27/8/11

Martinica no es una isla de la Polinesia: Prólogo a "El discurso antillano" de Édouard Glissant


 Michael Dash

Édouard Glissant abre su monumental obra de ensayos de 1981 El discurso antillano con una osada declaración: “Martinica no es una isla de la Polinesia”. Con ello, insiste en la importancia de la especificidad de Martinica ante la extinción cultural con que amenazaba la Departamentalización. También conocía que con anterioridad, en Cuaderno de un retorno al país natal, Aimé Césaire había interpretado el lugar de ese país en el Caribe en términos de una Polinesia acosada por la agonía. 
La referencia de Césaire a la Polinesia le hacía imposible a Glissant asir la complejidad geográfica e histórica de “lo real antillano”, porque la metáfora polinesia veía la esencia del Caribe en función de otro archipiélago. La referencia de Césaire al Caribe como una “Polinesia” pudiera muy bien guardar relación con la pasión de los surrealistas por el Pacífico como zona de lo mágico y lo irracional.
No se olvide que André Breton, en su construcción del “otro” exótico, elevaba la condición del arte de Oceanía por encima de todos los demás.

Breton sentía que el material de Oceanía brindaba prueba de la universalidad del inconsciente surrealista y transgresivo. Nunca llegó a la Polinesia de sus sueños, pero pudo haber encontrado su utopía primitivista en Martinica cuando en 1941 huyó de la Francia de Vichy y se exilió en los EE.UU. Los trópicos constituyeron un sustituto perfecto a su romantizada Oceanía. 
Césaire y su grupo de Tropiques parecieron estar de acuerdo con esta idea de que el paisaje tropical concordaba con la flora imaginaria de la fantasía surrealista. En 1941, en las páginas de Tropiques, afirmaban: “No fue como turista que André Breton vio a Martinica”
Es ante todo una reacción contra la colusión poética de Césaire con el primitivismo surrealista lo que provoca la oración inicial de El discurso antillano. Desde la perspectiva de Glissant, Breton, en su búsqueda de otredad absoluta en Martinica, era sin duda el tipo de turista intelectual a la manera de Paul Gauguin en Tahití o Lafcadio Hearn en Japón. El surrealista parisino se equivocaba, porque ni el Caribe ni Oceanía podían concebirse como un “exótico lugar otro”, ya que la esfera de la alteridad radical se había reducido gravemente con la propagación globalizadora de Occidente. Toda la obra de Glissant puede interpretarse como un esfuerzo por recuperar la especificidad antillana de la otredad absoluta generada por un discurso colonialista reductor o anticolonialista esencialista. 
Este libro es, sin duda, un intento por concebir un discurso característico de las Antillas francesas, que les permite definirse en función de sus contextos regionales y hemisféricos. Ni francesas, ni africanas, ni polinesias: son islas dentro del espacio del archipiélago del Nuevo Mundo, no aisladas, sino partes de un conjunto que constituye un sistema fluido, geográficamente cimentado de relaciones múltiples. Es, pues, un esfuerzo concienzudo de explorar y no de sistematizar una especificidad caribeña, cuya opacidad resiste a un tiempo la erosión y la comprensión. 
La cita de Fanon, uno de los exergos iniciales, es muy elocuente en este sentido. “Tarea colosal la de inventariar lo real. Acumulamos hechos, los comentamos, pero ante cada línea escrita, ante cada proposición enunciada, tenemos una impresión de insuficiencia”. Esta sensación de insuficiencia es inevitable, porque la realidad caribeña no es estática, sino que está compuesta por una red de relevos siempre crecientes. Por tanto, el proyecto de Glissant de dar razón de lo real en el Caribe está destinado, de inicio, a ser incompleto. En realidad, es hacia lo incompleto que apunta, porque desconfía tanto de las ideologías nacionalistas que simplifican la heterogeneidad del espacio caribeño como de la reproducción ingenua de estereotipos primitivistas. 
En vez de ello, insiste en que el lugar es tan imposible de sortear (tan imposible de acotar) en función de cimentar el tema, como inagotable, puesto que sus contornos nunca podrán ser explicados. Sus primeros escritos de viaje se centraron en las posibilidades de una insularidad abierta, de proyectar el espacio del archipiélago en lugares comunes mundiales. Fue precisamente la incapacidad de restaurar continuidades históricas y orígenes ausentes lo que para Glissant representaba el potencial caribeño de establecer nuevas conexiones transversales y concebir las ricas posibilidades del espacio del archipiélago. 
