2/8/11

Las mil caras del fascismo


Jesús Valencia
La tarde del 22 de julio Noruega se convirtió en epicentro informativo. Un tal Anders Behring acababa de protagonizar una brutalidad sin nombre: había segado la vida de casi cien personas. El sosegado país escandinavo sufrió un shock. Las agencias de información hurgaron en la biografía del energúmeno, detallaron la tragedia y recogieron las incontables adhesiones de condolencia que llovían desde todo el mundo; Ban-Ki Mon, secretario general de la ONU, y Barak Obama, estuvieron entre los más madrugadores.
En agosto de 1990 -también entonces era verano- las potencias occidentales impusieron al pueblo de Irak un férreo embargo que contaba con la aprobación de la ONU y la anuencia de la opinión pública mundial; la prensa derrochó empeños para legitimar aquella barbaridad. Para el pueblo iraquí la aplicación del embargo vino a resultar más mortífera que el bombardeo de Hiroshima. Toda la nación quedó colapsada; toda la población se vio afectada, especialmente la infancia. Los matrimonios se negaban a engendrar, pues carecían de recursos para criar a sus hijos. No les faltaba razón; las recién paridas no producían leche natural y no tenían dinero para comprar leche artificial; trataban de malnutrirlos con agua edulcorada; como las incubadoras no funcionaban, los bebes que necesitaban de ellas eran envueltos en mantas. «Una enfermera -cuenta la periodista Felicity Arbuthnot- trataba desesperadamente de limpiar la garganta de un recién nacido; el pobrecito se volvía blanco, gris, casi azul, hasta que terminó muriendo. Para salvarle la vida habría bastado un sencillo aspirador de plástico que cuesta un céntimo».
Cuando el embargo cumplía seis años (estuvo en vigor bastante más), ya se sabía que había disparado la mortalidad infantil de Irak y que había ocasionado medio millón de muertes prematuras. El PSOE, desde Lakua, repudiaba ayer la matanza de Noruega: «estos crímenes no tienen sentido»; veinte años antes colaboraba activamente en la aplicación del embargo. El presentador de una cadena norteamericana preguntaba a Madeleine Albright: «¿Qué opina de la muerte de todos estos niños iraquíes?». Ella, con una frialdad que congela el alma, le contestó: «Creo que ha merecido la pena».
Tras las airadas y primeras reacciones -cuando se le suponía al asesino un islamista- la identidad de Anders ha cambiado y los comentarios respecto a él también. Su perfil corresponde al de un europeo visceral, implacable antimarxista, fundamentalista cristiano, feroz antislamista, defensor acérrimo del sionismo, partidario de infligir al enemigo el mayor número posible de bajas para acabar con él. Rasgos muy parecidos a los de la señora Albright. Al asesino noruego se lo presenta ahora como un lobo estepario de cuya afinidad todo el mundo reniega. La norteamericana, cuando fue entrevistada, era embajadora en la ONU. Los crímenes de Noruega han merecido la repulsa mundial; los de Irak -mucho más numerosos- el aplauso y concurso de las potencias occidentales.