2/8/11

Existe pero no existe: el Partido Comunista Chino


 Slavoj Žižek
El discurso de Kruschev de 1956, donde denunciaba los crímenes de estado de Stalin, fue un acto político del cual ‘el régimen soviético nunca se recuperó totalmente y Kruschev tampoco’, según su biógrafo William Taubman. Aunque fue un acto evidentemente oportunista, había en él algo más, un tipo de exceso desenfrenado que no puede explicarse en términos de estrategia política. El discurso socavó de tal manera el dogma del liderazgo infalible que la nomenklatura entera se hundió en una parálisis temporal. Cerca de una docena de delegados colapsaron durante el discurso y tuvieron que ser sacados para recibir ayuda médica; uno de ellos, Boleslaw Bierut, secretario general del Partido Comunista polaco, de línea dura, murió de un ataque al corazón.
El escritor estalinista modelo Alexander Fadeyev de hecho se pegó un tiro unos días después. El asunto no es que ellos fueran “comunistas honestos”: la mayoría de ellos eran crueles manipuladores sin ninguna ilusión en el régimen soviético. Lo que se derrumbó fue su ilusión “objetiva”, la figura del “gran Otro” como un trasfondo contra el cual ellos  podían ejercer su brutalidad y su afán de poder. Habían desplazado su creencia sobre ese Otro, el cual, a su vez, creía en nombre de ellos. Ahora, esa representación se les había desintegrado.
Kruschev estaba apostando a que su (limitada) confesión fortalecería el movimiento comunista, y en el corto plazo tuvo razón: siempre se debería recordar que la era de Kruschev fue el último período de auténtico entusiasmo comunista, de creencia en el proyecto comunista. Durante su visita a EEUU en 1959, cuando le dijo al secretario de agricultura de los EEUU “Sus nietos vivirán bajo el comunismo”, estaba afirmando la convicción de toda la nomenklatura soviética. Aún cuando Gorbachov intentó una confrontación más radical con el pasado (el análisis incluyó a Bukharin), Lenin permaneció incuestionable y Trotsky continuó siendo un ser inexistente. Compárense estos eventos con la forma en que los chinos rompieron con el pasado maoísta. Como lo muestra Richard McGregor en The Party, las “reformas” de Deng Xiaoping procedieron de un modo radicalmente diferente. En la organización de la economía (y, hasta cierto punto, la cultura), lo que usualmente es percibido como “comunismo” fue abandonado y se abrieron las puertas a lo que en Occidente se llama “liberalización”: propiedad privada, la búsqueda de la ganancia, un estilo de vida basado en el individualismo hedonista, etc. El Partido mantenía su hegemonía, no a través de la ortodoxia doctrinal (en el discurso oficial, la noción confuciana de la Sociedad Armoniosa reemplazó prácticamente toda referencia al comunismo), más bien asegurando el estatus del Partido Comunista como única garantía de estabilidad y prosperidad en China.
Una consecuencia de la necesidad del Partido de mantener la hegemonía es su cercano seguimiento y regulación de la manera en que es presentada la historia china, especialmente la de los últimos dos siglos. La historia incesantemente reciclada por los medios y los libros de texto es aquélla de la humillación de China, que se supone empezó con las Guerras del Opio de mediados del siglo XIX y terminó a penas en 1949, con la victoria comunista. Ser un patriota es apoyar el gobierno del Partido Comunista. Cuando la historia es usada con propósitos de legitimación, no puede soportar ninguna autocrítica substancial. Los chinos aprendieron la lección del fracaso de Gorbachev: el reconocimiento total de los “crímenes fundadores” se trae abajo todo el sistema, éstos deben ser denegados. Es cierto que algunos “excesos” y “errores” maoístas fueron denunciados (el Gran Salto Adelante y la extensa hambruna que le siguió; la Revolución Cultural) y la evaluación del rol de Mao que hace Deng (70 por ciento positivo y 30 por ciento negativo) está plasmada en el discurso oficial. Pero la evaluación de Deng funciona como una conclusión formal que hace superflua cualesquiera discusión o elaboración adicionales. Mao puede ser 30 por ciento malo, pero continúa siendo celebrado como el padre fundador de la nación, con su cuerpo en un mausoleo y su imagen en todos los billetes. Un caso evidente de negación fetichista, todos saben que Mao cometió errores y causó inmensos sufrimientos, sin embargo su imagen permanece mágicamente impoluta. De este modo, los comunistas chinos pueden tener su propia torta y comérsela: la liberalización económica está asociada a la continuación del gobierno del Partido.