La concepción del Caribe como espacio ambivalente de oposición en El discurso antillano, se prefigura décadas antes en el diario de viajes de 1955, Soleil de la conscience, donde las ambigüedades y tensiones de la identidad individual se dramatizan en función de un mundo finito, del que no queda nada que explorar en el sentido convencional. Los viajes de descubrimiento ya no son posibles, pues no queda ningún “lugar otro”, porque, como observó clarividentemente en 1955, “estamos, todos, reunidos en una única ribera”. El sol de la conciencia del título arroja luz sobre la imposibilidad de diferencia absoluta que no puede existir en un mundo en el que los encuentros entre uno mismo y el otro se producen en lugares de archipiélago marcados por contacto incesante. 
Soleil de la conscience trata sobre la des construcción de un orden mundial dado, impuesto por Occidente. Europa, con sus llanuras de tablero de ajedrez, simetría espacial y orden de las estaciones, se repiensa en función de un mundo hibridado de relaciones transculturales, donde las islas tienen ventaja sobre los continentes, puesto que siempre se encuentran en el proceso de ser transformadas en algo distinto a lo que fueron. Al desafiar el concepto de identidad unitaria, a Glissant le interesaba menos la isla como territorio exclusivo, sagrado. El concepto de “antillanidad”, que más tarde introduciría en El discurso antillano, se basa en liberar al espacio insular de una particularidad claustrofóbica y abrir el proceso transcultural de creolización. 
El discurso antillano, sin embargo, no es una celebración ciega de la cultura creol en el Caribe. Después de muchos años de vivir en Martinica y tras su regreso de Francia en 1965, Glissant estaba dolorosamente consciente del peligro que la asimilación representaba para la identidad creol martiniqueña. La experiencia de siglos de asimilación casi ininterrumpida encierra a Martinica en una desigual relación neocolonial con la Francia metropolitana y la separa del Caribe, el archipiélago que constituye su contexto. A Martinica, por tanto, se le niega tanto su derecho a la diferencia como su capacidad de entrar en el terreno de las islas, que es el lugar que le corresponde. 
Como lamenta en su ensayo “La desposesión”: “Algunos (en Martinica) creemos que quizá no haya en el mundo una comunidad tan alienada como la nuestra, tan amenazada por la dilución. La pulsión mimética es tal vez la violencia más extrema que pueda imponerse a un pueblo” (60).[1] 
Los ensayos aquí reunidos contienen ejemplos perturbadores de las formas en que la vinculación sostenida de los Departamentos franceses de Ultramar a la metrópoli conduce al estancamiento cultural y la dependencia económica. Una serie de detalles reveladores de la vida diaria martiniqueña revela niveles alarmantes de alienación psicológica, resultante de la “pulsión mimética”. El uso de las estaciones para anunciar eventos en una isla caribeña, el incidente cómico en que un vagabundo blanco es tomado por inspector escolar, el del hombre que no deseaba donar sangre para su esposa que estaba de parto porque pensaba que el gobierno francés suministraba la sangre, son todos ejemplos de una dependencia crónica en un estado paternalista francés. Los ensayos también terminan con la secta religiosa Dogma de Cham, cuyo lenguaje delirante indica el patético resultado de la impotencia económica. Los tratados de Suffrin “son una respuesta patética e incontrolable a una erradicación económica. El delirio verbal consuetudinario es sustituto del poder económico aniquilado” (457). 
El estancamiento económico y la falta de productividad local han creado una conversión general hacia el sector de los servicios, con lo que Martinica se ha convertido en una “colonia de consumo”. Por ende, Martinica ha adquirido hábitos de consumo europeos en un contexto de sociedad de plantación no productiva, que la experiencia prolongada del dominio colonial ha hecho pasiva. Las consecuencias de esta “vinculación unilateral a una metrópoli” son visibles en el divorcio entre la colectividad y la lengua. 
Como señala Glissant, el creol, que está fuera de lugar en el mundo de los centros comerciales y el consumismo desenfrenado, ha perdido su dinamismo. Él demuestra esta degradación del creol con el ejemplo del pescador martiniqueño, cuyo creol se ha convertido en un dialecto del francés. “El pescador martiniqueño dice ‘man acheté an amson’ [en lugar de ‘J'ai acheté un hameçon’], porque ya no controla las técnicas de su oficio” (338). 
