24/8/11

Crisis hegemónica, orgánica y de representación en Chile


Daniel Monsalve Araneda
A estas alturas, no resulta casual que cada vez que se da a conocer alguna encuesta o estudio de opinión, la clase política y sus instituciones aparezcan con un alto porcentaje de rechazo. Ya hace cinco o seis años atrás diferentes estudios reflejaban por una parte un cierto malestar ciudadano y por otra, una apertura, aceptación y apoyo a determinados temas culturales, de carácter valórico, como la Píldora del Día Después, aborto terapéutico, matrimonio entre parejas del mismo sexo, etc., es más, diversos personeros de la vida pública nacional habían hecho presente sus puntos de vista sobre aquel “malestar” que se venía incubando en el cuerpo social: “Chile no va a cambiar mientras las elites no suelten la teta”, afirmaba el empresario Felipe Lamarca (La Tercera Reportajes, domingo 9 de octubre de 2005, p. 4), “Nuestra educación eterniza la desigualdad” decía el abogado Carlos Peña (La Nación Domingo, semana del 12 al 18 de febrero de 2006, p. 7),“El conflicto social llegó para quedarse” comentaba el jesuita Antonio Delfau (La Nación Domingo, semana del 12 al 18 de agosto de 2007, p. 10), “No es bueno que la elite sea homogénea”aseguraba el Rector de la Universidad Alberto Hurtado, Padre Fernando Montes (La Tercera Reportajes, domingo 29 de julio de 2007, p. 13), “La educación le ha costado al país dos décadas de una inequidad intolerable” apuntaba el ingeniero Mario Waissbluth (La Tercera Reportajes, domingo 7 de septiembre de 2008, p. 16) “La conformidad del establishment es inaceptable”alegaba el historiador Alfredo Jocelyn Holt (La Nación Domingo, semana del 14 al 20 de septiembre de 2008, p. 59) y “Hay un problema de fatiga del sistema político” apuntaba el abogado Pablo Ruiz-Tagle (La Nación Domingo, semana del 1 al 7 de marzo de 2009, p. 10) y así podríamos seguir enumerando otras apreciaciones y comentarios sobre el tema.
Ahora, si bien se han esbozado algunas de las razones del rechazo y crítica al sistema político, queremos plantear la siguiente tesis: la llegada de la derecha al gobierno, activó un proceso que se venía gestando en los últimos años y que se traduce en lo que podríamos denominar un crisis hegemónica, orgánica y de representación de un grupo dominante en una sociedad y contexto histórico y cultural determinado. Crisis hegemónica de aquellos mecanismos usados por el grupo dominante para mantener el control sobre el grupo subalterno (siguiendo una concepción Gramsciana). Donde la clase dominante logra hacer aceptar voluntariamente a otros sectores todo un sistema de valores, actitudes y creencias que tienden a legitimar el (su) orden establecido y en aquella tarea colaboran instituciones como la Iglesia, medios de comunicación y la educación a través de la escuela o universidades.
Esta democracia electoral, circunscrita a la“participación” de los ciudadanos vía sufragio y asignarle preferentemente a un Parlamento, poco representativo, la atribución desde y donde se puede deliberar o discutir los grandes temas de país; ignorando o bien dejando de la lado la importancia de otras particularidades culturales, políticas y sociales con importantes grados de responsabilidad, solidaridad e identidad.
Dicha hegemonía entendida como la dirección política e ideológica de un sector, conlleva una distribución del poder, jerarquía e influencia; en el fondo la habilidad que tiene o dispone una clase para asegurar la adhesión y el consentimiento libre de las masas.
De ser efectiva esta crisis hegemónica, la pregunta es ¿cuándo comenzó? Al respecto, el destacado intelectual Antonio Gramsci en uno de los pasajes de sus “Cuadernos de la Cárcel” señalaba que la crisis no tiene un comienzo, origen único, una sola causa (económica por ejemplo), sino manifestaciones que obedecen a un proceso social complejo con varias expresiones, donde se intensifican cuantitativamente algunos elementos y fenómenos, mientras que otros se han vuelto ineficaces o han muerto.
