6/8/11

Las notas de Friedrich Engels sobre la guerra de 1870-71


Reproducimos un texto de Trotsky que fuera prefacio a una edición del libro de Engels “Notas sobre la guerra franco-alemana de 1870-71”, traducido especialmente por Gabriela Lizst, a quien agradecemos la contribución. 
León Trotsky
El libro de Friedrich Engels está constituido, en su mayor parte, por una crónica analítica de la guerra franco-alemana de 1870-71. Estos artículos fueron publicados en el periódico inglés Pall Mall Gazettedurante el desarrollo de la guerra. En consecuencia, el lector no debe imaginarse que encontrará en estas notas una suerte de monografía sobre la guerra o cualquier tipo de exposición sistemática de la teoría del arte militar. No, la tarea de Engels consistía en partir de la estimación general de las fuerzas y de los medios de los dos adversarios y en seguir día tras día el modo de empleo de estas fuerzas y medios, con el objetivo de ayudar al lector a orientarse en el desarrollo de las operaciones militares e incluso levantar un poco, cada tanto, lo que se denomina el manto del futuro.
Hay que seguir paso a paso todas las operaciones de la guerra franco-alemana sobre el mapa
Los escritos militares de este tipo ocupan al menos las dos terceras partes del libro. El otro tercio consiste en notas dedicadas a los diversos terrenos especializados del oficio de la guerra, siempre en una relación estrecha con el desarrollo de la guerra franco-alemana: “Cómo combatir a los prusianos”, “Análisis razonado del sistema del ejército prusiano”, “Zaragoza-París”, “La apología del emperador”, entre otros. Es evidente que no se puede leer y estudiar un libro de este tipo como otras obras puramente teóricas de Engels. Para comprender totalmente las ideas y estimaciones de carácter concreto, positivo, contenidos en este libro, es necesario seguir paso a paso todas las operaciones de la guerra franco-alemana sobre el mapa, y junto a esto, también tener en cuenta las consideraciones de la literatura de la historia militar más reciente. Semejante trabajo de crítica científica, evidentemente, no puede ser una tarea para un lector medio: exige nociones militares preliminares, mucho tiempo y un interés particular por este terreno.
Pero, ¿estaría justificado semejante interés? Opinamos que sí. Se justifica ante todo desde punto de vista de la apreciación correcta del nivel y la perspicacia militar del propio Engels. Un estudio profundo del texto extremadamente rico de Engels, la comparación de sus juicios y pronósticos con los juicios y pronósticos contemporáneos de los autores militares de la época seguramente sería muy interesante. Esto no sólo sería una contribución importante a la biografía de Engels –aunque su biografía sea un capítulo importante en la historia del socialismo–, sino también una ilustración especialmente impresionante del problema de las relaciones recíprocas entre el marxismo y el oficio de la guerra.
Engels no sugiere ni una palabra de marxismo o de dialéctica en todos estos artículos: esto no tiene nada de asombroso, ya que él escribía anónimamente para un periódico archiburgués, y en una época en la que el nombre de Marx todavía era poco conocido.
El autor examina todos los elementos del oficio militar
Pero estas causas externas no son las únicas que llevaron a Engels a abstenerse de cualquier argumentación de teoría general.
Podemos estar persuadidos que, aún cuando Engels hubiera tenido en ese entonces la posibilidad de tratar sobre las peripecias de la guerra en un periódico marxista revolucionario –con una libertad ampliamente mayor en cuanto a la expresión de sus simpatías y antipatías políticas–, sin embargo habría abordado el análisis y la apreciación del desarrollo de la guerra de una forma apenas diferente que como lo hizo en elPall Mall Gazette. Engels no introdujo una doctrina abstracta en el terreno de la ciencia militar desde el exterior y no estableció para nada recetas tácticas descubiertas por él como criterios universales. A pesar de la brevedad de la exposición, vemos con qué cuidado el autor examina todos los elementos del oficio militar, desde la extensión del territorio y las cifras de la población de los países involucrados hasta investigaciones biográficas sobre el pasado del general Trochu con el objetivo de conocer mejor sus métodos y costumbres.