La práctica del francés, la lengua oficial, difícilmente sea mejor que el delirio verbal de Suffrin: “La lengua oficial, el francés, no es la del pueblo. Tal vez por ello, nosotros, las elites, la hablamos tan correctamente” (268). Existen, sin embargo, algunas excepciones a la falta de creatividad que Glissant ve en el uso de la lengua. Detecta una estrategia instintiva de contrapoética en la aceleración, cacofonía o estratagemas de la lengua cotidiana, así como en la ofensiva burlona de los cuentos populares. 
La subversión lingüística se hace también potencialmente evidente en la reorganización burlona de las palabras de las pegatinas “Ne roulez pas trop pres!” [No manejen demasiado cerca] en los carros de los automovilistas martiniqueños. Glissant recuerda también a sus lectores que hubo un tiempo en que los martiniqueños eran productivos y se autoabastecían. Con su inventiva y su propia capacidad de improvisación, sobrevivieron con éxito al bloqueo durante la Segunda Guerra Mundial. Aislados de la metrópoli, en aquel momento ocupada por Alemania, la creatividad se liberó temporalmente porque estaban por su cuenta: “[...] el pueblo martiniqueño resistió y tuvo entonces una unanimidad que indudablemente ha perdido”. La departamentalización de 1946 poco a poco ahogó este impulso creativo. 
Al demostrar que la iniciativa de Césaire en 1946 de transformar a las Antillas francesas en Departamentos de Ultramar fue un fracaso, Glissant, sin embargo, en El discurso antillano no aboga por la soberanía nacional ni se coloca a favor de la liberación mediante una revolución. A este respecto, se distancia del nacionalismo revolucionario de Frantz Fanon. Aunque no examina directamente el tema en estos ensayos, en las posibilidades emancipadoras de la dimensión caribeña de la identidad martiniqueña pudiera estar proponiendo un proceso alterno de descolonización. Martinica, a su entender, carece de identidad fuera de su contexto caribeño. “Y si el martiniqueño presiente la ambigüedad de su relación con el francés [...] y con el creol [...], quizá sea porque tiene la vaga sensación de que le falta en su espacio-tiempo real una dimensión fundamental, que es la relación antillana” (268). 
En El discurso antillano, la alienación del espacio propio es tan perturbadora como la alienación lingüística. La traumatizada psiquis martiniqueña no puede abandonar nunca su soñada identidad europea y alcanzar una conciencia propia, completa, a no ser que se reinserte en su contexto caribeño. Glissant describe la condición franco-antillana en función de “la morbidez general” como paralizada por una identidad reprimida. Las siguientes declaraciones lo dicen todo: “El martiniqueño es un americano real pero contrariado [...]. El martiniqueño es un europeo imposible pero satisfecho” (275). Atrapados en una situación traicionera, donde han perseguido una serie de espejismos, como la ciudadanía y la departamentalización, los antillanos franceses terminan viviendo complacidos con la amenaza del olvido, que Glissant describe como una situación de “lo horrible sin horrores” (12). 
Si El discurso antillano recomienda cautela al advertir los peligros que encaran los martiniqueños por su petulante apego a la Francia metropolitana, también brinda esperanza, cuando declara en más de una ocasión: “Creo en el porvenir de los países pequeños” (10). 
Martinica no es solo una mota de polvo en el océano, como cuentan que dijo De Gaulle, sino parte integrante de la rica diversidad del Caribe. Por ende, estos ensayos exploran también el “lugar ineludible” de Martinica: el Caribe. “Contra lo universal generalizador, el primer recurso es la recia voluntad de permanecer en el lugar. Pero, en lo que nos atañe, no se trata solamente de la tierra adonde fue deportado nuestro pueblo, sino también de la historia que ha compartido (viviéndola como no-historia) con otras comunidades, cuya convergencia se revela hoy. Nuestro lugar son las Antillas” (236). 
