16/7/11

A vueltas con Stalin. Una crítica

Stalin por David Levine

Jordi Torrent

“Es el lado malo el que impulsa el movimiento de la Historia”. El conocido aserto marxiano es reproducido por Domenico Losurdo (DL para sucesivas alusiones) en Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra (p.309)1 , libro del que es autor. A mi ver, la frase se erige en una de las divisas mayores de sus páginas; no obstante, finalizada su lectura, uno casi se siente inclinado a pensar que llevan por igual audibles resonancias teodiceas de otra divisa no exactamente equivalente y que, para ir rápido, me permito resumir en términos más aristotélicos que leibnizianos: el mal es el bien que no alcanzamos a comprender. De ser así, bien pudiera conjeturarse que entre las razones que han impulsado a DL a concebir y a escribir este ensayo también ha figurado la de tratar de desvelar el “bien” en el “mal” entrañado en uno de los segmentos sociales y políticos más oscuros y trágicos de la contemporaneidad. Las presentes notas tienen por objeto focalizar la atención crítica en algunos -tan sólo algunos- de los procedimientos metodológicos y dispositivos explicativos utilizados a tal fin por el autor, procedimientos y dispositivos derivados de una intencionalidad ideológica cuya omnipresencia en las páginas del ensayo debilita considerablemente la probidad historiográfica del mismo.
De algún modo aproximado a la antinomia libertad/necesidad, la relación dialéctica entre lo “bueno” y lo “malo” ha sido terreno fértil donde se han ido asentando múltiples especulaciones filosófico-políticas no exentas, en algún caso, de adherencias metafísicas. No en el de Lukács, por cierto, quien la estimaba cuestión ineliminable de la realidad estudiada por DL. El filósofo húngaro incluso discernía en dicha relación uno de los dilemas morales del bolchevismo. Me demoraré más adelante en el motivo nada inocente en virtud del cual un hegelianismo de brocha gorda hace su aparición en no pocos pasos del libro. Por el momento, me limito a señalar que la reconstrucción de los hechos históricos efectuada en sus páginas, así como la correlativa interpretación ofrecida de los mismos, está supeditada a necesidades de demostración que transitan por caminos en los cuales no cuesta advertir una de las aspiraciones metafisicizantes de mayor incardinación en los variados discursos legitimadores de la heterenomía: la que pretende hacernos más llevaderas las pesadumbres generadas por procesos históricos contingentes, presentados, no obstante, bajo el inapelable signo de la ineluctabilidad.
DL se propone cuestionar, “problematizándolas” (p. 24), todas las imágenes que han venido dominando por lo común las distintas valoraciones de que ha sido objeto hasta el presente la figura política de Stalin, valoraciones movidas según él por la intención de deslizar la historia hacia, en propia expresión, “la mitología política” (p. 321). Se trata, pues, de un propósito irreprochable: contribuir a un mejor conocimiento de la realidad histórica desbaratando los idola fori que lo entorpecen.
Conviene señalar de inmediato, sin embargo, que tal propósito viene acompañado por otro, mucho menos aireado, pero en modo alguno accesorio, desplegado a guisa de derivación o, mejor, de inferencia lógica del primero: restituir al dictador el reconocimiento político del que gozó en tiempos menos cicateros, rescatándolo del lúgubre desván donde le ha ido confinando una malevolencia interpretativa tan repleta de ostensibles calumnias como de interesados desenfoques. Desde cualquier perspectiva metodológica mínimamente respetuosa de las premisas que han de prevalecer en todo trabajo de investigación historiográfica -la de la objetividad en primerísimo lugar-, dista mucho de ser evidente que ambos propósitos sean de textura fácilmente conciliable.
