14/8/11

El común en rebelión

Judith Revel & Toni Negri

No se necesitaba mucha imaginación para «predecir» revueltas urbanas bajo la forma de jacqueries, una vez que el análisis de la crisis económica actual fuera reconducido a sus causas y a sus efectos sociales. Commonwealth, a fines del año 2009, ya lo preveía. Lo que no esperábamos, por el contrario, era que en Italia, esta predicción fuera rechazada en el movimiento.

Parecía, en efecto, y así fue dicho, antigua.

Se dijo: ahora es el momento de reconstruir grandes frentes contra la crisis, establecer formas de movimiento de organización-comunicación-reconocimiento que alcancen a la representación política.
Bueno, ahora nos encontramos frente a un movimiento que se expresa de manera insurreccional, bajo formas más o menos tradicionales, pero que se produce por todas partes, erradicando así la vieja gramática geopolítica en la que algunos obstinadamente siguen pensando. Se dan así:
1) donde un nuevo proletariado – hecho por precarios y desempleados, se une a las clases medias en crisis: sujetos diversos que se unifican de manera inédita en las luchas, como en los países del sur del Mediterráneo, para buscar nuevas formas de gobierno, más democráticas. Si bien la dictadura política de los Ben Ali y la fachada política y económica de nuestras democracias no son ciertamente equivalentes, aunque ésta última, durante décadas, esmeradamente apoyó, construyó y protegió a la primera, ahora los deseos de la democracia radical están por todas partes y trazan un común de luchas a partir de frentes diversos, permitiendo entrecruzar y mezclar, hibridizar las reivindicaciones de unos con respecto a la de los otros.
2) cuando las mismas fuerzas sociales, -que sufren la crisis en sociedades con relaciones de clase ahora definitivamente controladas por los regímenes financieros en economías mixtas, manufactureras o cognitivas-, se mueven en diversos terrenos con similares determinaciones (el movimiento de los obreros, de los estudiantes y de los precarios en general en primer lugar; y ahora movimientos sociales complejos como el del tipo de los “acampados”);
3) donde la recuperación de los movimientos puramente de rechazo, atravesados por composiciones sociales más complejas aún, estratificados ya verticalmente (clases medias que se precipitan sobre el proletariado de la exclusión) ya horizontalmente (en las diferentes zonas metropolitanas, entre el aburguesamiento y las zonas ahora "brasilinizadas" como dice Sassen –, donde las relaciones entre las pandillas comienzan a dejar signos de kalashnikovs en las paredes de los barrios, porque la única, -dramática, entrópica-, alternativa a la organización de la lucha es la de la delincuencia organizada).
La actual revuelta inglesa pertenece a esta tercera especie y se asemeja mucho a la que atravesaran hace un tiempo los banlieues franceses: mezcla de ira y de desesperación, fragmentos de autoorganización y segmentos de sedimentación de otro tipo (grupos de solidaridad barriales, solidaridad en red, barras bravas, etc.), expresan ahora lo insoportable de una vida reducida a escombros. Los escombros que las revueltas dejan detrás de sí mismas, sin duda inquietantes, que no son al fin tan diferentes de las que constituyen la vida cotidiana de muchos hombres y mujeres de hoy: jirones de vida, de todos modos.
¿Cómo abrir el debate sobre esta complejidad de fenómenos desde el punto de vista de un pensamiento común? Lo que formulamos de aquí en adelante tiene el objeto sólo de abrir un espacio para el debate.
En primer lugar, se trata de rechazar algunas interpretaciones que los medios de comunicación de las clases dominantes llevan a cabo.

