13/8/11

José Lezama Lima, reinventor del Edén


Sin sentir que me llaman
penetro en la pradera despacioso,
ufano en nuevo laberinto derretido.
“Una oscura pradera me convida”


Gustavo Emilio Rosales

El 19 de diciembre de 1910, hace casi cien años, en el campamento militar de Columbia, próximo a La Habana, nació José María Andrés Fernando Lezama Lima, reinventor del Edén.
Poemas, relatos, cartas, ensayos, traducciones y las “poéticas noveladas” (Lezama dixit) Paradiso y Oppiano Licario conforman el grueso de su obra.

El resto, lo completan su labor como director, editor o consejero editorial en las revistas Verbum, Espuela de Plata, Nadie Parecía y Orígenes; e innumerables testimonios –entrevistas, recuerdos, diálogos– de su prodigiosa inventiva verbal, que, en La expresión americana, le hizo decir: “Sólo lo difícil es estimulante; sólo la resistencia que nos reta es capaz de enarcar, suscitar y mantener nuestra potencia de conocimiento”.
En el hervor de la lengua española, radica el punto de gestión, cohesión y lance de la voz de Lezama, para quien la exuberancia de los valores simbólicos de la imagen –corona del discurso– funda, en el amplio sentido de la metafísica heideggeriana, la morada del Ser. Por eso, en Tratados en La Habana, escribió: “Después del poderoso espíritu ascendente logrado en el ternario, se logra una extensión irradiante ocupada por una pausa creadora, aludida en el verso del abate Vogler: ‘Hacer de tres, no un cuarto sonido, sino un astro’.”
Se cuenta que en el primer y único viaje que Lezama realizó a México, en 1949, alguien, al constatar el embeleso del poeta cubano ante el altar mayor de la catedral de Puebla, joya del barroco hispanoamericano, le preguntó “Y, ¿qué le parece, Maestro?”, a lo que el bardo insular respondió: “¡Un ángel más!”. Este horror vacui, está ambición de poblar una realidad, de por sí superpoblada, con manifestaciones contundentes aparejadas a presencias de esplendor, articulan el ADN de una poética que plantea, según Julio Cortázar, “una de las tareas más arduas y con frecuencia más irritantes que puedan darse”.
En La posibilidad, se lee: “Llevado el hombre a la última encina, brusco paredón o multiplicada jauría, ¿cómo organiza los ligamentos de su resistencia, qué nuevas facultades surgen entonces, más allá de su aliento y de su piel? Esa situación in extremis lo lleva casi a tornarse en un animal de cerdillas defensivas. Pero es entonces cuando la luz busca ese punto que se mueve debajo de un caparazón. ¿Qué ha sucedido? Lo imposible ha obrado sobre lo posible organizando el reino de la posibilidad en la infinitud”.
Inmerso en la inmensidad de la potencia que expande su volcánica expresión, José Lezama Lima publica su obra magna. Es 1966, y el aún flamante gobierno revolucionario reconoce su valía inspiradora nombrándolo investigador y asesor del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias. Meses antes de parir Paradiso (cuyos capítulos iniciales habían visto la luz diecisiete años antes, en Orígenes), publicó Antología de la poesía cubana: tres gruesos volúmenes que recorren otros tantos siglos de esplendor verbal. Es, lo que se llama cabalmente, un hombre: su madre, con quien guardó una cercanía que él calificó como “confesional” ha muerto; sigue viviendo y despachando en la ya mítica casa del número 162 de la calle Trocadero, que ocupará hasta el nueve de agosto de 1976, día de su muerte (ya hizo sus dos únicos viajes fuera de la isla, a México y Jamaica, y ahora goza de encarnar a plenitud la entidad que denomina “el viajero inmóvil”); es marido sin hijos de su antigua secretaria, María Luisa Bautista; y un insigne escritor casi desconocido en ultramar.