En efecto, cabe abrigar alguna duda razonable acerca de que un entreverado semejante de intenciones pueda efectuarse a salvo de conflictos de envergadura variable, sobre todo si se deja de avivar la prudencia -la frónesis- requerida por una operación acechada en permanencia por el desequilibrio al que le expone el propósito de mayor impronta ideológica. En Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra son varios los pasos en los cuales se pone de manifiesto cuan escasamente lo ha hecho su autor; no en grado suficiente, al menos, para dejar huérfana de todo fundamento la impresión de que los déficits de autocontrol ideológico impiden al proceso histórico -a su deseable veracidad- alcanzar autonomía propia. Muy al contrario, esta última es anegada una y otra vez en un mar de pseudo-racionalizaciones poblado de remisiones al supuesto origen remoto de los hechos, así como de paralogismos, afirmaciones equívocas y conclusiones aventuradas. Diríase que el parti pris inicial asumido por DL –en términos sartreanos: la idea verdadera es la acción eficaz- le impide alcanzar el distanciamiento y la cautela con los que debe pertrecharse todo aquel que se proponga penetrar en una de las secuencias más complejas y prolongadas de la historia de la Unión Soviética, historia en la que, además, no siempre resulta fácil establecer la frontera nítida entre utilidad y verdad -entre necesidad y libertad-, como corresponde a un universo que, sin casualidad alguna, ha podido ser denominado por M. Lewin “reino de lo arbitrario” 2.
La falta de frónesis de DL alcanza una de sus expresiones más notorias en el reiterado empleo del tu quoque. Como es sabido, el “tú también” es recurso defensivo de bajo nivel argumentativo. En este caso, constituye uno de los dispositivos que, utilizado ad nauseam, contribuye no poco al desequilibrio ideologizante aludido. Apunto subsidiariamente que el recurso es manejado de forma tan pugnaz como desprovista del menor sentido de proporción comparativa, precisamente dos de los aspectos que, no sin ironía, tanto reprocha DL al grueso de la bisutería amanuense surgida de los talleres anticomunistas de la Guerra Fría.
La especifidad del hecho histórico, esto es, su singularidad como realidad engendrada por la capacidad creativa y/o destructiva de un individuo o de un colectivo, no puede más que desdibujarse cuando se la sitúa en el interior de un marco de relativismo integral (por lo demás incoherente, como suele serlo todo relativismo integral) donde el “culto a la personalidad” rendido a Stalin será equiparado al que rodeó a F.D. Roosevelt (p. 51); o donde el Gulag será equivalente al internamiento de japoneses al que procedió el gobierno estadounidense a raíz de la II G.M. (p. 177); o donde la política represiva de Stalin será vecinada con la persecución de cristianos emprendida por Diocleciano, interpretadas ambas como expresión de una “preocupación real por el futuro del Estado” (p. 363). Probablemente convencido de que el papel lo soporta todo, el autor del libro reitera hasta la saciedad tales analogías sin perder siquiera un minuto en interrogarse acerca del grado de consistencia existente en la mayoría de ellas.
No menos significativo del proceder de DL es el huraño desdén con el que son tratados de forma sistemática en su ensayo los grupos y personas que, desde el interior mismo del movimiento comunista -y desde época bien temprana- intentaron dar a conocer (en la URSS y fuera de ella) la impostura burocrático-autoritaria que iba adueñándose crecientemente del Estado y la sociedad soviéticos. Digo huraño desdén; debiera precisar: cuando lo hay. Pues en las más de las ocasiones el procedimiento efectivo utilizado consiste en silenciar la existencia de los mismos, en nueva y no menos curiosa coincidencia con alguno de los autores anticomunistas con los que DL pretende confrontarse (pienso, por ejemplo, en El pasado de una ilusión de F. Furet). Cierto es que de ello queda a salvo Trotsky –por lo demás, auténtica bête noire del autor-, de cuya trayectoria, así como de sus posiciones políticas, se ofrece una descripción -una parodia- al más puro estilo vychinskiano - no exagero- desbordante de “conspiraciones” y “traiciones”, descripción que movería a franca hilaridad de no mediar un conocimiento documentado del movimiento trotskista, así como del siniestro destino en el que finalmente sucumbirían tanto el propio Trotsky como infinidad de sus seguidores (una vez más: en la URSS y fuera de ella).