En primer lugar, argumentan que, desde un punto de vista político, estos movimientos (de los que estamos hablando) muestran una diversidad "radical". Ahora, que estos movimientos sean políticamente diferentes, es obvio. Pero que sean "radicalmente" diferentes es simplemente estúpido. Todos estos movimientos, de hecho, están radicalmente calificados, simplemente, según los casos, no por la oposición a Ben Ali y a la de otros dictadores; no por denunciar la traición política de Zapatero o de Papandreou; no por el odio contra Cameron o por el rechazo a los dictados del BCE, sino más bien, todos juntos, por negarse a pagar las consecuencias de la economía y de la crisis (nada podría estar más equivocado que considerar a la crisis como catástrofe ocurrida al interior de un sistema económico sano, nada más terrible que la nostalgia por la economía capitalista antes de la crisis), es decir, la enorme transferencia de riqueza que se está produciendo en favor de los poderosos, organizados bajo diversas formas políticas en los regímenes occidentales (democráticos o dictatoriales, conservadores o reformistas...).
Estas son revueltas que surgidas en Egipto, en España o en Inglaterra, rechazan al mismo tiempo la sujeción, la explotación y el saqueo que la economía ha promovido sobre la vida de poblaciones enteras del mundo así como las formas políticas que han administrado la crisis de esta apropiación biopolítica. Y esto vale también para todos aquellos regímenes llamados "democráticos". Estas formas de Gobierno no parecen convenientes, si no por la aparente "civilidad" con que enmascaran el ataque perpetrado a la dignidad y humanidad de las vidas que destruye: la disolución de las relaciones de representación ha alcanzado dimensiones catastróficas. Cuando se dice que hay, de acuerdo con los criterios de la democracia occidental, diferencias radicales entre la representación de Ben Ali en Túnez de Ben Ali y la de Cameron en Tottenham o en Brixton, simplemente se finge para no ver la evidencia: la vida ha sido demasiado aplastada y saqueada para estallar en una revuelta. Para no hablar de los dispositivos que remontan la Gran Bretaña a los tiempos de la acumulación originaria, a las prisiones de Moll Flanders o las fábricas de Oliver Twist. A la publicación de las fotos de los manifestantes en las paredes y pantallas en las ciudades inglesas, debería la prensa poner en gran formato las caras de cerdos (otra variante de los cerdos?) de los patrones de la banca y las finanzas que han arrojado a barrios enteros a esa condición y que continúan haciendo de la crisis una ocasión para las ganancias.
Volvamos a la Vulgata de los periódicos. Estas revueltas fueron diferentes pues desde el punto de vista ético-político. Algunas, legítimas, como en los países del Magreb, porque la corrupción de los regímenes dictatoriales habría llevado a las condiciones de pobreza; comprensibles aquellas de los estudiantes italianos o de los de los “indignados" porque "la precariedad es fea"; criminal aquella de los trabajadores ingleses o franceses, simples movimientos de apropiación de aquello que no les es suyo, de vandalismo y de odio racial.
Esto es en gran parte falso, porque estas revueltas tienden, entre la diversidad – que no se trata de negar aquí, a tener un carácter común. No son revueltas de "jóvenes" sino revueltas que incorporan las condiciones sociales y políticas consideradas totalmente insoportables por capas enteras de la población. La degradación de los salarios de trabajo y sociales ha ido más allá del límite que los economistas clásicos y Marx identificaban con el nivel de reproducción de los trabajadores y que llamaban "salario necesario". Y ahora, los periodistas afirman que estas luchas son producidas por las desviaciones del consumismo, si te atreves!
Nos viene una primera conclusión. Estos movimientos pueden ser "recompositivos". De hecho penetran efectivamente a las poblaciones,- se trata hasta ahora de trabajadores garantizados y precarios, de desocupados y de aquellos que no han conocido otra cosa más que simples "actividades", el arte de llevarse bien, con puestos de trabajo sumergidos-, y exaltan los momentos de solidaridad en la lucha contra la pobreza. En la pobreza y en la lucha por reaccionar se juntan clases medias desclasadas y proletariado inmigrante y no inmigrante, trabajadores manuales y cognitivos, pensionados, amas de casa y jóvenes. Aquí están las condiciones de una lucha unitaria.
En segundo lugar, salta inmediatamente a la vista (y esto es lo que principalmente horroriza a los interlocutores que pretenden ver características de consumismo en estos movimientos) que estos movimientos no son movimientos caóticos-nihilistas; que no se trata de quemar por quemar; que no se quiere declarar la potencia destructiva de un no futuro inédito. Cuarenta años después del movimiento punk (que fue, además, a pesar de los estereotipos, apasionadamente productivo), no son movimientos que decretan, habiendo registrado e introyectado, el fin de todo futuro, sino que, por el contrario, quieren construirlo. Ellos saben que la crisis que les toca vivir no se debe a que los trabajadores no producen (bajo la bota del patrón o en condiciones de cooperación social que ahora inviste los procesos de captación del valor), o que no producen lo suficiente, sino al hecho de que se han robado los frutos de su productividad; que deben pagar una crisis que no es la suya; que los sistemas de salud, de la jubilación, del orden público, ya se pagaron mientras la burguesía acumulaba por las guerras y expropiaba para su propio beneficio. Pero sobre todo, saben que no hay forma de salir de la crisis si los revoltosos no ponen las manos en los mecanismos de poder y en las relaciones sociales que rigen esos mecanismos. Pero, se dirá, que esos movimientos no son políticos. Aunque expresaron posiciones políticamente correctas (como con frecuencia pasó con los insurgentes del norte de África o con los indignados españoles), agregando los críticos que los movimientos se ponen judicialmente afuera o en una posición crítica con relación al orden democrático.
Por supuesto, parecen ser capaces de añadir, que en el actual orden político, es difícil, si no imposible, encontrar agujeros, pasajes, caminos por los cuales pueda darse un proyecto que ataque las políticas actuales de superación de la crisis. Derecha e izquierda, casi siempre, son equivalentes. ¿La exigencia de indemnización de 40/50 mil euros a cada uno o de 60/70 mil euros para otros, sería la diferencia? La defensa de la propiedad privada, la magnitud de las privatizaciones y de las liberalizaciones están en la agenda del día de cada una de ellas. El sistema electoral está pura y simplemente reducido a un sistema de selección de delegados de las clases privilegiadas etc. etc. Los movimientos atacan todo esto: ¿son políticos o no cuando lo hacen? Los movimientos son políticos porque se colocan sobre un terreno constituyente, no reivindicativo. Atacan a la propiedad privada porque la saben forma de opresión e insisten, más bien, sobre la constitución y la administración de la solidaridad, del welfare, de la educación; en resumen, del común, porque ahora es éste el horizonte de vida de los viejos y nuevos pobres.
Por supuesto que nadie es tan estúpido para pensar que estas revueltas producirán inmediatamente nuevas formas de Gobierno. Lo que estas rebeliones enseñan, sin embargo, es que "lo uno se divide en dos"; que aquella idea de un capitalismo compacto sin fallas es ahora sólo un viejo fantasma; que no hay ninguna manera de reunificarlo: el capital es ahora esquizofrénico, y los movimientos políticos sólo pueden situarse inmediatamente dentro de esta ruptura.
Esperamos que aquellos compañeros que creían que las insurrecciones formaban parte de una antigua indumentaria de la autonomía política puedan reflexionar sobre lo que está sucediendo. No es colocándose a la espera del calendario parlamentario, sino inventando nuevas instituciones constituyentes del común en rebelión, que entendemos el porvenir.
Traducción de César Altamira
Fuente:
http://uninomade.org/il-comune-in-rivolta/ donde puede consultar la versión en inglés.