Lo que para Glissant se hace evidente de inmediato en el espacio caribeño es la forma en que enreda binarios como lo mismo y lo otro, persona de adentro y persona de afuera. Estas rígidas polaridades se sustituyen mediante un proceso inclusivo de interculturación que hace obsoletos los modelos rígidos de identidad. “Efectivamente, ¿qué son las Antillas? Una multirrelación” (237). El inconsciente colectivo reprimido de los martiniqueños se ubica en esta zona de historias compartidas. Ser martiniqueño es, por tanto, no un asunto de anclar una raíz única, exclusiva, en territorio soberano, sino una convergencia submarina de raíces ramificadas, “raíces submarinas: es decir, derivadas, no implantadas con un único mástil en un único limo” (128). Si la identidad antillana se basa en algo, es en esta impredecible ribera siempre cambiante, constantemente influida por la zona central y el horizonte, por los interiores opacos y la relacionalidad centrífuga. 
La visión de Glissant acerca de la historia caribeña está profundamente influida por esta imagen de convergencia submarina. La historia no es el mito lineal providencial de una historia única y trascendental. Ella, más bien, es solo contacto, más sincrónico que diacrónico. Glissant aboga por una visión de la historia múltiple, con fisuras: “Las historias agrietan la Historia” (416). De hecho, es deber del artista hacer estas perspectivas asequibles al Caribe en su conjunto. Si la historia caribeña se vive como trauma, las experiencias del momento pueden despertar el significado reprimido latente y el pasado puede verse de modo profético. 
Por ejemplo, Glissant sugiere que el ataque al cuartel Moncada por Fidel Castro puede restituir el recuerdo olvidado del Fuerte Matouba, donde Louis Delgrès y sus hombres se suicidaron en masa en 1802 para no ser capturados por los franceses. Su experiencia de Carifesta 1976, en Jamaica, lo lleva a sentir por un momento lo que pudo haber sido para un martiniqueño estar ubicado en el espacio caribeño y recordar que las victorias de Toussaint Louverture y José Martí no se limitaron a sus territorios individuales, sino que tuvieron repercusión regional y hemisférica. Postula a Haití como la nueva “tierra madre” y a Toussaint, Martí, Bolívar, Juárez y Garvey como los héroes de la región. Esta es una visión de antillanidad que cobra fugazmente vida. “Aquel día de Carifesta, en el estadio de Kingston, miles de antillanos venidos de todos los horizontes aclamaron los nombres que he citado. [...] aquellos héroes que hicieron la verdadera historia de las Antillas surgieron de una vez por todas en la conciencia colectiva” (129). 
En última instancia, El discurso antillano presenta argumentos fuertes y persuasivos a favor de ver el Caribe como la Otra América. Del mismo modo que no es posible captar la identidad martiniqueña sin su contexto caribeño, la identidad caribeña no puede comprenderse sin su contexto hemisférico. Glissant cita con aprobación las tres Américas identificadas por teóricos como Darcy Ribeiro y Rex Nettleford: Euroamérica, Mesoamérica y Plantación-América. El Caribe está situado en la tercera y es el campo de fuerzas de la creolización de las Américas. No es un lago americano, sino el estuario de las Américas, la región depositaria del potencial más rico de las Américas. 
A este respecto, los ensayos exploran la poética del imaginario del nuevo mundo, tanto en la literatura como en la música, la escultura y la pintura. Las formas de representar el paisaje americano son centrales para su examen de las obras de escritores de las Américas como Jacques Roumain, Alejo Carpentier, William Faulkner y Gabriel García Márquez. En todos estos novelistas, Glissant identifica una poética del espacio americano cuyo paisaje no es un simple decorado y cuyos escritores no solo describen realísticamente el mundo exterior. En lugar de ello, usan lo real metafóricamente, como medio de explorar las especificidades del tiempo y el espacio americanos. 
La naturaleza ignota y polisémica de la realidad del nuevo mundo se expresa en el lenguaje del paisaje, que es principalmente el de la selva. No es la selva de la fuga cimarrona ni tampoco un Edén ancestral anterior a la Caída. La selva es una zona de opacidad que opone resistencia a la descripción o iluminación. Es precisamente esta zona de particularidad opaca lo que permite que el espacio insular establezca relaciones con el archipiélago y el hemisferio. Lo que queda de la opacidad particularizante de Martinica. Después de siglos de asimilación, le permite resonar con otros espacios no regimentados del continente americano en que se secreta ese elemento de desmesura que se opone a la sistematización. El desafío a la novela de las Américas es cómo representar esta desmesura. “El espacio de la novela americana me parece abierto, fragmentado, irruido. [...] Por ello, el realismo, es decir, la relación lógica y consecutiva con lo visible, traicionaría aquí, más que en otras partes, la cosa significada” (242). 