La memoria elige lo que olvida, escribió en algún lugar J.L Borges. Como sea que resultaría ofensivo para DL suponerle ignorante de las incontables aportaciones críticas surgidas del antiestalinismo de izquierdas ajeno a las corrientes trotskistas o en ruptura con ellas (por dejar de lado ahora, y es mucho dejar, la ingente bibliografía de procedencia anarquista existente al respecto), parece razonable atribuir a deliberada intención el silencio al que las condena. Por mi parte, no me resulta difícil vislumbrar en el hecho una nueva muestra del pragmatismo vulgar hacia el cual suele tender el discurso losurdiano, empeñado por lo común, como he indicado ya, en asociar de forma indisoluble verdad y acción eficaz, asociación sobrecargada de enormes implicaciones historiográficas (y epistemológicas), diríase que inadvertidas por el autor del libro.
Antes de proseguir, vale la pena señalar a título incidental que el apego que parece experimentar DL por la acción eficaz -en definitiva: por el “éxito”- quizás sea la causa del arrobo no exento de puerilidad (¡cómo si la lisonja y adulación del tirano moderno, de Napoleón a Gadafi, pasando por Mussolini, Hitler y Franco, no fueran componentes intrínsecos del cínico “realismo” de sus adversarios!) con el que son reproducidos los elogios de la variopinta galería de personalidades que mostraron hacia Stalin “durante todo un período histórico interés, simpatía y admiración” (p. 19). El variado repertorio incluye a W. Churchill, Lloyd George, B. Croce, A. Toynbee, N. Bobbio, H. Laski, A. Kojève, S. Webb, De Gasperi, J. Davies, etc.
El “informe secreto” de N. Kruschov (XX Congreso del PCUS, 1956) es el punto de arranque del ensayo de DL. Al propiciar un “giro radical en la historia de la imagen de Stalin” (p. 13), el informe fue factor más que decisivo en el proceso de “arrojar un dios al infierno” (p.25). Preguntémonos: dios y giro radical ¿para quiénes? Para millones de comunistas bona fide de todo el mundo, sin duda3; para una masa considerable de ciudadanos rusos, también; para algunas de las figuras de relumbrón intelectual y político citadas, tal vez; para los innumerables “compañeros de viaje”, puede ser4. Pero no, desde luego, para V. Serge, P. Monatte, A. Rosmer, B. Souvarine, A. Pannekoek, A. Ciliga, K. Korsch, P. Mattick, O. Ruhle, M. Rubel, C. Castoriadis y tantos otros marxistas revolucionarios, conocidos o menos conocidos. Todos ellos -conviene insistir en el extremo- no tuvieron necesidad de aguardar los fuegos artificiales del XX Congreso para explicitar, mediante análisis inspirados en el mejor pensamiento de Marx -elaborados en ocasiones en medio de penosas condiciones materiales y teniendo que hacer frente a toda clase de hostilidades-, la naturaleza aberrante del Estado soviético, así como el papel desempeñado por el propio Stalin en la creación y ulterior desarrollo de un sistema de dominio político y de explotación económica históricamente inédito.
Sin embargo, salvo el de A. Pannekoek y el de B. Souvarine, objeto ambos de alusión tangencial (pp. 77 y 87 respectivamente), ninguno de los nombres acabados de mencionar merece mínima atención en el libro de DL. No debiera de extrañarnos. Las aportaciones críticas del marxismo herético, en su mayoría asentadas en recursos y valores creativos intrínsecamente ligados a la actividad autónoma de las masas y, como tales, situados en las antípodas de la “autobeatificación estaliniana”5, resultaban de problemático encaje en un ensayo entre cuyas pretensiones de más hondo calado figura la de hurtar cualquier validez a las diferentes vías que en el transcurso del proceso revolucionario se ofrecían a los bolcheviques, así como también la de apuntalar el carácter ineluctable de la victoria de Stalin en las luchas internas del partido. Siendo así, quizás sea llegado el momento de recuperar una de las cuestiones apuntadas al inicio de las presentes notas: la del peculiar trato recibido por la “dialéctica” a lo largo de las páginas de Stalin. Historia y crítica d una leyenda negra.