Si bien en cada país el proceso es distinto, una crisis hegemónica, se expresa por ejemplo (siguiendo a Gramsci) en el distanciamiento de los grupos sociales con sus partidos y dirigentes. “Sus prédicas son cosas extrañas a la realidad, pura forma sin contenido”. Asimismo, la clase dominante ha perdido el consenso de los grupos subalternos, y estos han pasado de la pasividad política a una determinada actividad (inorgánica) para plantear  sus reivindicaciones.
De acuerdo a lo planteado en líneas anteriores, esta crisis hegemónica se expresa en los siguientes aspectos: se ha venido manifestando un creciente malestar cultural y social en los últimos años, que se evidenció y visibilizó con la llegada de la derecha al gobierno, por ejemplo con una mayor concentración del poder. En segundo lugar, ciertos intentos de reconstruir la política de los consenso, llamados a la “unidad nacional” y “grandes acuerdos de país”, tratando de imitar la experiencia de la transición de los 90 por parte del mismo bloque dominante (ayer la Concertación hoy la Alianza por Chile). Tercero, la ausencia de una auténtica alternativa política, con un realismo político capaz de impulsar cambios profundos (de fondo), que apostaran por una ruptura del sistema hegemónico, y cuarto, un problema de representación política, que se refleja como dice Tomas Moulián en una “democracia electoral” sustentada en el binominalismo; donde la categoría ciudadano se ha remitido básicamente a una participación dirigida, pero sin poder ejercer el poder y con espacios de decisión, participación y sobre todo deliberación muy acotados.
Esta democracia electoral, circunscrita a la “participación” de los ciudadanos vía sufragio y asignarle preferentemente a un Parlamento, poco representativo, la atribución desde y donde se puede deliberar o discutir los grandes temas de país; ignorando o bien dejando de la lado la importancia de otras particularidades culturales, políticas y sociales con importantes grados de responsabilidad, solidaridad e identidad.
Un Congreso dominado por treinta “clanes familiares”, por ejemplo los Larraín, Errázuriz, Correa, Concha, Prieto, Edwards, Matte, Vial, Barros, etc., (La Tercera Reportajes, domingo 4 de mayo de 2008, p. 16), a lo cual se suman en los últimos años, los denominados parlamentarios designados.
La crisis hegemónica, orgánica y de representación implica que los representantes (Congreso, Gobierno, parlamentarios, partidos) no representan los intereses y las necesidades de los representados, y a su vez, los representados no se sienten interpretados (desafección) por los representantes. Por ello, mientras centenares de representados salen a manifestarse por la igualdad de derechos sexuales, sus representantes se centran en descalificarlos, “ningunearlos”; mientras cientos de representados desfilan por la protección del medioambiente (HidroAysén), sus representantes se recriminan por lo que hicieron o no en el pasado, y mientras miles de representados marchan por las calles exigiendo cambios de fondo en materia de educación, sus representantes los catalogan de “politizados”, “ideologizados” o bien los criminalizan, y como una forma de no perder el control que se les está escapando, el grupo dominante buscará las formas de recomponerse, acudiendo entre otras cosas a los consensos, cambio de los hombres, alterará sus programas, realizará algunos sacrificios, efectuará promesas demagógicas, con el objetivo de conservar, reforzar y utilizar el poder; es decir, lo refuerza de momento.
Esta falta de correspondencia entre representantes y representados, es la mejor y a la vez la peor expresión de la crisis de representación política que se está viviendo. Por ello lo que está en crisis son las prácticas políticas del bloque hegemónico.
En resumen y siguiendo lo planteado por John Holloway en su libro “Cambiar el Mundo sin tomar el Poder” (Lom 2011), lo importante no es que estén de acuerdo con mis argumentos o palabras, sino que los ciudadanos se planteen como pregunta ¿cómo podemos crear un mundo diferente y mejor? En ese camino, se requiere una perspectiva “polimorfa, polifónica, polilógica, necesariamente discordante” que discuta consigo misma y piense colectivamente a través de un “ir y venir de la argumentación”, de lo contrario, se puede seguir cayendo en aquella “amargura de la historia”, en el horror unidimensional que conduce a la depresión política y al encierro teórico.
Para finalizar, quien sabe -siguiendo a Gramsci- si estamos en presencia por un lado de aquello nuevo que intenta o lucha por nacer y no da tregua a lo viejo, pero esto último sigue allí tratando de rehacerse (defenderse) de una u otra forma.