Detrás de estas notas, se siente que hay un trabajo enorme, precedente y en curso. Engels, que no sólo era un profundo pensador, sino también un excelente escritor, no le brindaba al lector materiales en bruto. Esto podría dar una impresión superficial de algunas de sus observaciones y generalizaciones. En realidad, no es nada de eso. La elaboración crítica a la que ha sometido los materiales empíricos es extremadamente profunda. Esto se desprende de que el desarrollo ulterior de los episodios de la guerra ha confirmado repetidamente los pronósticos de Engels. No hay lugar a dudas de que un estudio profundo de este trabajo de Engels por parte de nuestros jóvenes teóricos de la guerra en el sentido indicado, demostraría aún más con qué seriedad Engels trataba la dirección de la guerra como tal.
Pero también para aquellos que, precisamente, leerán y no estudiarán el libro –y esta será la gran mayoría, incluso entre los militares–, la obra de Engels suscitará un gran interés, no debido a su exposición analítica de las diversas operaciones militares, sino por la apreciación general del desarrollo de la guerra y por los juicios en diversos terrenos militares, abordados de manera dispersa en muchos lugares de su crónica de guerra y, en parte, como ya lo hemos dicho, también en artículos completos.
La vieja idea de los Pitagóricos
La vieja idea de los Pitagóricos, de que el mundo estaría regido por el número –en el sentido realista y no místico del término– puede aplicarse muy bien a la guerra. Ante todo, el número de batallones. Luego, el número de fusiles, de cañones se expresa cuantitativamente en el alcance y precisión de las armas de fuego. Las cualidades morales de los soldados se expresan en la capacidad de soportar largas marchas, de mantener las posiciones bajo el fuego del enemigo por un tiempo prolongado, etc. Sin embargo, cuanto más se avanza en este terreno, más se complica. El número y carácter del equipamiento depende del estado de las fuerzas productivas del país. La composición del ejército y de su mando está condicionada por la estructura social de la sociedad. El servicio administrativo de intendencia depende del aparato estatal general, que está determinado por la naturaleza de la clase dominante. La moral del ejército depende de la relación recíproca de las clases, de la capacidad de la clase dirigente de convertir las tareas de la guerra en fines subjetivos del ejército. El grado de capacidad y talento del mando depende, por su parte, del rol histórico de la clase dirigente, de su capacidad de concentrar en sus objetivos a las mejores fuerzas creadoras del país, lo que, nuevamente, diferirá, si la clase dominante juega un rol histórico progresivo o si se sobrevive y simplemente lucha por su existencia. Sólo aludimos aquí a las relaciones fundamentales, e incluso esquemáticamente. En realidad, la dependencia de los diferentes terrenos de la dirección de la guerra entre sí y de todos estos, en su conjunto, con respecto a los distintos aspectos del orden social es mucho más compleja y más ramificada.
Los factores morales
Al fin de cuentas, en el campo de batalla, todo esto se resume en el número de los modestos soldados, de comandantes, de muertos y heridos, prisioneros y desertores, en las dimensiones del territorio conquistado y en el número de trofeos. Pero, ¿cómo se puede prever el resultado final? Si fuese posible relevar y determinar por adelantado todos los elementos de una batalla y de una guerra con precisión, entonces incluso no habría guerra, pues nadie tendría la idea de salir al encuentro de una derrota establecida de antemano. Pero no se trata de una previsión exacta de todos los factores. Solamente los elementos materiales más inmediatos de la guerra son susceptibles de una expresión en cifras. No obstante, en la medida en que se trate de la dependencia de los elementos materiales del ejército con respecto a la economía del país en su conjunto, una evaluación y, en consecuencia, también las previsiones, tendrán un valor mucho más limitado. Esto se aplica particularmente a lo se denominan los factores morales: el equilibrio político en el país, la resistencia del ejército, la actitud de las retaguardias, el trabajo coordinado del aparato de Estado, el talento de los comandantes, etc. Laplace dijo que un cerebro que fuera capaz de comprender todos los procesos que se desarrollan en el universo, infaliblemente podría predecir todo lo que se produciría en el futuro. Esto se deriva indudablemente del principio del determinismo: no existe fenómeno sin causa. Pero, como se sabe, no existe semejante cerebro, ni individual ni colectivo. Por eso es posible que incluso los hombres mejor informados y más geniales se equivoquen muy frecuentemente en sus previsiones. Pero está claro que cuanto más se aproxime a la previsión justa, cuanto mejor se conozcan los elementos del proceso, mayor será la capacidad de articularlos, evaluarlos y combinarlos, mayor será la experiencia creadora y más vasto el horizonte.
