14/8/11

Fidel en el tiempo de los cedros

Casa natal de Fidel y Raúl en Birán, Provincia de Holguin
Yamylé Fernández Rodríguez
Rodeado de cedros, algarrobos, caguairanes y de un gran naranjal pasó Fidel Castro Ruz los primeros años de su niñez en Birán; localidad perteneciente a la antigua provincia cubana de Oriente. Allí todavía se conservan unos 50 cedros de aquellos tiempos y fue eso lo que tal inspiró a la periodista cubana Katiuska Blanco, a titular Todo el tiempo de los cedros, el libro sobre pasajes familiares de los Castro Ruz.
En el mirador de la casona familiar llegó al mundo a las dos de la madrugada del 13 de agosto de 1926 y ya con su entrada a la vida demostraba la rebeldía y fuerza para desafiar las adversidades, incluso aquella que puso en duda su nacimiento según la explicación de Florencio Martín, director del actual Conjunto Histórico Birán, declarado Monumento Nacional el 6 de febrero de 2009.
Cuando Lina tenía siete meses de embarazo bajó al sótano de la casa donde siempre había ensillado un caballo para lo que hiciera falta, y ella decidió montarlo.
Un empleado que estaba allí le dijo que el animal aún estaba cerrero, pero ella -que se preciaba de buen jinete- le dijo que sí lo subiría. A pocos metros el corcel la tumbó y todo el mundo pensó que iba a perder la criatura.
Motivada por el accidente una comadrona -mujer que realizaba los partos en las zonas rurales cubanas- la visitó y al ver que todo estaba bien Lina le dijo “parece que lo que traigo es algo grande”.
Cuando dio a luz el 13 de agosto de 1926 le pidió a la comadrona  Isidra que le trajera el niño y al ver que estaba fuerte y saludable y enterarse de que había pesado 12 libras, expresó: “este es el caballo”.
Ese mote -con el que muchos cubanos identifican a Fidel Castro- lo corrobora ella misma en 1963, cuando se encontraba en La Habana realizándose un chequeo médico por recomendación de su hijo.
Así lo atestigua una carta dirigida al encargado de la finca en la que escribe: “Señor Fabio Sánchez, cuide bien del naranjal y las gallinas. Voy pronto 'El Caballo' me invitó a pasar unos días."
Desgraciadamente falleció de un infarto masivo y no pudo regresar más a Birán, asevera el historiador Florencio Martín.
Chiquilladas y moralejas
Ante las 11 instalaciones originales que aún se mantienen en el lugar, las palabras del especialista provocan una suerte de viaje en el tiempo y entonces sucede el milagro: se ven las vacas amarradas para el ordeño en algunos pilotes de la casona, fiel a la arquitectura propia de la región española de Galicia;  Don Ángel, el padre, supervisa el quehacer en sus propiedades y doña Lina, la madre, lleva a Fidel, con sólo cuatro años, a la escuelita abierta allí mismo, para que aprenda las lecciones desde temprana edad.
Por el camino real, frente a las instalaciones de la familia, pasan las carretas y caballos y también desandan los pequeños Castro Ruz, quienes también cometieron las travesuras propias de todos los infantes.
Narra el director del Conjunto Histórico Birán, que  siendo pequeños Fidel y Raúl se dedicaban a realizar ciertos “experimentos” con patos pequeños y como resultado ya tenían un grupo de paticos muertos cuando los sorprendió Ángel Castro -el cabeza de familia- y  los condujo ante la madre para que recibieran un escarmiento.
El castigo consistía en tres azotes para Fidel, dos para Raúl y uno para todo el que estuviera relacionado con aquel “paticidio”; entonces Fidel se puso de espalda dispuesto a recibir su merecido, pues admitió su culpa. Ante aquella actitud -valiente para un niño- la madre dijo: “todo el mundo huyó menos este. Toma Castro castígalo tú porque yo no puedo pegarle a este muchacho”, a lo que el padre acotó: “Yo tampoco tengo valor para ello”.
En otra ocasión, ya con unos 17 años, Fidel traía unos guantes de boxeo para amenizar su estancia, haciendo de boxeador, cuando iba de vacaciones a Birán. Esa vez estaba practicando con su hermano mayor Ramón, a quien el padre mandó a buscar para arreglar una carreta.
Al perder a su compañero de cuadrilátero –que era la valla de los gallos- Fidel pidió que le buscaran a alguien más o menos parejo con él y le buscaron a un jamaicano que ignoraban que sabía boxear y se ganaba la vida de ese modo.
Luego de vacilar un poco por tratarse del hijo del dueño del lugar, el hombre aceptó e inicialmente esquivó algunos golpes del joven Castro, pero más adelante le dio un puñetazo en el estómago que lo dejó casi noqueado, lo que provocó el enojo de Raúl.
Aquel nativo de Jamaica llamado Gilberto Suárez se mantuvo al tanto del desempeño de Fidel y al triunfar la Revolución en 1959 se convirtió en maestro.
En 1992, cuando tuvo lugar un congreso pioneril, lo invitaron a la clausura de la cita y le dieron la sorpresa al Comandante en Jefe. Ante ese momento inesperado Fidel expresó: “me trajeron al hombre que me dio el puñetazo” y le comentó que sabía de su formación como maestro y de su dedicación a enseñar a los niños a cantar, a realizar deportes y a hablar inglés.
Aquel instante se selló con un abrazo entre ambos “boxeadores” y de ese modo terminó el simpático combate iniciado en los años juveniles.
Relatos como esos corroboran la grandeza del líder histórico de la Revolución cubana; del pequeño que correteó un día por Birán -el lugar donde nació- y llegó a convertirse –después de José Martí- en el más universal de los cubanos.