19/7/11

¿Vale la pena salvar el euro?


Mark Weisbrot
El euro está cayendo a mínimos históricos frente el franco suizo, y las tasas de interés de los bonos italianos y españoles han alcanzado máximos históricos. El último episodio de la crisis en la zona euro es resultado de los temores de que el contagio esté ahora dejándose sentir en Italia.
Con una economía de 2 billones de dólares y 2,45 billones de deuda, Italia es demasiado grande como para dejar que se desplome, y las autoridades europeas están preocupadas.
Aunque existe poca base en la actualidad para preocuparse por que las tasas de interés de Italia puedan llegar a subir lo bastante como para poner en peligro su solvencia, los mercados financieros están actuando irracionalmente y haciendo aumentar el temor y las perspectivas de una profecía autocumplida. El hecho de que las autoridades europeas no puedan ponerse de acuerdo siquiera en cómo gestionar la deuda de Grecia – una economía cuyo tamaño es menos de una sexta parte de la de Italia – no inspira confianza en su capacidad de gestionar una crisis de mayor calado.
Economías más débiles de la zona euro – Grecia, Portugal, Irlanda y España – se enfrentan ya a una perspectiva de años de castigo económico, incluyendo niveles extremadamente elevados de desempleo (16%, 12%, 14% y 21%, respectivamente). Puesto que la clave de todo este suplicio  autoinfligido consiste en salvar el euro, vale la pena preguntarse si vale la pena salvar el euro. Y vale la pena hacerse esta pregunta desde el punto de vista de la mayoría de europeos que trabajan para vivir, es decir, desde un punto de vista progresista.   
Se sostiene con frecuencia que la unión monetaria, que cuenta hoy con diecisiete países, debe mantenerse por el bien del proyecto europeo. En ello se incluyen ideales tan dignos como la solidaridad europea, establecer parámetros comunes de derechos humanos e inclusión social, mantener bajo control al nacionalismo derechista y, por supuesto, la integración económica y política que subyace a ese progreso.
Pero con ello se confunde la unión monetaria, o zona euro, con la Unión Europea (UE) misma. Dinamarca, Suecia y el Reino Unido, por ejemplo, son parte de la UE, pero no de la unión monetaria. No hay razón para que no pueda avanzar el proyecto europeo, y prosperar la UE, sin el euro.
Y hay buenas razones para tener la esperanza de que esto pueda suceder. El problema es que la unión monetaria, al contrario que la UE misma, es un proyecto inequívocamente de derechas. Si no ha quedado esto claro desde su inicio, debería estar hoy ya dolorosamente claro, a medida que las economías más débiles de la zona euro se ven sometidas a un castigo que anteriormente se había reservado a países de renta baja y media atrapados en las redes del Fondo Monetario Internacional (FMI) y sus gobernadores del G-7. En vez de intentar salir de la recesión por medio de estímulos fiscales y/o monetarios, como hicieron la mayoría de los gobiernos del mundo en 2009, estos gobiernos se ven forzados a hacer lo contrario, con un enorme coste social. 
La mofa se ha sumado a la befa: las privatizaciones en Grecia o la "reforma del mercado laboral" en España; los efectos regresivos de las medidas adoptadas sobre la distribución de renta y riqueza; y el encogimiento y debilitamiento de del Estado del Bienestar, mientras se rescata a los bancos a expensas del contribuyente, todo esto anuncia la nítida agenda derechista de las autoridades europeas, así como su intento de aprovechar la crisis para instituir cambios políticos orientados hacia la derecha.     
La naturaleza derechista de la unión monetaria había quedado institucionalizada desde el principio. Las normas que limitan la deuda pública al 60% del PIB y los déficits presupuestarios anuales al 3% del PIB, aunque violados en la práctica, resultan innecesariamente restrictivos en tiempos de recesión y elevado desempleo. El mandato del Banco Central Europeo de preocuparse sólo por la inflación y nada en absoluto por el desempleo es otro feo indicador. La Reserva Federal norteamericana, por ejemplo, es una institución conservadora, pero por lo menos la ley le exige que se preocupe tanto del empleo como de la inflación.    