Nada menos que tres apartados enteros de ellas (127-143) están dedicados a un exposé -algo asilvestrado- de los peligros nada ficticios que para la “dictadura desarrollista” estaliniana (p. 191) representaban todos aquellos y aquellas que incurrieron en un universalismo abstracto “incapaz de subsumir y respetar lo particular” (p. 139). Subproducto de las elucidaciones hegelianas sobre la Revolución Francesa, esta cantinela acompaña indefectiblemente cualquiera de los análisis relacionados con los planteamientos críticos de la heterogénea oposición antiestalinista de orientación revolucionaria. DL parece creer que vehicular la descalificación de los mismos bajo respetable cobertura filosófica -de hecho: ideológica- bastará para dotarla de justificación. En mi opinión, el recurso no es más que una nueva exhibición de furor ingenii desplegada con ánimo de hacer más convincente el (falso) objetivismo con el que se intenta “explicar” y “contextualizar” tanto la configuración de la realidad burocrática como, sobre todo, las atrocidades alumbradas por su “Guía” supremo (la colectivización forzosa, la aniquilación física de los camaradas de primera hora, las grandes purgas, el universo concentracionario…).
Inútil precisar que Hegel no es en modo alguno responsable de la respuesta insatisfactoria dada por DL a interrogantes ineliminables desde la perspectiva del materialismo histórico, justamente, digámoslo de pasada, la clase de interrogantes que podemos hallar mucho mejor atendidos en el ámbito del comunismo heterodoxo. De entre los más pertinentes, destaco uno: ¿cuál fue en definitiva el papel histórico de Stalin y en qué medida correspondió a las exigencias de una situación social determinada?. Abusando de la cita textual, alargaré el comentario en torno al discutible papel ancilar desempeñado por la dialéctica hegeliana en los pasos en que es convocada por el autor del ensayo.
Para DL, hay que juzgar el “universalismo abstracto” máximo responsable de que las masas, sin duda poco dadas al conocimiento cabal de ciertas sutilezas filosóficas, se pusieran a reivindicar a partir de Octubre “no solamente la libertad y la igualdad sino también la participación en la vida pública y en cada fase del proceso de toma de decisiones” (p.133). Un escándalo. Stalin, cual redivivo Cromwell aplastando a los levellers (p. 337), se hallaba comprometido “en una difícil lucha contra la utopía abstracta” (p.142), y disponía de una visión mucho más amplia (así pues, no es descartable que hubiera leído la Fenomenología del Espíritu). “Al enfrentarse al problema de la construcción de una nueva sociedad”, señala DL, “los intentos de hacer que el universal abrace la riqueza del particular se han encontrado con la acusación de traición. Y se comprende bien que tal acusación haya golpeado de manera especial a Stalin, pues gobernó durante más tiempo que cualquier otro líder el país de la Revolución de octubre y, precisamente a partir de la experiencia de gobierno fue consciente de la vacuidad de la espera mesiánica por la disolución del Estado, de las naciones, de la religión, del mercado, del dinero, y experimentó directamente el efecto paralizante de una visión del universal inclinada a etiquetar como una contaminación la atención prestada a las necesidades e intereses particulares de un Estado, de una nación, de una familia, de un individuo determinado.” (p. 143). La larga cita puede servir para ilustrar el vuelo hegelianizante emprendido en ocasiones por la argumentación losurdiana. Veamos una pocas muestras más de la amalgama.
El “mesianismo anarcoide” (p.133, en tres ocasiones), el “culto de la universalidad y de la utopía abstracta” (p. 135) y “el radicalismo y mesianismo anarcoide” (p. 140), son arborescencias derivadas del “desatroso mito de una voluntad universal (…), de una democracia directa, una dirección colectiva que sin mediaciones ni obstáculos burocráticos se exprese directa e inmediatamente en las fábricas, en los lugares de trabajo, en los organismos políticos”. (p.139). Tales objetivos estaban destinados a “fracasar por razones tanto internas (utopía abstracta y mesianismo que impiden reconocerse en los resultados conseguidos) como internacionales (la amenaza permanente que se cierne sobre el país de Octubre) o bien por la suma de unos y otras” (p.157). Stalin, remacha una y otra vez DL, poseía de todo ello un conocimiento infinitamente superior al mostrado por cuantos fueron insensibles a las mediaciones “concretas” y “particulares” indispensables para no “obstaculizar la acción del grupo dirigente y acaba(r) provocando su fractura interna” (p.135).