¿Cómo funciona esto en la práctica? ¿Cómo se asocia la hegemonía del Partido al moderno aparato del estado, necesario para regular una economía en expansión? ¿Qué realidad institucional sostiene el eslogan oficial de que un buen desempeño de la bolsa de valores (altos retornos sobre inversión) es la manera de luchar por el socialismo? Lo que tenemos en China no es simplemente una combinación de una economía capitalista privada y un poder político comunista. De una u otra manera el estado y el Partido poseen la mayoría de las compañías en China, especialmente las grandes: es el Partido mismo quien demanda que ellas tengan un buen desempeño en el mercado. Para resolver esta evidente contradicción Deng inventó un sistema dual único. “Como organización, el partido se sitúa fuera y por encima de la ley”, dice He Weifang, profesor de derecho de Beijing, a McGregor, “Debería tener una identidad legal, en otras palabras, una persona a quien demandar, pero ni siquiera está registrado como una organización. El Partido existe fuera de todo sistema legal”. “Parecería difícil —escribe Mc Gregor— ocultar una organización tan grande como el Partido Comunista Chino, pero éste alimenta con cuidado su papel secundario.” Los grandes departamentos partidarios que controlan al personal y los medios mantienen adrede un perfil bajo. Los comités partidarios (conocidos como “pequeños grupos líderes”), que guían y dictan la política a los ministerios, que a su vez tienen el trabajo de ejecutarla, trabajan fuera de vista. La composición de todos estos comités, y en muchos casos aún su existencia, raramente es mencionada en los medios controlados por el estado, y menos aún cualquier discusión sobre cómo llegan a sus decisiones.
En busca de trabajo
Una anécdota de la era de Deng Xiao Ping ilustra lo extraño de la jerarquía del Partido. Deng aún estaba vivo, aunque retirado del puesto de secretario general, cuando uno de los más altos miembros de la nomenklatura fue purgado. La razón oficial era que, en una entrevista con un periodista extranjero, él había divulgado un secreto de estado: a saber, que Deng era aún la autoridad suprema y estaba efectivamente tomando todas las decisiones. En realidad todos sabían que Deng aún movía todos los hilos, sólo que no se permitía afirmarlo oficialmente. El secreto no era simplemente un secreto: se anunciaba a sí mismo como un secreto. Así, actualmente, no es que se suponga que la gente no sabe que una estructura partidaria oculta actúa bajo la sombra de las agencias del estado: se supone que la gente es completamente consciente de que tal red oculta existe.
El gobierno y otros órganos del estado, “que ostensiblemente se comportan en gran medida como lo hacen en otros países”, están en el centro del escenario: el Ministerio de Finanzas propone el presupuesto, las cortes emiten veredictos, las universidades enseñan y otorgan grados, los sacerdotes conducen los rituales. Así, por un lado, tenemos el sistema legal, el gobierno, la asamblea nacional elegida, la judicatura, el imperio de la ley, etc.; pero, por otro lado (como indica el término oficial “Liderazgo del Partido y el estado”: el “Partido” siempre va por delante), tenemos al Partido que está omnipresente, pero siempre en el trasfondo. El otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a Lio Xiaobo fue un reconocimiento de las tensiones y antagonismos que subyacen en la historia del éxito chino, pero también un recordatorio de que la simple transformación de China en una democracia parlamentaria podría tanto agravar estos antagonismos como resolverlos.
Trabajadores migrantes reclamando salarios impagados
Hay, por supuesto, muchos estados, algunos inclusive formalmente democráticos, en los que un círculo semisecreto controla el gobierno; en la Sudáfrica del apartheid, por ejemplo, era el Broederbond. Lo que hace único al caso chino es que esta duplicación del poder entre los mundos público y privado está en si misma institucionalizada.
Las nominaciones a los puestos claves —en los órganos del Partido y el Estado, pero también en las compañías más grandes— son hechas primero por un cuerpo partidario, el Departamento de Organización Central, cuyo cuartel general en Beijing no tiene un teléfono listado ni un aviso con su nombre en la calle. Sus decisiones, una vez hechas, son pasadas a los órganos legales —asambleas estatales, directorios de empresas— los que entonces pasan por el ritual de confirmarlas por votos. El mismo procedimiento doble —primero el Partido, luego el estado— está establecido para cada nivel, inclusive la política económica, que primero es debatida por el Partido y sus decisiones son luego implementadas por los cuerpos gubernamentales. La brecha entre Partido y estado es de lo más obvia en la lucha anticorrupción: cuando se sospecha que algún alto funcionario está involucrado en actos de corrupción, la Comisión Central para la Inspección Disciplinaria, un órgano del Partido, investiga las acusaciones sin las restricciones de las delicadezas legales: los sospechosos pueden ser secuestrados, sujetos a interrogatorios severos y retenidos hasta por seis meses. El veredicto finalmente alcanzado dependerá no sólo de los hechos sino también de complejas negociaciones detrás de bambalinas entre diferentes camarillas del Partido, y si el funcionario es hallado culpable, sólo entonces es entregado a los cuerpos legales estatales. Pero en este punto ya todo está decidido y el juicio es una formalidad, sólo la sentencia es (a veces) negociable.
Comunismo moderno en China: ¡Apartate de mi camino, camarada!
La ironía es que el Partido mismo, con su funcionamiento oculto al escrutinio público, es la principal fuente de corrupción. El círculo interior, compuesto de los más altos funcionarios del Partido y el estado, así como jefes de la industria, se comunica vía una red telefónica exclusiva, la “Máquina Roja”; tener uno de sus números no listados es una señal clara de estatus. Un viceministro dice a McGregor que “más de la mitad de las llamadas que él recibía en su ‘máquina roja’ eran pedidos de favores de funcionarios de alto rango del Partido, del tipo: “Puede usted darle a mi hijo, hija, sobrina, sobrino, primo o buen amigo, un trabajo?”
En el congreso del Partido, que tiene lugar cada ocho años más o menos, el nuevo comité ejecutivo central (los nueve miembros del Comité Permanente del Politburó) es presentado como un hecho consumado. El procedimiento de selección involucra complejas negociaciones detrás de bambalinas; los delegados reunidos, a quienes no se les dice por adelantado a quién se presentará, son formalmente invitados a emitir su voto para la selección, pero invariablemente le dan su aprobación unánime. Por regla general (pero no siempre), la figura más poderosa en el Partido asume tres títulos: Presidente de la República, Secretario General del Partido y Presidente de la Comisión Militar Central (la cabeza de las fuerzas armadas). Siendo los últimos dos títulos más importantes que el primero. El Ejército Popular de Liberación es una entidad completamente politizada, siguiendo el lema de Mao de que “el Partido manda al fusil”. En los estados burgueses se supone que el ejército es apolítico, una fuerza neutral que protege el orden constitucional; para los comunistas chinos tal ejército despolitizado sería la mayor amenaza imaginable, dado que el ejército es su garantía de que el estado permanecerá subordinado al Partido. Para que funcione, tal estructura tiene que basarse en un delicado equilibrio entre la fuerza y el protocolo. Debido a que el Partido actúa fuera de la ley, un conjunto complejo de reglas no escritas gobierna cómo se espera que se sigan las decisiones del Partido.
La noción del Partido-estado no describe bien las complejidades del comunismo del siglo XX: siempre hay una brecha entre Partido y estado, y el Partido funciona como el doble borroso del estado. Los disidentes piden una nueva política de distanciamiento del estado, pero ellos no reconocen que el Partido sea esa distancia. El Partido representa una desconfianza fundamental en el estado, sus órganos y mecanismos, como si tuvieran que ser controlados, mantenidos bajo control, en todo momento. Un verdadero comunista del siglo XX nunca acepta completamente al estado, acepta la necesidad de una organización, inmune a la ley, que tiene el poder de supervisar las actividades del estado. 
Por supuesto, este modelo será criticado por ser no democrático. La preferencia ético-política por un modelo democrático en el que los partidos están - formalmente, al menos - subordinados a los mecanismos del estado, cae en la trampa de la “ficción democrática”. Ignora el hecho de que en una sociedad “libre”, la dominación y el sometimiento se encuentran en la “apolítica” esfera económica de la propiedad y el poder gerencial. La distancia del Partido de los aparatos del estado y su capacidad de actuar sin constreñimientos legales, permiten una única posibilidad: la actividad “ilegal” puede ser realizada no solamente en el interés del mercado, pero también, a veces, en el interés de los trabajadores. Por ejemplo, cuando la crisis financiera de 2008 golpeó a China, la reacción instintiva de los bancos chinos fue seguir el cauto enfoque de los bancos occidentales y cortar radicalmente los créditos a las compañías deseosas de expandirse. Informalmente (ninguna ley legitimó esto), el Partido simplemente ordenó a los bancos a liberar el crédito, y así tuvieron éxito (hasta ahora) en sostener el crecimiento de la economía china.
Para tomar otro ejemplo, los gobiernos occidentales se quejan de que sus industrias no pueden competir con los chinos en producir tecnologías ecológicas, porque las compañías chinas reciben apoyo financiero de su gobierno. ¿Pero qué hay de malo en esto? ¿Por qué Occidente simplemente no sigue a China y hace lo mismo?
Pero China no es ningún Singapur (tampoco lo es, para tal caso, Singapur): no es un país estable con un régimen autoritario que garantiza la armonía y mantiene el capitalismo bajo control. Cada año, miles de rebeliones de trabajadores, granjeros y minorías tienen que ser sofocadas por la policía y el ejército. No sorprende que la propaganda oficial insista obsesivamente en la noción de la sociedad armoniosa: este exceso mismo da testimonio de lo opuesto, de la amenaza de caos y desorden. Se debería tener en mente la regla básica de la hermenéutica estalinista: dado que los medios oficiales no informan abiertamente sobre los problemas, la manera más confiable de detectarlos es buscar los excesos compensatorios de la propaganda estatal: cuanto más se celebra la “armonía”, más caos y antagonismo hay en la realidad. China está apenas bajo control, amenaza con estallar.
Reseña del libro de Richard McGregor, The Party: The Secret World of China’s Communist Rulers (El Partido: El mundo secreto de los gobernantes comunistas chinos (Allen Lane, 302 pp, junio de 2010).Traducido por  Alberto Loza Nehmad
Editado por  Yira Carrasco-Kemlin
Fuente: http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=2923