta hoy a entender que su papel no es jugar a la independencia, sino servir al amo.
El valioso estudio publicado en este libro nos permite oír las voces de las personas que han sido víctimas de la campaña de terrorismo internacional lanzada por los hermanos Kennedy, y nos permite oírlas por primera vez, lo que pone claramente de manifiesto la naturaleza de la cultura imperialista reinante en los Estados Unidos y en sus países aliados de Occidente.