26/8/11

Finalmente, Keynes ha muerto

Keynes por Pablo García

La única manera que tiene una democracia de producir buenas ideas es permitir que las malas sean aplicadas
Jordi Graupera
Desde que empezó la crisis y se vio que algunas economías europeas, como la española, estaban poco preparadas, la prensa internacional, en especial la americana y la británica, publicó una y otra vez que la UE corría el riesgo de disolverse y que las monedas nacionales enterradas hace sólo 10 años podían volver. De derecha a izquierda, desde el conservadurismo yuppie del Wall Street Journal hasta la izquierda populista de Paul Krugman en el New York Times, pasando por el liberalismo pop de The Economist o el encorbatado delFinancial Times, la prensa que articula el debate geopolítico parecía una casa de apuestas: ¿cuándo tardará el euro en romperse?
Ahora bien, Alemania ha actuado durante toda la crisis asumiendo que el fin del euro lo empeoraría todo. Este verano, con la compra de deuda pública italiana y española por parte del Banco Central Europeo y la creación del fondo de rescate común, Merkel ha abierto el camino hacia una UE más unida. Estamos al borde de la creación de eurobonos, es decir, de emisiones de deuda pública garantizadas por toda la Unión. Alemania avala. Su condición para responsabilizarse del desastre, sin embargo, es la contención del déficit público de los países derrochadores.
La reforma constitucional pactada a toda prisa por Rajoy y Zapatero estos días busca dar a Alemania y a los mercados la garantía de que el aval no será utilizado para endeudarse más. La credibilidad de los políticos españoles, a tres meses de las elecciones, es tan miserable que no basta con una ley. El coste del desprestigio español es reformar la Constitución, y rápido.
La reforma, que pone un límite al déficit público y lo vincula a las decisiones europeas, es el certificado de defunción de las políticas keynesianas, como el Plan E, basadas en la idea de que cuando los privados no gastan por culpa de una crisis, el estado debe endeudarse para sustituirlos. Prohibir a Keynes en la Constitución puede ser una buena medida a corto y largo plazo, pero supone una aniquilación ideológica en toda regla. El programa económico de IU, y de buena parte del PSOE, pasa a ser inconstitucional. Con razón Rubalcaba lleva tres días aguando la propuesta.
El mínimo exigible sería un referéndum. Al fin y al cabo, la única manera que tiene una democracia de producir buenas ideas es permitir que las malas ideas sean defendidas, e incluso aplicadas. El problema es que Europa no puede permitirse las malas ideas españolas. Por eso esta no es una medida anticrisis, es una medida anti políticos españoles. Si la UE no fuera una burocracia opaca, si el Parlamento Europeo fuera un parlamento de verdad y las decisiones no las tomaran Merkel y Sarkozy según sus necesidades internas, podríamos celebrarlo. Pero la realidad es que nos estamos acostumbrando a que el poder esté cada vez más lejos de las urnas. ¿Podemos aceptar la ilegalización de la izquierda keynesiana? La pregunta es perversa porque se responde sola: no depende de nosotros.