En su crónica militar, tan modesta en su objeto, Engels siempre permanece fiel a sí mismo: aporta en su trabajo la mirada penetrante de un hombre capaz de combinar análisis y síntesis en el arte militar, y que ha pasado por la gran escuela de teoría social de Marx-Engels y la escuela práctica de la revolución de 1848 y de la I Internacional.
“Comparemos (…) las fuerzas que están en camino de prepararse para destruirse recíprocamente; para simplificar las cosas, sólo nos ocuparemos de la infantería. La infantería es el arma que decide el resultado de las batallas; un insignificante equilibrio de fuerzas en caballería y artillería, incluso ametralladoras y otros aparatos que hacen milagros, no será muy determinante ni de un lado ni del otro”.
Aún más en nuestra época
Esto, que era grosso modo correcto para Francia y Alemania en 1870, indudablemente no lo sería para nuestra época. En la actualidad, es imposible determinar la relación de fuerzas sólo por el número de batallones. Sin dudas, la infantería aún sigue siendo el factor principal de las batallas. Pero el rol del coeficiente técnico en las fuerzas armadas ha crecido considerablemente y esto en una medida desigual observando a los ejércitos: tenemos en cuenta no sólo las ametralladoras, que eran todavía un miracle working en 1870; no sólo la artillería, fuertemente acrecentada en número e importancia, sino también recursos completamente nuevos: el automóvil, tanto para fines militares como para los transportes en general, la aviación y la química de guerra. Sin tener en cuenta estos “coeficientes”, una estadística que sólo tenga en cuenta el número de batallones, en la actualidad sería totalmente irreal.
Sobre la base de estos cálculos, Engels llegó a la conclusión: Alemania dispone con creces de un mayor número de soldados formados que Francia, y la superioridad de los alemanes se pondrá de manifiesto cada vez más con el tiempo –a menos que al principio Luis Napoleón aventaje al enemigo y le inflija golpes decisivos, antes de que este último pueda utilizar su superioridad potencial.
La estrategia
Así, Engels llega finalmente a la estrategia, a este terreno independiente, el más elevado del arte militar, que sin embargo está relacionado, a través de un complicado sistema de palancas y correas de transmisión, con la política, la economía, la cultura y la administración. En cuanto a la estrategia, Engels considera indispensable hacer las inevitables reservas realistas desde el principio.
“Es necesario recordar siempre que no se puede esperar un éxito decisivo de un plan estratégico por sí solo. Tales o cuales impedimentos inesperados pueden intervenir siempre: un contingente de tropas que no llega a tiempo, en el momento en que más se lo necesita; o bien el adversario hace una maniobra imprevista, o incluso toma medidas de seguridad imprevistas; y finalmente a la inversa: una tenaz resistencia de las tropas o la feliz iniciativa de un general pueden preservar, en este caso, a un ejército vencido de las peores consecuencias de su derrota –es decir, de la pérdida de conexión con su base”.
La pérdida es inevitable si fracasa el plan
Esto, sin dudas, es correcto. Contra semejante concepción realista de la estrategia, a lo sumo el difunto Pfuel[2] o uno de sus admiradores retrógrados podrían encontrar objeciones, considerado lo esencial en todo el plan de guerra, y esto de la forma más completa en que las circunstancias lo permitan; consideración de los elementos que no pueden ser determinados de antemano; formulación de órdenes de una manera suficientemente flexible como para que puedan adaptarse a cada situación y a cada una de sus variantes imprevistas; y lo principal –determinación a tiempo de cualquier modificación fundamental en la situación y la correspondiente modificación del plan, hasta su reorganización total–, es precisamente en esto en donde que reside el verdadero arte de la conducción de la guerra. Si se pudiera conferir al plan estratégico un carácter definitivo, tener en cuenta por adelantado el estado del tiempo, de los estómagos y de las piernas de los soldados y las intenciones del adversario, entonces un autómata que sepa las cuatro operaciones podría ser un capitán victorioso. Por fortuna o por desgracia, esto no sucede. El plan de guerra no tiene, de ninguna manera, un carácter absoluto, y la existencia del mejor plan está aún lejos de garantizar la victoria, como Engels indica con razón. Por el contrario, todo fracaso del plan hace inevitable la pérdida. Todo comandante que mínimamente merezca ser tomado en serio, que por esta razón rechazara todo plan, debería ser internado en un manicomio.