En Martinica, existe en miniatura el discurso espacio-temporal completo de las Américas. La palabra que emana del paisaje de esa isla es la del lenguaje del espacio americano. Paradójicamente, solo sintiendo la especificidad intraducible de ser martiniqueño es que este será consciente de los indicios de fenómenos similares en otros lugares del hemisferio. De este modo, una poética de opacidad conduce a una política de relacionalidad. 
Incluso, más que la literatura, son la pintura y la escultura las que manifiestan la poética de la Otra América. En estos ensayos se ve a Wifredo Lam y a Roberto Matta como pintores ejemplares, cuyo lenguaje visual es el de la ingente multiplicidad del simbólico espacio selvático de Glissant. Este vio la obra de ambos artistas, quienes tenían fuertes vínculos con los surrealistas, como esencialmente poética desde los años cincuenta. En estos ensayos repite su admiración por la transparencia e inventiva de la imaginería de estos pintores de la Otra América. “Con Wifredo Lam, la poética del paisaje americano (acumulación, dilatación, carga del pasado, conexión africana, presencia de los tótems) se dibuja. [ ... ] Roberto Matta figura los conflictos candentes donde hoy día se forja la psiquis de los hombres. Pintura de la multiplicidad; me atrevo a decir: pintura del multilingüismo” (217). 
Glissant dedica atención especial a la escultura de Agustín Cárdenas, que lo había atraído desde los 60, cuando el artista cubano expuso en París. Su obra apareció en la cubierta de la edición original de este volumen. Sus figuras totémicas, que toman de la sintaxis de Brancusi y Arp, son para Glissant la memoria esculpida que vincula pasado y presente, luz y oscuridad. En ese sentido, ve a este escultor como una fuerza que “nos da energía”, situando en la confluencia de estas obras lo que él denomina “la retórica de la duración” (428), no un grito de protesta, sino un discurso de relacionalidad. De hecho, “el discurso antillano” se manifiesta materialmente en la obra de Cárdenas de una manera más completa de lo que podría hacerla cualquier exposición teórica. 
En “Siete paisajes para las esculturas de Cárdenas”, Glissant narra la visita del artista a Martinica y la forma en que esculpe la caoba que allí encuentra. Para Glissant, Cárdenas traduce el lenguaje del paisaje tan bien como cualquier cuentero del lugar. En una visita a la familia del escultor en La Habana, Glissant encuentra el eco relacional de la misma poética más allá de la barrera del lenguaje. 
Édouard Glissant nunca ha incluido este volumen en sus Poéticas ni en sus Estéticas. Se suponía que estos ensayos fueran independientes y pudieran ser fundamentales en la creación final de una visión filosófica aplicada a todas las culturas, pero que emana del espacio caribeño. Marca el cambio final de la antillanidad a la mundialidad, de lo específico multirrelacional a una multiplicidad totalizadora. En esa medida, Glissant se cuida de no caer en el pensamiento identitario, que convierte la identidad criolla en una categoría o la antillanidad en ideología, como la negritud de Césaire o la conciencia nacional de Fanon. 
Independientemente del movimiento que haya intentado adueñarse de sus ideas, sea el de la Créolité o el de la Litterature monde, Glissant ha mantenido su distancia. Ha permanecido, parafraseándolo, igualmente “solitario” y “solidario”. 
Estos ensayos, pues, no se supone que se lean de modo sistemático o lineal. La forma escrita se pone en duda desde el inicio, en el primer epígrafe: “Describir es transformar”. Los ensayos siguen el principio de combinar lo oral y lo escrito, de ser abstractos y, sin embargo, concretos, específicamente locales, pero parte de sistemas de archipiélago. Nos invitan a perdernos en la palabra serpenteante y divagante del narrador, que no tiene verdad última que revelar. Debe ser por eso que el libro termina con el término oído. Glissant se dirige directamente a los lectores resistentes, que se han abierto paso por “la maraña de mis enfoques de lo real antillano” (444) y tiene la esperanza de que sus ensayos no hayan sido leídos tanto como oída su voz. 
Nota
1. Las páginas de las citas de El discurso antillano se indicarán entre paréntesis, y corresponden a esta edición. Nota del editor.
Fuente: Tomado de Édouard Glissant, El discurso antillano. Colección Nuestros países, Serie Estudios, Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana, 2010.