16/8/11

Los libros tienen su destino


Juan Ángel Juristo
Hace unos cuatro años un amigo, Manuel Ortuño,  que es editor, me pidió que le trajera de Roma, Totta colpa di Tordelli, un libro que causó en su momento un cierto revuelo en Italia y que publicó una editorial de clara tendencia anarquista. El libro trataba del rechazo editorial y de los tejes y manejes, de la corrupción un tanto tonta y miserable, que afecta al mundillo de los libros.
El autor había puesto varios señuelos al crítico más eminente de Italia y a muchos grandes editores y, finalmente, reprodujo las cartas que unos y otros le habían mandado, cartas en las que se transparentaba la mala fe y, sobre todo, el desprecio con que era tratado aquel que mandaba un manuscrito. Hay que decir que lo que impactó al mundillo cultural italiano no eran las consecuencias que tales rechazos pueden provocar, al fin y al cabo el mundo es así, ni siquiera la endogamia un tanto cochambrosa que de la cosa se colegía, no, lo que escandalizó fueron los cargos atribuidos al gran crítico y que dejaban transparentar sus chanchullos.
En una palabra, lo que el libro quiso denunciar se convirtió, o tempora, o mores, en un arma arrojadiza sobre el afamado crítico, y poco más, pasando a mejor vida aquello a lo que se quería poner en solfa. Hay que decir que del libro ya no se acuerda nadie y si se le recuerda a alguien de la pomada romana, que es como decir la pomada de las pomadas, se limita a sonreír con cierta condescendencia y poco más, como diciendo, “con la que está cayendo en Italia y tú me vienes con estas”.
Aquel amigo ha publicado ahora en España, Éxito. Un libro sobre el rechazo editorial, que ve la luz de la mano de Iñigo García Ureta, un escritor y traductor vinculado al sector editorial y que sabe de la cosa. Un libro insólito en España, pues es la primera vez que entre nuestros pagos se realiza un diagnóstico de un fenómeno oculto como si de una enfermedad vergonzosa se tratara, de la que nadie habla pero que cualquiera que haya tenido que publicar sabe que existe y ha padecido, la del rechazo de un manuscrito. García Ureta no es dado a lo italiano, su formación pasa más por el Reino Unido, y no le veo publicando en una editorial de las de combate.
Por tanto, no se ha planteado una denuncia de situaciones concretas que a poco conducen  sino a la presentación, entre irónica y erudita, de una realidad empresarial, al modo cómo funcionan los departamentos de admisión de personal, salvo que aquí se trata de manuscritos literarios, desde la novela malísima de aquel que la única ilusión que tiene en la vida es la de verse publicado en papel hasta A la busca del tiempo perdido, rechazada por André Gide para la editorial Gallimard o el Ulises, de Joyce, que Virginia Woolf no quiso publicar en su editorial, la Hogarth Press, porque le parecía “una prosa de obrero”.
Las anécdotas de las que se hace eco el autor son múltiples, acertadas, y harán las delicias del lector, que se divertirá con ellas, convirtiendo una supuesta amargura en un aliciente para seguir insistiendo en la cosa. ¿El secreto? Leyendo el libro, Iñigo García Ureta demuestra no sólo el relativismo y la ceguera de muchos de los editores,  sino que presenta con veracidad aquel dicho latino de que Pro captis lectoris habent sua fata libelli, un dicho latino de Terentianus Maurusque viene a querer decir, “Según la capacidad del lector, los libros tienen su destino” y de la que se sirvieron como cita  autores tan dispares como Walter Benjamin, James Joyce en una carta a sus editores o  Umberto Eco, que la introduce con mucha gracia en  El nombre de la rosa. Además, al estar estructurado en tono a un cuestionario que responden críticos, agentes literarios, algún que otro escritor, editores, desde Rafael Borrás o Manuel Rodríguez Rivero, pasando por Carmen Balcells, Paul Preston, Luis Magrinyá y Ana María Moix, el libro se centra en unos cuantos referentes esenciales que, luego, da paso a otras preguntas más inquietantes para el futuro del libro, como la proliferación de rarezas tales como el NaNoWriMo, siglas en inglés del Mes Nacional de Escritura de Novela en  la que cada participante se compromete a escribir una novela en treinta días, los que median entre el Día de Todos los Santos y el treinta de noviembre y luego es publicada, sin otra valoración, por no hablar del libro digital, una incógnita por la que todos apuestan de boquilla pero nadie se atreve a hincarle el diente.
Los pros y los contras de un fulgurante éxito, el amargo sabor del rechazo que luego llevará a la revancha más dulce… de todo hay en este libro, desde la constatación de que a pesar de vender miles y miles de libros Corín Tellado nunca fue valorada más allá de ser un fenómeno sociológico, y eso que Cabrera Infante y Vargas Llosa la cortejaron con pasión para introducirla en el mundo de las letras con mayúsculas, que es un modo de rechazo dulce y un tanto cómodo;  hasta  ese otro que tuvo que sufrir la misiva, tan elegante y perversa, de Samuel Johnson: “Eres bueno y original, pero cuando eres bueno no es original y cuando eres original no es bueno”. Definitivo. De cosas así está el libro lleno. Es de lo que trata.
La verdad es que al final siempre nos queda el consuelo de hacer del editor, mientras exista, el chivo expiatorio de nuestras frustraciones, habida cuenta de que ejemplos para denigrarlos, hay a montones, igual que razones. Ciryl Connolly, el legendario crítico británico, opinó en su momento que “así como los sádicos reprimidos se hacen policías o carniceros, así aquellos con un miedo irracional a la vida se convierten en editores”. Él lo era, no de una editorial, como Eliot, pero sí de Horizon, una de las mejores revistas literarias británicas del siglo pasado. Seguro que rechazó montones de artículos. Sabía de qué hablaba.