¿Qué pasa entonces con el plan estratégico de Napoleón III? Ya sabemos que la enorme superioridad potencial de Alemania residía en su preponderancia en la cantidad de material humano formado. Como lo destaca Engels, la tarea de Bonaparte –gracias a operaciones rápidas y decididas– consistía en hacerle imposible sacar provecho de esta superioridad al enemigo. Se podría pensar que la tradición napoleónica, precisamente, tendría que haber favorecido esta forma de actuar. Pero lamentablemente, la realización de  planes de guerra tan audaces depende también –suponiendo que todos los elementos permanecen iguales– del trabajo correcto de la intendencia; sin embargo, todo el régimen del Segundo Imperio, con su burocracia desmesurada e incompetente, de ninguna manera era capaz de asegurar el cuidado y el mantenimiento de las tropas. De allí se derivan las fricciones y la pérdida de tiempo desde los primeros días de guerra, el abandono general, la imposibilidad de aplicar cualquier plan y, como consecuencia de esto, el desmoronamiento.
El efecto nefasto que puede tener la irrupción de la “política”
En algunos sitios, Engels alude al pasar al efecto nefasto que puede tener la irrupción de la “política” en el desarrollo de las operaciones militares.
A primera vista, esta observación parece ser opuesta a la concepción de que la guerra sólo es, al fin de cuentas, la continuación de la política. En realidad, no hay contradicción aquí. La guerra prolonga la política, pero con medios y métodos propios. Cuando la política, para solucionar sus tareas fundamentales, se ve obligada a recurrir a la ayuda de la guerra, esta misma política no debe perturbar el desarrollo de las operaciones de guerra para sus tareas secundarias. Si Bonaparte efectuó acciones manifiestamente inoportunas desde el punto de vista militar para, según la opinión de Engels, influenciar favorablemente a “la opinión pública” con éxitos efímeros, había que ver allí, indudablemente, una irrupción inadmisible de la política en la conducción de la guerra, volviéndola incapaz de dominar las tareas fundamentales planteadas por la política. En la medida en que, en la lucha por la conservación de su régimen, Bonaparte se vio obligado a admitir tal intervención de la política, ya estaba implícita la condena evidente del régimen por sí mismo, y tenía que hacer inevitable el próximo desmoronamiento.
Cuando el país vencido, después de la derrota y la captura total de sus fuerzas armadas, intenta construir un nuevo ejército bajo la dirección de Gambetta, Engels sigue este trabajo con una comprensión sorprendente de los asuntos de la organización militar. Caracteriza perfectamente las jóvenes tropas indisciplinadas que se forman de manera improvisada.
“(Tropas) –dice– dispuestas a gritar “traición” si no se las pone inmediatamente frente al enemigo y dispuestas a huir rápidamente cuando la presencia de este último se hace sentir seriamente”.
Es imposible, en este momento, no pensar en nuestros primeros contingentes y regimientos en los años 1917-18. Engels sabía perfectamente en dónde residían, una vez cumplidas todas las demás condiciones, las principales dificultades de la transformación de una masa humana en una compañía o en un batallón. “Todos aquellos que han visto ejércitos populares improvisados en el lugar de entrenamiento o bajo fuego –se trate de Baden Freischaaren, Bull-Run Yankees, Guardias móviles o Voluntarios británicos– habrán notado rápidamente que la causa principal de la impotencia y de la inconsistencia de estas tropas residía en el hecho que los oficiales no sabían lo que debían hacer.
Cálculos rigurosos
Es instructivo, en grado sumo, con qué seriedad Engels trata a las tropas de carrera de un ejército. Cuán lejos está este gran revolucionario de toda charlatanería seudo revolucionaria –que precisamente, en esa época, era muy popular en Francia – sobre la virtud salvadora de un levantamiento de masas, de una nación armada (con total celeridad), etc. Engels sabe muy bien qué importancia tienen los oficiales y suboficiales en un batallón. Realiza cálculos rigurosos sobre los recursos en oficiales que se han quedado en la República después de la derrota de las fuerzas regulares del Imperio. Sigue con una atención extrema el nacimiento en el nuevo ejército, llamado de la Loire, de los rasgos que lo distinguen de una multitud armada. Así, por ejemplo, constata con satisfacción que el nuevo ejército no sólo se dedica a marchar con unidad y a obedecer las órdenes, sino que incluso “ha entendido una cosa muy importante, que el ejército de Luis Napoleón había olvidado completamente: el servicio de infantería ligera, es decir, el arte de proteger los flancos y la retaguardia contra los ataques imprevistos, preservar el contacto con el enemigo, sorprender a los destacamentos, procurarse información y prisioneros.
