14/8/11

Conversaciones con Londres: tratando de entender lo que ha ocurrido en mi ‘otro’ país.

La súbita explosión de vandalismo en Londres, que es la ciudad más cosmopolita y multicultural del mundo, la orgía de destrucción y pillaje, no tiene precedente en Europa y manifiesta una seria enfermedad contagiosa.
Tom Burns Marañón
Pasé mis primeros veinticinco años en Inglaterra y ahí vuelvo con frecuencia para ver a familiares y a amigos. Llevo días hablando con ellos en un intento de entender lo que ha ocurrido en mi ‘otro’ país.

 Visto desde aquí, donde, pace centenares de ‘indignados’, cientos de miles esperan con ilusión al Papa, allá reina el nihilismo. Denis Macshane, diputado laborista que fue ministro con Tony Blair y que preside, junto con el español Luis Atienza, un foro llamado las Tertulias Hispano Británicas me dio varias pistas.
Mi hermano Jimmy, que dio por terminada una larga etapa con el Financial Times siendo cronista parlamentario y ahora divide su tiempo entre su casa en la ribera del Támesis y su dúplex en Sitges con vistas al Mediterráneo, me dio otras. Me interesó, también, la percepción de un sobrino muy inteligente que vive y escribe en Boston y traslada su familia a Inglaterra cada agosto para estar con sus padres.
Macshane es hombre de grandes ideas y me habló de cómo la comunidad euro-atlántica está inmersa en una transición porque su economía no crea empleo en un entorno globalizado y como las recetas neoliberales y estatistas han caducado. La súbita explosión de vandalismo en Londres, que es la ciudad más cosmopolita y multicultural del mundo, la orgía de destrucción y pillaje, no tiene precedente en Europa y manifiesta una seria enfermedad contagiosa.
Se recortan los servicios públicos porque lo impone el mercado de deuda y la sociedad rebota. Ante la exigencia de austeridad, la sociedad demanda políticas solidarias siempre que otras las pague. Macshane, que recurre a la elocuencia como todos los políticos, explicó que la antigua economía y la antigua sociedad están moribundas y que no hay comadronas que faciliten el nacimiento de una nueva economía y de una nueva sociedad. Y como hombre de izquierdas recurrió a sus clásicos: “Ya decía [Antonio] Gramsci que los tiempos de transición producían muchos síntomas morbosos y Londres los ha visto todos en menos de una semana.”
Mi hermano Jimmy es un hombre práctico. Vive relativamente cerca de Clapham, uno de los barrios arrasados en el sur de Londres, y ayudó a organizar varias cuadrillas de vecinos que se fueron ahí con escobas y bolsas de basura para limpiar las calles y con termos de té (este es un detalle muy inglés) para consolar a las aterradas víctimas de los hooligans.
“A través de Facebook nos reunimos cincuenta en cuestión de minutos pero horas después éramos más de mil”, me contó. Fue la respuesta de una sociedad sana. La otra cara de la moneda, la malsana y la morbosa, fue que entre los coches y edificios que los vándalos quemaron a su paso estaba una pequeña tienda que vendía cosas para las fiestas de los niños, serpentinas, sombreros, matasuegras y cosas así.
El pequeño comercio calcinado y del todo “inocente” estaba regentado por dos ancianos bondadosos que Jimmy conocía de siempre porque le solucionaban los cumples de sus hijas. A mi hermano, persona “buenista”, no le pareció mal mi propuesta de que los detenidos sean enviados al Cuerno de África, custodiados por feroces sargentos del cuerpo de infantería de marina, y que pasen un largo tiempo repartiendo comida y cavando fosas en los campos de refugiados.
El lunes pasado mi sobrino paseaba por Hackney, barrio al norte de Londres y no lejos de Tottenham donde se había encendió la mecha el sábado anterior al matar la policía de un balazo a un taxista negro que tenía por gangster local involucrado en tráfico de armas y de drogas. Notó claramente que se respiraba una “inhalación eléctrica” entre jóvenes que se agrupaban y hablan por sus BlackBerries. Un poco más tarde contempló en vivo por televisión como empezaron a quemar autobuses, levantar barricadas y romper escaparates con patadas de Kung Fu.
Conocedor de las tribus de hinchas de los clubes londinenses que ‘toman’ la calle, de los brotes de violencia racista y de las protestas ‘ideológicas’ contra el poll tax, el impuesto a la vivienda que impuso Margaret Thatcher, mi sobrino dijo que lo ocurrido estos días pasados fue distinto. “Con increíble rapidez se abrió una barra libre para hacerse con zapatillas deportivas, moda cara y guitarras eléctricas, con móviles, consolas y ordenadores.
Son chavales negros y blancos y no se les pasa por la cabeza acabar con el capitalismo. Al contrario quieren lo que anuncia la sociedad de consumo y nunca podrán comprar. Es inútil hablarles de ética y moralidad. Son consumistas pobres. Eso es todo.” Aquí toca esperar a Benedicto XVI.
Título original: “Conversaciones con Londres”
Fuente:
http://www.expansion.com/2011/08/14/opinion/tribunas/1313351556.html