24/8/11

Libia y la nueva estrategia de guerra

Robert Garcia

Lorenzo Gonzalo
El 24 de Marzo de este año 2011, el Consejo de Seguridad de la ONU determinó crear una zona de prohibición de vuelos sobre Libia. De este modo solamente un grupo limitado de países tendría ese derecho. 
Para cumplir con ese objetivo y diseñar las bases de nuevas tácticas que pudieran servir a futuras guerras, comenzaron a moverse los aviones AWACS (SISTEMA AÉREO DE CONTROL Y ADVERTENCIA), cuyos radares y tecnologías les permiten controlar palmo a palmo inmensos territorios y dentro de ellos los movimientos de tropas, gente y detectar objetivos militares, económicos y políticos. Estos artefactos, confeccionados para controlar y garantizar la supremacía de los poderosos sobre los más débiles, fueron en esta ocasión el elemento central de las operaciones sobre Libia.
Lo que ocurrirá en Libia luego que Gadafi desaparezca de la escena política, no es difícil de predecir.
No importa cuánta inseguridad se produzca dentro de la población.

Eventualmente esas alteraciones serán controladas y los muertos, cientos más o miles menos, no importarán a los efectos de quienes más beneficio recibirán de estas operaciones. Es cierto que de las fuerzas participantes, hay un número de jijad en la zona este del país, de donde partieron algunos combatientes para reforzar la resistencia iraquí cuando la invasión estadounidense. También hay grupos islamistas que parecen estar ligados a movimientos de Al-Qaeda, aunque estos lo niegan.
El país presenta un collage de etnias y grupos con inclinaciones religiosas diversas, pero en realidad no se destaca grandemente de Irak, en cuanto a la inclinación de sus ciudadanos hacia los llamados valores occidentales. Salvo las regiones de tipo más feudal, localizada en la zona este del país, el resto del conglomerado social no parecen tener divisiones tan marcadas como los iraquíes. En Irak, el fuerte componente chiíta y el minoritario sunita, representado en por el gobierno de Sadam Hussein, con Irán de frontera apoyando a los primeros, representaban una invitación a la violencia. Existían allí y se mantienen con total vigencia, dos sectores perfectamente diferenciados. No sucede lo mismo en Libia. Por tanto es de esperar que los problemas que se susciten no alcancen la misma envergadura de los ocurridos en Irak y Pakistán, luego de la Guerra de ese país con la entonces URSS.
Europa ha estado preocupada que su alianza con el sector rebelde, tenga los mismos resultados que otras anteriores, donde “sus aliados”, se convirtieron luego en sus enemigos. Estos grupos, a diferencia de los participantes en aquellas alianzas, deben ser fácilmente exterminables, por su dispersión y su rechazo al mando. Para los criterios amorales de “Occidente”, esto representa una gran ventaja.
No es fácil opinar de otro país o territorio, pero sin dudas el desarrollo de Libia, al igual que el resto de Medio Oriente, ha traído como consecuencia un cambio en la manera de asimilar la vida y se han formado costumbres que identifican a sus ciudadanos con muchos estilo del llamado Occidente. Sin recurrir a patrones ideológicos, no es menos cierto que lo que ha diferenciado a Europa, Estados Unidos e incluso Latinoamérica y el Caribe, es una forma de producción estimulada por el vertiginoso desarrollo de la tecnología. Forzados por las comunicaciones, las regiones de Medio Oriente, Asia y las partes más orientales de Europa, han asimilado esos cambios económicos, que a su vez han acelerado transformaciones que deben responder a los patrones de esos nuevos modos de producir.
La realidad de haber sufrido Libia cambios de valores y aspiraciones de vida, como ha venido sucediendo en otros países de Oriente, ha contribuido a un proceso similar al de aquellos, quienes en los últimos meses han expulsado a gobernantes autoritarios y corruptos. Por consiguiente, sin los impedimentos de divisiones profundas, perfectamente diferenciadas de las existentes en Irak, es de esperar que el desorden, la intranquilidad ciudadana y los ajustes de cuenta, se contengan con la brevedad que todos deseamos por el bien de los ciudadanos que allí viven. En última instancia, estos han sido víctimas de la testarudez política de Gadafi, por su poca visión para adaptarse a las nuevas realidades de su país, que muy bien pudiera haber realizado sin necesidad de abrazar las formas políticas de una Europa tan envejecida políticamente como Estados Unidos.
Pero luego de entender todo esto, siguen sin resolverse las prerrogativas asumidas por las potencias más desarrolladas, con Estados Unidos aún a la cabeza, de poner condiciones y determinar la expulsión o la permanencia de los gobernantes de terceros países.
No se trata de oponerse a la necesidad de una actuación mancomunada de las potencias y países para evitar grandes catástrofes sociales o políticas y contener matanzas cuando estas ocurren por la acción de hombres equivocados del rol que les corresponde como políticos o de aquellos esencialmente criminales. El asunto es manejar esas obligaciones internacionales en concordancia con las necesidades de todos y no de los intereses de mercaderes y sicópatas industriales.
Librarse del autoritarismo nacional solamente, no traerá la felicidad a ningún país si no va acompañado del respeto de los poderosos hacia los intereses propios de aquellos menos desarrollados que, por las casualidades de las circunstancias, debutaron tarde en la historia de la modernidad.
Ojalá los supuestos “libertadores” de Libia no resulten peores que el supuesto “tirano”. Ni Libia ni país alguno merece pasar por semejantes experiencias.
Sin embargo, nos queda el sabor amargo que esta guerra no la hicieron tampoco esos rebeldes, sino que más de siete mil vuelos, desde esos aviones que “todo lo saben y todo lo ven”, expertos militares, tecnócratas y maquinarias pensantes, se dedicaron a desbrozar el camino, donde un empedrado de muertos permitió a otros, con mejor suerte, entrar a la ciudad de Trípoli. Esta vez, las potencias dirigentes, con el magnánimo gesto de humanidad que las caracteriza, “protegieron a sus muchachos”. 
Ha sido otro experimento de guerra. Han puesto a la disposición de los intereses de las grandes potencias la vida de los aventureros, o los patriotas, o los ingenuos de una nación. Esas vidas han sido las encargadas de morir. Con precisión demoníaca, aplicaron a cabalidad el lema lanzado por el Presidente Obama en esta guerra de baja intensidad: “ninguna bota en tierra”, o sea, ningún soldado nuestro en riesgo.
El lema traducido a buen castellano significa: “que sean otros quienes pongan los muertos, nosotros capitalizaremos los beneficios”. 
Muy mal anda un mundo que luego de tan amargas experiencias, deberá continuar enfrentando nuevas estrategias de dominación.
Durante las depredadoras gestas anteriores, Estados Unidos ponía algunos muertos blancos, unos cuantos negros y un grueso de latinos. En las próximas, los aviones AWACS, se encargarán de administrar los muertos de otras subregiones del planeta.
No hay que desembarcar. Los bobos pondrán los muertos, los “drones”, matarán a los francos tiradores y los Sistemas Aéreos de Control, impartirán las órdenes a los cohetes y otros aviones de combate, para impedir la aparición de tropas o su avance. 
Estamos ingresando al Siglo de las Tinieblas.
Lorenzo Gonzalo, periodista cubano residente en los EE.UU. y subdirector de Radio Miami
Fuente: Red Hermes