Engels se manifiesta así en todos los artículos “del periódico”: audaz en su amplitud de pensamiento, realista en el método, perspicaz en las grandes y pequeñas cosas y siempre meticuloso en la elaboración de los materiales. Cuenta la cantidad de cañones, de fusiles rayados y lisos entre los franceses, examina repetidamente la artillería alemana, piensa en las propiedades del caballo de la caballería prusiana y no pierde nunca de vista las cualidades del suboficial prusiano. Situado por la marcha de los acontecimientos frente al problema del sitio y la defensa de París, explora la calidad clave de sus fortificaciones, la potencia de la artillería en los alemanes y los franceses, y examina de manera muy crítica el problema de saber si hay en el cerco de París tropas regulares que se las pueda calificar como aptas para el combate. Qué pena que no tuviéramos este trabajo de Engels en 1918: seguramente nos hubiera ayudado a superar más rápida y fácilmente el prejuicio, entonces ampliamente expandido, con el que se intentaba oponer el “entusiasmo revolucionario” y el “espíritu proletario” a una organización establecida por profesionales, a la disciplina impecable y al comando de formación.
El método de crítica militar de Engels se expresa muy claramente, por ejemplo, en la nota XIII, que se ocupa del rumor lanzado por Berlín concerniente a “una marcha resuelta sobre París”. El artículo sobre el campo fortificado de París (nota XVI) provoca la entusiasta aprobación de Marx. Un buen ejemplo de la manera en que Engels aborda los problemas militares se nos ofrece en la nota XXIV, que trata sobre el sitio de París. Desde el inicio, Engels plantea dos puntos fundamentales: “El primero es que París no puede esperar ser ayudada, en caso de necesidad, por un ejército francés que venga desde el exterior (…). El segundo… concierne a la ineptitud de la guarnición de París para llevar adelante una ofensiva a gran escala”. Todos lo demás elementos de su análisis se apoyan en estos dos puntos.
Opiniones sobre la guerra de francotiradores
Muy interesante son dos juicios que realiza sobre la guerra de francotiradores y sus posibilidades de aplicación, una cuestión que, incluso en el futuro, no perderá su importancia para nosotros. El tono de Engels se hace cada vez más seguro en cada nota. Seguridad justificada en la medida en que está confirmada, por un lado, por la comparación real con lo que “verdaderos” militares han escrito sobre estos temas y, por otro, por una prueba aún más efectiva, la de los propios acontecimientos.
Proscribiendo sin escrúpulos toda abstracción de su análisis, considerando la guerra como una cadena material de operaciones, considerando cada operación desde el punto de vista de las fuerzas y los medios realmente existentes y de sus posibilidades de combinación, este gran revolucionario procede como… un especialista de la guerra, es decir, como un hombre que aunque sólo en virtud de su profesión o vocación, razona con los factores internos de la conducción de la guerra. No es sorprendente que los artículos de Engels hayan sido atribuidos a las celebridades militares de la época, lo que hizo que, en el círculo de sus amigos se le diera a Engels el sobrenombre de “general”. Sí, él trataba las cuestiones militares como un “general”, quizás no sin importantes falencias en algunos terrenos militares ni sin la indispensable experiencia práctica, pero por el contrario, con la ayuda de una cabeza como ningún general llevaba sobre sus hombros.
¿Qué cambia finalmente dentro del marxismo?
Pero, podría preguntarse. ¿Qué cambia finalmente dentro del marxismo?
A esto se podría responder que, hasta cierto grado, es aquí donde encuentra su expresión. Una de las premisas filosóficas fundamentales del marxismo es querer que la verdad sea siempre concreta. Esto significa que no se debe disolver el oficio de la guerra y sus problemas en categorías sociales y políticas. La guerra es la guerra y el marxista que quiera aportar juicios en este terreno debe recordar que la verdad de la guerra también es concreta. Esto es lo que enseña el libro de Engels en primer lugar. Pero no es sólo esto.