Con tales esmaltaciones de “realismo”, apenas habrá de sorprender que por las páginas del libro desfilen en un momento u otro algunos ilusos habitantes del planeta de la “abstracción” y de la “utopía” llamados L. Trotsky (en numerosos pasos), N. Bujarin (ídem.)6, A. Kollontai (p. 131), R. Luxemburg (p. 137) o K. Kautski (íb.). Anotemos, en fin, que ni el propio K. Marx quedará exonerado de haber incurrido en deletérea “esperanza mesiánica” (p. 308), actitud que compartió con el mismísimo…¡Pol Not! (p. 337).
Tras la lectura del libro, no es difícil concluir que el propósito de “problematizar todas las imágenes” que hasta el presente se han venido dando de Stalin requería una visión mucho más amplia que la mostrada por su autor. Al fin y al cabo, pretender hacerlo desde la premisa de que “la categoría de estalinismo no es convincente (pues) parece presuponer un conjunto homogéneo de doctrinas y comportamientos que no existe” (p. 308) puede simplificar la tarea “desmitificadora”, pero no parece ser la opción metodológica más idónea para abordar las cuestiones de mayor pertinencia que se desprenden del estudio de la realidad soviética configurada por Stalin, una realidad que no puede ser entendida en clave exclusivamente personal. De hecho, la opción elegida por DL tan sólo adquiere pleno sentido si se la aúna a la voluntad de diluir las catastróficas consecuencias que ha representado y prosigue representando para el proyecto de emancipación cuanto se iría legalizando al amparo de la fórmula “socialismo en un solo país”: la separación Estado/masas, la concentración de toda la autoridad entre las manos de una única dirección, la acentuación de los privilegios y desigualdades sociales y la correlativa formación de un aparato colectivo de apropiación, etc.7
“La verdadera objetividad”, señaló hace años E.P. Thompson, “conducirá al historiador al corazón de la situación humana real y, una vez allí, si es digno de ese nombre, hará juicios y extraerá conclusiones”8. DL, al tratar de presentar e interpretar la teratología estaliniana como la única respuesta susceptible de poder hacer frente a los retos gigantescos planteados por la construcción del “socialismo en un solo país”, relativiza hasta lo indecible la responsabilidad política y moral de quien fue su máximo artífice. A tal fin, ensambla de forma harto deficiente objetividad, juicios y conclusiones alcanzadas mediante el filtro y la omisión (en vano se buscará en el ensayo de DL, por ejemplo, una sola palabra relativa a la eliminación de las vanguardias artísticas que florecieron en la URSS durante la década de los años veinte).
Los latidos del “corazón de la situación humana real” son inaudibles en este libro. Han sido sustituidos por el silencio con el que se pretende acallar no pocas realidades incómodas, realidades que hacen insostenible la tesis mayor que ha inspirado a su autor, esto es, que el “mal” causado por Stalin y por el estalinismo, en la medida que contenía los gérmenes de un generalizado “bien” materializado en sucesivas epifanías (la modernización de la URSS, la derrota del nazi-fascismo…), debe ser aceptado como históricamente necesario. En definitiva, a mi juicio el esfuerzo de DL ha dado lugar a un artefacto ideológico poco convincente, a la par que a una aportación historiográfica fallida. No obstante, como contribución a la extendida creencia -variante positivista del post-modernismo en boga- de que el pensamiento político no puede mantener una relación estable con la verdad, Stalin. Historia y crítica de una leyendaquizás pueda valorarse de manera menos negativa, aunque, ciertamente, no por ello más agradecible.
Notas
1.- Domenico Losurdo, Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra, Barcelona, El Viejo Topo, 2011. Con un ensayo final de Luciano Canfora, 399 páginas. Traducción de A. Antón Fernández. Los números entre paréntesis que figuran al final de cada una de las citas textuales remiten a la correspondiente página de esta edición.
