4/7/11

Panamá: A dos años del gobierno de Ricardo Martinelli

Foto: Ricardo Martinelli, presidente de Panamá

Nada refleja más fielmente el producto de estos dos años de gestión de Ricardo Martinelli, y su Alianza por el “Cambio”, que el hecho de conmemorar el primer aniversario de la Masacre de Changuinola, en la que miles de humildes trabajadores bananeros, en su mayoría indígenas gnobes-buglés, fueron sometidos a la peor represión realizada por la policía nacional en estos 20 años de régimen “democrático”.

Hace un año SITRACHILCO y SITRAIBANA se declararon en huelga para defender sus gremios del intento de destruirlos por parte de la impuesta Ley Chorizo impuesta por gobierno de Martinelli, que pretendía cortarles la cuota sindical. La respuestas fue la ocupación militar de Changuinola, heridas de bala y perdigones contra casi 500 trabajadores, 50 de ellos lisiados de por vida en su vista, diez muertos, decenas de detenidos.
La Ley Chorizo y la Masacre de Changuinola son el producto más diáfano de un gobierno que, desde antes de ganar, se autodefinió como pro empresarial y de derechas. Es decir, un gobierno dispuesto a gobernar contra los trabajadores y los sectores populares, para seguir inclinando la balanza de la riqueza a favor de la oligarquía nacional y las empresas extranjeras que nos saquean.
Un gobierno que pretende la continuidad de las políticas neoliberales que han ejecutado desde hace 20 años todos los partidos políticos oligárquicos, encabezados por el PRD y el Panameñismo. Un gobierno que sólo uso la palabra “cambio” para engañar a los ingenuos y que continúa la imposición de un modelo económico que nos ha empobrecido como nación, que ya iniciaran Endara, Balladares, Moscoso y Martín Torrijos.
En estos dos años el gobierno presidido por Martinelli no sólo ha demostrado ser “más de lo mismo”, sino que ha llevado hasta sus últimas consecuencias las peores lacras de un régimen político signado por el presidencialismo, la corrupción rampante, la persecución, la coacción, la venalidad, el uso del erario público para el enriquecimiento personal, la degeneración de lo poco que pudieran tener de democráticas las instituciones panameñas.
Con Martinelli se han caído todas las máscaras con que el sistema político oligárquico pretendía disfrazarse de “democracia”, empezando con unas elecciones marcadas por el poder del dinero, incluido el de David Murcia, hasta la compra y sometimiento de todos los poderes del estado a la soberana voluntad presidencial. Todos los que lo llevaron al poder retroceden horrorizados ante el monstruo que ha creado, y sufren el escarnio de su propia inconsecuencia: el Partido Panameñista y Juan C. Varela, los falsos “opositores” del PRD, la propia embajada Norteamericana, los medios de comunicación, las capas medias, los sectores empresariales que no hacen parte del círculo del poder y los humildes que cayeron en la trampa de darle el voto.
La otra cara de Panamá
Si todo el caldero, al que cada día se le echa más leña, no ha explotado aún, se debe a que la estabilidad del gobierno está sostenido sobre un gigante con pies de barro: un pujante y continuado crecimiento económico basado en las reexportaciones, los servicios portuarios y la construcción. Pero toda esa “prosperidad” es sólo aparente, pues está fundamentada en dos distorsiones: el altísimo endeudamiento público y la polarización de la riqueza en pocas manos que sume en la miseria a las mayorías, incluida la llamada “clase media”. Martinelli y su ministro de economía, Alberto Vallarino, irresponsablemente sostienen la “magia” del crecimiento económico llevando las finanzas públicas a la quiebra futura, semejante a la que hoy sacude a Grecia, sobre endeudando al país para financiar obras faraónicas cuyos contratos ganan empresas “amigas”, haciendo trampas contables, una inflación galopante de la canasta básica y aumentando reiteradamente los impuestos hasta ahogar a la pequeña y mediana empresa.
Por otra parte, también se sostiene por la fuerza de las armas, pues Martinelli, al mejor estilo de los césares romanos, ha convertido a la Policía en su "Guardia de Corps", aumentándoles el sueldo sin que mejore su eficacia, pero sí la fidelidad a su amo; equipándolos y promoviendo el espionaje legal que solo atropella a los humildes con su llamado "pelepolice" y otros adefesios que presuponen la culpabilidad antes de que los infelices que tienen que someterse a ellos puedan demostrar su inocencia. Toda esa parafernalia no ha servido para aumentar la seguridad de la población, que vive asustada cada día de caer víctima de los delincuentes. Martinelli ha promovido y patrocinado el terror, la amenaza y el chantaje a través de esbirros a los que paga para que se ocupen de eso, vulnera y somete la libertad de expresión y a los medios, bien amenazándolos u ora comprándolos, no solo a los medios, sino incluso a los comunicadores.
Tarde o temprano la lógica infernal de ese modelo económico reventará, como hoy sucede en todo el norte de África, los países árabes, Grecia, España y Portugal. Al igual que allá, cuando los banqueros pasen a la fase dos, el cobro de las deudas y la exigencia de “garantías”, los platos rotos los pagará el pueblo panameño con más medidas antipopulares, más aumento de impuestos, más despidos de empleados públicos y cierre de entidades estatales. Veámonos en el espejo de Grecia.
El movimiento sindical y popular, la llamada “sociedad civil”, los pueblos originarios, los defensores del ambiente y el patrimonio histórico, los estudiantes, los educadores, no podemos esperar pacientemente a 2014 para forzar un cambio de rumbo. Debemos desde ya organizarnos para cambiar el modelo económico, para exigir una Asamblea Constituyente y una verdadera reforma electoral que dé el poder de decisión al pueblo y lo saque de las manos de quienes conducen al país al abismo. Pero una precondición para lograrlo es la unidad con respeto a la diversidad de opiniones. Se requiere un gran Frente Popular y Democrático que abarque desde las más diversas dirigencias gremiales hasta la sociedad civil organizada.