Si no tenemos el derecho de disolver los problemas militares en problemas políticos generales, también es inadmisible separar los primeros de los últimos. Como ya lo hemos mencionado, la guerra es una continuación de la política por medios particulares. Este profundo pensamiento dialéctico fue expresado por Clausewitz. La guerra es una continuación de la política: quien quiera comprender la “continuación” debe conocer lo que le precedió. Pero la “continuación por otros medios” significa: no es suficiente estar bien orientado políticamente para, por ello mismo, poder apreciar correctamente los “otros medios” de la guerra. La mayor e incomparable ventaja de Engels residía en que, al mismo tiempo que interpretaba el carácter propio de la guerra –con su técnica interna, sus métodos, tradiciones y prejuicios–, era también el mayor conocedor de esta política a la que, en última instancia, la guerra está subordinada. Demás está decir que está enorme ventaja no podía ahorrarle a Engels errores en sus juicios y en sus pronósticos militares concretos. Durante la guerra civil de EEUU, Engels había sobrestimado las ventajas puramente militares manifestadas por los Sudistas en el primer período y, por esto, se inclinaba a creer en su victoria. Durante la guerra austro-prusiana de 1866, poco tiempo antes de la batalla decisiva de Koniggratz-Sadowa, que puso la primera piedra de la preponderancia prusiana, Engels preveía un amotinamiento en la Landwerh (ejército territorial) prusiana. De la misma manera en la crónica de la guerra franco-alemana, se podrá encontrar, sin duda, errores en detalles, aunque el pronóstico de conjunto de Engels haya sido incomparablemente más correcto en este caso que en los dos ejemplos citados. Sólo personas muy ingenuas pueden pensar que la grandeza de un Marx, Engels o Lenin reside en una infalibilidad automática. No, ellos también se equivocaron. Pero en los juicios que se refieren a las cuestiones más importantes y más complicadas, habitualmente cometen menos errores que los demás. Y también en esto, que los errores, cuando se examinan seriamente sus motivos, se revelan con frecuencia mucho más profundos e instructivos que la opinión de los que, fortuitamente o no, tuvieron razón contra ellos en tal o cual caso.
Basta de apoyarse en Engels
En Engels no hay lugar para abstracciones del tipo de que cada clase debe poseer una táctica y una estrategia propias.
Él sabe muy bien que el fundamento de todos los fundamentos de una organización militar y de una guerra está determinado por el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y no por la pura voluntad de clase. Naturalmente, se puede decir que la época feudal tenía su propia táctica e incluso una serie de tácticas conexas; que de la misma manera, la época burguesa conoce no una, sino varias tácticas; y el socialismo también conducirá seguramente a la elaboración de una nueva táctica de guerra, si conoce la penosa suerte de tener que existir durante un período prolongado junto al capitalismo.
En esta formulación general, esto es correcto, en la medida en que el nivel de las fuerzas productivas de la sociedad capitalista es superior al de la sociedad feudal y el de la sociedad socialista será aún más elevado.
Pero nada más. Pues de ninguna manera se deduce de ello que el proletariado, recién llegado al poder, sólo disponiendo de un nivel de producción muy bajo, pueda forjar inmediatamente una nueva táctica que –a priori– sólo puede resultar del desarrollo creciente de las fuerzas productivas de la futura sociedad socialista.
No confundir los primeros pasos del proletariado con la sociedad socialista
Antiguamente, hemos comparado muy frecuentemente procesos y fenómenos económicos con procesos y fenómenos militares. En el presente, quizás sería beneficioso para nosotros oponer algunos problemas militares a los problemas económicos, pues ya hemos adquirido una gran experiencia en este último terreno. La porción más importante de la industria trabaja bajo las condiciones de la economía socialista, al ser el Estado obrero propietario de la industria y al trabajar para y bajo dirección de este último. Gracias a esta circunstancia, la estructura socio-jurídica de nuestra industria se distingue profundamente de la industria capitalista. Esto se manifiesta en el sistema de gestión de la industria, en la elección del personal de dirección, en las relaciones entre la administración de la empresa y los obreros, etc. Pero, ¿en el propio proceso de producción? ¿Habremos entonces creado nuestros propios métodos de producción socialista, opuestos a los de los capitalistas? Estamos aún muy lejos de ello. Los métodos de producción dependen de la técnica material y del nivel cultural y productivo de los obreros. Con el desgaste del equipamiento y la insuficiente ocupación de nuestras empresas, el proceso de producción se encuentra ahora a un nivel incomparablemente más bajo que antes de la guerra. En este terreno, no sólo no hemos creado nada nuevo sino que sólo podemos aspirar a asimilar, al cabo de una serie de años, los métodos actualmente introducidos en los países capitalistas más avanzados y que se aseguran una productividad del trabajo mucho más elevada.
Pero si esto es así en el terreno de la economía, ¿cómo podría ser, a priori, de otra manera en el del ejército? La táctica depende de la técnica de guerra existente y del nivel militar y cultural del soldado. Por supuesto, la estructura política y socio-jurídica de nuestro ejército es radicalmente diferente de la de los ejércitos burgueses. Esto se manifiesta en la composición del mando, en las relaciones entre este y la masa de soldados y, ante todo, en los objetivos políticos que entusiasman a nuestro ejército. Pero de allí no se deduce que podamos crear desde ahora, con nuestro bajo nivel técnico y cultural, una nueva táctica en sus principios, y más perfecta que la que han alcanzado las bestias depredadoras más civilizadas de Occidente. No es necesario confundir –como lo enseña el mismo Engels– los primeros pasos del proletariado que ha conquistado el poder –y estos primeros pasos se miden después de años– con la sociedad socialista, que ya se encuentra en un elevado grado de desarrollo.
En la medida en que crezcan las fuerzas productivas sobre la base de la propiedad socialista, nuestro propio proceso de producción tomará forzosamente un carácter distinto que bajo el capitalismo. Para transformar cualitativamente el carácter de la producción, no necesitamos un cambio completo de la propiedad, etc.: sólo necesitamos un desarrollo de las fuerzas productivas sobre las bases ya establecidas. Lo mismo se aplica al ejército. En el Estado soviético, sobre la base de una comunidad de trabajo entre obreros y campesinos, bajo la dirección de obreros avanzados, crearemos seguramente una táctica nueva. Pero ¿cuándo? Cuando nuestras fuerzas productivas superen o al menos alcancen aproximadamente las del capitalismo.
Cuanto mejor reconozcamos nuestro retraso menos fanfarronadas haremos
Demás está decir que frente al caso de colisiones militares con los Estados capitalistas, disponemos de una ventaja, muy pequeña, es verdad, pero sin embargo una ventaja que puede costarles la cabeza a nuestros eventuales enemigos. La ventaja reside en que nosotros no tenemos antagonismo entre la clase que gobierna y la que compone la masa de soldados. Somos el Estado de los obreros y campesinos, y el ejército de los obreros y campesinos al mismo tiempo.
Pero esta no es una superioridad militar sino política. Sería totalmente injustificado sacar conclusiones de esta ventaja política que lleven al orgullo y la presunción militar. Por el contrario, cuanto mejor reconozcamos nuestro retraso, haremos menos fanfarronadas; aprenderemos con más regularidad la técnica y la táctica de los países capitalistas avanzados; mucho más fundada –en el caso de un conflicto militar– estará nuestra esperanza de adentrarnos, como una cuña cortante, de naturaleza no simplemente militar sino también revolucionaria, entre la burguesía y las masas de soldados de sus ejércitos.
Me pregunto si conviene aludir aquí el famoso descubrimiento del no menos famoso Tchernov sobre el “nacionalismo” de Marx y Engels. El presente libro da una respuesta clara a esta cuestión también, sin modificar nuestro juicio anterior, sino por el contrario, fortaleciéndolo de manera totalmente concluyente. Los intereses de la revolución eran el criterio supremo para Engels. Apoyaba los intereses nacionales de Alemania contra el Imperio de Bonaparte, porque los intereses de la unificación de la nación alemana en las condiciones históricas concretas de entonces representaban una fuerza progresiva, potencialmente revolucionaria. Nosotros nos guiamos por el mismo método cuando, en la actualidad, apoyamos los intereses nacionales de los pueblos coloniales contra el imperialismo. Esta toma de posición de Engels encontró su expresión, por otra parte muy discreta, en las notas del primer período de la guerra. Y como podría haber sido de otra modo: para Engels era imposible apreciar la guerra franco-alemana de otra manera, para agradar a Luis Napoleón y a Tchernov, en contradicción con su sentido histórico, sólo porque él era alemán.
Pero tan pronto alcance la tarea histórica progresiva de la guerra, esté asegurada la unidad nacional alemana  y por añadidura, esté derrocado el Segundo Imperio, Engels modifica radicalmente sus “simpatías” –si queremos expresar sus pensamientos políticos con la ayuda de esta palabra sentimental. ¿Por qué sucede esto? Porque más allá de las conquistas, ahora se trata de garantizar la preponderancia de los Junkers prusianos en Alemania y la Alemania prusificada en Europa. En estas circunstancias, la defensa de la Francia desmembrada se convierte o puede convertirse en un factor revolucionario.
Engels se ubica aquí enteramente del lado de la guerra de defensa francesa. Pero al igual que en la primera mitad de la guerra, no permite que sus “simpatías” –o al menos se esfuerza para no permitírselo– influencien su apreciación objetiva de la situación militar. En los dos períodos de la guerra, parte del examen de los factores materiales y morales de la guerra, y busca una sólida base objetiva para sus previsiones.
No es superfluo señalar, al menos rápidamente, cómo, en su artículo sobre la fortificación y el refuerzo de la capital francesa, el “patriota” y “nacionalista” Engels considera con simpatía las posibilidades de una intervención inglesa, italiana, austríaca y escandinava a favor de Francia. Sus especulaciones desarrolladas en las columnas de un periódico inglés no son otra cosa que una tentativa de provocar la intervención de una potencia extranjera en la guerra contra la querida patria de los Hohenzollern. ¡Esto es mucho más pesado, seguramente, que un vagón lleno de plomo!
Causas puramente revolucionarias
El interés de Engels por las cuestiones militares no tenía causas nacionales sino puramente revolucionarias. Surgido de los acontecimientos de 1848 como un revolucionario maduro, teniendo detrás de él al Manifiesto Comunista y a los combates revolucionarios, Engels consideraba la cuestión de la conquista del poder por el proletariado como una cuestión completamente práctica, cuya solución no depende en última instancia de los problemas militares. En los movimientos nacionales y los acontecimientos militares de los años 1859, 1864, 1866, 1870-71, Engels está en búsqueda de las palancas inmediatas para una acción revolucionaria.
Examina cada guerra nueva, descubre sus posibles relaciones con la revolución y busca vías para asegurar la futura revolución a través de la fuerza de las armas. Es allí donde se encuentra la explicación de la manera viviente y activa, para nada académica y no sólo agitadora, de tratar los problemas del ejército y de la guerra que encontramos en Engels. En Marx, la posición de principio era la misma. Pero Marx no se ocupaba especialmente de las cuestiones militares; para esto, tenía completa confianza en su “segundo violín”.
En la época de la II Internacional, este interés revolucionario por las cuestiones militares, como por lo demás, por muchas otras cuestiones, casi se perdió completamente. Pero el oportunismo quizás encontraba su expresión más clara en la actitud superficial y altanera con respecto al militarismo, como de una institución bárbara, indigna de la atención socialdemócrata esclarecida. La guerra imperialista de 1914-18 vuelve a rememorar –con una falta de respeto tan inexorable– que el militarismo no sólo es un objeto de agitación y de discursos parlamentarios rutinarios. La guerra sorprende a los partidos socialistas y transforma su actitud de oposición completamente formal con respecto al militarismo en una actitud tímidamente genuflexa. Es a la Revolución de Octubre a la que le toca, no sólo restablecer la actitud revolucionaria activa frente a los problemas de la guerra, en los principios, sino también, en los hechos, dar vuelta la flecha del militarismo contra las clases dirigentes.
La revolución mundial llevará adelante esta tarea a su término.
Notas
[1] Prefacio al libro de Engels Notas sobre la guerra franco-alemana de 1870-71.Traducido del francés al español de Cahiers du Mouvement Ouvrier Nº 46, abril-junio de 2010, París, CERMTRI, p. 41. También cotejado con la versión francesa publicada en www.marxists.org correspondiente a Quatrième Internationale, 1957.
[2] Ernst Heinrich Adolf von Pfuel (1779-1866) fue un general de infantería de Prusia. Prestó servicio en el comando prusiano en París durante 1814-15 durante las guerras napoleónicas. Gobernador de Berlín, ministro de Guerra y Primer Ministro.