Cortázar, en su clave ensayística titulada Para llegar a Lezama Lima (en La vuelta al día en ochenta mundos, México, Siglo XXI, 2004), detecta con certeza tres cercos que, en su época, acotaron la obra de este autor. A saber, lo arduo de su discurso; el cerco ideológico, moral, político y económico impuesto a Cuba por Estados Unidos; y las incorrecciones y excentricidades formales en las que suele recurrir toda expresión volcánica. Hoy, las nuevas generaciones de lectores de la obra lezamiana, de haberlas, se toparían con otra valla: el insalvable barroquismo de su lenguaje, extemporáneo para quien habita un mundo progresivamente ceñido a las 24 palabras de un twitteo. Para muestra, un fragmento de “Ah, que tú escapes”: “Ah, que tú escapes en el instante/ en el que ya habías alcanzado tu definición mejor./ Ah, mi amiga, que tú no quieras creer/ las preguntas de esa estrella recién cortada,/ que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga”.
Conocer y reconocer la obra de José Lezama Lima, so pretexto del centenario de su natalicio, promete regocijos a la medida de su reto. Paradiso, con su riqueza metafórica y deslumbrantes conexiones entre relatos de índole diversa –desde el costumbrismo criollo que se solaza por igual con los banquetes gastronómicos y eróticos, hasta la reinvención, en tono tropical, de los mitos helénicos–, cambia para siempre la noción tradicional de relato y barre por completo las mezquinas argucias de economía, coherencia y lógica verbal. Es un orgasmo sostenido en la visión, concebida como despliegue oracular: el presentimiento de lo que adviene como imagen cosechada en una siembra interior y anterior, original. Se trata de asistir, en el ánimo de Adán, al nacimiento del mundo, por la capacidad fundacional de una imagen audaz, irrebatible. Fundación: “Después que en las arenas, sedosas pausas intermedias,/ entre lo irreal sumergido y el denso, irrechazable, aparecido,/ se hizo el acuario métrico, y el ombligo terrenal/ superó el vicioso horizonte que confundía al hombre con la reproducción de los árboles” (“Para llegar a la Montego Bay”).
Pero no se requiere forzosamente un esfuerzo titánico para degustar las bondades de esta fertilidad literaria. El fuego de un poema o un párrafo de luz en un ensayo lezamiano generan el suficiente calor espiritual para fijar una velada en la memoria.
La aventura periodística del maestro cubano es un punto y aparte dentro de su catálogo y fuera de él: Orígenes, particularmente, en su condición de paradigma de las revistas especializadas en América, dentro de la modernidad, es un eje central que aún está por valorarse a plenitud. En sus páginas, impulsadas durante treinta y seis brillantes entregas por el capital monetario y anímico de José Rodríguez Feo, fueron transitadas no sólo los paladines cubanos del movimiento homónimo (Eliseo Diego, Fina García-Marruz, Gastón Baquero, Ángel Gaztelu, Julián Orbón y Cintio Vitier), sino también por las vanguardias europeas e hispanoamericanas –Paul Éluard, Gabriela Mistral, Octavio Paz, Alejo Carpentier, Albert Camus, Juan Ramón Jiménez, Paul Valéry y T.S. Eliot, entre muchos otros, publicaron ahí–, en lo que sin duda fue la prefiguración mejor documentada del Boom latinoamericano.
En la página de la revista virtual de cultura cubana La Jiribilla, se encuentran las 36 portadas de Orígenes. Para verlas, haga click aquí.
Son las portadas que pisaron una década –1944 a 1954– con paso de gigante. La emoción se abre al poder revisitar las obras plásticas de René Portocarrero y Wifredo Lam, que tapizan las elegantes cubiertas color claro. ¡Qué dicha volver a ver, aunque sea virtualmente, estos objetos invaluables! Qué dicha elucubrar (¡porque se pueden ver también los índices!) lo que dirían los artículos o poemas por mí no vistos o no recordados de María Zambrano, de Jorge Guillén, de Giorgio de Chirico, de William Carlos Williams, de Luis Cernuda o René Char (¡tantos son!). Hay también una foto coloreada de Lezama, como un Crusoe rescatado de un mar de libros, que corona una recomendación con signo de imperdible: la publicación virtual, a modo de homenaje, y bautizada como El siglo de Lezama, del álbum de fotos, dibujos y cartas relacionados íntimamente con el poeta de la calle Trocadero, que atesora la Biblioteca Nacional José Martí. Así pues, que este fin tenga un inicio nuevo, majestuoso, aquí: