1/8/11

Gramsci puede ayudar: Democracias en crisis


Jesús Silva Herzog Márquez
Encerrado en una cárcel, Antonio Gramsci escribió uno de los textos políticos más fascinantes del siglo XX. Se vio forzado a escribir en código para que los carceleros no destruyeran sus libretas. Sustituyó las palabras peligrosas por vocablos inofensivos y envolvió el nombre de los malditos en estuches aceptables para sus captores. En las notas de sus cuadernos buscaba el camino para el socialismo pero veía en Maquiavelo, más que en Marx, la clave de la acción política. Si la igualdad era el propósito, El capital no ayudaba mucho a caminar hacia allá. En el florentino encontraba el aire para escapar del economicismo, esa simplificación de los malos lectores que reducían la historia al juego de las fuerzas económicas. Gramsci supo que, para cambiar la sociedad, era indispensable comprender los hilos que unen poder, cultura y economía.

Pienso en Gramsci ahora porque en sus reflexiones estratégicas y en sus divagaciones teóricas dio forma a un concepto que puede ayudarnos a entender la dimensión de nuestra crisis, un concepto que precisamente describe ese nudo crucial de las democracias contemporáneas: el lazo que conecta mando, ideas e intereses. El fundador del Partido Comunista Italiano habló muchas veces de la ‘hegemonía’ para describir un modo de dominación política que no se funda exclusivamente en la violencia. Si los leninistas pensaban que el Estado era simplemente un instrumento de la represión, una organización de la violencia para cuidar el imperio de los intereses económicos, Gramsci sabía que las cosas eran mucho más complicadas. Sí, el Estado estaba en el ejército, en los policías, en el Código Penal y en las cárceles. Pero detrás de ese núcleo compacto de fuerza había una compleja estructura de legitimación. Profesores, periódicos, novelas, canciones. El Estado era violencia—pero también cultura; era castigo—pero también consenso. Hegemonía era el nombre de esa amalgama. Las leyes se acreditaban con cuentos; los maestros alababan las conquistas, los mitos prestaban autoridad al poder.
Pero la hegemonía de la que hablaba Gramsci no eran campanitas en la cárcel, adornos en el hacha del verdugo. Si una política podía perdurar no era por el peso de la fantasía sino por la eficacia del mecanismo de repartición. Para la constitución de la hegemonía era indispensable un dispositivo económico que distribuyera, de algún modo, los beneficios colectivos. La política sirve como articulación, una zona donde se enlazan piezas que se mueven con cierta independencia: decisiones, intereses, creaciones. La democracia liberal ha funcionado como ese codo: un centro de acción política revestido de prestigio que puede distribuir con cierta eficiencia cargas y beneficios. ¿No está en crisis esa bisagra en el mundo?

Gramsci no era un liberal, no defendía en sus notas al régimen pluralista. Tampoco era un reformista. Quería la revolución y escribía para prepararla. Pero entendía mejor que muchos las complejas ligazones del régimen democrático. La ficción representativa necesitaba puentes de realidad: lazos para conectar de algún modo aspiraciones sociales y decisiones políticas. La economía no podía ser una fábrica de exclusión. Las diferencias de clase encontraban tregua en el sueño de un nosotros, en la vivencia de comunidad. Gramsci, entendió el puente entre el poder, la imaginación y la necesidad.
Lo que vemos en todas las esquinas del mundo democrático parece mucho más profundo que la crisis coincidente de un grupo de gobiernos con problemas económicos. Dificultades que la siguiente elección resolverá felizmente. Siempre se ha hablado de la democracia como un régimen en crisis. La democracia, en efecto, va de crisis en crisis pero hoy parece que enfrenta desafíos más graves, más enredados. Echemos un vistazo al periódico de estos días. Veamos los tapones de Washington, las movilizaciones de Madrid, los escándalos en Roma, las torpezas de Bruselas. ¿Será que el puente de las mediaciones se ha resquebrajado como nunca? El aparato de decisión se ha atrancado. La representación política aparece como un edificio amurallado. La clase política es vista como una corporación tan distante como impotente. Los partidos se conducen con la insensibilidad de toda burocracia. El radicalismo no convence, pero logra imponerse. Política cansada, ineficaz, dependiente. La democracia liberal tiene el inmenso reto de retornar a lo básico: recobrar el prestigio de su representatividad; trazar, desde la diversidad, las rutas del interés común; constituir de nuevo el poder de lo público. 
Título original: “Democracias en crisis”
Fuente: http://blogjesussilvaherzogm.
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