2.- Moshe Lewin, Le siècle soviétique, París, Fayard/Le Monde Diplomatique, 2011 (Versión española en Crítica, 2006), p. 101. El historiador utiliza asimismo la expresión « paranoia sistémica » para referirse a los componentes irracionales que animaban la política estalinista, componentes derivados de “los rencores”, “la perversidad”, y “los accesos de furor” de la “turbia personalidad de Stalin”, p. 113
3.- Entre otras muchas aducibles a ese respecto, la reacción de Anna Pauker, miembro rumana de la Comintern, resulta muy representativa: “Lloró cuando se enteró de la muerte de Stalin, a pesar de que no le gustaba, de que tenía miedo de él y de que por aquel entonces se estaba planeando arrojarla a los lobos por supuesta burguesa nacionalista, agente de Truman y del sionismo.(No llore - le dijo el encargado de interrogarla-. Si Stalin siguiera vivo, Vd.estaría muerta). Extraigo el episodio de E.Hobsbawm, Años interesantes. Una vida del siglo XX, Barcelona, Crítica, 2003, p. 192. Traducción de J. Rabasseda-Gascón
4.- Aparte de A. Kojève y S. Webb, en el libro no se alude a algunos de los “compañeros de viaje” de mayor notoriedad, tal vez consciente su autor de la complejidad de un universo poco manejable en clave simplista. Por otra parte, las ambigüedades analíticas en relación a Stalin y al estalinismo de I. Deutscher, cuya trayectoria personal y política no corresponde, desde luego, a la de un “compañero de viaje”, son características del movimiento trotskista en general. Consecuente con el propósito perseguido en su libro, DL, aún citando a Deutscher, muestra nulo interés hacia ellas.
5.- M. Lewin, op. cit. p. 112
6.- N. Bujarin es, junto a Trotsky, uno de los bolcheviques objeto de una particular inquina en las páginas del libro. Tan pronto lo vemos tramando golpes de Estado contra Lenin como aterrorizado ante la eventualidad de que se reproduzca una “Noche de San Bartolomé”. Basta consultar cualquier monografía seria sobre la trayectoria política de Bujarin para advertir la inexistente base empírica sobre la que DL asienta sus insidias. Véanse, por ejemplo, A.G. Löwy, El comunismo de Bujarin, Barcelona, Ediciones Grijalbo, 1973. Traducción de M. Sacristán; asimismo, S. F. Cohen, Bujarin y la revolución bolchevique, Madrid, Siglo XXI, 1976. Traducción de V. Romano García. Este último estudio es citado por DL; no obstante, cabe sospechar que ha procedido a descontextualizar la cita, una práctica que dista de ser excepcional en el libro. Las fuentes de información utilizadas en éste son invariablemente secundarias. No me es posible entrar a discutir aquí el dudoso criterio mediante el cual han sido seleccionadas.
7.- Sobre los aspectos relativos a la configuración de la burocracia como clase dominante en la URSS, así como sobre el carácter de las relaciones de producción en las que se basaba tal dominio, siguen siendo imprescindibles los numerosos análisis efectuados por C. Castoriadis y C. Lefort en las páginas de la revista marxista Socialisme ou Barbarie (creada en 1949). Del primero, puede destacarse “Les rapports de production en Russie”, in La société bureaucratique, vol. 1, París, UGE, 1973, pp. 205-281 (traducción española en Tusquets, 1976); del segundo, “Le totalitarisme sans Staline”, in Eléments d´une critique de la bureaucratie, Genève/Paris, Librairie Droz, 1971, pp. 130-190. (La versión española de “Le totalitarisme sans Staline” fue editada en Ruedo Ibérico, 1970, a partir del texto publicado inicialmente en Socialisme ou Barbarie, nº 19, julio-septiembre, 1956.)
8.- B. D. Palmer, E.P. Thompson. Objeciones y oposiciones, València, PUV, 2004, p. 94. Traducción de P. Salomón Chéliz.