11/8/11

¿Es posible la compasión?


Sentir en carne propia el sufrimiento de otro es una experiencia inviable, afirma el autor, para quien la defensa obstinada de la compasión “distorsiona –porque las relativiza– nuestra idea de la justicia social e individual y la representación del bien”. Lynch reflexiona, además, sobre los “compasivos profesionales”.
Enrique Lynch
En la segunda de las conferencias que J. M. Coetzee atribuye a su personaje de ficción, Elizabeth Costello, se afirma que la atención que prestamos a los animales está movilizada por la compasión, sentimiento que faltaba a los alemanes y que les impidió identificarse con los que eran trasladados como ganado para ser exterminados en los läger en tiempos del nazismo.

Como no podían (o no querían) sentirse como ellos, los alemanes no vieron nada malo a su alrededor, lo cual les permitió convivir por años con un régimen aberrante.
Ocurre que la compasión, como sentimiento que nos inspira la desdicha del otro, pese a ser un temple altamente valorado, es ella misma una ilusión, un estado de ánimo del que no podemos dar cuenta y razón puesto que nombra un tipo de experiencia casi imposible: sentir en carne propia el sufrimiento de los demás. La compasión es un sentimiento y los sentimientos dan mucho que hablar pero no informan nada acerca del otro, cuyo estado real es un misterio. Y si no, pregúntese a cualquier enamorado: nadie puede saber si de veras es amado –de ahí que las pruebas de amor sean interminables y siempre insuficientes; y cuando son negativas, inapelables. Una razón más para rechazar toda posición que se sostenga en la dimensión más subjetiva de los sentimientos, como por ejemplo, la identidad nacional o genérica, las creencias religiosas o las preferencias estéticas; y no digamos la devoción por un determinado equipo de fútbol.
No puedo saber cómo o cuánto sufre el otro, no puedo establecer la naturaleza de su penuria, ni puedo calcular la envergadura del dolor que siente sino por mediación de alguna teoría subsidiaria acerca de la condición miserable en que se encuentra o por una explicación que interpreta las causas y condiciones de la desgracia ajena. Cuando mucho, puedo asociar el sentimiento que me inspira el otro con una experiencia propia.
Pero, ¿cómo pensar mi propia compasión como pasión compartida? La compasión no puede definirse como una facultad que unos poseen y desarrollan –como el gusto– y que otros tienen bloqueada o adormecida; y tampoco es algo que se puede cultivar o educar. Cuando mucho, se puede formar la sensibilidad de las personas o hacerlas más abiertas o atentas a los demás, pero no se puede aspirar a mucho más. Y, en cambio, la compasión sí parece una ilusión narcisista, porque por medio de ella me atribuyo la mágica capacidad de colocarme en el lugar del otro y de sentir como él; y de paso me doy a mí mismo la posibilidad de redimirme moralmente ocupándome de su desgracia.
En virtud de este carácter imaginario, parecería que ser compasivo o “empático”, como suele decirse, es de la misma naturaleza que no serlo, ya que se funda en una misma ilusión proyectada sobre el dolor o el sufrimiento, que es la esfera más hermética e inaccesible de la experiencia ajena. Y así, el compasivo juega a lo mismo que el sádico, el psicópata o el asesino que, sin embargo, no parecen experimentar “empatía” alguna por sus víctimas. En efecto, aunque el compasivo y el monstruo no hacen lo mismo, sus respectivas acciones pese a que se oponen por su contenido y propósito manifiestos, se sostienen en una misma ilusión ilegítima: la posibilidad de representarse la (no) sensibilidad del otro y de actuar en consecuencia. Así pues, por absurdo que parezca, la compasión resulta tan común (y tan inexplicable) como la crueldad.
La prueba de que una idea acerca del otro determina lo que podamos sentir acerca de su esfera más íntima la da la conducta de los españoles durante la conquista y colonización de las Indias Occidentales. La doctrina de la Iglesia católica según la cual los aborígenes americanos carecían de alma –y, por tanto, no sufrían como el resto de los seres humanos– los autorizó a cometer las mayores atrocidades sobre las poblaciones autóctonas americanas. Exactamente lo opuesto de lo que afirma Costello/Coetzee, para quien la única manera de evitar la crueldad con los animales es reconocerles alma, aunque esto implique negar la evidencia. Werner Herzog retrató magistralmente la ilusión animista a la que apela Coetzee, en su documental sobre el llamado Grizzly Man, un enamorado de los osos de Alaska que, en su afán de humanizarlos, achicó demasiado la distancia natural que lo separaba de ellos y acabó devorado por uno de sus amados osos.
En una conferencia pronunciada hace algún tiempo en Barcelona, Zygmunt Bauman sembró la duda sobre el llamado “trabajo social” al sostener que hoy el trabajador social profesionalizado, es decir, el individuo que se dedica a paliar de forma sistemática y organizada el sufrimiento de los demás –el enfermero o la asistente social, el médico que acoge a los inmigrantes ilegales o la trabajadora social que hace de mediadora en el conflicto que enfrenta a dos pandillas de los suburbios– es la pieza que completa un complicado engranaje que sirve para “proteger” a la sociedad tardocapitalista de los desechos humanos que ella misma produce y, por lo tanto, es cómplice en la consolidación de la injusticia y la exclusión sociales. Bauman no duda de las motivaciones solidarias que mueven a los compasivos profesionales, pero sí del papel que cumplen los programas de asistencia social y con ello actualiza una célebre irreverencia de Sigmund Freud: la descalificación –como imposibilidad lógica y antropológica– del cristiano amor al prójimo que está en la base de la mayoría de las actividades “benevolistas” y que ha inspirado desde tiempo inmemorial la práctica de la caridad y los programas de reparación y atención sociales. Estemos o no de acuerdo con el pesimismo de Freud, se ha de reconocer que bajo la pantalla de la caridad y el amor al prójimo muchas veces se esconden propósitos egoístas o sectarios cuando no los designios de alguno que odia en secreto a sus semejantes y más de un monstruo conspicuo: el fraile pedófilo, la maestra jardinera maltratadora, la enfermera que golpea a los ancianos, etcétera. ¿Significa esto que debemos deslegitimar la ayuda profesional a los demás? No, tan sólo implica que, si queremos aprender más acerca de nuestras motivaciones mejor intencionadas, hay que ir más allá de los efectos positivos que reportan. La defensa obstinada de una experiencia imaginaria –la compasión–, no nos libra de cometer actos crueles y despiadados y en cambio distorsiona –porque las relativiza– nuestra idea de la justicia social e individual y la representación del bien más allá del amor de uno mismo, que quizá sea la única experiencia de la que todo el mundo puede dar cuenta cabal.