15/8/11

Antonio Gramsci, mi marxiano favorito

Gramsci por Julio Ibarra

Thomas Mann, George Orwell, Mao Tse-tung, el Che Guevara: si bien el primer apartado de Cómo cambiar el mundo se concentra pura y exclusivamente en las vicisitudes de la teoría marxista medular, esto es, de Marx y Engels, la segunda parte abre el juego y se dispone a concentrarse en diferentes figuras artísticas y políticas que han tenido un espacio dentro de la formación de este tipo de discurso.
Desde los críticos victorianos del marxismo durante su primera gran crisis y revisión, a finales del siglo XIX, hasta las muchas variantes de pensamientos filosóficos, sociológicos o de diversos campos que se alimentan de sus postulados, Hobsbawm hace un repaso completo acerca de las aplicaciones o variaciones particulares que la teoría de Karl Marx ha tenido a lo largo del agitado siglo XX.
El momento más importante de este “contagio marxista” se da en la época de entreguerras, luego de la Revolución Rusa y con un agitado clima político en Europa. Situaciones específicas como la Guerra Civil Española muestran cómo la intelectualidad de la época está comprometida con la causa comunista o directamente se arriesgaba por una simpatía: Orwell, crítico mordaz de la política de Stalin, no por eso dejó de pelear codo a codo con varios comunistas españoles en el bando republicano.

Los hermanos Mann, por su parte, rescataban el costado antifascista de la URSS, y muchas veces insistían en que su interés comunista provenía pura y exclusivamente de esta declarada oposición. Así es como aparece el nombre de “compañero de ruta”: artistas o pensadores útiles para la propaganda comunista pero opuestos a la política soviética, estrictamente, a la represión y su estrechez de pensamiento.
Hay también varios nombres que generaron, desde la teoría marxista, lecturas que atrajeron a más de una generación a las filas del partido: Herbert Marcuse, una figura del marxismo alemán, se convierte a finales de los ’60 en emblema de las insurrecciones juveniles en Francia y Praga. Sin embargo, entre filósofos y escritores, distancias teóricas y recuperaciones, el nombre más contundente es el de Antonio Gramsci (1891–1937), a quien le dedica dos capítulos del libro. Es conmovedor leer entre líneas la empatía intelectual de Hobsbawm con el italiano que escribió una de las obras más importantes del marxismo en la cárcel fascista. Gramsci fue el primer pensador de corte marxista que se preocupó por la naturaleza política del movimiento, sumando un cariz al planteo que no se encuentra presente en los estudios históricos y económicos de Engels y el propio Marx: Gramsci piensa desde el presente con las categorías dadas por estos dos filósofos, atendiendo a la historia particular de las formaciones intelectuales en Italia. Aquí, la prosa de Hobsbawm pierde un poco de su mítica objetividad para volverse sentimental, demostrando una afinidad teórica y política con el pensador italiano que estremece. Y es que en Gramsci está la clave para entender el planteo de cambio social analizado, directa o indirectamente, por el propio Hobsbawm en todo el libro: descartada la revolución, es probable que el camino real hacia un Estado socialista sea “el desarrollo de una estrategia que tenga como núcleo un movimiento de clase permanente y organizado”.