16/8/11

¿Café?... Si, ¡por favor!

Renato Guttuso (Italia) Il Caffe Greco

Nieves & Miro Fuenzalida 

Según la leyenda Sartre escribió las 776 páginas de El ser y la nada en un café. Una de las imágenes mas celebradas en la historia de la filosofía es su descripción fenomenológica del garzón del café Les Deux Magots en Saint-Germain-Despres, para ejemplificar el concepto de “mala fe”. Por pura curiosidad uno podría preguntarse ¿Entonces… cuantas de las ideas que allí hay deberíamos agradecérselas a la cafeína? No, en serio. La pregunta no es banal. Hay una larga historia de la complicidad entre las casas de café y la creación intelectual.
Algunos historiadores, por ejemplo, han mostrado como los espacios sociales en que se acostumbraba a beberlo han estado íntimamente conectados con  la construcción  de los conceptos de esfera pública, identidad religiosa o nacional, estatus, conveniencia, ceremonia, asociación y subversión entre otros.
Incluso han sugerido que el descubrimiento de William Harvey del sistema circulatorio que  inicio la medicina moderna se debe, en gran medida, a su adicción al café.
La gran diferencia entre las casas de café y el  bar es que el café  estimula el cuerpo mientras mantiene la mente —a diferencia del alcohol que obnubila el  pensamiento—. Los intelectuales podían tener largas discusiones en esos sitios de reunión en lugar de borracheras con balbuceos incoherentes. En Europa muchas de ellas  sirvieron de centros intelectuales y artísticos.
Más de un  historiador ha argumentado que fue en el Café Foy de Paris en donde Camille Desmoulins planificó el 13 de Julio de 1789 el asalto a la Bastilla. Los cafés Les Deux Magots y Café de Flore”en  Saint- Germain-Des-Pres, desde comienzos del siglo XX,  fueron los lugares de discusión de Apollinaire, André Bretón, Louis Aragón,  Bataille y Picasso, entre tantos otros.  
En la década de los 50s y 60 fueron famosas las cafeterías de San Francisco y Nueva York, especialmente las de Greenwich Village, que atrajeron a activistas políticos y sociales y a la generación de poetas beat de la que salieron Allen Ginsberg y Bob Dylan. 
Entre muchas otras cosas el café se ha considerado una droga que ayuda a estar despierto, una medicina que previene la fatiga, los disturbios digestivos y otras enfermedades y un estimulante de la fuerza laboral, de la claridad mental y la creatividad.  La cafeína se clasifica como alcaloide y hasta el día de hoy, a pesar de ser una de las drogas más estudiadas, no se tiene una completa comprensión de su naturaleza. Su  lado  medicinal va unido, como cualquier otro alcaloide, a su lado venenoso que se desarrollo, probablemente, como un mecanismo defensivo para protegerse de las bacterias y hongos.
En ocasiones ha sido considerado una droga subversiva, no por creer que  fuera un intoxicante, sino por el libre pensamiento que se practicaba en  las casas de café en donde se bebía. En otras ocasiones fue puesto fuera de la ley por la realeza monárquica preocupada por el impacto que producía en el balance del intercambio comercial. Pero,   raramente ha sido considerado una droga ilícita y, a pesar  que  su atracción inicial en Europa  fue vista con sospecha, hoy ha conquistado un lugar prominente como  droga social en el mundo contemporáneo. ¿A quién no le ayuda a moldear el día?
Es lo primero que encontramos en la mañana antes de iniciar las faenas cuotidianas y lo volvemos a reencontrar en las conversaciones del mediodía. Esto no significa, sin embargo, que esté libre de contradicciones y que no haya tenido a través del tiempo una relación inestable con los humanos. Como estimulante y mercancía el café  fue el producto apropiado para el surgimiento y prosperidad del capitalismo, pero a costa del sufrimiento y sudor de los esclavos de las plantaciones que  transformaron  al café en una bebida de masas y el beneficio de su exportación ha mantenido la dependencia y el neocolonialismo en los continentes del sur hasta hoy.
Los países productores han permanecido como países rurales con altos índices de analfabetismo y pobreza, en tanto que los países urbanos con una clase de intelectuales consumidores de café introdujeron al mundo a la Edad del Iluminismo.  
Steven Topik, uno de los historiadores del café, dice que hay una variedad de especies, a lo menos nueve, conocidas como café. Pero, es solo coffea arábica y coffea canéfora las que conquistaron el siglo XX. Según los conocedores Coffea arábica tiene su origen en Etiopia  en  donde era una bebida sagrada usada por los indígenas en las ceremonias en honor al dios Waqa.
Las leyendas  abundan acerca de su origen y todas ellas enfatizan su capacidad farmacológica para liberar adrenalina. El lugar más citado  en su difusión es la secta mística sufi  Shadhili en Yemen, cuyos miembros bebían el café como parte de sus rituales devocionales para producir visiones que garanticen el acceso a la divinidad.
El objetivo inicial de los bebedores de café fue el de trascender el mundo material y encontrar la paz y dicha espiritual  a diferencia del análisis  racional individualista  que posteriormente encontramos en los consumidores de café.
En los últimos 500 años  el cultivo, comercialización y consumo de coffea arabica ha jugado un papel importante en la transformación de la economía mundial  desde el instante en que, de una rara bebida lujosa e innecesaria, se transforma en el estimulante de la vida diaria. El mejoramiento en la transportación y las técnicas de refinación ayudaron a su popularidad. Mega compañías como Starbucks han expandido su consumo internacionalmente y por primera vez empieza a transformarse en la bebida de la juventud y a integrarse en la cultura informática en donde  el cíber café opera como centro.
Java, el nombre de uno de los programas de computación más populares, debe su nombre al hecho de que  quienes desarrollaron su “code” consumieron litros y litros de café mientras lo  diseñaban.
Uno muy bien podría decir que hoy ya no es  solo una mercancía, como tampoco el centro de la protesta y subversión, sino, más bien, un símbolo social. Desde su origen como agente místico y contemplación espiritual, se transforma en signo aristocrático, mercancía colonial, bebida contracultural, beneficio corporativo y, finalmente, en estilo de vida.
La diferencia del café con los otros  intoxicantes es que funciona como estimulante y, en general, su uso no perturba la vida diaria como el alcohol, sino que, por el contrario,  ayuda a energizar la vida moderna y, mas importante, su circulación sirve bastante  bien a la economía mundial y  a los actuales beneficiarios de la prosperidad capitalista. En un mundo de rápida y  continua actividad  que no respeta el ritmo biológico el café juega un papel importante en  adaptar nuestros cuerpos a las exigencias de la economía global.  
Los psicodélicos, en cambio, son drogas malditas para el actual  sistema económico y hay que declararles la guerra porque la experiencia que  proporcionan, al estar  contenida solamente en el ambito de la propia percepción, no motiva al sujeto a trabajar ni a gastar.  El objeto de la experiencia sicodélica se encuentra en el propio cuerpo, en objetos que ya poseemos o en objetos que se encuentran al alcance de la propia percepción ¿No es esto lo opuesto del consumerismo, de la búsqueda constante de objetos que nunca terminan de satisfacernos?
Desde el mismo comienzo de la historia humana ha existido el dialogo entre la conciencia y los estimulantes y alucinogenicos que se encuentran en las plantas. Callampas, amapolas, ayahuasca, salvia, marihuana o café, según las investigaciones etnologicas, fueron, entre otras hierbas, las  que estuvieron presentes en el origen de la religión y los estados místicos  y, tal vez, de la misma conciencia.
Terence Mckenna,  el sumo sacerdote del movimiento psicodélico, una vez preguntó si se niega el dialogo entre la conciencia y las plantas entheogenicas ¿cómo podríamos explicar, entonces, la existencia de receptores enteogenicos en nuestro cerebro?...  La articulación entre plantas, fenómenos religiosos y conciencia es enigmática y compleja, para decir lo menos, y lo curioso es que abarca todas las regiones del mundo.
¿No seria bastante irónico descubrir que, después de todo, el origen de la conciencia no es tanto un problema metafísico, sino metabólico?
Bueno… ¿Otro café?