Y la Reserva Federal – pese a toda la incompetencia que refleja su fracaso a la hora de avistar la burbuja inmobiliaria de 8 billones de dólares que hizo estrellarse a la economía norteamericana – ha demostrado ser flexible ante la recesión y una recuperación débil, creando más de 2 billones de dólares como parte de una política monetaria expansionista. Por comparación, los extremistas que dirigen el Banco Central Europeo han ido elevando las tasas de interés desde abril, a pesar de un desempleo con proporciones de depresión en las economías más débiles de la zona euro.
Algunos economistas y observadores políticos sostienen que la zona euro necesita una unión fiscal, con una mayor coordinación de las políticas presupuestarias, a fin de hacer que funcione. Pero la política fiscal derechista es contraproducente, tal como estamos viendo, aunque se coordine mejor. Otros economistas [1] – y me incluyo a mí mismo– [2] han sostenido que las grandes diferencias de productividad entre los estados miembros presentan graves dificultades para una unión monetaria. Pero aunque pudieran superarse estos problemas, la zona euro no valdría la pena tratándose de un proyecto de derechas.
La integración económica europea anterior a la zona euro era de naturaleza diferente. Al contrario que el enfoque basado en "correr hasta tocar fondo" del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que desplazó a cientos de miles de agricultores mexicanos al tiempo que contribuyó a la reducción de salarios y empleos manufactureros en los EE. UU. y Canadá,   la Unión Europea realizó algunos esfuerzos por tirar hacia arriba de las economías de renta más baja y proteger a los más vulnerables. Pero las autoridades europeas han demostrado ser despiadadas en su unión monetaria.
La idea de que ha de salvarse el euro por el bien de la solidaridad europea también se atiene a una noción supersimplificada de la resistencia que los contribuyentes de países como Alemania, Holanda y Finlandia han mostrado al "rescate" de Grecia. Si bien es innegable que parte de esta resistencia se debe a prejuicios nacionalistas – a menudo exacerbados por los medios de comunicación –, ésa no es toda la historia. A muchos europeos no les gusta pagar la cuenta del rescate de bancos europeos que hicieron malos préstamos. Y las autoridades de la UE no están "ayudando" a Grecia más de lo que los EE. UU. y la OTAN "ayudan" a Afganistán,  por llevarlo a un debate en cierto modo análogo, en el que a aquellos que se oponen a políticas destructivas son tachados de "retrógrados" y "aislacionistas".
Tal parece que buena parte de la izquierda europea no comprende la naturaleza derechista de las instituciones, autoridades y sobre todo de las políticas macroeconómicas a las que se enfrentan en la zona euro. Esto forma parte de un problema más general en la falta de comprensión pública de la política macroeconómica en todo el mundo, lo que ha permitido a los bancos centrales derechistas poner en práctica políticas destructivas, a veces hasta con gobiernos de izquierdas. Estas malinterpretaciones, junto a la falta de una aportación democrática, podrían servir para explicar la paradoja de que Europa tenga en la actualidad políticas macroeconómicas más a la derecha que los Estados Unidos, pese a disponer de sindicatos mucho más fuertes y de otras bases institucionales para una política económica más progresista.  
Notas del traductor: [1] Paul Krugman, "Can Europe be saved?", The New York Times, 12 de enero de 2011.
[2] Mark Weisbrot, "Spain, hostage to the Eurozone", The Guardian, 29 de enero de 2011.
Mark Weisbrot es co-director, junto a Dean Baker, del Center for Economic and Policy Research de Washington, D.C. Doctorado en economía por la Universidad de Michigan,  ha escrito numerosos trabajos sobre política económica, centrándose especiamente en Latinoamérica y la política económica internacional. Es autor, con Baker, de Social Security: The Phony Crisis (University of Chicago Press, 2000). Colaborador ocasional de The New York Times, The Washington Post y Los Angeles Times, y regularmente de The Guardian y Folha de Sao Paulo, el mayor diario brasileño, a través de McClatchy-Tribune Information Services sus artículos se difunden en más de 550 periódicos. Preside además Just Foreign Policy, una organización independiente que intenta reformar la política exterior norteamericana.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=4302